Gotas de grasa

Lejanamente escucho la voz de la Jefa de enfermeras, reconozco su risa pero no puedo entender lo que está diciéndole a la compañera a quien le entrega el turno. Tampoco puedo ver con claridad, todo es un borrón blancuzco, figuras de cabello oscuro coronadas con cofias asienten con cabezas difusas sin rostro. Más cerca de mí puedo ver esa franja morena que se supone es mi brazo inmóvil canalizado con un tubo de plástico dentro de él, pero que no se interna tan adentro como la sonda que tengo metida en la boca y que llega hasta mi estómago acompañada por otra que se abre paso hacia mi tráquea. Debería sentirme muy incómodo pero la sensación de atascamiento y de resequedad en mi lengua son tan lejanas que apenas si las siento. No tengo fuerzas para mover mis piernas ni brazos, ni siquiera para terminar de cerrar los ojos o parpadear. Sin embargo puedo escuchar cómo un diminuto volumen de suero cruza a través del punzón, formando una esfera cristalina, y cayendo perfectamente esférica hasta la superficie de líquido acumulado por sus antecesores en la cámara de goteo, con un chapoteo breve. Siento que mi respiración es muy pausada, casi no puedo escuchar el latido de mi corazón. No tengo miedo, si este es el final, estoy listo. Agradezco la oscuridad que me rodea, el suave freno que va deteniendo mis pulmones después de siete décadas. La oscuridad se hace mayor, las luces se atenúan. No hay dolor, sólo un plácido cansancio al que me entrego.

Cuando todo está negro un pequeño punto de luz comienza a mostrarse delante de mí, lejos en el cielo, como un sol ascendente, que se va haciendo más grande. Sí, he oído historias acerca de esto, así que hacia allá deseo ir.
Pero estoy inmóvil, y conforme mi visión se acostumbra a aquella fuente de luz, empiezo a ver con mayor detalle lo que aquel sol crepuscular ilumina. Del mismo modo que en la oscuridad absoluta somos capaces de observar el contorno de la cosas poco a poco, los detalles se me muestran más claramente. Aquello no es un sol, sino una especie de agujero de luz hacia el que se precipitan marejadas de estrellas formando muchos brazos arqueados que giran lentamente. Una especie de galaxia espiral compactada que ocupa buena parte del espacio visible. Y atrás de ella, un cielo enteramente negro salpicado de estrellas inmóviles y lejanas.

Al principio creí que mi alma estaría flotando, pero en aquella penumbra percibí que me encontraba sobre una roca, una de las tantas que orbitaban aquella galaxia espiral o agujero blanco. Pero la luz era tan pobre que me fue imposible percibir algo más que una masa amorfa y negra donde deberían de haber estado mis piernas. No, no era un espíritu invisible e incorpóreo, miraba desde lo alto de un promontorio, de un montículo sobre el que supuse estarían mis ojos. Acostumbrándome un poco más a la iluminación pude ver mejor los otros asteroides y las cosas que, como hormigas, reptaban sobre ellos, o que inflándose como carabelas o extendiendo tres alas, se propulsaban como organelos celulares o amibas, a través del vacío, sin prisa.
Cualquier manifestación física del miedo me fue negada: no sentí que me faltara el aire ni que mi ritmo cardíaco aumentara. Sólo la enloquecedora necesidad de abrir los ojos para despertar de una pesadilla y no poder hacerlo.

“Por favor, guarde la calma”. La voz sonaba en mi cabeza, clara y humana. Delante de mí una esfera perfectamente pulida y de un gris mate se recortó a contraluz bloqueando la luz del vórtice estelar. Mi cabeza se llenó de preguntas en un esfuerzo por darle sentido a aquella visión.
“Usted murió. Explicarle en dónde está sería tan complicado como el que usted le explicara a una lombriz cómo se crea el hule de la suela de un zapato que acaba de caer delante de ella.”
¿No era más sencillo decirme que estaba en el infierno o el limbo, y que aquel remolino de luz era el ojo de Dios o el culo el Diablo?
“Trataré de usar una analogía que usted pueda asimilar de manera más eficiente. Eso que usted está mirando es el elemento rodante que está dentro de un rodamiento que forma parte de un motor eléctrico, que hace girar un eje, que mueve un agitador, que está dentro de un tanque en el área productiva de una planta industrial, que produce materia prima para el adhesivo de las etiquetas, en las que se imprimen las visas provisionales”.
Era, pues, parte de una maquinaria tan complicada, con un objetivo tan incomprensible, que mi mente abandonó la idea de entender qué era aquel lugar, y se concentró en mi identidad.
“Usted es una gota de grasa de las muchas que lubrican el elemento rodante”

Cómo hubiera deseado reír cuando recordé mis días de juventud ayudando a mi abuelo en el taller de bicicletas, hundiendo mis dedos índice y medio en aquel cebo verdoso con el que debía embadurnar las cadenas. Pero no hallé el consuelo de una carcajada sonora, porque no sólo no tenía nariz o boca, sino que tampoco estaba respirando. ¿Y mis brazos, mis manos? Sedado en el hospital no había echado de menos mis extremidades hasta ese momento. Las palmas suaves que se habían raspado en el áspero concreto cuando me caí de bruces, jugando a las escondidas de niño. Las palmas endurecidas por años sujetando herramientas. Las palmas temblorosas, quemadas tras un accidente con agua hirviendo en la cocina, con ampollas ardientes. Las palmas cicatrizadas en cuyo dorso había aparecido la primera de aquellas manchas hepáticas de la vejez que a la larga me dejaron de importar.
Y así, delante de mí, aparecieron como densas sombras un par de antebrazos rematados en manos de cinco dedos, sin otro color que el oscuro tono crepuscular que todas las cosas tenían ahí. Pensé entonces en mis piernas, esas que sentí intensamente al patalear en la alberca, o cuando nadábamos en el canal en mi juventud. Las piernas que habían anotado algunos goles, dando con el puntapié decidido un zurdazo directo al marco. Las piernas que un día comenzaron a doler en rodillas e ingles cuando los días del joven deportista quedaron atrás y los días del trabajo duro las obligaron a subir y bajar escaleras todos los días. Miré abajo y estaba soportado por dos columnas oscuras, conectadas a un torso que veía como una sombra abombada y de la que surgían dos brazos.

Tenía un cuerpo, uno que a ratos parecía el de mi vejez, el que me era familiar cada mañana al meterme a la regadera, pero extrañamente también al que existía en mis recuerdos y no en el espejo. Caminé hasta el borde del asteroide, sin sentir los filos irregulares sobre los que mis pies estaban posados. Decidí sentarme de espaldas a la única fuente de luz y vi otros asteroides alrededor de los cuales las cosas oscuras reptaban. El tiempo era inexistente, y más allá en aquel estrellado cielo nocturno, otros… elementos rodantes… giraban con calma, tan lejos, que su luz era apenas un poco más intensa que la de las estrellas.

Recordé aquel viaje al rancho de los tíos, donde me quedé toda la tarde sentado en una peña mirando las nubes que se movían lentamente hacia el sur, mientras yo me bebía a sorbitos la botella de caña que había llevado a escondidas. El escozor del líquido turbio, el confortable relajamiento de mi cuerpo y el aire que arrastraba el aroma a césped, dientes de león y lejano estiércol de vaca. El regaño de mis padres que le siguió me hizo sentir felicidad, y perdido en mis recuerdos esperé a que el cansancio llegara a mí. Pero no hubo tal. No respiraba, no latía un corazón, no gruñían unas tripas, no necesitaba parpadear porque sabía que no tenía ojos. No había cansancio, ni hambre. Sólo aquel paseo detallado a través de mis recuerdos, del cual de pronto salía para volver a curiosear en aquel espacio eterno, los giros de los racimos de estrellas que conformaban los engranes del motor del ano de Dios o lo que fueran aquellas cosas.

Repasé mi vida una y otra vez, saboreando cada detalle en mi memoria, o al menos reviviéndolo con la intensidad que mi imaginación le quiso dar. Cada mujer amada, cada pelea con mi esposa, cada nacimiento de mis hijos, de mis nietos, cada bocado de cada cena de navidad. Pero al cabo de aquellas ensoñaciones regresaba siempre al paisaje estelar iluminado por aquella galaxia enana, sentado sobre una más de aquellas miles de rocas, en las que ninguno de aquellos otros seres parecían tener interés alguno. Era como un largo soñar y aun más largo dormir del que surgía a esta extraña realidad de un espacio silencioso. ¿Así sería la eternidad? ¿Revivir hasta el hartazgo el recuerdo inasible de una vida pasada? Me sentí abrumado por la angustia. Ya no había más recuerdos que saborear, cada segundo y cada rincón habían sido despojados de su brillo tras mil eternidades dándoles vueltas delante de mis ojos y manos. Tras aquel periodo de tiempo imposible de definir, me puse de pie.

En un afán de obtener nuevas experiencias comencé a ver las figuras negras que reptaban con muchos pseudópodos o que se impulsaban con alas impares en aquel extraño universo. ¿Qué eran esas cosas? La voz de la perla, que se había mantenido flotando detrás de mí durante siglos humanos, volvió a hablar en mi cabeza.
“Son gotas de grasa, como usted”.
Grité hacia el asteroide que parecía más cercano. La cosa oscura giró la parte superior de su cuerpo y un instante después volvió a su incomprensible actividad. Tal vez podría hablar con ellos, saber quiénes habían sido en vida, descubrir en sus historias todo un nuevo cúmulo de experiencias.
Tal vez yo podría compartirles mi vida, contarles a detalle quién había sido, pasar del soliloquio a la conversación.
Grité mi nombre, pregunté el suyo, pero aquella cosa me ignoró. Hice de nuevo lo mismo en dirección a otro asteroide y a su ocupante. Lo hice varias veces hacia cada uno de ellos, hice señas, bailé, pregunté sus nombres, grité el mío a aquel cosmos, sin que pareciera que nadie lo oyera con inexistentes oídos. Grité mi vida a quien quisiera escucharla y gritarme la suya, pero ninguno de aquellos seres respondió. Cuando agoté mis palabras, cuando aquellas frases dejaron de tener sentido, me callé e intenté dejar la mente en blanco.

La voz de la perla flotante, redonda y perfecta ocupó de nuevo mi mente: “No van a escucharlo. Están concentrados en su trabajo”.

Entonces sentí todo el peso de una vida recorrida a detalle: Nunca más volvería a beber un café bien caliente un lunes por la mañana, jamás volvería a darle hachazos a un tocón, no tendría a otra mujer entre mis brazos, llenos ambos de expectativas antes de acostarnos. Y recordar lo que nunca tendría de nuevo me sumió de nuevo en la desesperación.

Traté de mantener la mente en blanco, pero invariablemente regresaba a la peña, a la botella, al cuarto nuevo, a la vieja pensión, al amanecer del primer día posterior a la jubilación, al primer día de escuela primaria, a la última noche en la cama del hospital. Uno tras otro los recuerdos se repetían, y sabiendo que no podría llorar, le grité a la esfera perlada. Le grité, le reclamé, le supliqué, recé, blasfemé y maldije, pedí perdón, me burlé del engranaje del universo y supliqué perdón de nuevo.

Cuando se me acabaron las palabras, la voz se escuchó de nuevo. “Puedo hacer que olvide”.

Por un instante me aterré. Olvidar quién había sido, lo que había vivido, lo bueno y lo malo. ¿Y después?

“Sin la distracción del dolor, el sueño o el hambre, hará su trabajo. Como ellos”.

Miré de nuevo a las sombras densas que reptaban sobre los asteroides, llevando a cabo en sus exploraciones y movimiento, labores que no podía comprender. Eficientes, calmadas. Ordenadas. Libres de toda necesidad humana. Volví la mirada a la esfera opaca, y asentí.

Vaciado de mí, abandoné la forma humana, mi nombre, mis dudas, mis recuerdos, y abracé en paz la eternidad.

Abraham Martínez

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