Turno nocturno

Entré poco después del atardecer mientras la noche se devoraba el día y la oscuridad se empezaba a cernir sobre el pueblo. Las personas que andaban por la calle fueron cambiando de ánimo, en vez andar, corrían. El estacionamiento se vació con mucha rapidez, las luces fueron apagándose paulatinamente hasta que sólo quedó la luz de la caseta.

Iba a ser una noche larga por lo que me distraje leyendo el periódico; todo estaba en silencio, los andantes perdieron su forma y ya sólo distinguía sus siluetas errantes. La noche se hizo más espesa, no se podía ver más allá de unos cuantos metros. Para no quedarme dormido encendí el viejo radio y lo puse sobre el escritorio. Cambié las estaciones pero sólo conseguí estridencia, el sonido estático que indica la falta de señal. El ruido me pareció mejor que la nada, por lo que lo dejé encendido. Ya no había gente en las calles sin embargo seguía viendo las sombras inmóviles que parecían observarme desde el otro lado del bulevar. Comencé a forzar la vista cuando el radio reprodujo una canción de cuna, no le presté mucha atención así que me concentré en las figuras amorfas que antes fueron gente. La canción consistía en una amistosa pista, de esas que se les tararean a los bebés para dormir.
La canción seguía su curso, yo seguía mirando por la ventanilla. Las figuras parecían estar más cerca, en medio de la calle, entre el polvo arrojado por el viento y la pesada obscuridad. Puse mi atención en el radio, terminó la música y se desprendió una voz infantil, un niño anunciaba la siguiente melodía. Me relajé escuchándolo pero noté que no dejaba de hablar, me percaté de que el mensaje se estaba repitiendo.

Apagué el radio y miré por la ventanilla una vez más, pude ver una figura de pie sobre la acera. No supe distinguir si era un hombre o una mujer pero estaba quieta mirando hacia la caseta. Empezó a acercarse, me tallé los ojos para asegurarme de que no estaba equivocado y al abrirlos se encontraba frente a mí.
Una figura grisácea de gran estatura estaba mirándome, sus ojos no tenían pupilas, el resto de su rostro carecía de sentido. Estiró una extremidad hacia el cristal y la masa tomó forma de tentáculo; el ente empezó a tocar la ventanilla.

El miedo se me metió en los huesos, la sangre se me helaba. Me metí debajo del escritorio, el tocar del vidrio no cambiaba de intensidad, alcé la mano para alcanzar el radio, lo encendí y escuché gritos de niños. Empecé a orar apresuradamente, intercalando plegarias con llamadas de auxilio. El sonido se fue disolviendo. Temblando me levanté abandonando mi escondrijo y aquel ser ya no estaba. Mi respiración estaba volviendo a la normalidad cuando se apagó la luz.

Salí de la caseta y corrí tan rápido como me fue posible. Con la respiración agitada, a punto de caer de agotamiento, llegué a casa. Me quedé despierto, vigilando mi habitación de lado a lado; al amanecer concilié el sueño. Al mediodía, me despertaron los gritos de los niños, sonidos que provienen de algún sitio lejano y cuyos rostros, espero jamás conocer.

Juan Emilio Aguillón Vázquez

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