Casa de los abuelos

De niño no me gustaba nada ir a casa de mis abuelos, recuerdo que cuando papá me subía al coche yo no paraba de patalear y de llorar. En una ocasión, mientras forcejeaba para no ir, le solté una mordida a papá en el brazo lo cual me costó un buen castigo.
Cuando llegábamos nos recibía abuela en la entrada de la casa, “un abrazo para la abuela” decía ella con una sonrisa que dejaba asomar unos dientes casi negros de lo viejos y podridos que estaban.
—Vamos, saluda a tu nana —me exigía mi padre con un tono casi de amenaza mientras me tomaba del hombro firmemente.
La abuela tenía una mirada que me inquietaba mucho y sus anteojos de fondo de botella no le ayudaban nada, siempre estaba muy desarreglada y tenía un olor a dulces.
—Te preparé galletas —me dijo en una visita mientras me seguía abrazando en la entrada de la casa—, tu abuelo va a estar muy contento de verte.
Al decir aquello se me detuvo el corazón por un momento, él era lo que más me daba miedo en esa casa.
Mis padres se despidieron de nosotros y regresaron al coche.
—Mañana vendremos por ti —dijo mi madre dándome un abrazo.
—Pórtate bien, muchacho y no causes problemas —advirtió mi padre antes de que arrancarán el auto.
La abuela me llevó a la cocina mientras hacía plática diciéndome lo mucho que había crecido, me contaba cosas de algunos primos que no conocía o de las novelas que veía. Cuando le recordé lo de las galletas me mandó a lavarme las manos, cosa que me puso nervioso.
Salí al pasillo de la vieja casa y caminé muy despacio, la puerta del cuarto de invitados estaba cerrada por lo que no entraba mucha luz del exterior, al acercarme al baño empecé a escuchar los ruidos que provenían del cuarto de mis abuelos, me tapé la boca y caminé muy despacio para echar un vistazo por la puerta entreabierta.
En el interior lo primero que vi fue la vieja televisión en la que se veía un programa en blanco y negro, apenas y se escuchaba lo que decían por lo bajito que estaba el volumen y por los sonidos de las máquinas que había en el cuarto.
Cuando volteé hacia la cama vi los enormes pies que salían de ella y descubrí el rostro demacrado del abuelo mientras este me miraba fijamente sin decir ninguna palabra. Me dio mucho pánico e hizo que saliera de ahí rápidamente.

—Tu abuelo era un hombre muy alto —me decía mi madre—. Cuando era joven se tenía que agachar al entrar a la casa y debido a su tamaño ya no puede sostenerse en pie, por eso siempre está acostado.
Mamá también me había contado que el abuelo era un excesivo fumador, “más de dos cajetillas al día” me decía. Es por eso que ahora necesita estar conectado todo el tiempo a esa máquina, sin ella sus pulmones no pueden absorber suficiente oxígeno y se ahogaría.

Por precaución, decidí quedarme toda la tarde en el patio hasta que la abuela me gritó que era hora de ir a la cama. Al entrar en la casa me encerré en el cuarto sin decirle buenas noches e intente dormir lo más pronto que pude.
Durante la madrugada desperté con unas tremendas ganas de ir al baño y por más que quise aguantarme mi cuerpo no iba a soportar mucho tiempo más.
Abrí la puerta y eché un vistazo en el pasillo para asegurar que estuviera vacío, en este apenas y podía alcanzar a ver las paredes por la leve luz de luna que se colaba por la habitación de la que salí. Del cuarto de mis abuelos se escuchaba el sonido rítmico de las máquinas y unos ronquidos tan fuertes que parecía que había un oso durmiendo ahí dentro.
Al llegar al baño sólo empareje la puerta para no hacer ruido y me dediqué a mi asuntito, al terminar opté por no jalar de la cadena ni lavarme las manos para mantener el silencio.
De regreso a mi recamara escuché unos sonidos que venían de la cocina, era como si alguien estuviera dando manotazos a la pared, lo cual hizo que acelerará el paso para llegar a mi cama, sin embargo a mitad del camino vi algo en el techo que me heló la sangre.

De la puerta de la cocina salía una mano que se recargaba en el techo del pasillo, esta se empezó a mover dejando ver un brazo muy largo que estaba seguido de una criatura encorvada de dimensiones gigantes, todo este ser estaba desnudo y hacía gemidos amenazadores mientras sus ojos me miraban fijamente de manera fija y perturbadora, se empezó a acercar hacia mí encorvándose lo más que podía para caber en el pasillo, lo que hizo que me lanzara corriendo hacia mi cuarto y cerrará la puerta al instante.
Ya dentro de la habitación me metí bajo mis colchas y escuché que golpeaba mi puerta. Golpe tras golpe seguido por gemidos que salían de ese ser deforme que estaba intentando entrar a mi habitación. Este no se detenía y estuvo ahí por mucho tiempo hasta que el sueño me ganó y me quedé dormido.
Esa mañana tocó mi abuela, no quise salir del cuarto hasta que llegaron mis padres y jamás volví a poner un pie en esa casa.

Eduardo Nápoles

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