El tren se fue

Tu carrera de fotógrafo te ha llevado a conocer lugares recónditos e inaccesibles, personas que se hicieron apenas soportables gracias a la paga, situaciones sorpresivas que siempre supiste resolver. Pero esto… esto no te lo esperaste jamás. Hace mucho, demasiado, habías estado en esta misma estación, en este mismo andén, en este mismo vagón, casi podrías jurarlo. No, claro que no, jugarretas del destino y la memoria, piensas. Te encojes de hombros, sin sonreír ignoras esa leve sensación en tu nuca y, finalmente, abres las albinas maletas de aluminio que contienen tus herramientas dispuesto a iniciar un trabajo más.

—¡Ya no llores! Camina, ¡con veinte mil demonios! —la voz autoritaria; la mirada, como es habitual, en otra parte; el jalón del brazo, fuerte e inesperado.
—Ya déjalo, no… no lo regañes —el tono, contenido como sus manos, mezcla coraje y una muy tímida sublevación; la resistencia en tu otro brazo.
Quieres seguirlo, no quieres perderlo pero te aterran sus gritos, sus modos, su impaciencia; quisieras quedarte con mamá aunque también lo quieres a él, tu tren.

Un diciembre plomizo, por la mañana, llegados a Monterrey, muy cercana la navidad.
El viaje desde la capital fue emocionante, como siempre te lo parecieron. En la gran ciudad el andén fue largo y concurrido; trenes, muchos trenes, la flamante máquina roja con franjas más rojas, su único foco al frente y muy arriba, parece tan veloz aun estando inmóvil; esas enormes letras blancas: ene, de, eme, ya sabes leer, un poquito. El vibrante movimiento de la gente, los maleteros, el conductor con uniforme, los pasajeros apresurados. Tus padres vestidos elegantemente visitan a los abuelos, vas a agradecerles que te enviaron por adelantado tu presente: un grande, brillante, hermoso y, supones, carísimo tren de juguete, el mejor regalo de tu vida; de lado dejaste los cochecitos metálicos que trajo papá, los libros que te leerá mamá, sólo tenías manos, ojos, ser, para tu nuevo tesoro. Escalas el estribo del vagón sujetando el preciado cargamento aún sin abrir; el pasillo alfombrado huele a elegancia, las filas de asientos conteniendo gente mayor entretenida en sus asuntos, algunos dormitan otros ocupados en aburridas pláticas o libros; una niñita agita su mano por la ventanilla, no se cansa de decir adiós, qué boba, piensas porque el tren todavía no se mueve. Tú, llevando el enorme paquete del cual conoces su contenido pero sigues sin disfrutarlo, te negaste a dejarlo en casa, deseas que dure la vida entera por eso continúa cerrado, quieres jugar con él todas las vacaciones en la sala de los abuelos. Papá se opuso, mamá intervino, ganaste y aquí lo traes.

Hoy la estación es un fantasma enterrado en polvo, abandono y vidrios rotos. Tus pasos resonaron al atravesarla, las taquillas cíclopes y muertas te vieron; estudias los ángulos, la luz, el espacio, percibes la atmósfera; las bancas de madera resistieron el maltrato del tiempo, aún podrían esperar contigo otra vez y ceder buenas imágenes; tu mirada entrenada decide que el día nublado es perfecto para complementar la decadencia de todo el lugar, y lo que te recuerda; decides empezar en el andén. La ves, ya no es roja pero sigue con su único faro, ahora no parece tan alta, mucho menos tan veloz. Lo desierto te regresa el eco de tus pasos; el pasado, el de tus recuerdos. Tal vez con esta luz aproveches para terminar tu sesión en el interior de los herrumbrosos y destartalados vagones.

—¿Vienes o no? —algo te detiene, el temor a él; algo te pide que vayas, quieres lo que es tuyo, tu tren. Mamá te retiene en la punta de sus dedos, no entiendes por qué quiere llorar y se muerde el dorso de su mano libre. No te decides. Los miras. ¿Vas o te quedas?

El camarote con su amplia ventana y los sillones marrones te hace sentir muy afortunado, tienes todos los obsequios de la vida, o así lo piensas: papá, mamá, abuelos que te dan regalos, viajes en tren, una navidad inolvidable. No habrá duda de eso. La máquina empieza a jalar su larga cola de carros, el sonido de los enganches te hace vibrar de emoción tras el tirón inicial, el andén retrocede un poco más rápido cada vez; dices adiós como la niñita boba ahora que sientes la piel chinita; las personas que no conoces también dicen adiós, tal vez no a ti, tal vez sí, no te importa. Volteas para buscar a papá pero él está con la cabeza girada hacia el inanimado pasillo, su ausente expresión se refleja en el cristal de la puerta de la cabina, hace rato su cigarro casi se termina entre los dedos; encuentras a mamá, te ve con un dejo de… no lo sabes, algo raro en su mirada choca en ti y le arranca un destello de sonrisa cuando te percibe tan emocionado. Eso te basta. Te quedarás con esa sonrisa.

Seleccionas la sensibilidad de la película, los discretos y casi inexpresivos grises reflejarán lo que te proyecta, recuerda, el lugar; has montado el tripié, usado tu fotómetro, ajustas la velocidad, la abertura y los parasoles; no es que te aferres al pasado pero aún prefieres tu fiel y domada cámara réflex a las sofisticadas pero sospechosamente comedidas cámaras digitales. Eliges hacerlo todo a tu modo, pagar el precio de tus decisiones, como siempre. Los restos de sol entran oblicuos por las ventanas sin cristales, el polvo que flota en el ambiente suaviza la luz, la escena, los recuerdos. Estás casi seguro que es ese asiento. Tu raciocinio lo niega mientras algo en tu pecho lo asegura. Regresas y cambias el rollo con rapidez, la claridad, una vez más, se extingue en aquel camarote. Diriges el objetivo casi al techo, el juego de líneas, sombras, volúmenes y contrastes dictan el enfoque perfecto, el último disparo. Clic.

No, decidiste que papá fuera tras el tren, tu tren; esperarás con mamá, no sabes porqué pero sientes miedo, aprehensión, intuyes una despedida, sin aún saber de qué. Nadie te dice nada. La vida, el tiempo y ninguna carta te lo dirán.

Casi todo el viaje ha sido lo mismo, no es aburrimiento, es otra cosa. Verdes sembradíos desfilaron entre paisajes desérticos, pueblitos pequeños, vacas distraídas, raudos puentes. Al salir de una ciudad sin nombre el ocaso anuncia que el espectáculo terminará pronto y, tal vez, tus padres pongan fin a su larga plática que sostienen afuera, en el pasillo; quizás mamá pare de llorar y papá deje de manotear el aire con su cara encendida que ves por el reflejo del cristal de tu ventana, ahora más nítidamente porque afuera sólo percibes las lejanas luces amarillentas de un pueblo o de alguna casita en medio de la noche y la nada. No, no quieres voltear al pasillo. Abrazas y acaricias la caja de tu regalo. Tu mirada enfoca, ahora lo sabes, cambiando la profundidad de campo: adentro el pasillo, afuera la noche; a tu espalda ellos, en medio tú, frente a ti nada; adentro, lentamente afuera, quisieras estar afuera.

El revelado con los químicos siempre te ha parecido un acto de prestidigitación; la albura del papel transmutándose en grises o colores, un breve instante y justo ocurre frente a tus ojos: eso es magia; el acontecimiento te hace sentir como un chamán poderoso bajo este artificial, tenue e indispensable crepúsculo; captar cómo nacen las imágenes revive algo que presenciaste, es el proceso análogo a invocar un recuerdo en tu cerebro. Pero esta fotografía en particular, la última y única de este rollo, te hace dudar de: la caducidad de la película, tus recuerdos, la toma, tu pasado, la habilidad para revelar. No, esto no es posible. Estás inseguro de tu cordura, de la impresión, de ti. No. Con la foto en la mano, desconcertado y sintiendo esa levedad en la nuca, vas a la cocina por una botella de vino. Revisarás los negativos, la imprimirás de nuevo.

El tren se fue. El tuyo, y el grande. Papá en él con su mirada en otra parte. Siempre en otra parte. Mamá espera en las bancas de la estación que los abuelos vengan por ustedes; tú lloras por el regalo, piensas que mamá también. Tu tren. Mucho después te consolarías pensando que otro niño, con más suerte que tú, disfrutaría enormidades como lo habrías hecho tú con él.

El sueño te venció, estás acurrucado abrazando la enorme caja. Entre las nieblas de tu inconciencia sientes un beso, sólo uno, alguien desliza el tesoro entre tus brazos, sigues dormido. Crees sentir que ponen tu tren en los compartimientos superiores de las maletas, una manta y su dulce abrazo entibian tus sueños. En la mañana, con tu mechón de cabello típicamente levantado, modorro y con frío, jamás recordarás tu regalo, ahí se quedará, se marchará. Repentinamente en el taxi, casi llegando a la casa de los abuelos, te darás cuenta de tu olvido y llorarás y rogarás que regresen por él. Papá se impacientará –¡el tren ya se fue!–, mamá estará indecisa, llorosa. Tu regalo, lo has olvidado, ¡ellos también lo olvidaron! Ahí debe seguir, no se lo pueden robar ¡es tuyo! Él se negará –no hay tiempo, ¡carajo!–, ella tratará de consolarte y tú llorarás más. Te lo guardarán, te esperará. Los convences, creíste, y el taxi regresa. Él tenía que regresar.

Tarde, exageradamente tarde te dormiste e, igualmente, te has despertado, todo por terminar de revelar esos últimos rollos. El departamento enrarecido y la foto de tu madre, esa que hasta un premio te valió, te contemplan: ella con el destello de su sonrisa, aquel en la habitual soledad; tu más reciente trabajo desfila ante la mirada desperdigado por toda la alfombra, la botella de vino tinto volcada y vacía junto a esa nueva, perfecta pero inexplicable impresión sobre el buró: Entre las sombras, cubierta de polvo, la descascarada canastilla de equipaje muestra el óxido de sus componentes rotos sosteniendo un único paquete, nuevo, inmaculado y sin abrir: un tren de juguete.

La penumbra en tu habitación envuelve la artística imagen que lograste la tarde de ayer; junto a ella un hilo de luz se escurre entre las cortinas y cae, lo mismo en la fotografía, directamente sobre la caja, esa inexplicable caja que, ahora, se encuentra a tu lado en la cama sin deshacer. Nuevo. Sin abrir. Como algunos de tus recuerdos.

No, el tren no se fue.

Él sí.

Samuel Carvajal

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