Bella durmiente

La máscara de gas resbaló de mi rostro al darle el primer beso de recién casados, mi bella durmiente reflejaba en su semblante la tranquilidad del descanso eterno y el rubor en sus mejillas, contrariamente, denotaba su profundo sueño. Seis meses habían pasado ya desde que vi sus pupilas, ese puntito de luz que brillaba al reflejarse el sol en su iris color miel. Después, cerró los párpados, hasta el día de hoy.

La epidemia comenzó sin previo aviso, como cualquier enfermedad virulenta, con dolores de garganta, fiebre y un dolor de cabeza insufrible que luego devenía en síntomas más complejos. Tenía una tendencia constante a afectar electivamente los centros y órganos que mayor y directamente rigen la motricidad del cuerpo. Son los trastornos de tono, automatismo, mirada y del sueño los que componían la sintomatología de la Encefalitis Letárgica. El paciente presentaba un cuadro infeccioso generalizado, fiebre, vómitos y gran depresión, luego somnolencia intensa, seguida de astenia profunda. Comenzaba con alteraciones de la palabra, se acentuaba las alteraciones del habla y agregaba lentitud de movimientos y bradipsiquia hasta entrar en estado comatoso y sucesiva muerte.

En 1917 habían podido parar la enfermedad después de que aquella hubiera matado a miles y dejara en estado de coma, por más de cincuenta años, a los supervivientes, pero el virus mesoencefalopético, al cual se adjudicaba la enfermedad, había mutado hasta nuestros días y se había hecho resistente a todos los antibióticos conocidos, provocando una respuesta equívoca del sistema inmune del afectado, reaccionando al sistema nervioso. Una respuesta absolutamente desproporcionada de nuestro organismo contra una enfermedad, que causaba ese mecanismo de defensa mucho más daño que la enfermedad en sí.

La Organización Mundial de la Salud se vio en dificultades para distribuir la levodopa, usada para tratar la rigidez, los temblores, los espasmos, y el control pobre de los músculos por la enfermedad, los laboratorios no se daban abasto para producirla. Se contagiaba por la mucosa de la garganta y fosas nasales, los besos fueron prohibidos muy tarde, cuando ese símbolo de consuelo, se convirtió en el mayor aliado de la enfermedad. Poco a poco, la humanidad fue sucumbiendo a la plaga que le robaba los desvelos, el movimiento, la razón, la conciencia y finalmente, la vida.

Agustina corría por los pasillos de la universidad, bajaba las escaleras de dos en dos por el apuro que tenía de llegar. La última prueba de su vestido de novia no podía esperar, ni ella al querer verlo puesto sobre su cuerpo. Dos años hace que soñaba con éste día, dos años desde que me conoció; aquel estudiante de medicina que pasaba a diario por la facultad de literatura solamente para verla. Yo no era el clásico nerd que pasaba por ahí con la esperanza de observarla en silencio, fui decidido desde el primer día en que me presenté frente a ella manifestándole mi interés.
Mi audacia ganó su corazón, o tal vez su curiosidad, y desde ese día fue mi compañera de día, mi amante de noche y mi confidente siempre. Amaba a Agustina con el amor menos puro del mundo, pues la deseaba con la misma intensidad. La relación se fue dando, no tenía nada de diferente a otras, una más en este mundo de historias cursis, maltratos, homicidios, feminismo, racismo, daño ecológico, corrupción y todo lo que trae el mundo real. Pero vivíamos en nuestra burbujita de amor, aunque de vez en cuando se pinchaba por alguna aguja cómplice del sufrimiento humano. En general, éramos una pareja cualquiera.

En la televisión y en las redes, las noticias se hacían cada vez más dramáticas, no podía creer que una gripe, un poco más fuerte de lo normal, acaparara tanta atención de la prensa. Siendo médico tenía conocimiento sobre las cepas más contagiosas de un virus y la resistencia de una bacteria y lo que los noticiarios relataban, era exagerado. Claro que, en ese momento, no contaban toda la verdad y nos mantenían desinformados.
El primer caso en el país llegó desde Europa, donde el virus ya había mutado en forma incontrolable y se propagaba ahora por el aire. Ya no sólo las mucosas eran la red de contagio. La cuarentena llegó inclemente y nuestro mundo se redujo al hogar. Por mi tipo de trabajo aún continuaba laborando e intentando entender aquella “gripe” que se estaba cobrando tantas víctimas de una manera tan misteriosa y veloz. Los datos que nos entregaban estaban siempre incompletos por lo que se nos dificultaba el intentar encontrar alguna solución, alguna cura. Los casos se multiplicaron hasta que las escuelas, universidades y cualquier lugar de reuniones masivas, tuvieron que adaptarse para el tratamiento de enfermos.

Los planes de boda, por supuesto, fueron pospuestos indefinidamente. No había, igualmente, reuniones sociales, apenas podíamos salir a trabajar los implicados en los conocimientos médicos o científicos que pudiéramos aportar alguna solución a los diferentes síntomas con los que esta enfermedad nos sorprendía día a día.
Cada día al llegar y salir del trabajo éramos esterilizados, como animales de laboratorio. Nuestras ropas eran cubiertas por sobretodos que no permitían que tuviéramos contacto con el aire mientras estudiábamos las diferentes cepas del virus. Las máscaras de gas, que purificaban el aire, se volvieron indispensables, primero en los laboratorios y hospitales, luego en cada rincón del planeta y a cada momento del día.

Llegaba a casa sin querer tocar a nadie, temía a diario que alguna parte de mi cuerpo se hubiera expuesto, sin querer, a esta enfermedad y poder contagiar a mis seres queridos. Sólo Agustina, con todo el amor y el valor de una persona enamorada, se atrevía a casi obligarme a acariciarla. Me resistía al principio pero entre todo este mundo de tubos de ensayo, máscaras, informes y temores, necesitaba su cariño, aquel que me mantuvo con fuerza tantas veces. Sus conversaciones me entretenían, no me preguntaba sobre mi trabajo. Agustina hablaba como si el mundo siguiera siendo el mismo. En su cabeza, los planes de boda seguían adelante y teníamos que preocuparnos por encontrar la casa ideal para comenzar nuestra familia. Yo, consciente de que lo hacía por distraerme, le seguía la conversación planeando una vida incierta.

Ya no recuerdo cuándo comenzó la fiebre. Agustina sonreía con la cara sonrojada por el calor, se tomaba las mejillas con las manos y bromeaba comparándose con el color de los tomates maduros. Fue a vivir conmigo, quería tenerla cerca y era la primera en tomar los medicamentos que del laboratorio donde trabajaba podía extraer. Con el pasar de los días llegó a tener reposo absoluto, sus miembros estaban muy cansados y sus movimientos se hacían cada día más lentos y pesados. No podía mantenerse de pie por la somnolencia que experimentaba.

—Veo dos Ramiros —bromeaba conmigo al verme llegar, me sentaba a su lado, en la cama, a escucharla y tocarle el rostro con el dorso de mi mano, ella no dejaba que nadie más entrara, no quería ser la causante de un contagio. Yo le impuse mi presencia.
Sus ojos ya no enfocaban, su mirada era ida y su visión doble, sus párpados comenzaron a dejar de responder a su voluntad y caían sobre sus ojos impidiéndome ver, para mi desgracia, su hermoso color miel. Agustina dormía por horas, al escuchar mi voz preguntándole sobre cualquier tema, se limitaba a responder con monosílabos que dudo significaran una verdadera respuesta. Los momentos en que estaba despierta, se acomodaba en la cama en las poses más extrañas, aparentemente incómodas y se mantenía así por mucho tiempo, quieta, luego se movía unos pocos centímetros, cambiaba de posición y volvía a dormir. Sus miembros se fueron poniendo rígidos y su rostro ya no expresaba nada, no tenía gestos, era como una hermosa máscara sobre músculos muertos.

En la tercera semana, ya no podía soportar los sustos que nos daba, su corazón latía a lo mínimo que podría soportar un ser humano para bombear sangre a los órganos y mantenerlos con vida. El estetoscopio se volvió mi cómplice más querido para saber si seguía viva. Pasados los episodios, volvía a dormir en forma natural. Una bendición fue que no pasara por los cuadros psicóticos que otros pacientes habían demostrado; la pérdida de la razón, de la voluntad, los gritos desesperados, la impotencia de la familia, era un cuadro que no me hubiera gustado vivir, bastaba con tener a Agustina muerta en vida sobre la cama. Moriría en cualquier momento, era el desenlace inminente.

La cargaba cada atardecer y la sentaba en el sillón que compartíamos siempre para ver alguna película de acción, no le gustaban las películas románticas, era feliz viendo golpes, persecuciones y batallas finales, como la que ella estaba librando a diario. Ponía el silloncito en el balcón y las borlas de rayos solares calentaban sus miembros inmóviles. Yo leía a su lado, le leía aquellas historias de suspenso que le encantaban, Hitchcock era uno de sus favoritos.
La Levodopa que le suministraba a diario la mantenía aún conmigo. Alrededor, la enfermedad de La Bella Durmiente, como habían nombrado en los medios a la Encefalitis Letárgica, hace más de un año cobraba más víctimas y cada vez más rápidamente, llegando a presentar los síntomas y llevando a la muerte a los enfermos en una semana. La bacteria mutaba sin contemplación y había adquirido la capacidad de desplazarse a través del aire.

Pocas semanas tardó en diezmar a la tercera parte de la población, en unas semanas más había yo enterrado a mis padres y hermano así como casi todo el país y seguramente el mundo. Todos presos en sus cuerpos, murieron sin despertar de aquel sueño en el que cayeron después de delirar de fiebre y ya no poder volver a levantar los párpados.
Me concentré en Agustina, en mantenerla conmigo, era como salvarme a mí mismo, si ella se iba, definitivamente la seguiría. Ya no recordaba cómo era el mundo sin verlo a través de los espejuelos de la máscara de gas. Mi Agustina sólo dormía. No sé si fue porque se contagió con las primeras cepas de la bacteria, no tan resistentes aún al medicamento, o por los cuidados casi religiosos que le daba, pero ella seguía conmigo haciéndome compañía en un mundo desierto.

Mis incursiones para conseguir alimentos se hicieron cada vez más intrépidas, los grandes almacenes ya se estaban quedando desabastecidos, era una suerte ver a otra persona buscando, al igual que yo, algo qué llevarse a la boca y qué llevar a casa. Los pocos que quedábamos, vivíamos encerrados, tan lejos de las calles como podíamos. Mi caso era más complejo, yo tenía a Agustina y la alimentaba por medio de una sonda nasogástrica por donde pasaba su alimento licuado, o chancado mejor dicho, que la mantenía con vida. Por esto, mis salidas para abastecerme no eran sólo a los almacenes y bodegas sino también a hospitales y universidades donde adquirir estas sondas, así como jeringas, pañales y todo lo que mi prometida necesitara.

No sé cuánto tiempo tendré a Agustina a mi lado, cuando no volverá a despertar entre respiros.

Quise cumplirle el deseo que tuvo de llegar al altar conmigo. Tal vez no fue el vestido escogido, ni el ambiente, ni el día, pero ahí estábamos ambos disfrutando de nuestro matrimonio, con la biblia y ante aquel ser supremo en el que cree y que, sólo por ella, acepté delante de nosotros, apoyando nuestra unión. Me incliné a darle el primer beso de casados y la máscara resbaló de mi rostro, tampoco habría habido alguna otra manera de dárselo. Mis labios tocaron los suyos después de mucho tiempo, de muchas noches envueltos el uno en el otro, de muchos días de besos bajo aquel árbol que movía sus ramas con el viento invernal. Finalmente, era mi esposa.

La radio comenzó a transmitir palabras entrecortadas, era el único medio de comunicación que había logrado rescatar después de que el laboratorio donde trabajaba dejó de funcionar. Ahora sólo me dedicaba a sobrevivir y a mantener viva a Agustina. Muchas veces el cansancio me vencía y en los casos más extremos pensé en dejar que ella descansara, dejar de alimentarla e irme para no ver su deceso. Pero inmediatamente me odiaba a mí mismo por siquiera imaginar esa situación, no sé si era por el amor que sentía por ella o por el miedo de quedarme completamente solo.
En las noches ya no escuchaba los ruidos que oía antes alrededor, el ruido de vida intentando vivir. Ahora, cada vez era todo más silencioso.

La última vez que hablé con alguien, irónicamente, fue con el vecino con el cual teníamos muchas discusiones por culpa de mi perro que amaba robar los periódicos de su puerta y ahora sólo nos teníamos el uno al otro para poder tener una conversación medianamente normal, me informó que había escuchado que en algún lugar del sur de la ciudad, había un pequeño fuerte donde un nuevo medicamento, un nuevo tipo de Levodopa estaba haciendo «despertar» a los enfermos de forma inmediata, pero esa cura era escasa, los componentes con las cuales se fabricaba ya no se producían y sólo dependía de las existencias que estaban almacenadas. Y aparte de una posible cura para mi amada Agustina, también ofrecían un lugar seguro, libre de las odiosas máscaras que gas que debíamos usar perpetuamente para sobrevivir en ese ambiente de aire intoxicado, ya que era un lugar cerrado, un orbe sellado bajo una cúpula que los protegía del ambiente contaminado.
Fausto me animaba a salir a buscar el lugar, estaba muy entusiasmado. Lamentablemente no podría ir, no podía mover a Agustina en su estado. ¿Cómo sobreviviríamos sin agua y alimentos que, ya en los lugares de abasto alrededor, habían desaparecido? Cómo sin siquiera animales de que alimentarnos ya que éstos habían muerto por falta de alimentación y cuidados dentro de sus propias granjas que fungieron de cárceles de donde nunca pudieron salir. Y aun si me decidiera a ello, ¿cómo movilizar a Agus hasta aquel lugar incierto que ni siquiera estábamos seguros que existiera?
Me quedé dormido entre tanta duda e interrogantes.
En la mañana, me levantó el ruido, un motor sufría para ser encendido y el auto, muy cerca de mi casa, temblaba a cada intento.
—¡Vamos, Ramiro! Acabo de llenarle el tanque, he tenido que recorrer muchas cuadras recolectando gasolina de todos los autos que encontré alrededor, tiene el tanque lleno y un galón más de repuesto, con suerte llegaremos a la cúpula —gritaba Fausto desde la calle, junto a una camioneta que había estado abandonada desde hace un buen tiempo ahí.
Se acercó a la puerta de mi casa donde lo recibí aun sorprendido.
—Vamos, Ramiro, ya no tenemos nada que perder, al menos intentémoslo. Empaca todos los alimentos que tengas en casa y lo que necesites para tu esposa, la acomodaremos en la parte de atrás.
No me dio tiempo a responder. La verdad, no me di tiempo yo mismo a inventar excusas para quedarme donde me sentía, en alguna forma, más seguro. Tomé todo lo que me quedaba de alimentos, conservas, enlatados, también todo lo necesario para preparar los alimentos de Agustina aparte de sus implementos de aseo. Ella estaba cada día más débil, no quedaba mucho tiempo ni esperanza… ni levodopa.

El carro avanzó dejando atrás el lugar donde tantos meses habíamos pasado, donde viví la vida y la “muerte” de mi adorada Agustina, el aire revoloteaba mi cabello, extrañé sentirlo golpeando mi rostro pero no podíamos arriesgarnos a respirar el aire viciado, las máscaras seguían fijas sobre nuestras caras.
En el camino vimos lo que quedaba de la ciudad, de la población, cuerpos regados en diferentes posiciones del camino, la mayoría en poses de eterno reposo, de hermosos durmientes perpetuos que nos dibujaban el más macabro de los cuadros. Los animales habían sido las víctimas de las consecuencias de la enfermedad. No sobrevivieron al abandono del hombre, al menos los domésticos. Los silvestres, habían sido cazados como alimento y los que sobrevivieron vivían escondidos en los lugares más recónditos de sus hábitats.

Fausto llevaba un mapa donde había trazado el camino a la Cúpula, como nosotros la llamábamos, siguiendo las indicaciones que había escuchado de algunas personas y de los que logramos captar en la radio antes de que la última batería se agotara. Sólo nos deteníamos para comer algo y yo aprovechaba para asear a Agus y mover un poco su cuerpo, evitándole las escaras. En el camino encontramos y amarramos al guardafangos de la camioneta un antiguo triciclo con carretilla, de esos que usan los chatarreros, por si llegáramos a necesitarlo. Casi dos días por ese mundo desierto, abriendo y cerrando los ojos, hasta que agotamos la última gota de gasolina y tuvimos que dejar el auto en la carretera. Como habíamos sospechado, la carretilla sirvió para llevar a Agustina mientras nos turnábamos el pedaleo. Quedaban unos días aún para llegar al punto donde esperábamos encontrar el destino a tanta penuria, los víveres eran pocos, había que apurarse. Agustina respiraba muy lentamente y su corazón casi no se oía, estaba entrando en el estado comatoso previo a la inminente muerte. Sólo esperaba que aguantara un poco más.

No pude pedalear más, la fiebre comenzaba a hacer estragos en mí, trataba de disimular mi malestar y pensar en qué momento descuidé mi casi maniática rutina de limpieza para no contagiarme. La visión doble no me permitió seguir el camino correctamente y Fausto me ayudó a sentarme en la tolva de la pequeña carretilla mientras él avanzaba despacio, debilitado por el hambre. Me hormigueaban los miembros, los cuales sentía pesados, como hechos de cemento, apenas lograba levantar los brazos para preparar los alimentos de mi esposa y alimentarla. La veía bailar, reír como antes, me miraba nuevamente batiendo las pestañas como cuando la veía en la universidad. Había momentos en que me despertaba yo mismo con mis gritos y los párpados, pesados como cortinas de teatro, volvían a caer sobre mis ojos. Entre sueños borrosos veía a Fausto pedalear, mirándonos a ambos. Le agradecía susurrando o gritando tal vez. Me arrastraba hacia Agustina, limpiaba su boca, le daba chorritos de agua de una botella que temblaba en mi mano. La máscara de gas ya no era necesaria para ninguno de los dos.
—Llévala, déjame a mí, así irás más ligero y rápido, ella debe «despertar», la ledopova ¡pónsela! A mí no, a mí nunca —requería a Fausto en mis momentos de lucidez, pero él no me escuchaba o no quería hacerlo.

Anocheció y amaneció aquel día. Una puerta gigantesca de metal se abrió ante nosotros, Fausto arrastró sus pies hacia dentro del recinto donde fue cargado en brazos por aquellos de uniformes impermeables y máscaras impenetrables. Bajaron a Agustina hacia una camilla cubriéndola bien, ella era un milagro. Inmediatamente inyectaron en su brazo aquel líquido dorado que resplandecía como el sol. Con los ojos pedí que me acercaran a ella, me tomaron por debajo de los brazos levantándome, me acercaron a mi amor. Besé su mejilla tan tibia como la primera vez que la toqué con el dorso de la mano.
—Llegamos —con gran esfuerzo sonreí, o lo creí hacer y la miré por entre la pequeña rendija que me dejaban mis párpados que se cerraban sin mi voluntad.
Sus ojos color miel se abrieron enfocando los míos nuevamente, su brillo resplandeció reflejándose en mis iris que reconocieron la vida en ella.
—Te amo —imaginaba decir a los músculos de mi boca que ya no me hacían caso mientras veía a Agustina sentarse lentamente en la camilla que iba desapareciendo detrás de las gigantescas puertas que se cerraban delante de mí.

Tania Huerta

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