El correo de las semillas

Le ajustó la correa al perro y le dio unas palmaditas en el morro. El animal pardo meneó la cola, era un perro de mediana talla, con las orejas gachas y la cola esponjosa, que tenía unas patas largas y delgadas debajo del hocico peludo. De haber sido juzgado bajo los estándares del siglo pasado, se habría dicho que era un perro vulgar en el que los genes dominantes más antiguos de su estirpe habían hecho a un lado todas aquellas bonitas características deseables, que por generaciones los criadores de perros habían forzado en las diferentes razas, ahora extintas. Era un perro común, lo mismo que su dueño. El hombre era igualmente común: tenía uno de esos nombres tan usuales en occidente, homónimo de alguno de los apóstoles. Tenía estatura promedio y su complexión aunque era recia, no podía decirse que fuera atlético ni alto, pero tampoco flaco o debilucho; estaba algo tostado por el sol debido a largas jornadas de caminata. Su ropa, de un color tan indeterminado como el de su perro, era también ropa común: sin distintivos, sin logos, sin una placa que señalara algún tipo de autoridad, sin galones en las mangas para definir un rango militar. Ni siquiera llevaba escrito su nombre en la chaqueta.
Eran un perro y un hombre comunes, como tú o como yo.

Aquella mañana de primavera la lluvia había regado los cultivos de las azoteas copiosamente, y el agua que escurría de los techos humedeció las viñas que crecían sobre los muros de la mayoría de las cosas, hasta llegar al suelo oscuro donde el maíz, la calabaza y los frijoles absorbían los nutrientes que el agua diluía para que finalmente el exceso escurriera por los canales hasta las cisternas bajo tierra. La lluvia también empapó las almenas de los arqueros en donde los vecinos que esa semana montaban guardia vigilaban la frontera de la Municipalidad con los terrenos baldíos industriales, una avenida principal y otro caserío en el que no vivía nadie, pero que bien podría servir para ocultar a algún invasor. El hombre y su perro caminaron bajo la llovizna pasando junto a las hileras de cultivos que crecían donde antes el asfalto sirviera de vía para automóviles, mismos que desde el Gran Apagón Digital ya no eran más que reservas de metales, plástico y hule; amontonados en el sector de la colonia destinada a contenerlos. Desde las copas de varios árboles, algunos pajaritos comenzaron a trinar, señal de que la precipitación estaba por terminar.

En la casa destinada a ser Salón de Asambleas los representantes de los gremios los recibieron, cada uno le entregó en un sobre las semillas que habían seleccionado y le hicieron firmar el inventario de recibido. El Comisionado de seguridad en turno le ofreció un carcaj con delgadas flechas de punta metálica y un arco olímpico, pero el hombre declinó mostrando una onda y un cuchillo que llevaba ocultos en la chaqueta. ¿Armas de mediano alcance? No, gracias. De camino podría hallar una vara de buena longitud. Al recibir los sobres aquel vecino se había convertido en el Correo de las semillas.

Salir al exterior a través del muro era un poco burocrático, pero bastaba mostrar el inventario firmado para hacerlo. Además, cualquier vecino era libre de abandonar la seguridad de la Municipalidad y no era raro que tanto aventureros como exploradores e incluso curiosos, salieran una o dos veces de ella cada mes. La cuestión es que muchos no regresaban y era ahí donde las especulaciones aparecían e infectaban a aquella comunidad de alrededor de dos mil personas. Pero el Correo de las semillas siempre volvía, y tal vez por prudencia o porque el mundo se había convertido de nuevo en un lugar tranquilo, sólo hablaba de caminos solitarios en los que poco a poco la naturaleza había estado recuperando el espacio que en los últimos dos o tres siglos la humanidad invadiera con calles de asfalto, postes de luz y desarrollos residenciales. Incluso las temidas jaurías de perros salvajes habían desaparecido, ya fuera porque regresaran a un estado completamente salvaje y buscaran los llanos vírgenes, o porque habían entregado su nicho biológico a coyotes, zorros y lobos. Así que el Correo de las semillas y su perro atravesaron el anillo interior de la Municipalidad y pronto alcanzaron la muralla exterior, donde hombres más duros y viejos, ermitaños de días idos, preferían hacer guardia constante. Uno de ellos le invitó un trago de aguardiente al Correo y le deseó buen viaje.

Después de atravesar la carretera de cuatro carriles que ya tenía varios arbustos bien enraizados en las anchas grietas, el Correo de las semillas y su perro se encontraron con lo que quedaba de un vasto parque industrial, más allá del cual, al final de la jornada, encontraría a la Municipalidad vecina. El chaparral había reverdecido con las lluvias recientes y algunas bellotas salvajes se amontonaban al pie de los nogales que extendían sus ramas libremente, sin temor a las tijeras de un jardinero que hacía años ya no se molestaba en aparecer.
Y por encima de las copas de los árboles, lo miraban los hexápodos gigantes.

Era principios de abril. El Correo de las semillas tal vez hubiera estado preocupado por su declaración anual de impuestos, o pensando en a dónde ir a cenar ese fin de semana con su esposa y sus hijos; si cinco años antes no habían llegado los hexápodos.
Más o menos a principios de aquel año el Gran Apagón Digital había tirado las redes de telecomunicaciones mundiales primero, regresando con ello a la humanidad a la última década del siglo XX. Aunque el telex y el fax habían salido de sus sepulcros para recuperar el flujo de la información, una segunda llamarada solar (más intensa que la primera) terminó por dañar la gran mayoría de los aparatos electrónicos. Los países menos desarrollados no se vieron tan afectados, y a decir verdad, aun los que estaban bastante automatizados pudieron adaptarse a las viejas costumbres de los 70’s de aquel siglo que aún recordaban los abuelos: registros en papel, chequeras, papel moneda, llamadas telefónicas y hasta el telégrafo; lo que obligó al mundo a tomarse las cosas con mucha más calma, después de apresurarse a reinstaurar tecnologías menos sensibles al electromagnetismo, que no dejaba de bañar la Tierra.

Pero ciegos, sordos y ralentizados en nuestra comunicación, no fuimos capaces de predecir la llegada de los hexápodos. Aparecieron en la noche, como doloroso salpullido en la piel la civilización. Para algunos, que el impacto de la pérdida de telecomunicaciones había sido premonitorio, este evento abrió las puertas de la locura. La única respuesta que los científicos de aquellos gobiernos en pleno derrumbe pudieron dar era que no sabían qué eran.
Los hexápodos habían aparecido en un parpadeo, eran tan orgánicos como una levadura o un hueso, pero no tenían ADN. Si bien estaban basados en carbón, su organización no era a través de tejido celular sino una amalgama de polímeros diferentes. Era estatuas de proteína. Se les derribó, se les disparó, se les quemó; y siempre se regeneraron al día siguiente, con material extraído de quién sabe dónde. Su forma humanoide era lo más inquietante: en su enfermiza necesidad de respuestas rápidas, surgieron cultos masivos que explicaban su presencia como “Ángeles enviados por Dios” para castigar a los pecadores. Y los cuerpos de aquellos que habían sacrificado en su nombre aún pendían colgados de sus brazos. Otros dijeron que eran sondas de otra dimensión enviadas a través de agujeros de gusano para vigilarnos y aprender antes de atacar. Evidentemente las teorías de teletransportación desde algún planeta lejano del sistema solar o del otro lado de la galaxia, eran igualmente populares.
La cosa era que, cinco años después, bajo la mirada vacía de aquellas cosas la humanidad había descendido a la barbarie nómada en algunos territorios, a los suicidios en masa en otros, a la reducción del estado a su mínima expresión en forma de municipalidades autónomas, o a esconderse bajo tierra esperando unos el Apocalipsis o la vuelta a la normalidad.

El Correo de las semillas aparto la mirada y siguió caminando. ¿Qué iba a pasar con el homo sapiens en el futuro? ¿Con el canis lupus familiares? ¿Qué eran realmente esos hexápodos gigantes, de dónde venían y qué buscaban? Preguntas que enloquecerían a cualquiera.

Y como él no podía darse el lujo de volverse loco, antes de intercambiar las preciadas semillas con las de la Municipalidad aliada, dejó de pensar en eso, miró al frente y siguió caminando bajo las siluetas de los hexápodos gigantes, trotando a la par de su perro quien también caminaba a la sombra de su amo.

Abraham Martínez Azuara

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