Tiempo de cumpleaños

Desordenar, siempre desordenar, de eso se trata el juego para Matilde, mi nieta de seis años. Curiosa, inquieta quiso, después de colgarse pañuelos y collares, husmear en la biblioteca. Y volver a desordenar. Saqué de una brazada los libros de la estantería y cayó una foto de mi madre, entonces Matilde la levantó y miró con asombro y juraría que hasta con ternura, diciendo con un grito entusiasta: ¡es la foto de mi vida!
—¿La foto de mi vida, dijiste? —le pregunté juntando mis dedos, haciendo montoncito, subiendo y bajando la mano. Le reboleé los ojos y soltamos las carcajadas que siempre precedían a ese gesto.
Dejé de ocuparme de los libros y me dispuse a que durmiera la siesta. Era para mí un pequeño triunfo que lo hiciera sin quejas previas. Le ponía resistencia a sus párpados y a la alegría que se le abreviaban, ambas sabíamos que eran indicios inequívocos de su sueño.
Cuando se despertaba prolongábamos nuestras rutinas de juegos y cuentos inventados en el momento.

Un día, comenzó ella, con algo semejante al cuento de la caperucita roja, pero con elementos intrigantes.
Me dijo: había una vez, abu, que yo iba a la escuela con una capucha roja en la cabeza. Me perseguía siempre un cabrito, que era mi mascota, saltaba al costado de las viñas (¿sabrá Matilde lo que es una viña?). Me hacía llegar tarde porque se entretenía comiendo a cada rato. Casi no llegué a tiempo para el acto de la escuela. La seño me había dicho que debía entregarle al gobernador de Mendoza, don Coromina Segura, (¿Coromina Segura, dijo?) un ramo de flores blancas. Cuando salí del cole, donde había dejado atado a mi cabrito, ¿a qué no sabes qué, abu? No estaba más, estaba el lobo feroz que me comió fuerte, de un solo bocado. Y su boca era un túnel oscuro y laaaargo. Sentí mucho miedo, abu, pero parece que me escupió acá en tu casa, por eso ya no tengo más miedo y colorín colorado.

Advertí, por supuesto y de inmediato, que era una de las pocas anécdotas que recordaba mi madre de su propia infancia. Y un escalofrío giró entre mi nuca y la espalda.
—Ahora te toca a vos, abu, —me dijo pero yo me quedé confusa y enredada en su ficción que me perturbó y envolvió en desconcierto.
—Otro día, mi amor, ahora me voy a hacer un té.

A la semana siguiente jugábamos a pintar. Con el lápiz blanco en la mano me dijo, en su incansable parloteo: ¡Este no pinta, abu! Le quiero colorear la punta de la cola al lobo y no pinta.
—El blanco no sirve para casi nada, Matilde, por eso siempre están nuevos en la caja de colores.
—Sí que sirve el blanco, si el vestido que te pusiste para mi cumple de dieciocho es re lindo y es blanco.
—Pero si recién tenes seis, Matilde, ¿qué decís?
—Eso te digo, abu, eso, que a mi cumple fuiste, yo te vi. Estaban todos más viejitos y vos también. Estabas, ahí, paradita detrás de la cortina, sonriente y blanca, super, super blanca ¡nadie te vio! ¿te acordás, abu? ¿Te acordás que te pregunté por qué tenías la boca tan grande? Y vos me dijiste con voz ronca, esa que te inventas para hacerme reír “para comeeeerte mejor, nietitaaaa”.
Solo yo te ví, abu, ¿te acordas? …yo nomás.

Graciela Garay

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