El joven dueño de La Troje.

            Agualeguas siempre aspiró a convertirse en pueblo mágico, tal vez deba conformarse con ser pueblo fantasma, casi lo mismo; los pobladores se autoimponen un toque de queda dejando las ánimas de calles y negocios como almas en pena; lejos están los tiempos en que los pasaporteados regresaban desde su vida pasaporteada debido a que los malitos los dejaban sin camionetas y sin los regalos que les traían a sus parientes, quienes les esperaban las navidades en el pueblo; esas pertenencias cambiaban de dueños con extremada facilidad. El cura se olvidó de dar misas y se aburrió de repartir santos óleos a su diestra y siniestra por la mano ídem que vaga por estos andurriales, la iglesia tiene la paz de un campo santo. El arroyo apenas empieza a recuperarse del abusivo uso de su agua que hicieron cuando a algún expresidente oriundo de estas tierras se le antojó construir un aeropuerto para llegar directo a sus dominios desde el aire y la capital de la república. Los pocos moradores que aún persisten son los cuidadores de ranchos que la gente dueña no hace mucho usaba como quintas de descanso, ya no vienen. Julián es uno de esos caporales, cuida del rancho y los pocos animales que todavía lo moran. En la alberca impecablemente limpia y bien mantenida nada Carlitos, desde el agua ve entrar por el portón del rancho dos camionetas negras. Sale de la piscina y se dirige al lugar donde ya los recibe Julián, renqueando como siempre. Carlos viste una bermuda y sin secarse se pone una playera de tirantes.

—Pues trate de localizar a sus patrones, hábleles por teléfono o como le parezca mejor pero páseles el recado… ¿Y ese mocoso quién es?
El ranchero no se había percatado de la presencia del niño a sus espaldas.
—Niño Carlos, váyase pa´dentro mientras yo hablo con los señores.
El niño ni contesta ni se mueve.
—Te estoy preguntando qué quién es.
—Es mi nieto.
—Y a tú nieto le hablas de “niño Carlos”, no me mientas, wey, porque te va mal.
Dos tipos se bajan de la segunda camioneta, ambos cargan sus cuernos de chivo.
—Soy el hijo de los dueños —les contesta aún escurriendo agua por sus piernas flacas.
—Dile a este señor que se comunique con tus padres. Ya le dejamos un recado, y diles que regresamos en una semana —el tipo le hace un ademán a los acompañantes que ya se acercaban. Todos se montan en los vehículos y salen del rancho dejando una polvareda que tarda en desvanecerse.
—No se apure, niño Carlos.
Un lacónico “no” es la respuesta.

A Julián, desde que conoció a los dueños del rancho La Troje, le da un poco de miedo el muchachito, sus silencios taciturnos, sus escapadas por las noches, el perro negro que lo sigue en sus rondas nocturnas. Recuerda que antes de trabajar para el dueño pasaba por la carretera que conduce a la cabecera municipal y veía el rancho extenso reverdecido por el paso del arroyo que ya llevaba agua de nuevo; no recuerda estar muy seguro si le llamaba la atención la alberca porque siempre tenía un agradable color turquesa que le hacía pensar en lo fresco que sería meterse en ella todas las tardes de verano como lo hacían sus dueños o sus visitas, o más bien sentía envidia de ver a la gente tan tranquila retozando en el agua todas las tardes, eso mientras él regresaba en la caja de alguna camioneta o camión de redilas de darle a la talacha ya en la obra, ya en milpas ajenas, pero siempre igual de asoleado, cansado, mal pagado y lleno de polvo con la boca seca. Sí, seguramente era envidia. Ellos tenían ganado, puercos, cabritos, gallineros y caballos que, particularmente estos últimos, siempre le llamaron la atención, su sueño era comprarse uno algún día que juntara dinero y pudiera terminar de echarle la placa a lo que sería el segundo cuarto de su casa en construcción, pero no aún, pensaba en aquel entonces, no aún. Aunque ya le parecía una eternidad estar diciendo “no aún”, mientras le crecía la familia juntaba barroblocks para el techo de su casita. Aquellos potros le robaban la mirada pero no tanto como la troje de tonos rojizos al fondo de la parcela, era la única de los alrededores de estas tierras norteñas que mandaron construir los dueños originales sepa Dios cuándo, era una edificación cónica, alta de paredes macizas de adobes que ya asomaban en algunas partes desgastadas por la lluvia o el viento, donde suponía guardaron el grano de la cebada que cultivaban en su hectáreas bien cuidadas. Él sólo había visto esas construcciones las pocas veces que viajaba a casa de sus parientes maternos en algún estado del centro del país. Allá eran más comunes.

Desde su cuarto al fondo de la casa mayor podía ver la troje bajo la luz de la luna pero por nada del mundo se atrevía a acercarse, primero porque el dueño se lo prohibió y en seguida porque simplemente lo alto y masivo de esa construcción le daba mala espina por malos recuerdos. Siempre le dio mala espina desde antes de los recuerdos. A lo lejos, por su ventana, ve la silueta del niño Carlos y su perro negro que se alejan del rancho y se acercan con calma a la añosa construcción. Es más de media noche y arrecia el sereno. Ya no hace tanto calor e ignora qué va hacer el chamaco en esas ruinas de vez en vez pero se pone más inquieto cuando lo ve acercarse al silo en las noches, como hoy, simplemente le da miedo y prefiere no averiguar nada. Se acuesta en su cama y corre las cortinas de su habitación para mitigar la luz de la luna y la malsana curiosidad que, sabe, no debe sentir.

A Carlos siempre la ha gustado trepar a los árboles, le agrada estar solo en medio de aquella soledad pero aun así sabe que se siente más aislado y en menos contacto con la gente cuando está encaramado a alguno de los nogales que flanquean el camino de la entrada a la casa del rancho. Los oscuros zanates lo acompañan en las ramas más altas, quien los viera podría asegurar que las aves lo siguen. Desde ahí primero escucha y después divisa el cortejo de las mismas camionetas negras que los visitaron hace menos de una semana. No cumplieron, de seguro traen prisa. No se baja de su torreón, desde él ve sin escuchar la visita de los tipos armados. Se bajan los de la primera troca y llaman a gritos a Julián, este sale cojeando de los gallineros y los atiende. Discuten un poco, de seguro le han de estar preguntando si pasó el recado; Carlos ya se la sabe, vinieron a hacer una oferta para “comprar” el rancho, igual llegó Julián cuando lo conoció. Hacen una oferta ridícula sólo para que nadie diga que los tipos roban. Si los dueños aceptan por miedo, o por presión, lo mismo da, reciben lo que les dé la gana a los empistolados dar y no se puede reclamar, se debe agradecer que se pagó lo que haya sido, aun si fue menos de lo ofrecido en un principio ya que así los dueños no se irían en blanco ni tampoco, con algo de suerte, se quedarían muertos. Sus padres no tuvieron tanta suerte, no aceptaron el trato que les propuso Julián y su gente hace tiempo, por eso ellos ya no están, los otros ellos tampoco están, sólo quedó Julián al servicio del dueño de la Troje.
Pero estos son nuevos por eso no lo saben y Julián no se los va a decir, por ello lo amenazan, le golpean la cara con la cacha de una pistola, lo arrodillan y lo siguen golpeando; lo que les diga no se lo creerán, mejor para ellos. Alguien trae una soga, le amarran el cuello al cuidador, lanzan el extremo de la misma sobre una rama fuerte de aquel nogal. Julián ni siquiera trata de hacer nada, pareciera que se quiere morir. Cobarde. La otra punta de la reata la amarran a la defensa de una de las trocas, le dan de reversa despacio, Julián se pone de pie rápido, no cree que lo vayan a hacer pero sí lo hacen, siguen jalando lento la soga y el cuerpo de Julián queda en el aire. Sus pies cada vez más separados del suelo, la cara enrojecida, la mano que no le quedo aprisionada entre la soga y su cuello queriendo librarle del ahogo, las piernas empiezan a repartir patadas inútiles al aire, los hombres ven sin reírse, sin burlarse, como quien hace cualquier trabajo rutinario, sólo silencio, tal vez sólo disfrute; uno de ellos saca un rifle, es de cacería y no una automática, apunta por encima del colgado quien en su desesperación ni cuenta se da que le enfilan al cañón del arma. Con calma, con tino, el tirador levanta la mira, dispara y la soga se rompe. El bulto cae al suelo, una patada es la despedida, supone Carlos que con algún recado más firme ya que el lidercillo se inclina para decirle algo. Se marchan como llegaron. Algunas gallinas se salieron del corral.

 —No, no tiene huesos rotos, fue el golpe de la caída más los moretones en el cuello. Y el susto. Andan bravos esos cabrones.
—Gracias, doctor, ¿cómo le hizo el niño Carlos para hacerlo venir? —pregunta Julián sin demasiada curiosidad, simplemente agradecido por tener a alguien más con quien hablar.
El doctor traga saliva, balbucea alguna explicación inentendible, rehuye la mirada del jovencito y asegura que se tiene que marchar pronto porque ya casi oscurece, mucha gente de por aquí le teme a la oscuridad. Algunos le empiezan a temer al día también, por eso se van.
—Ahí hay dinero en la mesa del comedor, cóbrese, doctor.
—Ya me voy pero no tan rápido todavía, Julián, no tiene huesos rotos pero trae la azúcar por lo cielos, muy, muy alta. De seguro el susto. Le voy a dejar unas pastillas de muestra pero se las va a tener que tomar religiosamente con horario. Se me puede morir de esto. Ya sé que no puede dejar solo al niño y ni seguro social tiene. Cuídese y le llamo en dos días…
Carlos desde un rincón observa a ambos hombres en silencio, fija la mirada en el doctor y eso basta para que este corrija…
—Vengo en dos días, vengo en dos días.
La mirada pesada de Carlos le hace continuar.
—Sí, yo le surto la medicina y le traigo el resto del tratamiento.
—Ahí está el dinero en la mesa —insiste el herido.
—No se preocupe, don Julián, no es nada —afirma nervioso el galeno mientras recoge sus implementos y extiende una receta que nadie irá a surtir—. Ahora le fue mucho mejor que aquella vez que se cayó de la escalera por andar podando la rama del nogal ese, ¿se acuerda? Aún no sé cómo le hizo para sanar tan rápido de aquellos huesos rotos. Andaba mal, andaba mal.
La mirada de Julián se espanta al recordar el hecho y la cura. Y que sigue andando mal.
—Que le vaya bien, doctor, que dios se lo pague… rece por mí.

El sueño de Julián tarda en llegar pero no así los recuerdos ni el dolor. Por la ventana vio otra vez que el muchachito corre a la troje bajo la luna, el perro negro detrás de él, ese perro que jamás ha visto a la luz del día. No, nunca se cayó de ningún nogal. Fue el día que él y sus compinches llegaron amenazando a los padres de Carlos precisamente para quedarse con La Troje. El día que se convirtió, si no en asesino sí en cómplice. Y, hay que decirlo, en encargado del rancho. Ellos amenazaron a los dueños porque estos se negaron a ceder las tierras, en esa ocasión no hubo oferta, sólo amenazas. O se iban y les dejaban el rancho, él quería nomás el caballo azteca con la mancha blanca en la anca izquierda, o les daban plomo y de cualquier manera se quedaban con el rancho como ya se habían hecho de algunas otras propiedades de los alrededores, sólo eran pasos extras. Mientras sus socios hacían las negociaciones a punta de pistolas, patadas y mentadas de madre, Julián fue al establo a ver los caballos, no quería saber de golpes, ni muertes ni, aunque le llamaba la atención la patrona, ni de violaciones. Él quería el caballo que tantas tardes vio, desde su cansancio abordo de alguna troca, pastando en el potrero de La Troje. Escuchó disparos y el caballo relinchó, trató de calmarlo. Oyó gritos, abandonó el establo, en el ocaso divisó la silueta de un jovencito saliendo de la casa corriendo hacia la troje seguido por la silueta de un perro. Les llevaba ventaja pero sus compañeros no querían dejar testigos, lo seguían sin mucho afán, ya sabían que no podría ir muy lejos. Un disparo seguido de un aullido lastimero fue la muerte del can. Se encaminó a su paso a seguir a sus compañeros, en ese entonces no cojeaba.
El muchachito alcanzó la edificación. Julián se apuró un poco y pasó el cadáver del perro, sí, estaba muerto. La puerta fue atrancada por dentro cuando los perseguidores llegaron pero la madera estaba bastante podrida, un par de patadas de sus socios superaron el obstáculo. Desde lejos la troje se miraba vacía y era natural, no era tiempo de cosecha, a parte él no recordaba que esa construcción se hubiera usado alguna vez como almacén. Los granos iban directo de las cosechadoras a los camiones de carga. Al fondo de lo que le dejaba ver la puerta y las linternas de sus socios, se veía el cuerpo desvalido del muchachito contra el muro de adobes desgastados, los tipos lo habían atrapado, no quería pensar en lo que estaban dispuestos a hacerle. Su perversa imaginación esperó lo peor al ver que la puerta se cerró desde dentro oscureciendo las potentes linternas. Perros infelices, pensó pero no actuó. No quería enemistarse con los pesados de la plaza, con los dueños del pueblo y el arsenal más grande que había visto en su vida. Amén de que no le estaba yendo tan mal, ya había terminado su casa e incluso le aventó un segundo piso. Decidió esperar. La luna estaba en lo alto a veces oculta por nubes que pasaban raudas, la silueta de la troje se recortaba en el azul profundo de las últimas horas del crepúsculo. Sintió un extraño escalofrío.

El niño Carlos le interrumpió sus recuerdos después de regresar de cerrar el portón a la salida del médico y su paseo ya nocturno por la troje. Ve a Julián tirado en su cama, sabe lo que tiene que hacer. Se acerca, le pone las manos pequeñas y delicadas sobre una de las manazas callosas de Julián.
—No, niño Carlos, déjeme así. Ya me quiero ir.
Carlos no responde, lo ve con seriedad pero no le dice nada mientras procede en su actuar.
—Si el mundo fuera justo —continúa el herido—, el castigo del culpable también sería justo.
—Si el mundo fuera justo —le sorprende la voz casi grave de Carlos—, ni siquiera habría injusticia. Pero como este no lo es, no tiene porqué haber tampoco justicia a los culpables.

Julián siente un calor en su mano y un cansancio pesado en todo el cuerpo. Una de las manos de Carlos se acomoda sobre su frente, de nuevo ese calor intenso pero calmo. Se vence y sueña. Sueña con los recuerdos que dejó a medias por la irrupción del niño en su cuarto. Ve de nuevo la troje y siente otra vez ese desasosiego por no intervenir por la pequeña, supone él, víctima. Si se lo hicieron a la madre, si mataron al padre y también al perro, que no le den un festín a sus perversiones aquellas malditas bestias si ya los ha visto hacer cosas peores, los entrenamientos militares dotan de muchas técnicas para el disfrute de los sádicos sicópatas. No se decide si seguir esperando mientras se alarga la tortura de la víctima o entrar, interrumpir, arriesgarse a ser invitado y regresar el estómago revuelto por lo que se imagina que está pasando dentro de la troje. Titubea mientras espera más minutos, ignora cuántos, con la esperanza de que ya salgan por su propia voluntad. O cansancio. No, no salen y el silencio le parece torturante. No quiere ver, no quiere más, sin embargo el daño ya está hecho o estará por estar hecho. Se arma de valor, toca quedito, no quiere interrumpir, sabe que pensar eso es bastante ridículo. No hay respuesta. Abre la puerta y la oscuridad es casi completa salvo por la luz de la luna que entra a sus espaldas y por el ventanuco desvencijado en la parte alta de la edificación. Lo que ve una vez que sus ojos se acostumbran a la oscuridad le sorprende porque no es lo que él esperaba encontrar.

En el centro del piso de la troje hay un montón enorme de cebada, tal vez de la mitad de la altura del silo, ignora cómo llegó ahí. No es tiempo de cosecha, no había nada cuando vio entrar al niño, no había nada cuando vio entrar a sus compañeros, está seguro de haber visto al fondo la pared cónica de adobe con el muchachito acorralado siendo alumbrado por la luz blanca de las linternas de sus perseguidores. Si hubiera estado esa cantidad de grano hubiera visto al grano pero no al muchacho, no a la pared. Julián no se ha movido del quicio, lo inesperado lo desconcierta. Mira algo en el suelo al borde del montón de granos al centro del silo que le recuerda vagamente las suelas de las botas de uno de sus compañeros como si este hubiera sido aplastado por la caída repentina de todo esa cebada y hubiera quedado tendido bocabajo. Está oscuro y la ausencia de luz lo paraliza mientras su cerebro trata de armar ese desquiciado rompecabezas, no entiende nada y eso lo espanta más. Un grito agudo lo asusta al ver aparecer por uno de los costados de ese cono de granos al muchachito que se supone sería una víctima o ya de plano un cadáver. Un segundo grito le arrebata la aldaba de la roída puerta que se le escapa abriéndose esta por completo. Un grito más pareciera ordenarle a la puerta que se cierre, lo hace con tal fuerza que lo atrapa entre ella y el marco de la misma. El golpe seco en el pecho lo deja sin aire, adolorido y la sorpresa lo aturde aun más. A cada grito un nuevo azotón que le aprisiona entre los pesados maderos. Gritos, golpes, moretones y, sospecha, huesos ya quebrados, el más dañado el de su pierna derecha, el origen de su cojera. El dolor de antiguas fracturas lo despiertan empapado en sudor. Ha amanecido.

Dos días después el médico regresa a revisar a su paciente y llevarle el resto del tratamiento. Se sorprende, nuevamente, por el control que Julián presenta en sus niveles de azúcar y el acelerado progreso de sus heridas ya casi sanadas por completo. Se despide apresuradamente. Las cosas se están poniendo demasiado feas por aquí, les asegura y les cuenta que en ese mismo instante parte para radicar en Monterrey, su familia lo espera en su auto con las pocas pertenencias que alcanzaron a juntar. Su casa ya fue tomada.

Ya a solas Julián le pide al efebo: Niño, se lo pido por favor. Déjeme ir. Ya pagué, ya no quiero.
El silencio con una mirada parecida a la compasión es la respuesta que obtiene.

Los que pretenden adueñarse de La Troje llegan dos días más tarde justo a la hora del crepúsculo. Rodean la propiedad sólo con tres camionetas aparte de la del líder que entra hasta la casa principal. Parvadas de zanates alzan el vuelo desde los nogales de la entrada. Los tipos no esperan gran resistencia del cuidador después de la madriza que le pusieron la visita previa. Y menos del mocoso que no sabría ni qué hacer, seguramente sus padres han de haber venido por él, suponen confiados. Así que bastará con tomar posesión y convertir el rancho en algún campamento de entrenamiento o en una casa de seguridad. Uno de los pistoleros se dirige a contemplar la piscina.
—No hay nadie en la casa grande—informa uno de los malitos.
—¿Y el ranchero? —pregunta el líder mientras se termina un cigarro de esos sin filtro y de olor penetrante.
—Está muerto, en su cama, como que ya lleva semanas engusanado ahí —responde uno de ellos bastante impresionado por lo que vio.
—Pero si apenas venimos antier —de nuevo el líder tirando el cigarro al suelo pero sin darle demasiada importancia a lo que acaba de escuchar—, se ha de haber muerto del susto el viejo.
Él tipo va sobre lo suyo.
—Alguien estuvo nadando, jefe, hay huellas mojadas que salen de la alberca —uno más.
—Ha de ser el huerco cabrón, ¿dónde está?
—Parece que se escondió en la troje.
—Vayan tres él, me lo traen para arrimarle un chinga y pedir rescate por el mocoso.
Tres de ellos se enfilan hacia la troje.
—Esto va a ser pan comido.

Alguien lo dijo.
Alguien más lo pensó.

Samuel Carvajal Rangel

Imagen tomada del sitio https://es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Antiguos_silos_de_grano_en_Santa_Rosa,_El_Llano,_Aguascalientes_04.jpg bajo licencia Creative Commons.

2 comentarios sobre “El joven dueño de La Troje.

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