Niebla en el parque

Lo beso con tanta intensidad que no le doy tiempo de tomar aliento. Puede sentir mi desesperación, esa inexplicable urgencia por poseerlo, por sentirme viva de nuevo. ¿Quién es? ¿De dónde ha venido? ¿Por qué se siente tan bien besar a un desconocido? Me pregunto. Estoy segura que él se hace las mismas preguntas. La saliva caliente me recuerda las tardes que pasaba con José en este parque. Paso mis manos por el cabello castaño del chico que baja ansioso su boca por mi cuello y lo invito a volver a mis labios con un leve tirón de pelo. Es increíble sentir a alguien, es mágico que alguien pueda sentirme. El calor de su cuerpo me traslada a cuando tenía quién se llevara el frío a cualquier hora del día. Busco su mirada, pero sólo encuentro la desesperación de un hombre que quiere saciar sus pasiones.

Caminé toda la noche en busca de la calma que José me arrebató cuando dejamos de encontrarnos en el centro del parque. Por eso regreso a esta sombra entre los arbustos del jardín principal y contemplo a los deportistas correr las primeras vueltas antes de la salida del sol. Observo con detenimiento sus rutinas, sus tiempos, sus marcas. Bajo el viejo pingüico murmuro la canción favorita de José, esa que cantábamos con las manos entrelazadas, sobre el pasto recién regado. La mayor parte del tiempo la gente prefiere mirar a otro lado y fingir que no escucha la triste melodía que entona mi voz. Me pregunto si, en los momentos donde el dolor pesa más que la voluntad, se me habrá escapado su nombre entre el llanto incontenible.

Esta mañana todavía estaba oscurecido el cielo cuando crucé la calle y subí a la banqueta del parque. Ya se habían apagado las luces de los pasillos a pesar de que arriba, tras los frondosos cipreses y pinos, no había señales del amanecer. Me senté en una banca a esperar a los primeros corredores; el tap, tap tap de sus pies contra las baldosas coloradas que van y vienen conforme siguen la vuelta son el ritmo del latido ausente en mi pecho. Había un mensaje de invierno el aire, es probable que nieve por la noche, las aves callaban ante la espesura de las tinieblas. El calor del día anterior y ese resoplido gélido que sacudía las ramas, extendió entre los troncos una densa neblina.

Sumergida en el recuerdo de los labios cálidos, la saliva espesa, el amor decantado en caricias apasionadas sobre la ropa, bajo la ropa, tras el resguardo del follaje del parque, esperaba a José, como tantas mañanas, a sabiendas de que no aparecería. Distinguí un auto por la carretera al costado de la pista de tierra roja. Las luces no hicieron más que acentuar la impenetrabilidad de la niebla. Se apagaron en el estacionamiento lateral. Los pasos avanzaban hasta mí.

―Perdón, no te había visto ―dijo el joven castaño como disculpa a su repentino sobresalto.
Esperó mi respuesta. Creí haber dicho algo, pero no me escuchó, quizás fueron las ramas golpeándose unas contras otras, o el crujir de las hojas al rodar sobre las baldosas, o quizás el viento que se llevaba mis palabras.
―Hace frío ―intentó sacarme plática mientras realizaba algunos estiramientos apoyado en las maderas de las que están hechos todos los asientos del parque―. ¿También vienes a correr?
―Todos los días ―mentí y él sonrió.
―Luces desanimada ―dejó el ejercicios y se sentó a mi lado―. ¿Necesitas hablar?
Asentí nerviosa. Miré de reojo los músculos de sus piernas cubiertas de vello que se asomaban bajo el short. La sudadera con el gorro hacia tras me permitió vislumbrar los rasgos de su rostro: los ojos rasgados, la nariz ancha, la cara filada. El escaso vello en su barbilla delató al instante la brevedad de sus años. Diecisiete, quizás diecinueve. Descubrí su sonrisa coqueta. Esa seguridad que la edad te proporciona, dueño del mundo, único en el mundo. Me pareció gracioso estar ahí con el cabello desarreglado, la primera ropa que encontré puesta, sin maquillaje, pálida por la falta de sueño, y a pesar de todo ser excusa de conquistas.
Me relajé y respondí el coqueteo. Sí, me siento sola desde que José no está; quizás por eso me dejé llevar por su pasión y le permití al muchacho tocarme la pierna, tomar mi mano, conducirme tras los arbustos y recargarme contra el viejo pingüico cuando el sol se elevaba y condensaba la niebla. Le permití besarme y tocarme, y él recorrió con sus dedos y sus labios todo aquello que ahora le pertenece al abismo, al invierno eterno.
―¿Qué haces ahí Rigo? ―interrumpe una voz.
Miro sobre el hombro del joven castaño. Es hora de irme. La niebla se dispersa, y la luz aletargada de la mañana se filtra entre las ramas de pocas hojas secas. Es un varón moreno, pelusa oscura bajo la nariz que simula un mostacho, apenas un hombre.
El encanto se rompe, me disuelvo con el día y el frío matutino. Rigo me había soltado sólo un momento, un segundo que bastó para que el viento soplara mi imagen y me arrastrara de vuelta a las tinieblas.
―¿A dónde se fue? ―pregunta Rigo con los ojos inundados de miedo. Pálido y a punto de desmayarse.
―¿Quién, güey?
―Pues la morra que estaba…

Y su voz se aleja al tiempo que la luz se me niega. Mi cuerpo se disuelve en la nada y me quedo como en una pausa, hasta que el sol se vaya y yo pueda recorrer de nuevo el camino de mi casa al parque, donde esperaré a José, quien después de mi muerte nunca ha vuelto al parque; y a quien yo busco en invierno entre una bruma que nadie más que yo parece notar. Soy sólo eso, niebla en el parque.

Claudia Soto

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