La tarta

—Mari, abre tú, estoy saliendo de la ducha —gritó Alfredo al oír el timbre.
—Ya voy.
Mari salió de la cocina y recorrió el pasillo que llevaba a la puerta de entrada. Al abrirla se topó con dos jóvenes bien vestidos y repeinados, el más bajo sujetaba con las dos manos una gran tarta de manzana.
—Hola —dijo el que tenía las manos libres, luciendo una enorme sonrisa—, somos los nietos de Rosa, su vecina del primero. Nos mandó subirle esta tarta para darle la bienvenida al edificio.
—Muchas gracias, chicos —la anfitriona, aunque sorprendida, cogió la tarta de buen agrado—, darle las gracias a vuestra abuela y decirle que mañana le bajo el plato.
—Mejor se lo bajamos ahora ¿No le parece?
—Ok, esperar un momento que la paso a otro plato —Mari recorrió de nuevo el pasillo hasta llegar a la cocina y cogiendo un plato del armario se dispuso a hacer el cambio.
—El cacho que le falta a la tarta lo comimos nosotros, es que está tan buena —explicó amablemente el más alto de los dos. Mari pegó un grito al ver a los dos chavales a la puerta de la cocina.
—Qué susto, no creí que fuerais a entrar —se disculpó y dándoles su plato les invitó a salir.
—¿Nos puede dar un trozo? Es que está buenísima —replicó el alto mirando a su hermano que se limitaba a lucir un gesto amable.

Ante lo absurdo de aquella situación, la dueña de la casa borró la sonrisa de su cara y les invitó nuevamente a que se fueran. En ese instante, alertado por el grito de su mujer, Alfredo entró en la cocina cubierto únicamente con su albornoz. Al ver a los dos muchachos preguntó: ¿Qué pasa, Mari, quiénes son estos dos?
—¿Qué tal, caballero? Yo soy Esteban y este es mi hermano Camilo. Como le decíamos a Mari… ¿o prefieres que te llame María? —Mari lo miró frunciendo el ceño— Bueno… mejor Mari, creo que ya tenemos confianza bastante, ¿eh, vecina? Bueno, que me lío —dijo sonorizando una carcajada—, somos los nietos de su vecina del primero y veníamos a traerles una tarta que hizo nuestra abuela para ustedes.
Alfredo miró a su mujer y viendo su cara de cabreo explicó con solemnidad —Darle las gracias a vuestra abuela de nuestra parte y por favor salir de nuestra casa.
—De su parte se las daremos, muy amable. En cuanto comamos un cacho de la tarta nos vamos.

Sin entender muy bien todo lo que allí estaba pasando, Alfredo, se fue directamente a coger la tarta.
—Mejor se la devuelves a tu abuela, dile que gracias pero que estamos a régimen.
Sin pensárselo dos veces y sin borrar la sonrisa de su cara, Camilo sacó de su chaqueta un martillo oxidado y golpeó con todas sus fuerzas la mano de Alfredo que tenía sobre la encimera. Alfredo cayó al suelo revolviéndose de dolor y soltando un brutal alarido. Rápidamente su mujer se abalanzó sobre él para intentar socorrerle.
—¿Pero estáis locos o qué os pasa? —gritó mientras abrazaba a su marido.
—¿Nosotros? —preguntó inocentemente Esteban— ¿Tú sabes el disgusto que se llevaría mi abuela si le digo que despreciaron su tarta? Vinimos aquí cortés y educadamente a ofrecerles un obsequio de nuestra abuela, ¿y nos menosprecian de esta manera… quién es loco aquí?

La mano de Alfredo sangraba profusamente y el suelo de la cocina se empezó a teñir de un rojo oscuro, casi opaco. Empujada por un ataque de ira, Mari se incorporó como pudo, cogió un cuchillo del fregadero y al grito de “¡cabrones!” se lanzó hacia los dos hermanos. Camilo cogió por el extremo del mango el martillo y dibujando con él una gran parábola, golpeó brutalmente la cara de Mari. La cabeza de la mujer colisionó violentamente contra la pared y cayó al suelo. Al instante se cubrió de sangre.
Alfredo no cesaba de gritar: Dejarla en paz… estáis locos…
—¿Qué querías que hiciéramos? Nos quería clavar un cuchillo… menudos modales que tenéis en esta casa, si lo sé nos comemos nosotros la tarta, ¿eh, Camilo?
Camilo lo miró con entusiasmo y cabeceó reafirmando todo lo dicho por su hermano.

La mano de Alfredo sangraba profusamente y el suelo de la cocina se empezó a teñir de un rojo oscuro, casi opaco. Empujada por un ataque de ira, Mari se incorporó como pudo, cogió un cuchillo del fregadero y al grito de “¡cabrones!” se lanzó hacia los dos hermanos. Camilo cogió por el extremo del mango el martillo y dibujando con él una gran parábola, golpeó brutalmente la cara de Mari. La cabeza de la mujer colisionó violentamente contra la pared y cayó al suelo. Al instante se cubrió de sangre.
Alfredo no cesaba de gritar: Dejarla en paz… estáis locos…
—¿Qué querías que hiciéramos? Nos quería clavar un cuchillo… menudos modales que tenéis en esta casa, si lo sé nos comemos nosotros la tarta, ¿eh, Camilo?. – Camilo lo miró con entusiasmo y cabeceó reafirmando todo lo dicho por su hermano.
—¿Pero qué os hemos hecho nosotros? —pregunto Alfredo con lágrimas de desesperación y abrazando el cuerpo inmóvil de su mujer.
Esteban lo miró unos segundos con benevolencia y respondió con insultante parsimonia —Faltarnos al respeto, Alfredo, faltarnos al respeto. ¿Qué te parece si los llevamos a su habitación mientras nos comemos un trocito de la tarta? Allí seguro que están más cómodos —preguntó al hermano.
Camilo cogió por los pelos a Mari y comenzó a arrastrarla mientras su hermano hacía lo propio con el marido agarrándolo con fuerza por la mano destrozada. Los gritos del hombre resonaban por todo el pasillo y su albornoz totalmente empapado en sangre iba dejando un reguero de color rojo por toda la casa.

Tumbaron a la pareja en la cama y con un rollo de cinta que sacó Camilo, les maniataron y les taparon la boca. Los dos hermanos volvieron a la cocina y con cuidado de no resbalar con la sangre que cubría gran parte del suelo cogieron unos platos y se sirvieron dos trozos de tarta. Sin mediar palabra saborearon cada uno de los pedazos que metían en la boca, finalmente posaron los platos vacíos en el fregadero y se dirigieron nuevamente hacia la habitación. Camilo sacó de su chaqueta el martillo y entró en ella. Desde la puerta, Esteban podía oír los gritos ahogados del marido, dos golpes rotundos y húmedos sumieron en el silencio la estancia.

Los dos chicos cruzaron nuevamente el pasillo dirigiéndose a la puerta de casa, al pasar por la cocina Camilo se paró y mirando hacia dentro comentó —Todavía queda un poco de tarta… ¿Qué te parece si se la subimos a los del sexto?.

Alejandro Peque Gregorio

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