Myra

Después de hacerlo entró en razón. Se había casado con quien debió haber sido su amante. Y no podía creerlo. Había tenido sexo con su hermana. Pero cómo es posible si hace unos días era mi esposa, se preguntaba. Mientras asimilaba la escena apareció Fabio. Luego Leandro. Los dos conversaban sobre una fiesta a celebrarse en un pueblo cercano. Myra, la que no quebraba un plato, me tomó por la espalda y dijo, ¡quiero, yo también quiero ir a esa fiesta!. Y sin mediar más palabras procedieron a desnudarse, a ducharse y a prepararse para la ocasión. Fabio y Leandro partieron en la moto. Myra y su pareja, de a pie.
Mientras caminaban por la vía sin asfalto, Serafín vio un caballo ensillado. Era como si lo estuviera esperando. Sube conmigo le dijo a Myra. Ella con su mirada desistió del plan y siguió su camino. Una vez sobre el potro, Serafín sintió un firme deseo de retornar al Monasterio. Mientras hacía conciencia de su deseo, recordó que había olvidado montar sobre lomo de mula. En ese preciso instante apareció Marcela, la mujer que pudo ser pero no fue. Hay quienes afirman que no existe el destino, que cada quien labra las rocas de su trayecto. Creo que, ante la complejidad de la vida, parece que es mejor callar, como ya el filósofo lo dijo, murmuraba para sí el ex monje. Mientras pasaba la mujer que pudo ser pero no fue por cosas del destino, como ya se dice -pues en cuestión del amor a la final es el Misterio quien resulta poniendo a quien uno menos piensa en el camino-. Claro que hay quienes la tienen clara desde el inicio. Hay quienes contraen nupcias con el amor primero, con el amor soñado. En fin, en cuestión de amor y pareja, en definitiva, la perplejidad sería el punto a discutir. ¡En qué iba? Ah, sí, en que mientras pasaba la mujer que pudo ser y no fue, resultó que Serafín recordó que había olvidado el arte de la ecuestrería. Así que dio una coz al caballo, y, Renato, el caballo, se tornó en un indomable potro que, al sentir el golpe en su panza, se dirigió sin pensarlo directo a un abismo. Myra, a lo lejos miraba sin detener el paso, pues, cuando se habla de fiestas ella sí que la tiene clara. Al ver su inminente destino, Serafín saltó del animal y cayó entre los arbustos sin siquiera darse un rasguño en su camisa blanca. Se levantó, agilizó el paso y Alcanzó a Myra; Myra que ni siquiera preguntó qué había pasado con Renato, y que no era Renato sino Renata, la potranquilla.

Mientras avanzaban, Serafín dirigió su mirada al piso y vio que a pocos metros había un cubierto de plata; sí, así se le dice por aquí a los cuchillos de mesa, y era de plata. Bueno, o al menos eso parecía. Después de dudarlo un poco, se inclinó, lo tomó en sus manos y, dado que tenía el filo destrozado, lo tiró de un tajo al borde de la vía destapada y polvorienta. Y siguió el trayecto. Esta vez Myra sí lo había esperado. Myra, al ver que no era nada importante le hizo un gesto. ¡Voy! Vamos, agregó Serafín.
Unos metros más adelante fue Myra quien se detuvo. Había otro cubierto, otro cuchillo de esos que suelen utilizarse en las mesas elegantes para cortar la carne de ternera. La que jamás ha quebrado un plato se detuvo, lo tomó y como el que no quiere, lo guardó en su cartera. Y siguieron el camino.
Pasos más adelante, la mujer sacó de su cartera el cuchillo, lo observó, miró a Serafín y se detuvo. Serafín sorprendido, la ojeó y estupefacto se preguntó, ¡mierda! ¿Y ahora qué hice? Entonces recordó de inmediato algo que su abuelo siempre solía decir: una mujer es un cofre de sorpresas, es un encanto, pero también una coleccionista de recuerdos. Una coleccionista astuta que esperará el momento oportuno para destapar sus cartas. Pues, quién más entrenada en el arte de la guerra que una mujer. Son ellas el motivo, la causa y la razón de muchas masacres. Ellas inspiran poemas, lienzos, canciones… rascacielos, templos, construcciones, pero también batallas, combates e incluso exterminios de razas enteras. Oh, sí, una mujer es tan codiciada como un yacimiento de crudo o una veta de esmeraldas. Y son ellas, pues todas son bellas, quienes con sólo mover un dedo son capaces de dar vida al mundo o de ordenar su exterminio en un instante…
¿En qué iba? Ah, sí,

Luego de contemplar el cubierto, Myra, volvió a mirar a Serafín y se lo entregó. Él, al cogerlo con sus dedos sintió alivio. Ya más relajado, lo detalló; mientras lo hacía oprimió un comando que sobresalía. Al presionar la micro tecla del cuchillo, salió un holograma. Era una escena de safari por el África. ¡Qué bonito! Se dijeron. Al observar mejor el cubierto vieron que no era una, sino una fila entera de micro interruptores los que tenía el cuchillo plateado. Cada una de esas contaba una escena diferente: viajes por todo el mundo, paisajes bellísimos, y el sonido era más que envolvente. Era más que Full HD, tanto la imagen como el sonido.
¡Hermoso cuchillo! Dijo Myra, y agregó: debe de utilizarse en la mesa, además para cortar la carne, para pasar el tiempo mientras se come con alguien que no desea hablar, o por si la cena se torna aburrida.
Qué práctico utensilio, volvió a decir, y asintió: me lo quedaré. Mientras pronunciaba dichas palabras, Serafín, ya estaba lejos. Se había devuelto. Y sí. Ahí estaba el otro cuchillo al lado de la vía destapada. Se inclinó, lo volvió a tomar entre sus dedos. Mientras se levantaba divisó que habían más artefactos dispersos en el piso: un labial, una medalla, un rosario, una Virgen de Guadalupe. También una tarjeta con varios números telefónicos -uno de ellos acompañado con el nombre de Miguel-. De igual manera una libreta -parecía un diario-. ¿Ya dije que así mismo dos celulares? Bueno, también dos celulares. Uno era una flecha, de esos primeros que salieron al mercado. Pero el otro sí era de alta gama, de esos que utilizan los viajeros que dejan registro de sus hazañas en la internet.
Entonces Serafín se sintió en una escena de NCIS, esa serie policíaca norteamericana. Mientras recogía con sumo cuidado cada una de las evidencias se preguntaba qué pudo haber pasado en aquel lugar. ¿Me regala esas maraquitas? ¡Son para mi hijo! Dijo una voz. Serafín dirigió la mirada hacia el sonido y se dio cuenta que era don Agustín. ¿Don Agustín? Se preguntó: ¿Acaso don Agustín no lleva ya poco más de cinco años de muerto? ¿Me las darás? Volvió a preguntar don Agustín.

Adelante, respondió Serafín. Fue una descarga, agregó el señor. Justo mientras pasaba la muchacha por el lugar sucedía que operarios de la red eléctrica reparaban el poste. Justo en ese preciso instante pasaba la mujer. Algo sucedió mientras reparaban las cuerdas de alta tensión y la descarga cayó justo en la bella dama. Fueron casi más de treinta mil voltios los que ella recibió. A pocos minutos llegó la ambulancia y se la llevó. Debe ser de otra parte. Debe ser de otro lugar pues nadie ha venido a recoger sus cosas. Mientras Serafín acopiaba las pertenencias de Sofía, se preguntaba: por qué ella, por qué justo en ese instante Sofía pasaba. Por qué en ese preciso momento los operadores reparaban la red eléctrica. Por qué en ese preciso instante todo se dio para que Sofía pasara y recibiera la descarga.

Y agregó ¿Será que tarde o temprano lo que ha de suceder pasará? ¿Acaso el destino ya ha fijado la hora de nuestra llegada y nuestra partida? ¿Sofía? Sí, Sofía, así se llama la Mujer. Eso dice en uno de los documentos que Serafín encontró en la polvorienta vía.

Hermes Mora

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