El ronroneador

Nació completamente negro, siendo el séptimo hijo de la séptima camada de Barcina, la gata de la familia, y por eso la niña le puso Carbón y se negó a que lo regalaran como al resto de sus hermanos. ¿Por qué la niña se había encariñado tanto con el animalito? Ni ella lo podía explicar. Una semana antes de su nacimiento, le había ayudado a papá con la carne asada del domingo y él supuso que la fascinación que le causó el tizne en sus dedos a su pequeña dibujante era una de las razones por las que al ver a aquel gatito mamando entre sus hermanos, le había plantado en su cabecita que lo quería para ella.

Los hermanos de Carbón fueron entregados a familiares amantes de los gatos y él se convirtió en la segunda mascota de la familia. Las primeras semanas de su vida fueron plácidas, bebiendo leche primero de su madre y luego del tazón, durmiendo, mordisqueando croquetas y jugando con cualquier cosa que se encontrara, además de perseguir el hilo de estambre rojo que la niña solía arrojarle y mover para que ambos se entretuvieran. Un día de primavera, poco después de haber cumplido cuatro meses de edad, su madre le pidió que la siguiera en una de sus correrías nocturnas. Si bien Carbón era un gatito normal al que gustaba pasear de noche, su naturaleza hogareña le hacía repelente a alejarse demasiado de la calle donde vivía, así que siguió a su madre con un poco de miedo saltando entre las matas de diente de león que se desperdigaron en el aire nocturno, dejando una estela plateada tras de ellos; treparon la barda perimetral y caminaron por la hilada de blocks con la cola alzada, anunciándole al resto de los gatos de la cuadra que Carbón estaba en su viaje de iniciación.

En el jardín salvaje de unas de las casas desocupadas, Barcina anunció al viejo y peludo gato atigrado, que su hijo la acompañaba. El pesado animal miraba la luna llena inmerso en sus observaciones astronómicas. Era la Noche de Walpurgis. El gato giró su gran cabeza y le ordenó a la madre que los dejara solos. Carbón se sintió diminuto junto al viejo gato pero este comenzó a ronronear de forma agradable y suave, como una especie de arrullo que empezó a adormecerlo. Y entre sueños Carbón vio las estrellas con sus pupilas dilatadas, bebió la luz láctea que salpicaba el negro pelo terso de aquella enorme gata que lo había alimentado cada día, y retrocedió en el tiempo a través de las palabras del Gato Brujo. Vio a torpes simios compartiendo sus hogueras con coyotes y perros salvajes, mientras el espíritu de tigres y leopardos se destilaba, reduciendo su carne y sus colmillos, pero manteniendo su astucia y agilidad, para convertirse en un pequeño animalito de grandes ojos que alejaba a los roedores de los graneros de aquellos cazadores nómadas convertidos en agricultores sedentarios. Carbón vio su nombre en las estelas de un templo y en las tablillas cuneiformes de barro que se secaban al sol. Parpadeó y despertó de la visión. Después el gato viejo le habló de un linaje antiguo. Era un gato negro y además el séptimo de la séptima camada, por lo que su destino no sería cazar cucarachas o engordar acostado a los pies de una persona, sino convertirse en Ronroneador, Aquel Que Nombra Las Cosas.

Una noche a la semana, durante los últimos días de la primavera y el resto del verano, Carbón se encontraba con su maestro quien le enseñó el idioma secreto de las cosas, porque debía conocerlas para poder nombrarlas. Comenzó hablando con las piedras, las que contrario a la creencia popular no guardan recuerdos de siglos en su interior, sino que tienen una pobre memoria de corto plazo. Algunas le contaron sobre el sol y el cielo despejado, otras sobre miados de perro y algunas más sobre la opresión constante del peso de un muro sobre ellas. Cuando se aburrió de las piedras empezó a hablar con las plantas y los hongos. Las primeras eran vivaces  pero simples, elogiaban al sol y se preocupaban por el retraso de las lluvias; los segundos eran parecidos a hechiceros: crípticos, siempre murmurando entre ellos los secretos de la tierra, conectados a través de redes miceliales y esporas en el aire. El moho recordaba muchas cosas de tiempos anteriores a la aparición de la vida animal al planeta, y Carbón le dedicó largas horas a escuchar sus palabras, que se desenredaban como la madeja de estambre cuando las pronunciaban.

También aprendió a hablar con seres que habían tenido vida pero ya no la tenían. Por ejemplo, un instante después de decapitar al saltamontes, este aún podía comunicarse. Libre de los pesares y miedos de la vida el insecto cantaba despacio a los oídos de Carbón y le platicaba de dulce néctar, de tallos tiernos, de chirridos y colores imposibles de ver para los gatos. Los saltamontes eran poetas. Otros seres como moscardones también hacían poesía pero carecían de esa lírica; y luego estaban las cucarachas, quienes tras siglos conviviendo con las personas, se habían vuelto cínicas y pesimistas. No querían hablar de los bosques de secoyas gigantes donde antes habitaran sus ancestros ni de sus viajes por el mundo, sólo pensaban en la reconfortante oscuridad de las cloacas y el sexo desesperado. Carbón las encontró repugnantes y por primera vez, no lamentó que los gatos solieran divertirse con ellas antes de matarlas.

El otoño ya había llegado cuando el viejo gato se llevó a Carbón a una peregrinación de dos días hasta el cementerio municipal, esquivando automóviles y saltando entre las casas. Entre las lápidas y bajo la primera luna llena de octubre se encontró con otros gatos, varios de ellos tan negros como él. El viejo Gato Brujo se colocó en medio de la reunión y saludó a los nuevos miembros del cónclave. Había comadronas ancianas de más de diez años, expertas en seleccionar hierbas curativas y venenosas; gatitas expertas en realizar encantamientos con sus ojos y movimientos, y magos de guerra que tenían cicatrices de arañazos en la cara o les faltaban pedazos de oreja o cola.

El Gato Brujo recitó sobre la tierra del cementerio un conjuro y Carbón vio como una estela de vapor blanco, de color estelar, se formaba poco a poco, similar al espíritu de los insectos y roedores que emergía de sus cuerpos muertos pero a diferencia de ellos, este no procedía de ningún cadáver, como si hubiese muerto hacía mucho pero aún estuviera encadenado a la tierra. Una cabeza humanoide, vaporosa y translúcida, comenzó a gemir adolorida. Bajo su cuello aparecieron las clavículas, los hombros, luego un par de brazos que se apoyaban en el suelo con manos hechas de volutas de humo invisible, tratando de escapar de una trampa que le sujetara por la cintura. La aparición relató una historia angustiante sobre dolor interminable, recuerdos tristes que la atormentaban bajo la tierra, y la furiosa envidia de quienes aún tenían un cuerpo para disfrutar de los placeres de la carne. Sus palabras eran claras para los gatos entrenados como Carbón, y le fue imposible no sentir miedo. El viejo gato maulló brevemente una palabra furiosa y la cosa que antes fuera humana se cubrió los oídos y gimió adolorida, desdibujándose por unos segundos. Impasible, el animal ordenó a los jóvenes gatos negros que se acercaran a repetir la palabra que les acababa de enseñar. El primero de los novicios ronroneadores saltó cerca de la cosa que se giró para enseñarle los dientes podridos reconstruidos con la sustancia vaporosa, y aunque se echó para atrás pronto se recompuso y tras estudiarlo unos segundos, maulló débilmente. La cosa le gruñó y le tiró un zarpazo desdeñoso. El Gato Brujo negó con la cabeza y le ordenó que se alejara. Otro gato maulló a la aparición y esta sacudió la cabeza antes de dar un grito etéreo que erizó el pelo de varios de los nerviosos presentes. Tocó el turno de Carbón, quien quiso causarle una buena impresión a su maestro. El maullido original de su maestro había sido muy breve como para aprendérselo, pero había estudiado el sonido de cada ronroneador y sus resultados así que sabía también qué no hacer. Carbón se plantó delante de la cosa que lo miró desafiante, impaciente por la confrontación. Su maullido fue efectivo, causándole al espectro que se replegara y parpadeara un segundo, repelido de forma efectiva. Sin embargo no lo prolongo por el tiempo suficiente y la cosa, que ya había recibido suficientes injurias por una noche, le alcanzó a rozar con sus dedos etéreos en el hocico.

Ojalá los hubiera esquivado.

El arañazo espiritual le quemó el paladar como la vez que había mordisqueado un trozo de paleta de hielo de la niña, sólo que esto fue mucho peor. El dolor le atravesó los ojos, llegó a su corazón donde se le enroscó como un gusano parásito, y sintió una debilidad que lo forzó a exhalar un gemido tenue antes de dar un torpe salto hacia atrás. Al borde del desmayo, escuchó a otro gatito maullarle a la cosa y tras respirar con dificultad, se recompuso y se replegó hasta su sitio.

Para su pobre consuelo, ninguno de los ronroneadores fue capaz de infligirle a esa cosa el daño que el Gato Brujo le había hecho en un inicio. La noche era larga y había otros asuntos que tratar así que el viejo gato gris atigrado maulló con potencia, de forma aguda y precisa y el espectro fue exorcizado, desvaneciéndose en el aire de la noche como si sólo hubiera existido en la imaginación de los presentes. Contrario a lo que esperaba no hubo ninguna calificación, reprimenda o reconocimiento hacia los novicios de parte de ningún gato. Para cuando el cementerio fue iluminado por el sol de la mañana fría, ya todos los brujos habían emprendido el retorno.

Carbón fue recibido de forma efusiva por la niña, quien se puso a llorar cuando lo encontró arañando la puerta principal, tras cuatro días de desaparición. Olía mal y estaba un poco flaco, pero estaba vivo y eso era lo que importaba. La mamá, enojada, mencionó algo acerca de castrarlo para que se le quitaran las ganas de andar de vago, pero el papá se opuso mientras le servía en un tazón una buena cantidad de croquetas. Carbón durmió en la cama de la niña, arropado por su calor durante varias noches, estremeciéndose de repente por el recuerdo del ataque del espectro. A la semana siguiente cuando la niña volvió de la escuela, llegó acompañada por una nueva amiguita. Aunque había conocido algunas de sus compañeras y las reconocía por el olor, a ella nunca la había visto y notó algo interesante: la niña también tenía un gatito. No. Una gatita, para ser precisos. Las niñas congeniaban muy bien, jugaban y reían, y aquella visitante se volvió regular en la casa en los días siguientes. Carbón se preguntó si alguna vez llevaría a esa gatita que le dejaba la ropa oliendo de forma tan agradable.

El espíritu de la Noche de Todos los Santos se había instalado en la cuadra: algunas casas tenían telarañas y esqueletos decorando sus fachadas, y en casa de la familia el papá había plantado un espantapájaros con una calabaza de plástico por cabeza, y le había puesto una vela dentro. El aire fresco del otoño y el aroma a caramelos y chocolates esperando ser entregados, lo perfumaba de la misma manera sutil que los crisantemos y dalias de los jardines vecinos. Al medio día la pequeña visitante llegó a casa de la familia disfrazada de bruja. Y no se podía ser una sin una gatita como familiar: una hermosa gatita moteada y pequeña, de ojitos adormilados que sostenía entre sus brazos. Carbón sintió su corazoncito acelerarse y la mirada complacida de su madre Barcina, echada a los pies del sofá de la sala. Instintivamente se acicaló y ronroneó una presentación que atrajo la atención de la recién llegada.

Al atardecer, dos niñas con sombreros negros cónicos y capas salieron a pedir dulces, seguidas por sus gatos. Marcharon por las calles de la colonia hasta llegar a una de las casas desocupadas que tenía la puerta abierta. La niña de Carbón no quería entrar pero su amiguita le insistió en que no fuera cobarde y saltado entre matorrales resecos, dio un empujón y se asomó. Los cadáveres de los helechos le dijeron a Carbón que se fueran. Las esporas del moho que se había instalado en el baño de la planta baja le dijeron que no entraran. Y las piedras, enmudecían, como si recordaran torpemente que no querían estar ahí, pero sin saber por qué. Pero las niñas, sordas a la voz de las cosas, como el resto de los seres humanos, entraron.

En un principio, Motita percibió también la inquietud que emanaba de la construcción pero sin la preparación que Carbón tenía, ignoró las señales y siguió a su ama. La niña miró a su gato negro y Carbón maulló una advertencia, sentadito, meneando la cola nervioso. Luego la niña escuchó la voz de su amiguita llamándola y tras  dar un respingo, cargó al gato entre los brazos para darse valor y cruzó la puerta.
La sensación de desasosiego era muy intensa para Carbón. Se revolvió y logró que la niña lo soltara poniéndose delante de ella. Las voces de las cosas respondieron a su llamado pero además del miedo, no lograba hacerles explicar qué clase de peligro había dentro de la casa. La amiga de la niña salió de una de las habitaciones, muy seria, y le pidió que se fueran. Junto a ella, Motita tenía las garras de fuera, mirando hacia el pasillo, pero sin atinar a saber qué estaba buscando.

Carbón si lo sabía.

El habitante de la casa, la sombra espectral de un enorme y flaco hombre cuya corrupción sólo se había incrementado con la muerte, vigilaba desde una de las habitaciones a las niñas. Sus órbitas oscuras rezumaron deseos más pegajosos e inmundos que los orines y el semen secos del excusado. La cosa se irguió hasta tocar el revocado sucio del techo y dando largas pero pausadas zancadas, se balanceó hasta salir del cuarto. Carbón pudo escucharlo, murmurando obscenidades como las que el papá y la mamá se decían al oído cuando copulaban. El anhelo de una lengua que relamiera sus labios inexistentes y un sexo que acariciar, le repugnó tanto, que se vio obligado a callarlo con un maullido. Pero lo había escuchado, las niñas habían entrado a su casa, y ahora por las leyes no escritas, él podría entrar a la suya. Carbón le maulló a la niña y dio un salto entre sus pies, conminándola a salir de allí. Las niñas sujetaron a sus mascotas y bajaron las escaleras, saliendo por la puerta de la casa sin detenerse a recoger los dulces que habían tirado.

La gran gata de la noche se comió al sol de nuevo y las niñas, refugiadas en la recámara, parecían haber olvidado lo sentido en la casa abandonada. Pero los  gatos jamás olvidarían lo que habían visto, y Carbón sabía además que aquella cosa estaba esperando el silencio de la madrugada para arrastrarse como baba de caracol y meterse por la ventana, derramarse sobre la cama de la niña y hacerle daño en sus pesadillas.

Carbón y Motita se las arreglaron para salir por la puerta de la cocina después de cenar. Motita tenía miedo, pero esa noche se había convertido en el familiar de su niña y tenía la misma obligación que el gato negro. Cruzaron las calles solitarias en las que ninguna calabaza ardía ya, y se encontraron en su camino al Gato Brujo. Este miro a Carbón, pero no intercambiaron preguntas ni explicaciones. Las noches de instrucción habían terminado, y esa noche Carbón supo que si no pasaba esta prueba,  condenaría a su querida niña por el resto de su vida. Decidido, franqueó la entrada de la casa abandonada, y vibró en su pecho un desafío, cuyo ronroneo hizo vibrar hasta el más lejano rincón de la casa, en la que todo lo vivo y todo lo muerto, callaron llenos de expectación ante el combate que vendría.

Abraham Martínez Azuara

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