El vigilante

Qué impredecible es cada día. Al pisar la tierra aplanada por esa luz de atardecer que me recuerda el gran temor que sufriría si me viera hoy. ¿Tendría esa mueca excesivamente ridícula debajo de la capucha que cubre su rostro lleno de lástima?
La probabilidad de encarar al monstruo en que me he convertido crece. El llegar de la noche reafirma mi suerte al bendecirme con su ausencia y confirmarme que, después de todo, no fue un día terrible. Me repito a diario que no queda otra opción que vivir en duelo en el cementerio al que me he abandonado.

Me apropio del conocimiento de aquellos que han amado y dejado su sabiduría en las lápidas carcomidas por el tiempo, recordándome que un sentimiento existe dentro de esta carcasa insignificante y frágil. ¿Qué queda después de haber amado? El tener dentro de mí mismo la ilusión cercana a un sueño, tan vívido y fresco pero que el tiempo ha convertido en una pintura estática, ajena y lúgubre, me crea un pesar desesperanzado y dudoso. La heroica escena detrás de aquella tragedia, mientras corría alejándome de ellas y sentía las garras de la oscuridad apropiándose de cada latido de mi corazón me sirve de consuelo. Cada madrugada escucho sus gritos de desesperación y miedo resonantes en mi cabeza. La memoria falla en elegir los cantos de mi hija durante las noches santas o los murmullos acompañados por el cálido aliento al oído en las noches íntimas que tanto deseo reencontrar y recordar.

Es innegable que he aceptado mi destino, el cual ha sido maldecido por alguna entidad monstruosa y me ha convertido en un espécimen literario asqueroso. Aquellas personas que alguna vez se maravillaron ante mi presencia ahora acudirían a blasfemias y profanidades en su defensa. Bajo este curioso cielo, me dirijo afortunadamente a las tumbas de aquellos consagrados, a quienes les han permitido dejar este plano con tranquilidad, aun después de haber sido aquejados por la terrible peste. Las tumbas comunales esperando ser incineradas cada semana han sido un milagro, incluso para una criatura perversa cuya existencia depende de mantener la sanidad a flote. ¿Qué pasaría si me pierdo por completo a las necesidades animales? ¿Qué sería de mi pequeña Greta adorada y de mi amada Estela?

Desenterrar cadáveres y desatar la bestia que aqueja mi espíritu se vuelve significativo al compararlo con la posibilidad de convertirme en los otros. Sí, hay otros allá afuera que no tuvieron la fuerza para realizar los despreciables actos en los que me he acogido. Los he visto en decadencia dentro de la espiral descendente a la perdición. Expiden los sonidos más extraños que llenan este cuerpo despellejado de un temor congelante y un sentimiento estremecedor que deseo no volver a sentir. Esperan que desista eventualmente y sufra la destinada transformación, pero el deber es más fuerte que cualquier infierno imaginable.

Al atardecer, observo en silencio a los visitantes que mantienen la valiosa humanidad intacta, más no perfecta. Espío los nuevos cuerpos y apaciguo el miedo de encontrarlas. Concebí que el paso del tiempo y la inminencia del duro invierno predisponían una receta de amores renovados que borrarían los fuertes lazos sagrados, atestiguados por la divina aparición de Greta. Su vida es razón suficiente de permanencia en un plano injusto y desmotivado.

Una noche, mientras carcomía los restos putrefactos en soledad, escuché pasos declarantes de vida ante la desolada atmósfera desértica. Los sollozos pedían descansar en los oídos de los demás sin pedir consentimiento, mostrando las ansias de extinguir el dolor descomunal y apelando al auxilio sin pronunciar una sola palabra. Una madre despedía a su hijo frente al monumento santificado de Leadiz, aquella a quien la simpatía repelió ante la presentación del inocente vástago. La virtud de aceptar la ira danzante interior y proclamar su enojo al jurar venganza frente a la imponente estatua, culminó en una llamada descuidada a los otros. Las sombras de los otros aparecieron cautelosas alrededor de la angustia personificada, para después cubrirla de aquella sustancia viscosa y rancia más potente que el remanente combinado de las arcadas en los cuerpos corruptos en las fosas. La madre no sería vista nunca más. Arriesgó su vida por una sepultura sagrada en contraste a la anónima cremación apresurada que adultera a un ser impecable. Cavé la pequeña tumba y acomodé su frágil cuerpo, justificando así el remanente de humanidad que mantenía vigente y convertía el lamento inútil de una madre en un acto de compasión.

Los meses han convertido debilidades en fortalezas transformándome en un velador errante. Los otros duermen, a veces por días o semanas. Permanezco más solo que nunca. La naturaleza cósmica de la situación me ha enseñado a ver la necesidad de compañía, atisbando aun cuando no hay necesidad. La culpa me acecha después de haber leído aquel pasaje de extraña naturaleza y ver cómo la maldad incontrolable se esparció ante mí ser aquella tarde. Los otros aparecieron a mí alrededor perturbando la armonía de nuestro acogedor hogar convertido en alaridos y chillidos. La oscuridad trepaba mi cuerpo y la tontería espeluznante de fugarme se convirtió en remedio.

Confieso que el día de hoy he sido bendecido. Las he visto caminar con tranquilidad frente al majestuoso abedul posado en la colina al otro lado del cementerio. Sonrientes figuras reconocibles, manteniendo una cándida conversación sofocada por el ambiente invernal. Sufrí meses tortuosos, llenos de incertidumbre por su incierta condición mientras permanecía atado a estas entidades siniestras. La alegría perenne me inundó y no podrá ser arrebatada mientras estén seguras. Hoy reitero el porqué no me he convertido en los otros. Tengo algo que los demás carecen. Cargaré las memorias escasas de aquella vida anhelada y velaré mi nueva residencia, moribundo… vigilante. Los otros se escabullen a mi alrededor, unidos por el mismo acto de magia oscura que me ha exigido un aislamiento desdichado y procreando placeres inimaginables en bocados infecciosos. Recordándome lo que he perdido y también, lo que he ganado.

(Cuento ganador del 2do lugar del concurso Nyctelios 2020)

Carolina Arriaga

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