Entren, santos peregrinos

“No seas inhumano,
tennos caridad,
que el Dios de los cielos
te lo premiará.

Ya se pueden ir
y no molestar
Porque si me enfado
los voy a apalear”

Canción tradicional para pedir Posada.

Cuando la puerta de la casa de abuelita se abrió, por un segundo Carmen tuvo la certeza de que la anciana mujer aparecería detrás de ella, apoyándose en su bastón feliz de verla de nuevo. Pero quien la recibió fue la tía Fina, una mujer blanca y delgada de gesto duro, muy diferente de abuelita en apariencia y en carácter. Fina elevó la mirada por encima de su sobrina, apenas a tiempo para ver el automóvil en el que Lila, su hermana menor, se estaba yendo. No alcanzó a ver quién conducía. Seguramente el nuevo novio, o alguna de sus amigas con las que compartía el nulo interés por pasar las fiestas donde debía: con su familia. Fina volvió a mirar a Carmen y haciéndose a un lado, le dio a entender que podía entrar.
Carmen entró y Fina cerró la puerta.
—Ya llegó la bendición de Lila —anunció.

En la salita sus tíos Nacho y Omar estaban jugando cartas. Carmen recordó que cuando era más chica los confundía pero con el tiempo supo reconocer a Nacho no sólo porque era más robusto, sino por aquellos cachetes inflados, rojos por la cerveza que siempre tenía en la mano. Fue él quien alzó la vista y le habló con una sonrisa que se esforzó demasiado en mantener colgada.
—¿Y tu mamá?
Carmen señaló con la barbilla hacia afuera y luego se encogió de hombros. Pero apenas hizo el gesto, su tío ya tenía la vista de nuevo en el montón de naipes sobre la mesa de centro. Omar por su parte exhaló humo de cigarro por la nariz mientras negaba con la cabeza, creando una estela ondulante entre él y su hermano mayor.

Pasando por un costado de la sala, pegada a la pared y tan silenciosa como sus zapatitos se lo permitieron, Carmen se acercó al pino metálico decorado con esferas rojas. Le hubiera gustado ver el pino de plástico verde maltratado que su abuelita había puesto año tras año desde que ella recordaba, pero su tía lo había cambiado por este, más nuevo y plateado. Bajo aquellas ramas había cuatro cajas de regalos, sobre cada una, en tarjetitas blancas, se leían los nombres de sus tíos: Fina, Omar, Nacho y Caridad. No había regalos para abuelita, ni tampoco para mamá ni para ella. Sin decir nada y sin hacer ruido dirigió su mirada a la caja de huevo allende sobre la que una cascada de heno se derramaba, convirtiéndola en una especie de cerrito en la esquina de la sala. Sonrió tan tímidamente que aun si alguien le hubiese puesto atención, no lo habría notado: ahí estaba el pesebre que abuelita ponía cada año, con el burro, la vaca con su patita rota y vuelta a pegar varias veces, la virgen María y su esposo San José, mirando esperanzados una cuna vacía. Por encima de ellos, amarrado con alambre, flotaba un ángel como aquellos que seguramente estarían en ese momento en el cielo, cantándole a coro al niño dios, junto a su abuelita. Alrededor de la escena encontró a la pastorcita que arriaba con una vara a cinco gallinas (la figura favorita de su abuelita, porque “le recordaba a ella y a sus hijos”, decía cada Navidad), a las ovejas, a otros pastores y al laguito hecho con un espejo de mano sobre el que nadaban dos patos. Un poco más allá estaban los tres Reyes Magos, montando aquellos animales salidos del zoológico. Más lejos aun estaba la cueva del ermitaño, dentro de la cual un viejito pelón de barba blanca rezaba con devoción. Detrás de aquella cueva estaba la más curiosa de todas las piezas del nacimiento: un diablo colorado con alas de murciélago y barba negra, que bizqueaba.

—¡Niña no andes agarrando ahí, vas a romper las figuras! —la voz de tía Caridad la sacó de sus pensamientos y Carmen alzó la vista asustada. Se trataba de una mujer gorda, de muy mal humor que portaba un delantal. A pesar del clima frío tenía gotas de sudor acumuladas bajo la línea del cabello gris y por encima de las tupidas cejas. Carmen se puso de pie rápidamente dando un paso hacia atrás para alejarse.
—¡La niña ya mero rompe el nacimiento! ¿Dónde está Lila? ¿Por qué no se quedó a cenar?
—Ya sabes —Fina respondió desde algún lugar de la cocina, entre el siseo de los buñuelos que estaba friendo—, nomás viene, deja encargada a la chamaquita y se va.
Caridad negó con la cabeza, agitó las manos antes de secarse la frente con el dorso, dio la vuelta murmurando algo entre dientes y desapareció en dirección a la cocina. Carmen miró tímidamente a sus tíos que seguían enfrascados en su juego de cartas, y escuchó a Omar escupir entre el humo un quedo “Ah, que la Carmencita”. Si él supo que ella lo había oído o no era algo que parecía no importarle. Porque Carmen sabía que sus tíos se expresaban así de ella, y en más de una ocasión su madre les había aclarado que “no era su culpa, sino del papá”, que porque estaba medio tonto, que por eso ella se había tardado en caminar, y que también que por eso se había retrasado un año en la primaria. Su abuelita había dicho también muchas veces que no le dijeran así a Carmelita en frente de ella.
El humo del cigarro hizo que le picara la nariz y dejó la sala sin hacer ruido. Pasó delante del baño que estaba ocupado por una de sus tías, y subió las escaleras como lo había hecho tantas veces antes. Las luces de la planta alta estaban apagadas. Sintió un poco de miedo pero su abuelita alguna vez durante un apagón, le había dicho que los niños buenos no deben temer a la oscuridad porque no hay nada ahí que no esté también en la luz. Pasó por delante de la recámara de tía Fina y también delante de la de su abuelita, antes de entrar al baño.

El olor a talco, a perfume de azahar y crema humectante de su abuelita aún era perceptible. Hizo girar el rollo y se sonó la nariz con un pedazo de papel. Luego se lavó las manos del modo que abuelita le había enseñado y se tuvo que estirar para alcanzar la toalla para manos que su tía Fina había colgado inaccesible para quien no fuera un adulto.
Cuando salió del baño, se detuvo delante de la puerta cerrada del cuarto de abuelita. Giró el pomo de latón. La negrura de aquella recámara en la que había jugado tantas veces estaba interrumpida por una veladora encendida delante de una foto en blanco y negro. En ella vio una mujer joven parecida a su mamá, pero con el largo cabello negro recogido en un par de trenzas. Así había sido su abuelita antes de casarse, antes de tener hijos, antes de ser una señora gordita de cabello blanco y dientes de oro. Por un instante se sobresaltó, pues le pareció ver la silueta de su abuela recostada en la cama apoyada sobre la cabecera, mirándola como cuando tenía pesadillas y se iba a ese cuarto de madrugada, para dormir con ella. Abuelita estaba respirando pesadamente bajo las sábanas blancas, como si le costara mucho trabajo hacerlo. Encendió la luz asustada y se dio cuenta que no había nadie ahí. Sólo algunas colchas y almohadas dobladas encima de la cama.
Sintió después como si algo frío se hubiera deslizado suavemente sobre su cabello estirado por encima de su mollera, y dando dos pasos rápidos hacia atrás, salió del cuarto y descendió rápidamente las escaleras, haciendo bastante ruido.
En cuanto llegó a la planta baja, se topó con la figura esbelta y enojada de la  tía Fina “¿Quién te dijo que podías subir?” Le reclamó.
—Fui a… —intentó explicar tímidamente Carmen.
—¡Siéntate ahí y no hables! —fue su respuesta acompañada de un jalón de oreja. Le apareció un dolor en medio del pecho, más hondo que el de la oreja tironeada. Contuvo un gemido en la garganta, e hizo un esfuerzo por no llorar para no enojar más a la tía. Abrió la boca para que algo de ese sentimiento se liberara, pero se le quedó en los labios torcidos, aguantando la tristeza.
Rabiando entre dientes Fina le soltó la oreja dejándosela roja y anunció que ya era hora de la cena, que quería acostar al niño dios a las doce en punto porque estaba cansada. Carmen dio media vuelta y se apresuró a sentarse en el sillón de la sala, junto al pino.

Un cigarro se apagó encima de un montón de colillas en el cenicero, y el chasquido de otro bote de cerveza se escuchó cuando los tíos Omar y Nacho atendieron el llamado a cenar. Se sentaron a la mesa y mientras esperaban pacientemente que sus hermanas les sirvieran, Nacho se ocupó de descorchar una botella de sidra que tenía a un alegre Santa Claus, uno que esa noche no dejaría nada para Carmen bajo aquel pino. Volvió a verlo, a los regalos y al nacimiento. Notó entonces que el diablito no estaba ya detrás de la cueva donde lo había visto, sino que ahora estaba afuera del pesebre, delante de la niña de las cinco gallinas.
Se puso de pie y se acercó curiosa, alzando la barbilla para entrever mejor.
—¡Qué dejes ahí, date sosiego ya, criatura! ¡Chingado! —escuchó bramar a la tía Caridad.
Carmen agachó la mirada y de inmediato regresó a su lugar, pero no pudo evitar cruzar su mirada con la del diablito, alado y bizco.
—Ya se te salió tu mamá, Caro… —Tío Nacho se estaba sirviendo la segunda copa de sidra antes de cenar, con una sonrisita burlona.
Caridad chistó con los dientes, dejando caer en un plato algunas rebanadas de pierna y espagueti. —¡Yo soy un pan de dios comparada con esa señora! —exclamó.
—No seas así, hermana —agregó Omar extendiendo la mano para tomar el plato que le ofrecían.
—Ya salió el consentido a defender a mamá. Porque a ti y a Lila no les tocó, pero si les hubiera dado los varazos que nos arrimaba a nosotros, sabrías que Caro no es ni la mitad de culera que era ella —Fina atravesó la mesa para alcanzar la botella de sidra que Nacho había dejado delante de él—. Presta para acá que es para todos, Nachito El Borrachito.
—Ya vas a empezar —el gesto de Nacho era de disgusto y sostenía inmóvil el tenedor con el que había trinchado la pasta y la carne, mientras miraba serio a su hermana.
—Pues así te decía mamá, ¿no? Y luego te daba tus varazos en el lomo hasta que se le cansaba la pinche mano —Fina sonreía apretando los labios sabiendo que aquel castigo había tenido poco o ningún efecto en su hermano—. Y siempre decía “Es por tu bien” o “Es para que se te quite la maña”.
El sonido de los cubiertos tallando la loza, chirriando mientras los guisos eran cortados, fue lo único que se escuchó cuando el reloj de pared tañó una vez, marcando las once y media.
—No sé por qué te quejas de mamá, si te heredó la casa —concluyó Nacho antes de arrancar un pedazo de pan, que empezó a embeber en la salsa del plato, sin levantar la vista.
—Porque fuimos nosotras las que nos quedamos aquí hasta el final, cuidándola. ¿Y ustedes donde estaban? ¡Omar de viaje siempre, Lila echando pata con el novio en turno, y tú de seguro en la cantina! —Caridad había dejado caer los cubiertos ruidosamente sobre la mesa.
Nacho se limpió la boca con la servilleta e hizo una bolita apretada dentro de su mano, antes de arrojarla a un lado —¿Cuánto dinero desembolsaron del hospital, o de las medicinas? ¡Nada! ¡Claro que les tocaba cuidarla! ¡No es mi culpa que nadie se quisiera casar contigo con ese pinche carácter que tienes! Y de Caridad, pues ya ni digo nada, si ya sabemos…
—¿¡Si ya sabemos qué, pinche borracho hijo de puta!? —Caridad con toda su corpulencia estaba de pie resoplando con los ojos muy abiertos. Carmen deseó intensamente que su mamá apareciera, que se la llevara, que su abuelita estuviera ahí para protegerla, o al menos hacerse chiquita para esconderse detrás de los tronquitos del pesebre, donde nadie la viera o quisiera desquitar su coraje con ella. Las ventanas y puertas estaban cerradas, pero sintió que los vellitos de sus brazos y cuello se erizaron de frío repentinamente.
—¡Por favor, es navidad, respeten la casa de mamá! —Omar también se había puesto de pie, sin que su figura descollara junto a la de su hermano y hermana mayores.
—¡Esta es mi casa! ¡Mía! ¡No de la pinche vieja…! —gritó Fina dando un manotazo en la mesa.

La puerta principal se abrió de golpe con una ráfaga de viento helado, las luces se apagaron y un restallido convirtió la última sílaba de las palabras de Fina en un alarido doloroso, seguido de un coro de lastimeros  gritos, primero de Caridad e inmediatamente después de su hermano mayor.

La luz regresó dos segundos después. Carmen vio un surco rojo que hendía la mejilla de su tía Fina desde la oreja hasta la comisura de su boca y del que manaba sangre roja como su  lápiz labial. Ella se llevó la mano a la cara y gritó aterrada al verla manchada de sangre. Carmen pudo ver que era tanta la que le brotaba que aquellos dientes blancos estaban manchados de rojo por dentro de la boca. Atónita, Fina miró las manos de su hermana, profundamente rajadas por cortes rojos, que ella sostenía sangrando y temblando delante de sí. Nacho, que se abrazaba a sí mismo gimiendo, tenía la espalda de la camisa blanca manchada del mismo color: era una serie de taches que se estaban extendiendo a los lados, en largos canales que se desbordaban tras una lluvia de ramalazos invisibles.

De nuevo las luces se apagaron. Paralizada por el miedo, Carmen sólo escuchó la caída de las sillas, los gritos aterrados, los empujones, alguien que tropezaba quejándose al ser pisoteado, platones estallando al caer al suelo, el portazo de la mosquitera azotada por el empuje de corpulentos brazos manoteando en la noche helada, y después de unos instantes, conforme se alejaban por la calle, el llanto de dos mujeres que no dejaban de gritar, y los alaridos de Omar que llamaba a sus hermanas y hermano.

Las luces se encendieron de nuevo. El reloj dio doce campanadas, marcando la hora que dividía la noche buena de la navidad y el tiempo de acostar al niño dios. Carmen, que había cerrado los ojos, sólo escuchó su propia respiración agitada; y sollozó liberándose de la presión que había tenido en el pecho, desde hacía horas. Se dio cuenta que estaba sola, y cuando el eco del último tañido desapareció, abrió los ojos. La casa estaba vacía. El comedor mostraba dos sillas volcadas, platos rotos en el suelo, vasos volcados y comida a medio terminar sobre la mesa y el piso. La  puerta principal estaba abierta por completo, dejando entrar el aire frío del exterior junto a los remotos gemidos histéricos de tres personas.

Carmen miró de nuevo el pesebre. 

El diablito yacía acostado dentro de la cuna, bajo la mirada hueca de las figuritas de barro pintado.

Abraham Martínez

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