Siempre encontré un pene

Siempre encontré un pene y sus testículos en un azulejo del baño. Como esas nubes, cuyas formas convocan la claridad del espectador. El ingenio. La mente abstracta. Una vez creí ver el perfil de Dios. Es mi mayor y mejor recuerdo. Estaba sobrio como una escoba que no sabe volar ni maldecir. Una mujer me enseñó que la maldición y la bendición siempre son por tres. No quise entender lo obvio. Ni creer en su baraja de Tarot.

Lo veo distinto. No es que ha crecido o disminuido. No es que ha cambiado. Soy yo, el nuevo. Soy yo, el proceso. Contemplo en el azulejo de siempre, en vez de un pene y sus testículos: la cabeza de un elefante. Una vez hallé lo mismo en la cera de una vela derretida. Rosa. El azulejo es gris con líneas de un gris más oscuro. Justamente, son las líneas las que otorgan imaginación o simple humedad, después de una ducha caliente. Las frías son para cuando tengo demasiadas elucubraciones, mi propia tortura, patria de un pasado incapaz de contener al otro sin contenerlo; agua helada, chalecos, cintas. Con violencia e indiferencia, ambos crímenes para quienes enloquecen, por temor a un mundo que les duele demasiado. Algunos.

Entonces es un elefante. Dicen que el Animal de Poder se presenta en sueños, meditación, por la calle. Jamás escuché que fuese posible en un azulejo de un baño. Lo único que sé de los elefantes es que tienen gran memoria, capaz de diferenciar numerosos sonidos; y que cuando la manada se enfrenta a huesos, los huelen para saber si eran de su clan y sí es así, realizan un ritual con la trompa y las patas.

¿Estaré por morir? Como un cadáver joven y bello, quisiera Hollywood. No. No estoy por morir.

La figura se está moviendo despacio, hacia arriba hacia abajo, hacia izquierda hacia derecha. Cuatro son los puntos cardinales, cuatro los evangelios, así hubieron determinado mientras los gnósticos cristianos primitivos escondían a Magdalena, Tomás, Felipe y tantos más en vasijas, en el desierto. Cuatro puntos cardinales, una cruz forjada para recordarme lo vertical y divino, lo horizontal y humano.

Está creciendo en tamaño y completando su cuerpo. Las orejas son en extremo grandes, como las mías. Definitivamente, Hollywood no me querría. Aparecen sus colmillos. Si se convierte en real, sería el mamífero más inmenso. El pequeño baño explotaría como una plegaria en boca desesperada. O tomaría buena parte de las paredes del departamento.

Lo veo del tamaño de mi brazo, mientras recorre los azulejos. No se anima al espejo, tal vez, por reservado en sus modos y presentación. Camina hacia la ducha. Y lo veo ocultarse detrás de la cortina blanca. ¿Abrirla? ¿Irme? ¿Abrir un vino? ¿Llamar a un psiquiatra? Abrirla.

No está. En su lugar una estrella de cinco puntas, con dos puntas hacia arriba. Tal vez salga de ahí como un elemento más de un circo. No sé si continúan o no aplaudiendo la miseria de los animales. Una estrategia más de un zoológico con la crueldad de cien titanes. Sale de la estrella. Lo veo delgado, parece mareado. Sus colmillos desaparecieron, como él también lo hace.

María José López Tavani

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