Lóngzhóu

La estación de radio tocaba el hit número uno del momento. Era un tono meloso que Brenda no podía sacar de su cabeza. Ya habían repetido la canción dos veces esa mañana, primero mientras se bañaba y segundo durante su viaje en metro hacia la oficina. Al terminar la pegajosa tonada, el anfitrión anunció la llegada del monumento a la princesa Qi a la ciudad.

A Brenda le emocionaba vivir en la gran ciudad de Nueva York, al mismo tiempo, su inseguridad jugaba en su contra contrastando la ilusión y la realidad. No había hecho amistades desde que comenzó a trabajar de nueve a cinco en El Pensador. Estaba agradecida de tener a Joanna como su jefa, pues la empujaba a socializar con frecuencia en eventos laborales. En la juntas de desarrollo personal, Brenda le explicó que a pesar de ser buena escribiendo, realmente sentía que le faltaba el contacto con otros. Desde entonces, se encontraba haciendo reportajes en campo. Le provocaba ansiedad los momentos antes de hacer la primera pregunta en voz alta. Era como si un pesar jalara la voz hacia su interior, causando un silencio. Siempre llegaba el momento en que pasaba el bache y al emitir el primer sonido, ya no había vuelta atrás. Una vez comenzada la charla, todo fluía tranquilamente recobrandose a sí misma.

Tenía rato cubriendo notas asignadas y al escuchar sobre el monumento pensó que era una oportunidad de proponer algo diferente. Además, no tendría que invertir de su propio bolsillo, ya que la historia era local. Era el comienzo de una nueva etapa en su carrera como reportera y se acercaría a su sueño: tener su propio periódico. Estaba indecisa si lo fundaría en Hope, su pueblo natal, o ahí mismo en la gran ciudad.

Al llegar a las puertas de la imprenta y detenerse en la banqueta, sonreía al oler papel el caliente mezclado con la tinta. En el periódico trabajaban desde la madrugada en la orden del mismo día. Así era como confirmaba todo su esfuerzo. Al respirar profundamente frente al edificio cerraba un ciclo e iniciaba uno nuevo. De pronto sintió un fuerte golpe en su mejilla. La vista se nubló y se encontró tirada en el suelo. Un segundo se alargó desesperadamente y cuando abrió los ojos vio a Gus, el editor. Él le preguntó si se encontraba bien y le ayudó a levantarse con cuidado. La actitud sorprendió a Brenda, al verlo tan amigable. La confusión se posaba en el intermitente y punzante dolor en la mejilla que buscaba protección. Ahí estaba él.
Ella se sentó en la salita de descanso en el segundo piso. Gus le ofreció té con azúcar para que pasara el susto y una bolsa de hielo del refrigerador de la cocineta para cubrirse el golpe. Además, le dijo que no se preocupara, que sólo eran cosas materiales y lo importante era que estaba bien. Brenda tocó su hombro y notó la ausencia de su bolsa. Apenas empezó a sentir estrés por obtener identificaciones nuevas y reponer sus tarjetas, se calmó al recordar que tenía una copia de las llaves de su apartamento en su escritorio. Le tranquilizó también que el robo haya sido mínimo. Dispone de efectivo sólo los lunes y ya era viernes. Estaba preparada para estos casos, era bien sabido en Hope que la gran manzana no era el lugar más seguro y mucho menos en la zona donde trabajaba. Agradeció a Gus su atención y se dirigieron a su área de trabajo.

Minutos después llegó Joanna acelerada, ya que cada mañana debe dejar a su hijo en la escuela y son muy estrictos con la hora de entrada. Se queja cada mañana del tráfico. No le gusta manejar, pero le tomaría mucho más tiempo ir en transporte público. También le molesta cómo hacen melodrama los prefectos amenazando en no dejar entrar a clase a Davito por llegar tarde. Además, el divorcio tiene poco de haberse concretado y al quedarse con la guardia de Davito, le ha resultado difícil adaptarse a hacer todo ella sola. Se preocupa por dejar una buena imagen con los profesores. Después de trabajar ocho años en la imprenta y convertirse en directora de contenido, su experiencia le dice que la única forma de salir adelante es mantener ante todo una buena actitud. Así que espera que dicho hábito le ayude a mitigar los efectos de la impuntualidad diaria.

La llegada de Joanna es bien vista pues pone en marcha el tic tac del resto del día. Al ver a Brenda con la cara golpeada, se dió cuenta que debía postergar la delegación de actividades. Justo antes de que enunciara la primera palabra para preguntar qué pasó, Brenda se precipitó y le dijo que fue asaltada hacía unos minutos y que todo estaba en orden. Agregó prontamente que traían un monumento de China y quería realizar un reportaje sobre este. Explicó que podría dar una perspectiva interesante a los lectores. Tenían tiempo fomentando el arte local y podría dar un giro narrativo una historia detrás de traer un monumento de tan lejos, abordando implicaciones como los costos, posibles daños a la pieza y la motivación.

El tiraje del periódico no era muy grande. Joanna reflexionó en la idea y le dio la razón. Necesitaban material diferente para atraer nuevos lectores. La última encuesta demográfica mostraba poca participación de americanos asiáticos. Además, podría ser una buena oportunidad para que Brenda fortaleciera sus capacidades de comunicación con extraños. Los reportajes previos habían sido con un círculo de personas conocidas con quienes había tratado en eventos pasados. Le dio el visto bueno e indicó que con la cara golpeada, podría atraer sospechas. Le pidió a Gus que la acompañara, así podría compensar la situación con su carisma.

Gus detestaba hacer reportajes. Para él, lo más importante de una historia era la emoción, el sentimiento. Ésta podía hacer que lo más terrible pareciese hermoso y lo más elegante pasar desapercibido. Tenía tres años trabajando en El Pensador y le enajenaba la libertad creativa que Joanna le permitía publicar. A veces, tenía desacuerdos con Brenda porque a ella le importaba mucho resaltar la veracidad de una historia con neutralidad, mientras que él consideraba que los sentimientos era lo que movía a la gente. Cada publicación era una oportunidad para transmitir emociones nuevas a sus lectores. No se vio emocionado por la petición, pero no le quedó otra opción.

En el camino al muelle a donde arribaría el barco con el monumento, Brenda buscó información en internet. Encontró que el origen de la pieza es de la prefectura de Haibei, en el norte China. Es reconocida por ser una de las zonas más pacíficas cercanas a Mongolia y se le reconoce a la gente por elaborar máscaras de dragón en honor al Emperador Zhunglong y su hija, la princesa Qi. Los materiales predominantes son la plata y la chapa de oro. Principalmente resalta el pintado color amarillo en las escamas, plateado en los ojos redondos y saltones, y el dorado en las abundantes cejas, bigotes y barba. La cara chata muestra la boca abierta con vista de los colmillos generando un semblante dominante.

Al llegar al muelle, Brenda y Gus notaron la ausencia de personas. Esto podría significar un gran éxito si la noticia resultaba de interés popular o una tremenda decepción por elegir una nota aburrida. Un barco podía avistarse a lo lejos, pero no sabían con seguridad si realmente era el correcto. A las once de la mañana era la hora de arribo plasmada en la caseta principal junto al embarcadero 1. Ahí se dieron cuenta que faltaba aún media hora. A los pocos minutos, empezaron a ver una serie de chinos nacidos en América que se sentaban en filas en el muelle y comenzaban a meditar. Les pareció extraño el comportamiento y Gus se acercó a uno de ellos para pedir detalles. En el primer intento, le respondió amigablemente una persona que su objetivo era meditar en nombre de la princesa Qi. Así ella los protegería y purificaran la zona de arribo. De otra forma, podría haber severas consecuencias y buscaban mantener la paz y alejar el sufrimiento.

Al escuchar la respuesta, Brenda decide hacer una búsqueda más intensa en su celular y ver si puede encontrar más información en Google. Para su sorpresa, existe una organización llamada Los hijos de Qi. Pueden llegar caminando desde el muelle. El barco en el horizonte no parece haberse movido de lugar, la humedad y el calor comenzaron a hacerlos sudar. Brenda le propone a Gus poner fin a su espera explorando este templo. A él no le pareció mala idea, ya empezaba a mostrar interés en la princesa y el monumento.

El templo no parecía muy grande, pero sí se encontraba en muy buen estado. En la entrada, tenía unos escalones largos, anchos y de poca altura que llegaban a dos anchas y altas puertas de madera carmín oscuras talladas a mano. Se veían paisajes labrados donde aparecía un dragón descendiendo de las nubes y posándose en un lago. También había figuras de comida típica en jarrones y mesas bajas, bambú y personas que parecían danzar con trajes muy estilizados. Barriendo la entrada, estaba una señora de edad avanzada con una cebolla sostenida por dos palitos decorados que modelaba sus canas. Brenda le preguntó si habían llegado al templo correcto por lo que la vieja asintió. Recogió el polvo del suelo con su recogedor y los invitó a pasar.
Dentro del recinto, podían apreciarse una serie de habitaciones en la periferia con vista al patio central donde tenían un estanque rodeado de rocas y plantas muy bien cuidadas. La vieja les indicó con la mano el camino hacia una de las habitaciones. Los invitó a tomar asiento en el suelo, frente a la mesa chaparra y comenzó a preparar el té en una tetera metálica que parecía muy pesada. Tenía encendido fuego en lo que parecía una chimenea antigua, con cuadros labrados delineando el marco. Mientras el agua hervía y se mezclaba con hierbas aromáticas frescas, los invitados podían sentir armonía y un cierto nivel de respeto y apreciación. Ahí estaban como dos extraños, pero eran tratados como si fueran familia. Mientras la vieja encendía una vela frente al altar de Qi colocado al lado opuesto de la chimenea, les preguntó la razón de su visita. Ambos agradecieron el trato y Brenda continuó explicando la llegada del monumento de Qi y su interés en entender su procedencia. La vieja tomó la tetera, sonrío diciendo que cortó las hierbas esa mañana y sirvió en las tres tazas negras el aromático brebaje caliente. Después procedió a contarles la historia que inspiró a la creación del templo.

Comenzó explicando que durante la dinastía Tang, el emperador Zhunglong era conocido como descendiente de los dragones. La leyenda cuenta que cayó del cielo en el lago Qinghai por lo que se convirtió en el dragón de agua, haciendo una conexión entre el lago y el cielo, donde habitan los dragones. Tenía una hija llamada Qi, cuya madre murió al dar a luz. La llevaron al lago Qinghai para bañarla después de nacer y purificar su espíritu de la muerte que podría traer su difunta madre. La princesa, rara vez se enfermaba y le encantaba la danza regional. Tenía un poder de curación que los súbditos atribuían a la mezcla de la sangre del dragón y la bondad del agua creadora de vida.

Su padre estuvo combatiendo a los mongoles durante décadas. Las batallas controladas dejaban una constante deuda de bajas en los lugares más remotos y susceptibles de la prefectura. Las noticias de mujeres robadas, abusadas o asesinadas en manos de los sanguinarios atacantes llegaban constantemente. En respuesta, Qi viajaba a aquellas zonas fortaleciendo la salud de enfermos y mujeres traumatizadas. El pueblo los amaba por su constante devoción. Sobre todo en los tiempos más oscuros de la vida de muchos.

La ola atroz fue un evento que marcó a la prefectura de Haibei. Un grupo de mongoles asedió varios pueblos logrando acercarse a la capital. Las olas mongolas no parecían disminuir y los estrategas militares de Zhunglong recomendaron proteger a la ciudad cerrando sus puertas y atrincherándose dentro. Varios mensajeros habían sido enviados por ayuda a otros líderes y tardarían días en recibir respuesta. Pese a los intentos de repeler a los atacantes, los sanguinarios tomaron casi la mitad de la capital, haciendo lo que mejor sabían hacer: matar, hurtar y destruir.

El emperador cayó en una depresión, dudando de la fuerza del dragón en su sangre y pidió ayuda al chamán Kai, exigiendo respuestas. Este recomendó regresar a su origen, por lo que fueron al lago Qinghai. Al llegar ahí caminaron por un muelle que conectaba a una plataforma construida en sobre del lago. Qi y su padre realizaron La danza de la vida mientras el chamán invocaba al espíritu de la serpiente acuática. Al terminar la danza, una luz salió del agua y con ella ferozmente apareció Liúlong, el dragón de agua. Su cuerpo dorado y alargado resplandecía mientras ocupaba un amplio espacio entre las nubes y el cielo. Descendiendo su rostro a la plataforma frente a Zhunglong. El dragón les dijo que debían estar dispuestos a sacrificarse pues sabía lo que venían a pedir. Desde que Zhunglong cayó del cielo, su destino estaba escrito. El poder de curación de Qi, la sangre guerrera de su padre y el propio espíritu del dragón de agua regresarían la prosperidad a Haibei. Los ayudaría a restablecer el orden de su tierra y regresar la tranquilidad a su gente. El mal sería contenido, controlado y para ello requieren un recipiente. Les dijo que cuando estuvieran listos, debían llamarlo nuevamente.

A su regreso, Zhunglong comisionó el monumento a Liúlong. Una estatua que reflejaba la aparición del dragón de agua, descansando sobre las nubes y emanando del agua. Lo mandó a hacer de metal para que durara eternamente, utilizando platino, oro y bronce. Los artistas más reconocidos de la prefectura fueron llamados para hacer el monumento. Por su tamaño requeriría meses en concretarse pero con la ayuda comunal cada artista realizaría a perfección una pequeña parte de la composición para ser luego ensamblada. A los tres días el monumento se mostraba ante el emperador reflejando la propia ambición por recuperar el orden y la paz. Colocada la esplendorosa obra en el centro del jardín del palacio fue que nuevamente la princesa Qi y su padre realizaron la danza mientras Kai realizó la invocación. En esta ocasión, la serpiente metálica comenzó a brillar con una enceguecedora luz. Zhunglong sin poder abrir sus ojos tocó primero al dragón y sintió cómo el calor era transferido desde su brazo a su corazón, el cual palpitaba apresuradamente. Luego, Qi se acercó y miró a los ojos a Liúlong, apresuró sus manos a la cabeza del dragón que se posaba en la parte inferior y le dijo: “Sólo hay balance cuando todos tenemos el mismo poder, ya sea en la vida o en la muerte. Si alguien abusa de su poder para asesinar con frivolidad, nuestro espíritu resurgirá y atormentará al culpable”. Una ola de luz cubrió el cielo, cegando la mirada de quienes presenciaron a lo lejos dicho acto que selló el destino de Haibei.

La prefectura ya no volvió a ser la misma. La muerte repentina de Zhunglong dejó a Qi, ahora ciega y débil, a cargo de desplazar a los mongoles. Un par de días después la noticia llegó al palacio para informar los hechos que habían ocurrido durante la noche. Almas en pena de los aldeanos asesinados y mujeres violentadas aparecían en terribles condiciones. Algunos habían reconocido a familiares o amigos. Éstos acechaban a sus asesinos llevándolos a la locura o al suicidio durante la noche. Ni cerrando los ojos podían escapar. Asustados, los mongoles se retiraron de sus plazas y Haibei recuperó la paz. Desde entonces, la prefectura mantuvo un nivel de armonía nunca antes visto y la criminalidad se vino abajo por cientos de años. La princesa Qi sacrificó su poder de curación para crear esta maldición que cayó sobre los mongoles. La vieja agregó que el bien también carga el mal y viceversa.

Gus miró su reloj y cayó en sorpresa de lo tarde que se había hecho. Agradeció a la vieja por el té y la detallada historia. Después le dijo a Brenda que ya eran quince pasadas las once. Inmediatamente salieron de regreso al muelle y ahí divisaron la famosa y majestuosa estatua metálica. Imponente, brillante y se podía apreciar las múltiples escamas colocadas individualmente y unidas por oro. Sabían que era el trabajo de cientos de artistas herreros. En definitiva, era una perfecta obra de arte. La cara, cercana al suelo, era similar a las máscaras de dragón que había visto en internet. Brenda se paró frente a la enorme cabeza Liúlong y vio los ojos de frente. Sintió una conexión inexplicable y tocó su cara. Su mejilla moretoneada se tornó caliente y cerró los ojos. Vio la escena tal y como la había descrito la vieja. Un muchacho le gritó que no podía tocar el monumento, que se apartara. Abrió los ojos y vio que ya estaba colocada una grúa a un lado para moverla y los chinos americanos repartían panfletos sobre purificación del espíritu a los paseantes.

Mientras trabajaban la historia en la oficina, Brenda no podía dejar de pensar en los ojos del dragón, tenían algo que no podía descifrar. Fue a la cocineta por un café y en el camino vio su reflejo en un espejo de la salita de espera. El golpe se había reducido considerablemente. Fascinada, tocó su rostro pero ninguna palabra salió de su boca. Realizó el primer borrador del reportaje y luego lo envió a Gus para su edición. La columna quedó genial: era una mezcla de historia, intriga y misterio. Joanna la aprobó para imprimir esa misma noche. Brenda tuvo su primer logro; al llegar a su casa se miró en el espejo y recordó lo sucedido en la mañana. Pensó que debería estar celebrando y al verse golpeada, se sentía impotente y agobiada. Agotada, sacó los papeles para solicitar la reposición de sus identificaciones y se dijo a sí misma: “Mañana será un mejor día.”

Al siguiente día los teléfonos no paraban de sonar. En esta ocasión Brenda fue la última en llegar y se encontró a sus colegas apuntando en sus libretas información con rapidez. Corrió a su escritorio y contestó una de las llamadas en espera en el conmutador. Una señora llorando preguntó si ahí era El Pensador, y después de la respuesta afirmativa le contó que su familia había sido aterrorizada durante la noche. Una mujer horrible, degollada y con cortadas en el cuerpo perseguía a su esposo. Sus hijos y ella estaban muy asustados por lo que huyeron despavoridos de la casa. Su esposo se quedó congelado mientras gritaba de desesperación que lo dejaran ir. Hoy en la mañana leyó en el periódico la columna y esperaba pudieran ayudarla.

La nota de El Pensador se viralizó y en las redes sociales aparecían más y más casos similares. Algunos habían terminado en suicidio y otros en incapacidad mental. Los usuarios describían reacciones de algunos como desconectados del mundo, sin reaccionar a su alrededor. También se mencionaron otros casos donde la persona estaba en un descontrol emocional y con miedo de que otros se acercaran. Todos los casos coincidían en que no querían que se hiciera de noche. La vergüenza de las familias y los vecinos de las comunidades era evidente. La gente no podía evitar preguntarse si su mejor amigo, pareja, familiar o vecino acechado eran realmente un asesino. El sufrimiento podía verse en las calles, todos compartían imágenes de los afectados y algunas incluían a hombres y mujeres que no parecían estar en este mundo.

Al cabo de unas horas, en las noticias de la televisión se hablaba de los cientos de casos presentados, y el enojo de las personas por los efectos de la noche anterior. La nota de El Pensador había encontrado un culpable y en el templo de Los Hijos de Qi, donde se encontraba la estatua, empezaban a amotinarse dos bandos. Aquellos en favor de la justicia contra asesinos y aquellos que negaban al presunto agresor familiar y exigían el retorno del monumento y la maldición a China.

La policía llegó tarde, por lo que le costó trabajo mantener el orden. Los gritos de odio crecían. Algunos sostenían pancartas que decían “Que ardan los malditos” mientras que otras decían “Somos inocentes, destruyan la maldición”. A pesar de los intentos de mantener el orden, la gente se apelmazó contra las grandes puertas talladas de madera y a golpes lograron destruirlas, dejando en libre campo de visión aquel majestuoso y misterioso monumento metálico de más de dos mil años.

A la gente enardecida no sólo le importó acercarse al monumento del dragón de agua. También los poseyó el deseo de destruir el hermoso altar a la princesa Qi, las flores y plantas que habían sido cuidadosamente atendidas por la vieja fueron pisoteadas y las habitaciones saqueadas. Un grupo intentaba decapitar a la serpiente dorada con un soplete. Brenda vio en la televisión cómo un reportero desde el interior mostraba el templo en ruinas, el mismo que hacía un día había sido como un acogedor hogar. En una de las tomas vio en el fondo a una vieja tirada cuya cebolla con los palitos y canas le hicieron reconocer quién era. Inamovible yacía en el suelo, desapercibida por toda la gente corriendo sin dirección aparente y con un enojo en los ojos que le pareció familiar. El enojo que sintió cuando le golpearon en la cara.
De pronto, la cabeza cayó al suelo seguido por un estruendo. Un rayo golpeó al monumento electrocutando a aquellos que estaban sobre él. Un tornado se formó rápidamente empujando a la gente a buscar refugio. El cielo se cubrió de nubes negras y mientras el tornado estático sobre el monumento se disipaba, un agujero se abría entre las nubes posando una luz sobre el este. Fue entonces cuando el silencio tomó posesión de lo que antes era un templo y se distinguía una figura descendiendo de las nubes y levitando a unos metros encima de Liúlong.

La figura femenina tenía un rostro de dragón y la ropa ceremonial del emperador Zhunglong, la cual era una túnica amarilla que llega a los pies, mangas largas cuya amplitud colgaba figurando un gran cono de seda. En la cabeza tenía un sombrero puntiagudo y alto. Los ojos plateados resplandecían intensamente y con sus brazos abiertos parecía cargar un enorme poder. Una voz donde se mezclaban tres frecuencias distintas al unísono en un tono fuerte y atemorizante dijo: “Sólo hay balance cuando todos tenemos el mismo poder, ya sea en la vida o en la muerte. Han traído a Lóngzhóu a su hogar y en su ignorancia, han cambiado el contenedor de nuestro poder. Ahora permaneceremos aquí eternamente.” Desapareció seguido por el mismo resplandor enceguecedor que la vieja había contado. La gente atemorizada y confundida salió de aquellas ruinas silenciosamente. Brenda apagó el televisor, sentada en la salita cerró sus ojos, tocó su mejilla la cual sintió caliente y recuperó la paz.

Desde entonces, los cuerpos mutilados, abusados, violentados y asesinados despiertan cada noche en la gran ciudad de Nueva York. Mucha gente desconocía de las atrocidades que sus familiares habían causado y vivían bajo la sombra del anonimato. Entre el miedo y la vergüenza, Lóngzhóu -conocida como la maldición del dragón- los expone de tal manera que terminan por desaparecer voluntariamente del mundo donde no son aceptados. Otros quedan atrapados en una locura y confinados en sanatorios. Los vecinos reportan a la policía casos sospechosos y en base a investigaciones, comprobando el delito terminan encarcelados. La tasa de homicidios va en descenso, quizá haya esperanza para rehabilitar la cosmopolita ciudad que nunca duerme. Los años dirán cuál es su destino. Brenda duerme tranquila pues sabe que está segura y que la princesa Qi le dará el poder de responder para defenderse, en caso de que fuera a necesitarlo.

Arlette Montserrat Lara

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