Vagos rumores

Si bien me excitaba pensar que estuve en el epicentro de ese acontecimiento, también es verdad que no lo presencié en su totalidad, al menos no en la parte realmente importante. Me obsesionaba elucubrar cómo habría sucedido, quiénes se habrían quedado hasta el final, y si en realidad ocurrió como después lo susurraban los incontables rumores que corrieron por la ciudad.
Por más que me esforzaba no podía sentir que yo hubiera sido parte de esa realidad, era como si no pudiera reconocerme en ese tiempo y lugar, ni siquiera podía imaginar con aceptable detalle las horas que transcurrieron antes del hecho atroz. Para hablar de manera clara: no podía recordar lo que había sucedido, un olvido extraño nublaba mis recuerdos de ese día, y al mismo tiempo una nostalgia terrible me hacía volver una y otra vez a esa experiencia que por alguna razón mi mente había cercenado.

Hace unos años las personas de varios barrios de la ciudad realmente se preocuparon por lo ocurrido, una gran intranquilidad recorrió las calles. Aunque las autoridades de los distintos niveles de gobierno nunca mostraron el menor interés, se llevó a cabo una investigación de oficio, se siguieron los protocolos y después se archivó, pasando desapercibida al menos de manera oficial. Sin embargo, los rumores no desaparecieron, y aunque vagos en su inmensa mayoría, algunos incluso intentaban mencionar algún nombre para darle validez a lo relatado, alguna dirección de una calle, algún recuerdo referente a un chaleco rojo, a unos zapatones ridículos. No era extraño es ese tiempo escuchar algún indicio de lo que pasó mientras te fumabas un cigarro a las afueras de catedral, o al esperar el último metro en la noche de un sábado. La ciudad seguía su curso, y las historias corrían por sus rincones como llevados por el viento. Me sorprendía como la gente podía comentar reiteradamente algo de manera tan difusa, tan ambigua. Nadie mencionaba un título completo, una calle que en verdad existiera, todo era un “José no sé qué”, un “la calle esa que está atrasito del parque”. No existían en esos diretes un dato fidedigno que me ayudara a recordar lo que había sucedido esa noche lluviosa.

En vano intenté varias veces recordar para después poder olvidar en definitiva todo eso, pero no pude, así que seguí los rumores por todas partes, que aunque menguantes, persistían en continuar como parte del diario susurrar de la ciudad. El futbol, las peleas entre vecinos, el perro que mató al gato… y lo sucedido a aquel chico de la universidad. Siempre repetitivos, sin gracia, sin imaginación. Siempre repetitivos, insistentes, opresivos. Sin embrago, como descubrí después gracias a mis constantes vagabundeos por las colonias marginales -esas con los grandes lodazales y los niños raquíticos pero panzones, entre chafiretes y putas- los rumores tenían una fuerza que no había encontrado en ninguna otra parte. Aquí, las personas eran más libres, tenían menor miedo a la autoridad, a la moral. En estos barrios los diretes sobre lo sucedido eran constantes, burdos pero bastante más agresivos. Aunque evasivos, se comentaban como parte de las pláticas de carácter general entre estas gentes: asesinatos, violaciones, secuestros y todo eso.
En ese lugar escuché con estupefacción mientras dos taxistas conversaban. Decían que todo había comenzado como una broma de mal gusto, como las que les encantan a esos chavos estúpidos de la universidad. Que un tal José “N” había sido seleccionado para ser la víctima de tan inofensiva broma. Mis manos estaban trémulas, comencé a sudar. Yo conocí a un José “N”, se sentaba al lado mío durante la clase de filosofía. Empiezo a recordar, era un chico alto y delgado, con un porte medio aristócrata, medio mamón. Alguna vez tuve un altercado con él, como todo el mundo, pues le gustaba exponer a las personas usando su cultura de élite privilegiada.

En otra ocasión, afuera de una pulcata, escuché entre carcajadas alcoholizadas, como varios estudiantes de la clase de geografía se habían puesto de acuerdo para esparcir ciertas ideas acerca del tal José “N”, que si era muy raro, que cómo era posible que supiera tantas cosas, que si leía la mente. Y al parecer, así fue como se originó toda esa maraña de mentiras que llevaron a la tragedia.

Yo por mi parte, pude recordar –al fin- cómo había encontrado en su mochila una copia de planos del aeropuerto, ¿cómo era posible que José “N” tuviera acceso a esos planos?, y ¿por qué le interesan tanto los aeropuertos?, o ¿puse yo esos planos en su mochila?

Mis visitas a los barrios bajos se hicieron más recurrentes, y a medida que pasaba el tiempo, me fui dando cuenta que la transmisión de los rumores iban alcanzando cada vez mayores proporciones. En los barrios de clase media se discutía acaloradamente sobre si Rossana “F” había sido la causante de la idea original que construyó la broma, o que si Juan “R” había hackeado la cuenta de Facebook de José “N”, descubriendo claves crípticas que según decía Roberto “A”, venían de fuera del planeta, para ser más precisos, de la estrella Aldebarán.

Fueron esas semanas, creo, cuando realmente el tema cobró preponderancia. Ya no había negocio que se apreciara que no tuviera entres sus chismorreos algún nuevo dato sobre la confusa desaparición del chico universitario. Incluso, las autoridades eclesiásticas comenzaron a hablar del asunto en las misas, condenando el secuestro y exigiendo vehementemente la aparición con vida de José “N”.

Cuando me encontraba en casa, mientras comía o miraba el televisor, una angustia se iba apoderando de mí. Solamente pedazos, imágenes es lo que me veía en mente sobre lo acontecido, por alguna extraña razón, todos esos chismes y rumores me habían dejado exhausto, cansado. ¿Y si hablaba con alguien de la facultad? No, no tenía caso arriesgarse.

Después vinieron las denuncias anónimas. Tanto en los periódicos como en las paredes de la ciudad aparecieron avisos y grafitis en donde se gritaba a los cuatro vientos tal o cual nombre de los responsables de la desaparición. La comunidad universitaria fue linchada en los medios y las aulas se fueron quedando poco a poco solas. Se abrió por parte de las autoridades universitarias una investigación autónoma pero como siempre, nunca llegó a nada. Algunos alumnos fueron expulsados pero todo el mundo sabía que se trataba de chivos expiatorios.

Se avivó la especulación de los motivos, de la trama que estaba detrás de ese terrible acto. Se habló de grupos de ultraderecha y se comenzó una campaña de desprestigio contra un partido político. Los influencers y los youtubers inundaron las redes sociales con sus contenidos irresponsables y dramáticos.

Y entonces llegó la pandemia del covid-19. Uno pensaría que tanta muerte y crisis ayudaría a que se olvidará el suceso, pero al parecer el encierro de más de la mitad de la población por meses, sólo aumentó el ansia y el morbo por saber qué había pasado con el cuerpo del chico, ¿en dónde aparecería? Si es que aparecía algún día. Algunos grandes noticieros le dedicaron unos minutos y uno que otro programa estúpido fingió haber descubierto la verdad.

Uno de esos días por la mañana, por fin recordé cómo todos en el aula de clases creían que el tal José “N” no era de este mundo, que se trataba de un espía interestelar de los muchos que venían a preparar el terreno para la impostergable invasión y apropiación de los recursos de la tierra. Al fin estaba recobrando la memoria, cómo esa campaña de desprestigio logró irlo aislando del resto, destruyendo poco a poco, la empatía que cualquier ser humano debería de tener con sus semejantes. Recuerdo sus ataques furibundos hacia todo el mundo. Y sin embargo, descubrieron que se escapaba furtivamente a la facultad de ciencias y se reunía con astrónomos.

Las discusiones públicas sobre el caso fueron degenerando en altercados, en problemas con un fondo político, que si José “N” había sido un fifí, o que si los conservadores algo escondían. Incluso el señor presidente tuvo opinión del tema. Pero su cuerpo nunca se encontró, nadie sabe en realidad qué pasó con él. En los pasillos de la facultad no es raro escuchar las bromas crueles que esos filósofos pedantes hacen sobre José “N”, que si por fin regresó a su planeta, que si se transformó en un pulpo y ahora trabaja en un acuario. De las cosas que más me impactaron, fue cuando la prensa reveló cómo la guardia nacional había desmantelado una extraña secta al sur de la ciudad, y que en el lugar de los hechos habían encontrado objetos y fotografías vinculados con el caso del chico desaparecido. Como siempre, no se supo más de la investigación y enterraron el caso, como siempre hacen en nuestro país.

Yo creo que nunca se va a saber la verdad, pero eso no tiene importancia, en un país en donde miles de personas desaparecen cada año, un chico universitario no será echando de menos.

Epílogo

La noche pasada por fin recordé todo. Lo habían llevado con engaños a una fiesta en el Ajusco, en un despoblado había una tapia oscura y abandonada, lo habían emborrachado y cuando todos estaban eufóricos por lo ingerido, comenzaron a tomarse en serio eso de la invasión extraterrestre, tan en serio que comenzaron a golpearlo y lo amarraron a una viga. Después, lo juzgaron y lo encontraron culpable de traición a la humanidad y al planeta tierra. El veredicto fue la muerte.

También recuerdo que yo voté en contra, porque siempre he creído que debemos hacer contacto con seres que son más inteligentes que nosotros, imagínense todo lo que podrían enseñarnos, pero estuve en la minoría y mejor opté por marcharme. Julio y yo nos fuimos de ese lugar, lo último que vimos fue a Arnoldo y a Daniel que cargaban dos bidones de gasolina.

Ernesto Moreno

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