Despedida

Los dos niños lloraban a todo pulmón.
—No te vayas, mamita —sollozaban mientras abrazaban a la escuálida mujer que yacía recostada en la habitación del hospital. La madre se encontraba en etapa terminal. Aquel cáncer tan agresivo se había presentado sin previo aviso y no les dio tiempo de nada.

Henry, que intentaba guardar la compostura lo máximo que podía, no quería ni pensar en la idea de quedarse sin su amada Jessica. Esta vez ya no saldría del hospital, y a pesar del punzante dolor, Jessica rechazó los calmantes que tanto la adormecían, dispuesta a soportar aquel suplicio con tal de estar estos últimos momentos con su amada familia.
¿Cuántas cosas no le habían faltado por hacer? Suspiraba percatándose de que iba a abandonar a aquellos niños inocentes que tanta felicidad le habían dado.
—Treinta y nueve años no son nada —se repetía con frustración, intentando con todas sus fuerzas de no venirse abajo frente a Henry y sus pequeños.

Una nueva punzada de dolor atravesó su cuerpo haciendo que por poco volviera a vomitar, recordándole que se acercaba lo inevitable. Mientras que con todas sus fuerzas apretaba los dientes para detener aquel agonizante sufrimiento, su mente le fue presentando una recopilación de su vida…

Aquellos veranos que pasó con sus abuelos cuando era niña, la caída de su primer diente, sus amigos de la infancia, el examen tan difícil que presentó para entrar a la universidad, el día que conoció a Henry, y aquellos dos días donde pusieron en sus brazos a esos bebitos tan hermosos, a los que había prometido estar siempre para ellos y que cuidaría toda su vida.
Conforme veía aquellos hermosos recuerdos, no pudo evitar derramar sus lágrimas y susurrarle a su familia lo mucho que los amaba.
Henry y sus hijos la abrazaron con todas sus fuerzas, sintiendo como se desvaneció en sus brazos.

El dolor de Jessica desapareció, y desde lo alto de la habitación, miró como su familia abrazaba aquel cuerpo inerte.
Miró a sus hijos y supo que hizo el mejor de los trabajos como madre, teniendo la certeza de que Henry iba a poder afrontar aquella situación y que saldrían adelante.

De pronto, un mar eterno de memorias regresó a su ser. Cosas inimaginables para la vida de Jessica pero que recordaba con tanta familiaridad.
Extrañada, volteó a ver por última vez a aquellos seres que había en la habitación, a los que en algún momento muy lejano había llamado familia.
Y olvidando para siempre aquella vida, se desvaneció en el cosmos para nunca más volver.

Eduardo Nápoles

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