Detrás de la Máscara

Tardé mucho en decidirme a ir a la fiesta, no me sentía con ánimos de salir. Maya había estado insistiendo por dos semanas, incluso me obligó a ir a la estúpida tienda de disfraces para que escogiéramos algo combinado. “Disfraz grupal” habían decidido mis amigas. Todo el camino hacia el centro comercial sólo sentía ganas de llorar pero al encontrarnos ahí con Fede y Ana, pronto se disipó la tristeza, al menos por un momento.

Varios meses de no ver a las tres juntas, aunque había permitido que Maya me visitara en el solitario departamento, lo cierto es que ella era la soltera del grupo. Fede y Ana estaban casadas y a pesar de que sé que eran honestas en su preocupación por mi bienestar, prefería estar sola. Y cuando ellas venían, saber de sus vidas felices con sus esposos, los cuales dicho sea de paso, yo adoraba, me recordaban mi estatus social: viuda. Una viuda a mis treinta y cinco años. La muerte de Ray me fue golpeando cada vez con más fuerza, no negaré que al principio me sentí devastada, todo lo contrario. La mayoría de las mujeres, jamás recibirá de regalo de su esposo un sospechoso viaje sorpresa para ella y sus mejores amigas a uno de los spas más exclusivos en Las Canarias sin razón aparente, para regresar a encontrarlo con medio cuerpo fuera de la silla de su oficina, sangre en su cabeza y en la pared y una carta de despedida en su escritorio, la cual no he podido leer aún hoy dos años después.

El problema vino después, cuando salieron a la luz los asuntos en los que Ray se vio inmiscuido, los cuales le costaron el patrimonio, la salud y la vida a miles de personas y que lo orillaron a terminar con su vida para evitar cargar con el juicio que sabía lo llevaría a prisión y a la pérdida de sus bienes, nuestros bienes. Ray, no estaba hecho para la vida de prisión, es lo único acerca de él de lo que hoy no me queda duda, prueba de ello es su decisión final. Pero todo lo demás que se dijo de su participación como director de la farmacéutica, sus malos manejos, sus pruebas en mujeres embarazadas sin su consentimiento y tantas cosas oscuras que ni siquiera me atrevo a pensar, son temas en los que jamás apostaría un centavo ni a favor ni en contra.

Ray siempre fue un chico amable y tímido, con los años logró ponerse el disfraz de un león y convertir a Mazacoatl, la empresa que él mismo había creado, en la única proveedora de servicios médicos, sanitarios y farmacéuticos para la secretaría de salud. Era el empresario modelo del cual todos querían comerse una rebanada. Supongo que a mí me tocó la mejor parte, la tajada del pastel donde Ray era un niño necesitado de amor y pronto a devolverlo multiplicado. Los inacabables fines de semana viendo Game of thrones, animes y otras tantas cosas medievales que le obsesionaban; siempre me quería sentada a su lado y no dejaba de explicarme la mitología detrás de esas historias. Después, cuando todo empezó a ir bien, rentaba cabañas en las montañas invitando a varios amigos para jugar eternas partidas de D&D con tipos ricos y jóvenes como él que nos visitaban de otros países. Acaso Zeff, el esposo de Fede y Carlitos el timorato marido de Ana, encontraron en Ray una especie de hermano lo cual en ese tiempo nos unía más, como una familia. Siempre los chicos jugando videojuegos, Ray obsequiándolos con montones de curiosidades y dispositivos de Pokemon y Gokú, algunos tan sencillos como esas sobrevaloradas estampitas y otros tan complejos que no dejaban de hacer ruidos y emitir luces de todos colores. Lo cierto es que ellos idolatraban aquellas porquerías como si de oro se tratara, mientras nosotras nos emborrachábamos con vinos caros, las tres casadas acompañadas por Maya y con su conquista del momento, tipos guapos que se aburrían sólo con ver a los maridos de las amigas de ella.

A las chicas no nos daba regalos, nunca le gustó escoger regalos para nadie, ni para mí ni para su familia, tenía la teoría de que el mejor regalo que se puede recibir es algo que uno mismo escoja, pero conocía bien los gustos de Zeff y Carlitos pues eran los mismo de él. Sólo se ocupaba de que yo tuviera cantidades exorbitantes de dinero para que me encargara de complacer a mis amigas en todo. Lo cual hacía sin medirme y sin cuestionar de dónde salía todo aquello. Nunca me enteré de lo que Ray escondía, eso fue lo que les dije a los ministeriales, después a los fiscales y jueces, a los abogados de los políticos inmiscuidos, quienes me presionaban para apoyar la teoría de que mi esposo era el creador de toda la estafa, el grave robo que había caído sobre los servicios de salud del país. También se lo dije a la prensa que invadía mi privacidad y se lo dije a mi familia y a la familia de Ray, quienes también se vieron beneficiados tanto por su éxito en vida, como por su herencia, la cual de forma ingeniosa, había distribuido antes de morir para evitar que fuera confiscada.

Mi respuesta siempre fue honesta, no lo sabía. Sin embargo la percepción no sólo de las víctimas de mi esposo, sino del público en general fue la de mirarme como una embustera, como un accesorio de la trampa que había causado una crisis sanitaria y económica para beneficio de unos pocos, de los ricos aprovechándose de los pobres y cuando Ray desapareció del escenario para arrojarle tomates podridos, la única que quedo en el plató fui yo.

Si a alguien me costó trabajo decir que no lo sabía fue a mis amigas y a sus esposos. Creo que ellos dos estaban tan afectados como yo, se veían defraudados por la doble cara de su amigo, pero todos trataron de hacerme sentir mejor. No resultó.

Por intervención de Maya, quien me detuvo cuando estuve a poco de entregar lo que me había quedado como herencia a las personas perjudicadas, no quedé en la calle, aunque los lujos se extinguieron de la noche a la mañana. Vendí todo lo que valiera un centavo y me largué del país durante un año completo por recomendación de mi abogado. Al paso del tiempo, Maya me visitó en Los Ángeles instándome a volver, “el tiempo ha hecho que todo se olvide y ya hay nuevos villanos” dijo para de inmediato abrir los ojos y ruborizarse por su comentario, pero yo no lo tomé mal. Regresé a la ciudad y me instalé en un bonito departamento pero me mantuve como una ermitaña. Volví a abrir redes sociales –las que había abandonado por mucho tiempo- pero con una nueva identidad y cuidándome de no mostrar mucho mi cara, la cual apenas un año antes había aparecido en noticieros y periódicos señalada como la cómplice. Los primeros meses fueron complicados pero al poco me aventuré a ir a cenar con ellas y salir a hacer mis compras, siempre con una sensación de que la gente me observaba. Por ello me pintaba el cabello y me aplicaba tanto maquillaje como era posible sin llegar a parecer una drag queen. Pero ese lento retorno a la vida cotidiana, no aminoró el dolor, el cual regresó conmigo al entorno conocido. Cada día sentía más un odio y una amargura por Ray. No sé que me molestaba más, si su muerte, la manera en la cual la había planeado o todos los problemas en los que me metió, pero muy dentro de mí, sé que eso último es lo que no le puedo perdonar.

Entramos en la enorme tienda de disfraces, la cual estaba atiborrada del piso al techo de trajes, máscaras, decoraciones, maquillajes, armas de plástico, juguetes y un montón de cosas que me provocaron jaqueca. Ana y Fede, quienes siempre estaban discutiendo y nunca se ponían de acuerdo, comenzaron su toma y daca acerca de qué seríamos para la fiesta de Halloween de ese fin de semana. Como siempre Fede se inclinaba por un traje sexi, ella era la mayor del grupo, pero a sus cuarenta y dos años, seguía teniendo un cuerpo de una veinteañera de esas que se pasan el día en el gimnasio, a pesar de estar comiendo desde que despertaba hasta que se iba a dormir, causando que Zeff, al haber tomado esos mismos hábitos, se hubiera puesto muy gordo en los últimos años. Fede tomó un conjunto de enfermera con minifalda y lo sostuvo admirándose frente a un espejo.
—Estás loca —le dijo Ana—, si me pongo algo así voy a parecer una enfermera del IMSS a la que se le encogió el uniforme.
Fede le tomó la mejilla y le dijo —Tú eres hermosa… sólo un poco compacta.
—Pinche puta —le contestó Ana apartándole la mano mientras que la otra se burlaba.
Ana sugirió que todas nos disfrazáramos de brujas, a lo cual Fede hizo una expresión de fastidio poniendo los ojos en blanco. Se quejaba diciendo que ella había sido una bruja el año anterior y no quería verse repetida. Siguieron discutiendo por un cuarto de hora, algunas veces insultándose. Comencé a vagar por la tienda y al llegar a un estante con disfraces de GOT, sentí un pinchazo en el estómago. Años atrás Ray y yo fuimos a la fiesta de Halloween como Daenerys y Khal Drogo. Ray era tan delgado y bajo de estatura que se veía gracioso, Carlitos, quien había bebido más de la cuenta, se pasó toda la noche haciéndole bullying, pero a Ray no le importó y fuimos juntos a recoger nuestro premio de tercer lugar. Siempre pensé que nos premiaron por quienes éramos, pues la verdad nos veíamos patéticos, una Targaryen de piel morena con un Drogo que se puso de puntillas para la foto, para no verse más bajo que yo. Pero estábamos felices, todos lo estábamos. Me escurrió una lágrima y justo la estaba secando con la mano cuando Maya me tocó el hombro. “Parece que hemos encontrado el correcto”. Sé que se dio cuenta de mi tristeza porque me abrazó y después me sonrió mirándome a los ojos.
Salimos de ahí con sendas bolsas y Ana propuso ir a comprar nieve. En otros tiempos yo hubiera pagado la cuenta de todo y les hubiera sugerido ir a la tienda de lencería, o al local de ictioterapia. Pero esos tiempos se habían ido y cada una pagó por su disfraz y su nieve. Fede no estaba feliz con la decisión de ser “Las Cazafantasmas” y nos advirtió de los ajustes que le haría a su trahe para verse más sensual.

Fue uno de los mejores día que había tenido en mucho tiempo, mi mente enfocada en lo que estaba haciendo sin divagar hacia la constante autocompasión. Sin embargo la mañana del sábado treinta y uno de octubre, tuve un ataque de ansiedad y decidí que no saldría esa noche, pero Maya, agente de ventas como era, se había adelantado a mi probable deserción y preparó un discurso que me hipnotizó convenciéndome de que al descompletar el cuarteto les haría una grave afrenta a ellas y una peor a mí misma. Así que por la noche llegó temprano para arreglarnos juntas en mi departamento. Venía con una botella de Jack y latas de agua mineral en un morral desechable de entregas a domicilio. Los highballs pronto tuvieron un buen efecto en mi estado de ánimo, Maya puso una playlist que escuchábamos años atrás y subió el volumen a un nivel que me preocupó que el vecino de abajo se quejara, pero al segundo trago las dos coreábamos “Like a Friend” como si estuviéramos en un concierto. Tardamos horas en estar listas y por los efectos del alcohol ignoramos todos los mensajes de Fede quien disgustada nos ordenaban llegar cuanto antes a su casa donde ya nos esperaba Ana también.
Después de hacerla enojar un poco más amenazando con irnos a otro sitio solas, beber un último trago y tomarnos varias selfies en el espejo del elevador, abordamos nuestro uber y nos dirigimos a encontrarnos con nuestras amigas.

Fede se veía espectacular, había cortado las piernas al feo overol caqui y abierto el escote en “V”; Ana la miraba con su acostumbrada envidia pero al ver que Maya y yo no habíamos alterado nuestros trajes, aprovechó el sentimiento de manada para volver su rutina de insultar a Fede “Se te van a congelar las chiches por puta”. Lo cual era cierto, la fiesta era al aire libre pero a Fede no le importaba sacrificar el confort por el bien del look.

Zeff nos llevó a la fiesta, después regresaríamos en uber, o en las palabras de Carlitos; “como chingados puedan porque nosotros vamos al Termopilas”. Cuando Ray vivía los obligaba a asistir a fiestas de disfraces pero desde que murió, ellos preferían pasar sus veladas de chicos en un table bar.

El lugar estaba saturado, el calor de tantos cuerpos juntos hacía que el frío no se sintiera para beneplácito de Fede y molestia de nosotras que comenzamos a sudar debajo de nuestros trajes. A decir verdad Maya y yo estábamos ebrias desde que salimos del departamento, pero no íbamos a dejar que nuestras amigas bebieran solas, así que fuimos a la barra y comenzamos a ordenar cervezas. Algunos tipos se acercaban y nos pedían posar con ellos para las fotos, lo cual hacíamos de buena gana. Vagamos por el patio entre vampiros, hombres lobo, personajes de Star Wars y un sinfín de zombies, las personas que dejan su disfraz para último momento siempre terminan siendo zombies. Pronto los hombres comenzaron a comprarnos tragos, ocurrencia habitual cuando salíamos solas y nuestra borrachera se salió de control. En cierto momento tuve que ir al baño a vomitar pero como la fila era bastante larga, decidí que lo mejor sería ir a un pequeño baldío oscuro lleno de árboles en la parte trasera del predio. Ninguna de mis amigas me siguió lo cual de hecho agradecí. Devolví todo lo que había bebido pero no me sentí aliviada, de hecho el vomitar incrementó mi malestar. Me recargué en un árbol y fue cuando lo vi. A unos diez metros de distancia un tipo alto y delgado me miraba, o para decirlo de mejor forma, su máscara me miraba con unos ojos amarillos amenazantes. Era una de esas enormes máscaras de látex con forma de dragón, las escamas eran rojizas y tenía cuernos y colmillos que se asomaban por las comisuras de una boca cerrada. Ahora pienso que el efecto de la embriaguez aumentó el ansia que me causó estar ahí separada de la fiesta mientras era observada por él. Aparte de la máscara, el tipo no traía ningún otro accesorio. Usaba unos pantalones de mezclilla apretados y con algunas rasgaduras a la altura de las rodillas. Botas industriales mal atadas donde se abultaba la mezclilla. Una camiseta interior blanca y cubierta por una chamarra de cuero abierta. Tenía ambas manos metidas en los bolsillos lo cual aumentaba su apariencia de sólo estar observando.
La nausea regresó una vez más, volví a encorvarme y arrojar el ácido de mi estómago, lo único que me quedaba adentro. Cuando me compuse me erguí moqueando y con los ojos nublados por las lágrimas. Me limpié la cara con la manga del traje y al mirar hacia donde estaba el dragón, me di cuenta de que había desaparecido.

Regresé con mis amigas con la única intención de decirles que nos marcháramos. Al llegar con ellas, estaban charlando con un cuarteto de hombres, disfrazados con trajes blancos y bombines como Alex y sus droogos de “La Naranja Mecánica”. Aunque la única que charlaba era Ana con dos de ellos, mientras que Maya se dejaba abrazar por el que portaba un sobrero de copa y Fede se besuqueaba con uno bastante chaparro para ella, siempre nos burlamos de que le gustaran los hombres feos. Al verme llegar Ana me pidió acercarme y me presentó con los dos que tenía enfrente. Los saludé con desgana y le dije a mi amiga en el oído que quería irme pues me sentía fatal.
Justo en ese momento el DJ anunció que el concurso de disfraces comenzaría en dos minutos, pidiendo a todos que se acercaran al escenario. Y me di cuenta de que no podría escapar, las chicas soltaron a sus presas prometiéndoles regresar con ellos después del concurso y me arrastraron hacia el frente. Todo me daba vueltas y sentía que me iba a desmayar, Maya lo notó y se apresuró a traerme un vaso de coca cola, el cual bebí casi de un trago. El DJ indicó que habría tres ganadores los cuales se decidirían en base de aplausos. No recuerdo cuál sería el premio para el primer lugar, pero el segundo y tercero se llevarían una botella de tequila. El animador era un payaso de forma literal, pues aparte del traje de bufón que portaba hacía burla de cada uno de los participantes que subían al escenario, lo que divertía a la gente. Si no hubiese estado tan ebria quizás hubiera disfrutado el show. Había un Jack Sparrow que era igual al pirata de Disney, recibió una buena cantidad de aplausos pero no los suficientes para ganar ningún lugar. Tampoco los recibió una persona que traía un traje de gárgola perfecto, incluso con unas enormes alas que hacían que caminara torpemente entre la multitud. La multitud aplaudía más los disfraces graciosos, así que después de que una fila de gente que había invertido bastante tiempo y dinero en sus disfraces fuera despachada fuera del escenario, sólo se quedaron los disfraces cómicos. Cuando fue nuestro turno de subir al escenario, creí que me iba a caer en la escalerilla de metal, pero las chicas me sostuvieron y me ayudaron a subir. Lo peor llegó estando arriba, un par de reflectores apuntaban directo hacia nosotras ocasionando que me deslumbrara. Los gritos, las bromas del DJ y las bocinas en los lados no ayudaban a que me sintiera mejor.
Quedamos entre los finalistas, todo gracias a los contoneos y el baile que Fede le obsequió a la muchedumbre. Maya y Ana trataban de hacer poses de Cazafantasmas moviendo amenazantes los juguetes que habían comprado para completar los disfraces, yo sólo estaba de pie aturdida y cubriéndome los ojos con una mano para evitar encandilarme. Abajo los droogos aplaudían y gritaban apoyándonos. Habían sido pateados fuera del escenario por el DJ que les preguntó si acaso estaban disfrazados de fumigadores.

Recargado en una pared del lado derecho, estaba el dragón. Casi lo noté al mismo tiempo que el DJ, quien dijo “Falta él de subir” y la gente comenzó a animarlo a que lo hiciera. Al principio se quedó sin moverse, con su actitud hosca y esa máscara que parecía mirar hacia todos lados, pero que yo sentía me veía sólo a mí. Pareció que no obedecería al DJ, quien ordenaba que subiera, que no fuera un aguafiestas, pero al final lo hizo.

Había algo en su talante que hacía que no pudieran dejar de verlo, los rostros de la gente cuando el DJ pedía aplausos para él, reflejaban una mezcla de atracción y miedo. Él sólo estaba parado ahí con las manos en los bolsillos de su pantalón. A base de aplausos, el conductor del concurso decidió que el primer lugar sería para una pareja que venían disfrazados como el Teniente Dan y Forrest Gump, con todo y silla de ruedas pues el tipo que hacía de teniente, en realidad no tenía piernas. Quizás esto le dio puntos extra a su disfraz pero cada que el DJ decía “Aplausos para Forrest y el Teniente Dan”, la gente hacía una algarabía tremenda.

Quedábamos 3 participantes; Las Cazafantasmas, El Dragón y un tipo disfrazado de Mario Bros atorado en un inodoro (se veía mejor de lo que se puede expresar en palabras). Y era la recta final para el desempate, o mejor dicho, quién sería descalificado y quiénes ganarían el segundo y tercer lugar. El DJ gritaba: “Aplauso para Las Cazafantasmas, aplauso para Mario Bros, aplausos para El Dragón”.
A pesar de mi ebriedad me era claro que la gente le aplaudía más al Dragón que a Mario o a nosotras, así que el DJ lo declaró como ganador del segundo lugar, e inmediatamente pidió aplausos para saber quien se llevaría la otra botella de tequila, si Mario o nosotras. El conductor gritó en el micrófono “Escúchenme bien panda de estúpidos, sólo aplausos, sólo aplausos… Necesitan elegir al tercer lugar y sólo cuentan los aplausos, así que dejen de berrear como las putas baratas que son”. Las risas de la gente resonaron acompañadas de mentadas de madre y algunas bebidas arrojadas al bufón. Se colocó entre ambos finalistas y gritó, “aplausos para Mario”. La gente respondió con aplausos aplastados por más gritos, risas y más proyectiles. En ese momento sentí que estaba dentro de una secadora de ropa, todo alrededor giraba de forma incontrolable. Recuerdo el grito “aplauso para las Cazafantasmas” y mientras Ana y Maya comenzaron a bailar de forma sensual, Fede avanzó al borde del escenario y se abrió la blusa dejando salir sus enormes tetas provocando que la concurrencia quedara boquiabierta. Y yo, no lo pude controlar.

Expulsé la coca cola que traía en el estómago pero tuve cuidado de hacerlo sobre mis pies, no quería embarrar a nadie con mi vómito. Las miradas del público oscilaban entre yo y Fede quien no se había dado cuenta de mi propio espectáculo y seguía bailando cubriéndose los pezones con los dedos. La incredulidad en la cara de la gente se rompió cuando el DJ preguntó de nuevo: “aplauso para las Cazafantasmas” y los ensordecedores gritos me hicieron pensar que éramos una banda de rock frente a sus fans. Entre mis ojos borrosos y la vergüenza de mi actuación no recuerdo mucho del momento en que nos declararon ganadoras del tercer lugar, más que el DJ hizo varias bromas acerca de las tetas de Fede y de mi vómito. De cualquier forma no recuerdo sus chistes o no los quiero recordar.

Maya me acompañó al lavabo saltándonos al principio de la fila acallando las protestas de las chicas que habían llegado primero con amenazas e improperios. Cuando me hubo limpiado y a su juicio estaba lista para volver a la fiesta, salimos del excusado. Ignoró mis súplicas de marcharnos diciéndome que lo que necesitaba era un shot de tequila. Al llegar con las otras, las encontramos acarameladas con los Naranja Mecánica. Habían destapado la botella barata del premio y se la estaban pasando. A leguas se veía que los tipos querían que se emborracharan. Maya molesta de que no la hubiesen esperado se agenció la botella y la empinó sobre su cabeza bebiendo a grandes sorbos coreada por gritos de “fondo, fondo” de los tipos alrededor de ellas.
Huelga decir que después de mi espectáculo en el escenario, ninguno de los chicos se acercó mucho a mí, lo cual me alivió, pues lo último que quería era seguir en ese lugar. Fallé en convencerlas de largarnos, además no iba a ser yo quien les arruinara la velada y los arrumacos con sus nuevas conquistas después de haber desaparecido por dos años, así que aprovechando que estaban distraídas besuqueándose con los droogos, pedí un uber y salí a hurtadillas de la fiesta.

Parada en la banqueta mientras esperaba a mi conductor, no entendía cómo era posible sentirme tan borracha si había arrojado todo lo que bebí. Me vino a la mente algún episodio similar con Ray quien me dijo que no importaba vomitar puesto que el alcohol ya había entrado en el torrente sanguíneo y no sé qué tantas otras explicaciones que en su momento, como ahora, no me importaban un cacahuate.
A mis espaldas la tapia de piedra que lindaba la propiedad poco hacía para amortiguar el ruido de la fiesta que había aumentado entre gritos y música tecno.
El coche se orilló, comprobé la matrícula y el nombre del conductor. Abrí la puerta y un segundo antes de entrar, elevé la mirada y al otro lado de la calle lo vi recargado en la pared blanca de una casa, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo su botella de tequila, ahí estaba el Dragón. Me quedé paralizada por unos segundos observándolo. Él me devolvía la mirada con sus ojos amarillos. Inclinó un poco la cabeza hacia mí, extraño ver que un dragón te haga una reverencia, y levantó la botella como brindando conmigo.
Salté hacia el interior del vehículo y me agazapé en el asiento, pidiéndole al chofer que nos fuéramos.

No he visto a las chicas en dos semanas, he rechazado los intentos de Maya de visitarme con alguna excusa pero sé que es inevitable tenerla de vuelta en mi apartamento pronto. En sus mensajes me cuenta que ha estado saliendo con uno de los droogos y me ha enviado fotos. Es un tipo muy guapo. También me cuenta que Ana y Fede tuvieron suerte esa noche con los amigos de él y que no tuvimos “bajas”, nuestro código para indicar que sus maridos no se enteraron de nuestras correrías.

Yo sigo aún sin poder salir del departamento, siento que en algún lugar ahí afuera está el Dragón esperándome y eso me aterra.

Santiago Pérez

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