Antigüedades

Juan se encontraba bebiendo un bourbon con coca y fumando un cigarrillo, mientras escuchaba Space Truckin´de Deep Purple. Su voz interna seguía recordándole que había matado a alguien, y Juan seguía contestándole lo mismo, en voz alta: “Prefiero que muera uno a que mueran todos”.
No pudo encontrar una manera mas sencilla de lidiar con la situación que se había presentado en el intercambio. El anónimo traficante que se presento esa noche al callejón acordado, no era la misma persona con la que había lidiado. Y este codicioso criminal quería algo de dinero además del collar prehispánico que llevaba para finiquitar el trueque. Si tan solo el pobre diablo hubiese sabido qué podía hacer con ese collar, nadie estaría lamentándose en este momento. Bueno, quizá la persona a la que pusieran el collar, pero, Juan había aprendido que no era buena idea ponerse a pensar en qué pasaba con todos los artefactos que “movía” por el bajo mundo. Eso lo aprendió de su abuelo.
Su mente quiso divagar un poco, pero se contuvo. No era momento de perder el tiempo. Arath estaría aquí en cualquier momento. No hacía mucho que lo había visitado para recordar el aniversario de la muerte de Don Gabriel, el abuelo de ambos, y a la vez, llevar a cabo su anual torneo con el extraño tablero de su abuelo. Una vez mas, Juan salio triunfante. Ya habían pasado unos seis meses de eso, así que Arath seguramente llegaría con ganas de pasar un buen rato. Hizo bien en preparar la habitación de huéspedes.
Apenas se había levantado para servirse otro trago, y llamaron a la puerta. Tenía que ser Arath. La caseta de entrada no le avisó que alguien haya pedido acceso a su casa.
Cuando abrió la puerta se encontró con Arath y sus dos preciados xoloitzcuintles.
—Adelante, bienvenido —Juan ya conocía bien el procedimiento. Tenía que dejar muy en claro que era su deseo dejarlo entrar.
Arath se hincó ante los perros, a los cuales les dio instrucciones. Uno de ellos se fue por el pasillo al patio trasero. La puerta del pasillo no le detuvo, la brinco con facilidad. El otro perro aguardaba en la puerta de enfrente. Arath se incorporó y abrió sus brazos para envolver a su querido primo.
—Ha pasado mucho tiempo, cabrón.
—Si, no mames, seis meses, más o menos. Pasale, wey.
Arath entró y se dirigió a la barra de la cocina y de la bolsa sacó un par de botellas de bourbon.
—Mira, wey, para que dejes de tomar esas chingaderas con coca.
—Ahorita le entro —Juan sonrió y le dio un trago a su Jim Beam—, déjame nada mas terminarme este.
—Total, te digo, primo —dijo Arath entre tosidos, y añadió mientras se sentaba en un banco enfrente de la barra—. ¿Cómo te fue con los Valdez?
—Hablé con Don Mario. Parece que andan taloneando a los chavos.
—¿Cuáles chavos, mamón? Si son de la edad.
—Me entendiste, cabrón. Parece que les quieren dar cuello. Y pues Don Mario era amigo de Don Gabriel…
Arath le dio una jalada al cigarrillo —¿Quieres que le hable a alguien?—, su rostro se oscureció un poco.
—No, wey, no, gracias, a Don Gabriel le hubiera gustado que lo atendiera personalmente.
Ambos rieron juntos, una risa genuina. Algo muy difícil de obtener en las circunstancias en las que ellos se encontraban. Pero se las arreglaban después de todo.
—No, te digo al chile, cualquier cosa avísame. Eres mi sangre, wey.
—Sí, wey. Ahí te digo qué pedo.
Siguieron conversando unas horas de todo y de nada a la vez. Pero eventualmente habría que hacer entrega. Y obviamente fue Arath quien lo solicitó.
—Pues, wey, veo que no me has evadido la conversación, entonces supongo que sí lo conseguiste.
—A huevo. Sabes que sí está a mi alcance, lo que quieras —esto último, Juan lo dijo de todo corazón. Arath seguramente no se dio cuenta—. Mira, aquí está.
Juan se puso de pie y sacó una llave de su bolsillo. Se dirigió hacía el baúl que se encontraba en la sala pero no colocó la llave en el cerrojo. Acomodó la llave encima del baúl, la llave brillo un poco. Procedió a abrir el baúl y de ahí sacó dos trozos de tela. El más grande envolvía un macahuitl. Se lo entregó a Arath y a este se le iluminó el rostro.
—¿Sabes lo que puedo hacer con esto? —dijo Arath mientras lo tomaba en sus manos.
—Sí, cabrón, sí sé, no me pinches recuerdes.
—No, wey —Arath sonrió de buena manera—, no es mi estilo, lo voy a guardar.
Juan le sonrió de vuelta y se sentó de nuevo en la barra, encendió otro cigarrillo para proseguir se sirvió otro trago. Ya estaba bebiendo de la botella que Arath le trajo.
—Bueno, pues, ¿cuánto te debo?
—No, no es nada. Es mas, ten —Juan le entregó el trozo de tela más pequeño. Arath lo abrió y se encontró el collar prehispánico que le había dado a Juan para el trueque.
—¿Te lo chingaste? —preguntó Arath con sorpresa.
—Sí, wey, es que me pusieron un cuatro… o más bien, le pusieron un cuatro a mi contacto.
—Cada vez le vas perdiendo el miedo. Vas a ver, wey, un día de estos vamos a compartir esa pinche biblioteca.
El sólo pensarlo le ponía la piel de gallina. Don Gabriel le confió su biblioteca poco antes de morir. A Arath eso no le había caído en gracia pero Don Gabriel sabía que Arath no tendría ningún problema en usarla. Su abuelo tenía intenciones de que esos conocimientos permanecieran ocultos y Juan quería llevar a cabo su voluntad.
Arath notó que su comentario incomodo a su primo.
—Pero, bueno, aún eres joven. Aún no estás listo. Hablaremos de eso después… o cuando logre derrotarte en el tablero —lo del tablero lo dijo en tono juguetón.
—Sí, wey, un día de estos.
Arath le regresó el trozo de tela con el collar prehispánico. —Quédatelo, wey, yo tengo dos. Igual te sirve para catafixiarlo por algo.
Juan tomó el trozo de tela con el collar y lo puso a un lado. En ese momento Arath también envolvió el macahuitl en el trozo de tela y lo puso enfrente del collar, sobre la barra.
—Pues, mira, necesito otra cosita… Y creo que sé dónde está —Juan lo miró con interés pero guardó silencio para que su primo continuara—. Y, por eso te pregunté por los Valdez. Creo que Don Mario tiene La Máscara.
Juan rompió su silencio —Hay un chingo de máscaras…
—La Máscara del Dragón, no te hagas pendejo.
Juan consideró un poco. Ese era un artefacto muy codiciado y por ende muy caro. No creía que Don Mario fuera a deshacerse de él tan fácilmente. Por otro lado, Don Mario seguramente ni siquiera sabía para qué servía, y sólo lo tenía por su valor monetario… Si es que lo tenía… Y dado que estaba en problemas quizá no batallaría para obtenerla.
—Es viable… pero esta sí te va a costar caro.
Arath lo miró de manera condescendiente —A ver, wey, ¿qué quieres?
—Dame un año sin jugar por la biblioteca.
Arath se extrañó un poco, no esperaba esa respuesta —¿Cuándo chingados me vas a pedir algo para ti, cabrón?
—Wey, yo te consigo las cosas, no mames.
Arath soltó una carcajada que lo puso a toser de nuevo y colocó su cabeza sobre la barra. Juan le golpeaba suavemente la espalda mientras reía también.
—Okey, consíguela y luego vemos qué pedo —dijo Arath con la voz cortada.

La noche continuó sin negocios turbios ni artefactos prehispánicos. Solamente un par de primos pasándola bien y los dos perros en el exterior. Arath bebió un poco más de la cuenta y sacó a relucir su lado más agradable. Ese que tenía antes de que su padre le enseñara el “oficio familiar”. Ese lado que casi nadie mas podía ver. Juan, por su cuenta, se encontraba orgulloso de sí mismo. Su plan de encaminar a su primo fuera de la oscuridad, o bueno, fuera de esa oscuridad, estaba avanzando poco a poco. Su abuelo le había enseñado que a la maldad no se le puede detener. Está en todos lados. Solamente, si acaso, se le puede contener.

Y hoy, había logrado algo bueno. Quizá podría dormir un poco esta noche.

Javo Monzón

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