Las sabias costumbres

Dedicado a Paulo, para que se asombre con las acertadas ideas de uno de los pueblos de ese mundo mágico que acordamos construir juntos.

El al parecer misericordioso Fray Paulo de Alosno, siguiendo los amorosos pero equivocados pasos de otro gran clérigo erudito, y digo equivocados porque según mi investigación, pertenecía clandestinamente a la gran horda de la herejía pues había sido corrompido por las ideas descabelladas del monje Hui Shen, y eso era lo que secretamente los unía.
El nombre del citado sabio no podemos aclararlo por cuestiones de censura de esta casa editorial.
El fraile llegó después de una terrible travesía de doce años en distintos gálibos de todos los tamaños y pendones, a las míticas costas del país de Fu-Sang.
Pero no se quedó ahí por mucho tiempo, su camino siguió hacia horizontes más lejanos y aun más lejos. En su grimorio Costumbres y maravillas de las tierras no cristianas de más allá del ultramar, de más allá del mítico país de Fu-Sang, mismo que fue prohibido por la Santa Iglesia en su momento, él las llamó “Las tierras de Arges”, seguramente porque eran extrañas y luminosas si tomamos en cuenta la referencia a los mitos griegos.
En sus memorias relata cómo los habitantes de Arges restañaron el muñón infectado que le causaba tanto malestar, de cómo les compartió a estas asombradas personas que muy lejos, cruzando el mar infinito, se encuentran los reinos del norte, los del gran imperio mongol, los de Cathay, los dominios del rey amarillo, el mismo que derrotó a la gente del espejo hace tanto tiempo, y las tierras de Qin Shiuangdi, que había creado un ejército de hombres de barro y, aun así, no pudo someter a los tranquilos habitantes del pueblo eterno.
Y que más al norte existen regiones habitadas por hombres que odian a los Quin y a los mongoles, que visten panoplias acorazadas, cascos con cuernos y que portan sables afiladísimos, como el que usaron para cercenarle una mano como oneroso castigo por traerles la buena nueva de nuestro redentor Jesús de Nazareth.
Cito “Sepan quantos esta cara vieren cómo yo Fray Paulo de Alosno, vezino de una muy noble cibdat de sur de Huelva, fui peltraca de forfechosos en un pennedo, que lo eran ni a bien porque lo seer”. Seguramente dijo, sin que nadie entendiera sus palabras, pues más bien seguirían las señas que elaboraría con grandes aspavientos y con un dramatismo digno de un actor de comedias shakesperianas.
Entre muchas curiosidades y sinrazones, seguramente alimentadas por la blasfemia de cultos orientales o venidos del imperio de los grandes señores turcos de la época, también describe la extraña y bizarra costumbre que tiene uno de estos pueblos -el Zeka- para cambiar a sus líderes cuando ya no funcionan.
Comenta que en una planicie verde y vasta, se dan cita la mayoría de los integrantes de todo el país -que a decir verdad, comenta, es muy pequeño-. En medio de una hermosa sabana se encontraba una laguna llena de agua estancada y verdosa, tan llena de hierbas acuáticas que parecía tener una alfombra esmeralda cubriéndola.
A la mitad del estanque se colocaba un madero al que los carpentarius previamente habían revestido con goznes de metal para ayudar a su equilibrio, que servirá al actual regente o rey de plataforma. Este ritual se llevaba cabo con el consenso de todos cada año, que según nos comenta el Frayle, constaba de 721 días cristianos.
Una vez que estaba colocado el gobernante en medio del madero, comenzaba el juicio. Se testificaba en su contra y a su favor. No terminaba el proceso hasta que todo testigo era escuchado. Era una especie de juicio popular. Era la costumbre.
Cito: “Antes perderee el cuerpo edexare el alma, pues que tales malcalcados avistamientos me vencieron la razón, e por aquestas estrañas costumbres” Le había dicho Fray Paulo de Alosno a uno de los guardias, sin que éste seguramente le entendiera.
Alrededor del año del nuestro señor Jesús Cristo de 1140, fue según mis investigaciones, que el sabio Fray Paulo de Alosno visitó a los pobladores de la tierra de Arges, y al parecer, se llevó a cabo uno de estos juicios aberrantes.
El Rey que estaba siendo enjuiciado era un pequeño mozalbete como de 12 años. Sus garmentos elegantes y coloridos al parecer lo delataban, las plumas exóticas de su sombrero ondulaban con el viento, nos cuenta el Frayle. Lloraba con dignidad, con delicadeza, ahora que inexorablemente lo habían sumido al ostracismo.
El pequeño rey fue encontrado culpable por llevar a cabo una guerra desastrosa en contra de los pobladores de la planicie, que según se enteró Fray Paulo de Alosno después, eran nada más ni nada menos que caballos salvajes. A todos les escandalizó la idea del sabio de usarlos a la manera cristiana, como bestias de carga.
Cito: “Dispares mores disparia studia sequuntur” Escribió Fray Paulo de Alosno que dijo Cicerón, refiriéndose claramente -según recuerdo de mis clases con el profesor tristemente traidor Unamuno- a la gran diferencia de costumbres de los pueblos.
La colectividad condenó a su gobernante a muerte por flecha. Mientras su carita se llenaba de decepción, el pequeño rey se puso su máscara dorada de Dragón, que en el oriente lejano representa sabiduría, divinidad y jerarquía. Su madre, en una de las orillas gritaba y se desgarraba el cabello mientras deslizaba a través del agua una pequeña barca de madera con un tambor en su centro. El pequeño rey, nos relata el Frayle con marcado asombro, lo tomó y comenzó a cantar una triste canción sobre sus triunfos pasados. Los flechadores con sus penachos emplumados se acercaron al estanque, tensaron sus cuerdas y justo antes de que comenzaran a disparar, algo los detuvo.
Abriéndose paso a través del gentío, el más famoso guerrero de los ejércitos de estos pueblos, un muchacho como de veinte años con una hermosa coraza azulada, fuerte y con autoridad tremenda, saltó hacia el estanque, todo el mundo lo conocía y lo admiraba, era el hermano mayor del soberano con máscara de Dragón dorado. Aun así, los flechadores comenzaron su tarea.
Las crueles saetas fueron cayendo una a una, llenando el pequeño espacio del madero que flotaba en el hermoso estanque de una planicie verde y vasta en el país más allá de las sorprendentes y lejanísimas tierras del reino mítico de Fu-Sang. El pequeño rey lloraba y cantaba. Al principio, su hermano mayor, general de ejércitos, héroe probado, querido por el pueblo, pudo cubrir con su panoplia una gran cantidad de flechas, pero al pasar el tiempo, sus piernas, brazos y cuello fueron atravesados por los dardos mortíferos de la decisión popular. Cayó y su armadura azulada mordió el polvo junto con él, para siempre. El orgulloso y soberbio emblema del Dragón dorado -mismo que había presenciado las tremendas victorias de Tsotla-ko y el país de piedra- labrado en su escudo cayó también, a los pies de su hermanito. El monarca, al cabo del tiempo se desplomó también, llorando a grito, abrazando a su protector y pidiendo perdón a sus súbditos.
Cito: “Vasta tristesa me probocan las gentes de este abadengo, Señor por merced vos datme respondo desta gran crueldad y gran ferosidas destos artilugios, ¡multitudo non est sequenda!, ¡multitudo non est sequenda!, Escribió Fray Paulo de Alosno, seguramente mientras el cuerpo del pequeño rey con su máscara dorada de Dragón se hundía en las aguas ominosas del estanque en aquél país extraño.
El tal vez, no lo niego, misericordioso Fray Paulo de Alosno nos cuenta que lloró también, y que se sorprendió ante la costumbre de este pueblo en donde los reyes nunca duran.

Como conclusiones del análisis de este texto, sugiero que se eche al fuego con los demás documentos de corte claramente facineroso y comunista. Las ideas vertidas por este oscuro y desconocido, pero bien probado hereje, son peligrosas para la nueva España que estamos construyendo, para la verdadera familia católica y sobre todo, para el Generalísimo, gran vencedor y guía de la patria.
Firma autógrafa del Sargento primero
César Augusto Muñoz Romero.


Ernesto Moreno

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