Capítulo 21 – parte 2.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Marché en busca de mi propia perdición. Yo sabía que todo acabaría, pero tenía que averiguar cómo. Quizás tendría que lamer las botas del ministro y perderme de nuevo en sus enredos para conservar mi posición. Yequé mi Durango 97… no podía traer un mejor auto porque tenía que guardar las apariencias y toda esa cala, pero pisándole con la noga hasta el fondo realmente es un vehículo que va bastante scorro.

Me estaba esperando el ministro, toda la sala amplia estaba llena de militsos, quizás unos cuarenta. Era el último piso de un enorme rascacielos, el aire entraba fuertemente por unas ventanas abiertas.
Él estaba sentado detrás de su escritorio leyendo el manuscrito, después de ignorarme un momento se levantó, me lo mostró como si fuera algo que su querido y humilde narrador no hubiera visto jamás.
Todo nadmeño me escupió estás palabras mientras se acercaba un poco
—Bien bien bien, mi querido Alex… al parecer tus pensamientos están vertidos en estas páginas… qué bien, pues ahora me has demostrado que, cómo te diré… no podemos confiar en que cumplas con nosotros por tu propia voluntad… a pesar de todo todo lo que hemos hecho por ti. Y como no podemos controlar tu voluntad por eso de la opinión pública y todas esas cuestiones sin sentido, pues… ¿qué podemos hacer?
Sonreí. Oh, vaya que sonreí.
—Puedo aclarar ante la prensa que no escribí esas líneas, que no sé nada al respecto y que simplemente es un ataque más de nuestros enemigos…
Echó una carcajada.
—Fue una catarsis, señor.
—Vamos, chico. Esas son cosas sin sentido. Deja eso para los escritores y sus sueños locos. Pero bueno, yo sabía que nos podíamos entender. Ahora, voy a tener que destruir este manuscrito, para que nunca reconozcan tu letra.

Eso no lo podía permitir, ésa era mi gran obra maestra, mal escrita y destinada a nunca videar la luz, aunque para mí era tan dulce como las más grandes sinfonías. Lo iba a arrojar a un triturador mecánico de papel. Lo tomé de la muñeca, las hojas cayeron, se desperdigaron. Los militsos se acercaron. Yo me alejé de él levantando ambas manos lentamente.
El Ministro estaba realmente rasdrás, era como si se estuviera conteniendo. Yo sólo veía las páginas volar ingrávidas, cada una llena de mi verdadero ser, exceptuando obviamente las del capítulo 21. Caminó hacia atrás de su escritorio y sacó algo de un cajón, pensé que iba a ser un arma, pero era más bien un control a distancia de alguna especie, una caja negra.
—Logramos extraer de tu cabeza muchas cosas, como el núcleo del Ludovico 2… oh, sí, querido chico… ahora es un hermosa mutación que se ha extendido por el mundo y que nos permitirá convertir a todos, criminales o no, en Naranjas Mecánicas… buen título, eh… tú ya traes esa mutación por cierto, aunque creo que lo más conveniente y lo menos complicado es que mueras, maldito muchachito engreído…
—Usted me necesita y lo sabe.
Me escupió en la cara. Sonreí. Bajé los brazos y se escuchó el sonido del seguro de todas las armas a mi alrededor.
Él emitió una risa burlona y se alejó de mí.
—Aquí tengo a tu reemplazo, antes de liberarlo ante el público, quisiera hacer una pequeña prueba de su obediencia y de sus habilidades… tú sabes, ver si mi mercancía no salió dañada…

Videé a un nadsat sentado en un rincón oscuro. Había estado ahí todo ese tiempo, con la mirada perdida en una de sus botas, las cuales eran iguales a las que yo solía utilizar, de hecho toda su platis era igual, incluyendo el viejo molde para la jalea, el sombrero, las pestañas en un sólo ojo, aunque en este caso era el izquierdo. Gran Bogo, pensé, es otro Alex. Un clon que aparentaba tres o cuatro años menos que Vuestro Humilde y Sorprendido Narrador, el verdadero yo, que en cambio estaba vestido con un traje al viejo estilo burgués, la vestimenta del tipo profesoral que tanto detestaba, la vestimenta que usaba mientras fingía rabotar en la tienda de música y charlar como “voluntario” con los jóvenes sobre los valores del partido. Sólo me faltaban los ochicos. Me miré y sentí desprecio por mí mismo.
—Le dimos un poco más de fuerza física y velocidad que lo normal, además de que las encuestas demostraron que la vestimenta que usabas antes tenía cierto atractivo para el público más actual que comienza a votar. Digamos que tú estás algo obsoleto.

El joven Alex se me acercó de un salto, tenía en el pecho pintado el número 21, comenzó a tolchocarme mientras cantaba Singing in the Rain con esos labios fríos y esa golosa soda. Nos enfrascamos en una ringlera de patadas y tolchocos en litsos y plotos, él traía una cadena con la que llegó a enredarme, smecando, mirándome con unos glasos que pretendían infundirme el horror más joroschó en el que podía pensar su mente programada y limitada por patrones de conducta o, cuando menos, eso fue lo que pasó por mi rasudoque en ese momento.

—Cabrón maloliente… —le dije, pues su vono era sintético pero humano al mismo tiempo.
Sentí y videé varios parpadeos de luz blanca, golpes continuos a la frente y a los ojos. Recordé por un instante el tratamiento Ludovico original, la situación, las imágenes. Grité y le dije: Te cortaré dulcemente los yarblocos.
Tomé la cadena y lo atraje hacia mí. Me jugué todo en un sólo movimiento. Desafortunadamente, mis queridos y únicos amigos, él hizo lo mismo, era más fuerte, y me rompió la nariz. Sin embargo logré separarme de él en ese rasdreceo.
—Aun si le ganas, Alex, puedo activar el Ludovico con este control, para controlarte a ti y a todos los demás.
Peleamos durante un buen rato a puño limpio. Mis zapatos no eran nada contra sus botas. En cierto momento me tumbó al suelo y me puso la bota en la cara. Mi mejilla estaba arrugando una o dos de las páginas de mi manuscrito.
—Ahora vas a morir —dijo el Ministro que procuraba no acercarse mucho—, como los anteriores diecinueve. Bestias deformes e inútiles.

No podía zafarme. El momento de mi muerte se aproximaba. Vi también que había caído a medio metro el aparato blanco que me dio Anthony y pensé en acompañar mi final con la Novena Sinfonía, que todo terminara entre sus notas. Extendí la mano y alcancé a activarlo.
—La Novena —dije—. La gloriosa Novena.
Y lo era, aún con la pequeña bocina que emitía un chillido demasiado fuerte para ser agradable. Mi clon quitó la bota de mi cabeza. Comenzó a retorcerse, soltó sus armas, se puso las manos en la nuca, arrancándose los cabellos. No podía hablar mucho, sólo placaba sílabas.
Al parecer él no estaba curado. Lástima que era un edificio de trescientos pisos y no sólo de dos. Mi clon corrió demasiado scorro para perderse en el negro recuadro de una de las ventanas que estaban abiertas.
El ministro estaba sorprendido. Cometí un error, apagué la música para slusarlo.
—Muy bien, Alex. Ahora es mi turno —dijo el ministro apuntándome con su aparato negro. Se veía algo nervioso. Daba la impresión de que no sabía lo que hacía. Los militsos me apuntaban esperando una orden.
El ministro oprimió un botón, pero todos en la sala, incluyéndolo a él y a su guardia real, comenzamos a retorcernos de dolor. Miré sus litsos agonizantes y las armas tiradas en el suelo. El Ministro crichaba como un cerdo al ser degollado.
—Maldito control de mierda —dijo.
Había algo que nos diferenciaba, yo ya había pasado por esto varias veces. Pude con toda mi fuerza de voluntad activar de nuevo la novena y entonces… entonces pude levantarme, no sentía nada gracias a sus sonidos celestiales…
Pude videar como uno a uno los militsos se iban arrojando por la ventana para evitar el dolor, la nausea, el malestar. Algunos simplemente se disparaban en la cabeza al ver que los demás les impedían el paso. Uno sacó un nocho grande que tenía y naso se acuchilló el pecho, otro se cortó el cuello con una pequeña hoja afilada. Fui hacia el control negro y lo apagué, no sin antes esperar a que todos los guardias imitaran a mi clon. El ministro no había logrado llegar tan lejos, ni siquiera había tenido la fuerza de voluntad para avanzar dos metros. Comenzaba a incorporarse. Me miraba con miedo, jadeaba.
—Vaya vaya vaya… creo que te equivocaste de nopca…
—¿De qué? —dijo consternado por más de una cosa, sosteniéndose en pie sólo porque puso las manos en sus rodillas.
—De botón.
—Ah, craso error —dijo jadeando.
—Por supuesto, hermano. No te apures —le dije concentrado en los mecanismos. Revisé los botones metálicos a contraluz porque no se distinguían bien las letras sumidas medio milímetro.
—Veamos, opciones, mmmh, que interesante, creo que el botón era este… sí, dice: dol de dolor, int de inter, lctr de locutor… ah, dolor a interlocutor… creo que hemos aprendido una gran lección el día de hoy… oye… tengo la impresión de que querías hacer eso conmigo, hermano, tú sabes, eso del dolor. No te habrás querido pasar de listo, ¿verdad?
—No no no, sólo estaba bromeando contigo… era una prueba de lealtad al partido… aquí termina la prueba… ahora, dame el control, por favor, y serás aun más importante en el partido…
Se me escapó una smecada. Miré el aparato y encontré una opción que decía: dol mundi…
—Pero, ¿qué es esto? ¿Qué significa este sucio slovo? —le dije viendo el aparato. Me ruborizo de ver esta palabra. Me decepcionas, hermano, de veras te lo digo.
—Pero —quiso replicar—, pero, pero…
Le di una patada en los yarblocos, tirado en el suelo le di más. Continué con ese tipo de vesches que no dejan marcas visibles: la naito iba a ser larga, muy larga… y la ciudad parecía lejana allá debajo…

¿Y ahora qué pasa, eh?

Estábamos yo, Alex y mis dos verdaderos drugos, Anthony y Stan en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podíamos hacer con el mundo en esa noche fría y bastada, aunque seca. El virus de Ludovico 2 estaba disperso desde hace tiempo en la mayor parte de la población. Y yo podía dominarlos a todos como a unas Naranjas Mecánicas, incluyendo al Primer Ministro de Inferior… uno de los pocos que tuvimos a bien conservar. Todo muy hermoso, siempre y cuando llevara siempre conmigo mi antídoto personal: poder escuchar al gran maestro Beethoven.

Jorge Chípuli

Parte 1

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