Luna llena

—¡Te odio! ¿Por qué siempre te quedas callado? —le dijo a Celyn después de preguntar si se mudarían juntos.
Otra vez, el silencio le agota y le pone de malas. Este era otro de esos días extraños que Sam batallaba para describir. Cada mañana empezaba el día con la rutina del café. Esta comenzaba con los granos verdes de la bolsa de Etiopía, los cuales tostaba en la máquina de palomitas. Se desprendía el olor a chocolate, almendras y quemado, que al aspirar le traían la calma y la tranquilidad necesaria para empezar revigorizada. Mientras hervía el agua, tomaba la moledora de mano y trituraba exactamente cuarenta y cinco gramos. El molido lo metía en la prensa francesa en espera de aquel burbujeante ardiente. Todo este proceso duraba exactamente ocho minutos. La parte favorita de Sam: ver cómo el molido y el agua se mezclan vigorosamente apuntando a la homogeneidad. También lo era jugar con la altura con la que se vierte el agua. La clave para lograr una taza perfecta la había dominado. Esta consistía en evitar vaciar la jarra deprisa ya que esto no sólo acabaría prematuramente la diversión, sino que también crearía una indeseable y ácida taza de café.
Celyn había pasado la noche ahí. Aunque Sam se encontraba de buen humor, notó que algo había cambiado y la alteró. No podía explicarse el porqué hace algunas semanas todo se veía con un filtro rojo. Le habían pasado cosas inexplicables, incluso para alguien creyente del más allá y la astrología. A pesar de dichos sucesos, pensaba que lo mejor era voltear hacia otro lado. Durante las semanas que vio el mundo rojizo, no se atrevió a alzar la voz para despejar sus dudas. Influía el hecho de que no ocurría continuamente, sino de manera repentina y con duraciones variadas. Su pareja Celyn, su hermana Ana y su mejor amiga Mel parecían no notar alguna diferencia. Sam estaba segura que era la única quien sufría dichos cambios. A veces se veía en tercera persona explicándoles cosas que no podía escuchar ni entender. Eso sí, todos reían efusivamente o eso parecía a la distancia.
En especial, tenía la memoria recursiva de aquel día de campamento donde perdió la memoria. No recordaba nada antes de aquella noche, donde se encontraba rodeada de un bosque lleno de pinos que tocaban el cielo. El viento se sentía helado y no sabía iniciar una fogata. A su lado, tenía una pequeña tienda color rojo y gris, la cual no reconocía como suya y donde apenas cabía una persona. Situada en ese claro, dentro de dicha soledad fue cuando de pronto vio una vela encendida. Todo estaba semioscuro y su visión no llegaba más allá de la auxiliadora vela compañera. La confusión se convertía en perdición y la soledad en angustia.
Esa noche a la intemperie, atormentó su presencia un suceso que perdura hasta el día de hoy. La luna llena. ¿Cómo puede ser cuadrada? Se preguntó. Asustada y confundida, cerró los ojos, se recargó en la almohada y se cobijó con una sábana celeste que parecía muy similar a la de su recámara. Ésta tenía una patrón de varios girasoles en grande y claveles blancos pequeños dispersos en el fondo. No se había atrevido a mencionarle a otros, ni siquiera a Celyn, la rareza celestial que la agobiaba cada noche. Diario veía en el cielo nocturno un cuadrado brillante e imponente. Ya era preocupante que la luna tuviera dicha forma, un cambio que buscaba entender, pero la desaparición de las fases lunares y la ausencia de movimiento en el firmamento le provocaba ansiedad. El mundo astral es algo que siempre le había llamado la atención y era una práctica común poner a prueba los viajes astrales. No había tenido éxito y culpaba a la deformidad geométrica que horrorizaba su vida. Era clara la estrecha relación entre el espíritu y la luna. Le pareció asombroso cuando hace tres días, mientras practicaba, súbitamente empezó a volar. Empezó a controlar su espíritu y disfrutar de ese venturoso poder que no parecía peligroso. Por fin podía controlarlo aunque la duración fuera de apenas un par de horas al día. Comenzó un hábito de husmear por su vecindario parándose en los techos de los vecinos y espiando por las ventanas. Le parecían graciosas las peleas familiares e incluso descubrió la relación secreta entre la vecina de enfrente y el chico de la esquina. Sam pensó que quizá nunca podría tener una buena relación con sus vecinos, pero ahora con la posibilidad de volar, al menos podría estar cerca de ellos y conocerlos en secreto.
Hoy, después de la cena, finalmente le preguntó a Celyn sobre su futuro juntos y la ambigua respuesta provocó una reacción explosiva. A modo sincero, no le molestó la seriedad de su pareja, más bien era la combinación con la atmósfera, pues este era uno de esos días extraños. Uno de esos días en que parecía haber perdido la memoria, en inmensa confusión como aquella noche de campamento, y encima de todo, su departamento se había pintado de rojo. Celyn mirándole de frente sin moverse y otra vez no había un solo ruido. Estaba harta. El reloj marcaba las nueve p. m. ¡Responde mi pregunta! Agregó. Cerró los ojos, inhaló profundamente y exhaló.¿Por qué siempre está la luna cuadrada y tan brillante? ¿cada noche? Se preguntó como ya lo hacía con frecuencia. Subió a la terraza de la torre de departamentos para tomar aire. Notó que el cielo había cambiado y el vecindario también. El perímetro del cuadrado lunar mantenía las mismas dimensiones, pero ahora se dividía en líneas intercaladas negras y blancas que proyectaban a la tierra franjas oscuras e iluminadas. ¡Déjame en paz! ¡Basta! Gritó Sam con todas sus fuerzas. Cerró sus ojos una vez más seguido esto por un estruendoso y prolongado grito de desesperación que parecía ahogarse en el infinito. Abrió los ojos y la oscuridad la envolvía, esta vez sin escolta.
—¡Está moviendo los ojos! —dijo una voz a su lado.
Sam confusa buscando su voz movía su brazo izquierdo para tocar la figura. Lentamente, lo negro se volvió gris, lo gris tomó colores apagados, tenues y empezó a ver formas borrosas.
—¡Sí! Has regresado, Sam. ¡Gracias, gracias, gracias! —dijo Ana a quien le podía apenas discernir la figura y cuya voz le parecía reconocible—. Pensé que te había perdido, no te preocupes, Sam, estás a salvo —reiteró.
La visión de Sam regresó sólo para verse en aquella cama vieja de hospital, bajo una tenue luz de una lámpara que le parecía familiar, inmovilizada de pies a cabeza y sin poder hablar más allá de lo que el movimiento de sus ojos le permitiera. Frente a su cama estaba una ventana con persianas dividiendo la habitación y la luz mercurial exterior que era proyectada en su rostro.
—Hoy instalé las persianas. Esa luz mercurial es tan molesta, no la soporto. Tardaron mucho tiempo en traerlas y eso que les pagué extra por el envío exprés. Los malditos arrastrados sólo están viendo cómo clavarse el dinero. Déjame cerrarlas por completo para que puedas descansar —dijo Mel, quien estaba molesta y aún no procesaba las palabras de Ana.
—Mel, ¡ven y mira! Ya está mostrando respuesta. Por favor, acerca la cobija, ya encendieron el clima —le dijo Ana.
Mel volteó para confirmar lo que escuchaba, abrió los ojos llenos de sorpresa y acercó la sábana de girasoles para cubrir a Sam.
—¡Pelada! Ya la armaste, eres una guerrera. Sabía que volverías, les dije a todos los idiotas del grupo de yoga que sus buenas vibras no servían de nada, que lo que ocupabas era que estuvieran aquí. Ana y yo te hemos estado cuidando y aplicado aceite de peyote en la frente para que te actives. —¡Funcionó! Tu hermana es una chingona, no se ha despegado de tu lado —agregó emocionada Mel.
—Vamos, no exageres. Dejémosla descansar. ¿Podrías comentarle a la enfermera? Le seguiré aplicando lubricante en los ojos.
—Sí, ya llevo con el mensaje —volteó hacia Sam y le dijo—, estás bien loca, no sé cómo le hiciste pero por más que te queríamos cerrar los ojos, los abrías. Tu hermana los lubrica todo el día para que estén saludables. Antes no los movías… deja voy a avisarle a la enfermera.
Salió corriendo Mel de la habitación esperanzada. La habitación estaba helada, en especial durante las noches, cuando encendían el clima central del hospital. El Dr. Fadda, quien se encontraba en turno, entró al cuarto después de recibir la noticia.
—Veo que tenemos reacción en los ojos. Sam, si entiende lo que hablo parpadee una vez —dijo el doctor.
Sam cerró y abrió sus ojos lentamente para dar conocimiento a los ansiosos espectadores.
—Debe encontrarse muy confundida, es normal. Debo explicarle que debido al ataque que recibió hace cinco meses, recibió un trauma encefálico irreversible. El daño cerebral es irreparable por lo que es imposible recupere el movimiento corporal. Es un milagro que esté usted con vida y que incluso presente movimiento ocular. Le atendemos y se monitorea la evolución de su caso hasta que podamos darle de alta. Tiene la gran suerte de tener a… estos dos agradables… personas.
El Dr. Fadda salió de la habitación para continuar con su rutina.
—¡Ese maldito doctor ya me tiene hasta el queque! No tiene tacto. Todo lo dice sin filtro. “Estos dos agradables…” —dijo Mel mientras volteaba hacia arriba con molestia.
—No te preocupes, Mel. Tranquila. Hoy es un día para celebrar —dijo Ana con una voz dulce y suave.
—Ahí te va otra buena noticia, Sam: al loco transfóbico que te atacó ya lo metimos al bote. Le dieron la pena máxima de agresión: diez años. ¡Estás a salvo! Le di al juicio hasta el final para que se pudra en el hoyo de Santa Rosita —comentó Mel victoriosa—, no por nada me especialicé en litigación criminal, no iba a permitir que se fuera con la suya. Nos tardamos, pero salió.
—Quiero que sepas que te amamos y no importa lo que pase, saldremos juntas adelante —agregó Ana mientras se formaban lágrimas en sus ojos y le sostenía la mano.
Sam quería llorar y agradecerles, pero su cuerpo no respondía. Deseaba gritar, como lo hizo después de la cena. Extrañaba la calma y la tranquilidad de cuando preparaba el café en la mañana. Recordaba las veces en que reían efusivamente las tres en su departamento. Miró entonces la ventana, que al estar cerrada se había vuelto un plano negro. Anhelaba regresar al vecindario lleno de franjas negras y blancas. Cerró sus ojos, vio la cara de Celyn que de pronto comenzó a moverse otra vez. En cámara lenta, se transformó en su propio rostro. Comenzando por los ojos negros, después la nariz aguileña que tanto le molestaba, luego los labios delgados y alargados. Su piel aperlada, sin imperfecciones debido a la rigurosa aplicación de cremas hidratantes, y su cabellera larga y ondulada color negro. El silencio pasó a ser sonido y escuchó vigorosamente la respuesta: ¡Te amo!

Caro Arriaga

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