Capítulo 21 – parte 1.

¿Y ahora qué pasa, eh?

A pesar, mis queridos y únicos amigos, de que hubo cierta manipulación por parte del gobierno y, no debo mentir, quizás un malenko por parte mía, voy a relatar los hechos que ocurrieron después de que me quitaron aquellas vesches del mosco, lo cual hicieron tan scorro como fue conveniente para todas las facciones involucradas, incluyendo a vuestro humilde narrador.

No permaneció blanca la nieve ni las platis, ni la naito estuvo ausente de crichos celestiales que la rajarían como la britba que los provocaba.
Comprenderán que no es bueno que esto sea muy conocido en mi actual situación. Escribí una versión que pensé podría ser la oficial, con un hermoso capítulo 21 que celebraba la libertad en una especie de lavativa rasudoquista.

—Te vas a meter en problemas, —dijo Anthony.
—Pero al final me hago bueno y glupo yo odinoco, y comienzo a apreciar las cosas y a madurar… ¿qué no es eso un buen mensaje?
—Mi querido drugo, lo que pude leer no engaña a nadie, se trasmina toda la verdad antes del último capítulo. Quema todo el libro.

Stan sin embargo, me dijo que yo podía escribirlo como catarsis, término que me pareció algo extraño. No tenía que sufrir las consecuencias de su publicación si sólo mis verdaderos drugos lo leían, dijo.

Me permito escribir estos últimos sucesos para mí mismo, como dicen los escritores reales, como aquel que quiso dañar a vuestro humilde narrador alguna vez, oh, mis queridos y únicos amigos, y que no podrá hacerlo nunca más, a menos que escriba su literatura subversiva desde la sinagoga del infierno. Por cierto, a pesar de que hice a quemar su libro, tomé el título prestado porque pensé que se slusaba joroschó.

¿Y ahora qué pasa, eh?

Anthony y Stan habían sido reclutados por el partido para asistirme en mis funciones, junto con muchas más, pero encontramos afinidades en la música, incluso ellos dos me regalaron un pequeño aparato musical con una sola pista: la Novena Sinfonía.

Sin embargo, no había mucho que asistir. Simplemente me presentaba en una plaza pública, hablaba yata yata yata sobre lo joroschó que era votar por el partido o simplemente votar y entonces me largaba levantando los brazos y agitando las rucas muy afeminadamente mientras sonreía de oreja a oreja como todo un besuño.
—¿En qué clase de mundo estamos? Clonamos personas, mandamos hombres a la luna… pero no importan la ley y el orden aquí en la tierra, los jóvenes somos utilizados por los adultos en sus poleos políticos como el escritor que snufó de “causas naturales” el año pasado, castigo que le llegó de Bogo, pues trató de utilizar a este pobre málchico para derrocar a este partido, que es el único que pretende arreglar las cosas para los jóvenes, de hacer las cosas bien y el tratamiento al que fui sometido es una prueba de esa intención. Fue un intento fallido, una primera versión mejorable de una maravillosa idea. Ahora hemos comenzado a desarrollar el Tratamiento Ludovico 2 sin los errores del pasado y para beneficio de toda la población…

A veces era como ser una estrella de rock. Podía irme con devochcas fieles a la causa para demostrar que oh, sí, estaba curado y pensaba que en cierto sentido me estaba aprovechando, pero  ellas parecían disfrutarlo y al ritmo de la música proporcionada por mi sistema de sonido de alta fidelidad, con bocinas especiales para simular cada instrumento, ellas agitaban sus grudos en destilaciones de simulación sísmica en el viejo uno-dos uno-dos y crichaban oh, sí, oh, sí, joroschó, joroschó, realmente joroschó.

¿Y ahora qué pasa, eh?

No sabía si era tarde o temprano. Fui a la cocina y encendí el televisor mientras comía algo. Fragmentos del manuscrito se habían filtrado por los medios gracias a traidores o infiltrados, poco importa ya. El Ministro al parecer estaba molesto, lo atajaron saliendo de su casa los reporteros. Los aplacó a todos con una mirada penetrante y el dedo índice levantado.

Unos militsos fueron a buscarme y las hermosas oh sí, hermosas ptitsas, salieron corriendo de mi departamento, una toda naga y la otra sólo en niznos. Yo saqué mi vieja britba para dratsar con ellos, ya saben, un poco de la vieja ultra-violencia para comenzar el día. Logré bredar a uno de los bratos en el bruco. Crichó y el crobo rojo y hermoso salió disparado hacia el piso blanco, generando diferentes pruebas de Rorschach que me remitían a imágenes todavía más violentas.

—Veo a dos hombres que se devoran mutuamente las entrañas interconectadas, los fantasmas de Pete y  Lerdo, —dije en un extraño reflejo del inconsciente.
Miré al otro, que no atinaba a sacar su puschca del cinturón.
—Acercate, hermanito. Tengo un regalo para ti…
—El Ministro sólo quiere hablar con usted, señor… eso es todo…
—Yarblocos… Ah, bienibien. Dígale entonces que aquí lo espero.
Me miró nervioso. Finalmente se atrevió a decir de manera entrecortada.
—Quie… él… qui… quiere que se presente usted… en el Ministerio…
Su compañero crichaba de dolor y se retorcía en el piso, como una obra de arte irreverente anclada al espacio y tiempo de un museo moderno.
—Oh, lo siento, amigos… me lo hubieran dicho antes…
—No contestaba el teléfono ni la puerta. Sólo entramos para ver si estaba usted bien, ¿verdad compañero?

Tratando de incorporarse el otro militso contestó en un agudo placó de dolor, comenzó a chumlar con resentimiento slovos que no comprendí. Caminó con las piernas flexionadas, con joroba; una mano deteniendo la herida y la otra deteniéndose de su compañero.
—Bueno, pues, retírense. Ya sabía que eso había sucedido, pero pensé que estaba en problemas.
—Usted jamás, señor; usted es la promesa, la juventud a la que pertenecerá el mundo.
—Tienes toda la razón, hermano.  Tienes toda la razón…

Estaba cerrando la puerta, con un sin fin de sistemas de seguridad, ya que en estos días no se sabe qué puede ocurrir con tantos delincuentes rondando por las calles. Sonó un timbre. Me regresé a contestar el aparato telefónico y escuché la voz de Stan.

—Alex, tengo algo urgente que decirte, el Ministro te está buscando, no vayas, puede ser peligroso…
—Esas son puras chepucas, oh, gran hermano… el Ministro me necesita… ya sabes, soy líder, y todos los nuevos experimentos con el Ludovico 2…
—Ludovico eres tú, hermano, ya lo han reducido a su mínima expresión, lo han… —dijo Stan tomando el teléfono. Lo interrumpieron unos golpes groncos a la puerta y gritos… Anthony tomó de nuevo el teléfono y dijo:
—Sólo te voy a decir algo, Alex: escucha la Novena Sinfonía…
—Ya la he slusado… que no sabías que eso fue lo que…
Se cortó la llamada.

¿Y ahora qué pasa, eh?

——- continúa en parte 2 —–

Jorge Chípulí

Texto publicado en la antología Tecknochitlán, 30 visiones de ciencia ficción mexicana, antologado por Federico Schaflerr
De descarga gratuita aquí.

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