La serpiente y el espejo

El cabello se agitó con el bramido de las olas. Una gota de sudor resbaló por su frente hasta llegar al cuello cuya vena exaltada anunciaba el inminente enfrentamiento. Y el silencio que se agota en armonías inocuas. Los ojos de la serpiente apuntaron a la sangre que brotaba del pie izquierdo de su hermano. Este sonrío con cierta malicia pues, a pesar del dolor, la adrenalina corría con más fuerza. El técpatl seguía chorreante en su mano. La obsidiana reflejaba el vacío que los rodeaba. Era caos y sueño, una melodía que sangraba los oídos. Sin más dilación arrojó el miembro amputado a la espera de que la sangre de un dios atrajese al monstruo primitivo…

En el principio reinaba la ausencia, un grito helado que recorría el espacio y el tiempo. No había ni rostro ni corazón, ni plumas ni jade. Los pájaros aún no entonaban sus cantilenas, ni la tierra producía maíz o frijol. El desierto estaba en la mente, una consciencia derruida entre tinieblas inhóspitas. Hasta que se oyó su voz. Era delicada y firme, suave y poderosa.

Nadie sabe de dónde vino pues no había lugar del cual venir. Sólo era ahí, sonriente mariposa. Y sus palabras se transformaron en sueños que fueron creando tierra y lodo. Tloque Nahuaque se reconoció. Había estado ahí siempre, cerca, alrededor y al lado de las cosas, y lo sabía. Se soñó guerrero y vio un colibrí azul, lo llamó Huitzilopochtli, se soñó descarnado y vio el rojo de la transformación, lo llamó Xipe Tótec, y se vio a sí mismo, como detrás de un espejo, pero el vaho y las brumas lo cegaban, ese fue Tezcatlipoca, el de color negro. Y meditó sobre esto, tratando, por fin, de reconocerse. Los eones pasaron hasta que el blanco fue su mente, una serpiente emplumada, le dio el nombre de Quetzalcóatl. Y habiendo logrado la sabiduría de conocerse a sí mismo, se retiró a la totalidad tal como había llegado. Sus cuatro hijos quedaron a cargo, eran su reflejo y de ellos dependía el hado. Hubo juegos y rencillas, hubo sonrisas y llanto hasta que los dioses crecieron en medio de su magnánima orfandad. Estaban solos y, aunque se amaban entre ellos, algo faltaba, se sentían incompletos, y desesperaron. Entonces entendieron cuál debía ser su labor, quisieron ser artistas y crear como su padre, como su madre. Mas, para poder sostener las raíces, primero debían expandir los rumbos, sostener el universo. Y ahí fue donde la hallaron, en el fondo del abismo. Lucharon día y noche sin éxito. La bestia no salía de su guarida. El cansancio y el hartazgo se apoderaron de ellos. Xipe Tótec y Huitzilopochtli decidieron abandonar la empresa, creyéndose autosuficientes. Sin embargo, ni Quetzalcóatl ni Tezcatlipoca estaban dispuestos a darse por vencidos. Ciertamente sus voces eran maravillosas, pero tenía que haber algo más, una canción que no cesara. Y urdieron un plan.

…Cipactli saltó eufórica. La tentación de la carnada obnubiló su mente, excitando sus sentidos. En cuanto la vieron venir, los hermanos se arrojaron sobre ella. El macuahuitl y el teputzopilli descargaron su ira contra la bestia, que gruñó malherida, agitando su cuerpo, desgarrando rocas y cerros. Tezcatlipoca cayó, mutilado, ahogándose. Un maremoto se formó producto de la zambullida de Cipactli. Sostuvo el aire, más por instinto que por convicción; la muerte acechaba. Los ojos de la serpiente se posaron sobre él y el viento lo llevó en medio de sus alas hasta la orilla. Ahí tosió y vomitó, y quiso ponerse de pie. Quetzalcóatl lo abrazó con ternura y le brindó el soporte necesario. Así, brazo con brazo, se dispusieron a enfrentar a la creatura que con espasmos los miraba desde el firmamento.

Un eco demencial se deslizó por la piel, los cardenales fueron apareciendo y el sudor se esparció. Chillidos coléricos quemaban las entrañas y los filos se clavaban en músculos y órganos. Crujieron dientes y se quebraron huesos. Cipactli atacaba con la fiereza de un poder descomunal. Los hermanos trataban de esquivar y asestar pequeños golpes, una y otra vez. Para ellos era una carrera de resistencia, de perseverancia, mientras que para su oponente la fuerza era determinante. Y por más que unos aguijoneaban, la otra no se doblegaba. Los bríos se agotaban y se escupía una baba negra, espesa. Las fauces de la bestia brillaron y una densa capa de niebla oscureció la vista pero también la mente. El sueño se fue despertando en los hermanos, quienes se sentían débiles, exhaustos, al punto de caer víctimas del sopor. Cipactli se abalanzó, dispuesta a devorarlos. Una letanía se entonó ahí donde la esperanza iba muriendo. El primero sería Tezcatlipoca, pues su carne y su sangre habían sido ya degustadas. El olfato se adentró en los poros y sus ojos se encontraron. Fue ahí donde, por primera vez, se vio perdida, ajena, horrorosa. El temor resquebrajó su espíritu. La silueta deforme la persiguió, no lograba alejarse de ella. La niebla se disipó y Quetzalcóatl saltó sobre ella y alzando la mano gritó “tlamatilistli” y la luz irradió. Un poderoso haz salió disparado de su cuerpo, envolviendo con él cuanto le rodeaba. Cipactli se desplomó, muerta.

Cuando Tezcatlipoca recobró el sentido vio, por primera vez, un arcoíris. Frente a él se alzaban cuevas y lagos, bosques y desiertos, rumbos bien definidos, en donde el orden había vencido al caos. Una mano se extendía hacia él para ayudarle, de nuevo, a incorporarse. Caminó con su hermano, maravillado. ¿Qué había pasado? Eso no podía explicárselo. ¿Acaso Quetzalcóatl lo había hecho? ¿Había derrotado él solo a la bestia? No quiso preguntar, sus labios estaban rotos; muy en el fondo, una oscuridad, un nuevo caos iba creciendo en su corazón. Susurró para sus adentros y gimió, presa de la ignorancia, del humo que se eleva sobre la garganta y detiene la palabra. El mundo había sido creado y con él su propia dualidad, una que llevaría al sol a desangrarse, una que enfrentaría a la serpiente y al espejo.

Slaymen Bonilla

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