El eslabón.

Fue similar al sonido de un neumático que se desinfla en medio del silencio de un vasto desierto: largo y uniforme, como brindándole al aire una soplada voz de viento sutil. El suspiro mecánico debió haber actuado como alarma ya que me despertó de mi gélido sueño, aunque algunos eternos segundos antes de lo previsto; pocos pero suficientes para caer en la cuenta de dónde estaba y de lo que sucedería conmigo sino podía salir pronto de allí. Aun atontado se me vino a la cabeza la imagen de un envase plástico, que se contrae en la ingravidez una vez que el líquido lo abandona, succionándolo todo. Así imaginé terminar mi vida por unos instantes, comprimido, reabsorbido. Mi vida, y con ella la de todos los míos. Pero pronto unas olas de humo blanco, como danzarinas de vida, acompañaron la apertura de mi sarcófago, tal cual habían bautizado en broma los ingenieros a mi bóveda criónica antes de abandonar el planeta. Por fin ingresó el aire a mis pulmones en desuso en una larga y profunda bocanada que se vio acompañada de un sonido casi gutural, pero extremadamente gratificante.
Tal cual lo planeado, el monitor madre de la nave confirmó que era el día 24,327 de mi misión; de nuestra misión en realidad. A pesar de que era el único pasajero en la Putnik 7, junto a mi viajaba toda la especie. O su esperanza al menos.

Los últimos días previos a mi partida se habían precipitado con la brutalidad de una catarata, tan veloces que no pudimos saber siquiera qué fue lo que nos exterminó, qué fue los que nos condujo irremediablemente a la muerte. ¿Una mutación? ¿Un virus? No hubo tiempo de experimentación, ni de hallar vacunas o generar anticuerpos; en sólo dieciséis días estábamos prácticamente extintos. Un mundo, cualquiera que sea, toda una civilización milenaria, no merece desvanecerse así, en el aire, sin dejar su huella. ¿De qué habría servido todo entonces? ¿De qué nuestra historia, nuestra evolución, nuestras luchas? Uno a veces cree, ingenuamente, que la muerte le dará tiempo para reaccionar, para hacerle frente. Pero cuando llega, como ella llegó a nosotros, intempestiva y arrogante, no hay tiempo ni siquiera de arrepentirse.

Yo era uno de los diez pilotos seleccionados por la Secretaría Espacial para tripular las Putnik, las modernas naves que se habían diseñado para intentar atravesar el límite del espacio, allá donde sólo habían surcado las Istraživači no tripuladas. Fui el único de los diez pilotos que llegó a tiempo, o mejor dicho, el único sobreviviente. Las Putnik son mononaves de energía continua, programables y que contienen un bóveda criónica para un solo tripulante. Sólo uno. Su diseño había insumido décadas de desarrollo, de experimentación. Y a mí me había llevado años de entrenamiento en el simulador aprender el manejo complicado de su instrumental.

Cuando la muerte intolerante embistió al planeta las Putnik se convirtieron en la única alternativa de salvación para la especie; o al menos, de la posibilidad de una segunda oportunidad. La criogenia, la energía continua, habían sido importantes pasos en el desarrollo de la carrera espacial y brindaron la posibilidad de pensar seriamente en llegar a nuevos mundos en la galaxia distante. Pero todavía no era el momento; si esta peste que nos mató nos hubiese encontrado en diez, o tal vez quince años, ahí sí hubiésemos estado listos. Pero no en ese momento, no tan pronto y de imprevisto.

Primero atacó los límites secando a los seres vivos que moraban en la periferia. Desde allí invadió las ciudades con fiereza y nos condenó a todos; porque nadie le sobrevivía y nada podía detenerla. A veces sucede que cuando por fin te das cuenta de lo que pasa ya es tarde para hacerle frente. Y así fue. Toda la humedad que surcaba nuestro cuerpo parecía secarse ante ella: nuestra sangre se desvanecía, nuestros globos oculares se quebraban, nuestra piel se agrietaba. En una semana, tal vez diez días, nos convertíamos en polvo. El mal había ingresado en nuestra atmósfera y no hubo forma de evitarlo, ni de combatirlo. La  muerte ya estaba en todos nosotros, avanzando.

Como se concluyó en los preparativos, mientras estuve congelado la peste no avanzó por mis entrañas. Pero ahora que he vuelto a respirar, puedo sentirla dentro de mí. Ya recorre libre nuevamente mi cuerpo para convertirme en una lejana y extemporánea parte de la polvareda en la que transformó a los míos. A todos. Por eso la salvación no estaba en mí, lo sabía desde el momento en que abandoné el planeta como el único piloto de las Putnik sobreviviente; y lo sabían todos los que dejé atrás: los que acondicionaron el sarcófago, los que hicieron los cálculos del viaje y programaron el tiempo, los que eligieron el tercer planeta de Sunce como destino y lo bautizaron Nadam Se. Así como también lo sabían los que sobrevivieron sólo para despedirme, para desearme suerte, para intentar ver algo de luz entre tanta muerte que ya los envolvió hace años. Todos ellos viajan conmigo. Es que ahora la salvación está en la carga, en lo que transporto, en el rastro genético que nos identificó como únicos en el universo, como inteligentes y que es mi misión que perdure. Porque si se termina ¿qué sentido pudo haber tenido todo?

Las pruebas de atmósfera en Nadam Se fueron positivas. Ya los Istraživači nos habían confirmado la presencia de vida; rudimentaria, bestial, pero vida al fin. No estoy seguro de cuánto tiempo dispongo para llevar a cabo mi misión. Tal vez dos o tres días antes de que ya no pueda dominar más a mi cuerpo y alcance a mi destino. Debía apurarme. Debía hallar una zona donde aterrizar pronto y sin inconvenientes. Una cadena de humeantes volcanes escupiendo el interior del inexplorado planeta al cielo mostraban un mundo activo, pero peligroso. Los sensores del tablero de exploración me indicaron una zona de estepas a 3,6 reds de distancia. Allí tal vez tuviese suerte. El aterrizaje fue suave, casi mullido, fundiendo los poderosos brazos metálicos de la plataforma con el esponjoso e increíble verde de la sabana de hierbas altas, la que parecía extenderse por varios reds. Así se produjo una combinación fantástica de inexplorada naturaleza y neotecnología, el bautismo de lo imposible en este planeta carente de inteligencia. Sólo alteraban al magnífico paisaje pequeñas y encolumnadas formaciones vegetales, como manchones, de troncos suaves coronados por una capa vegetal que los cubría como protegiéndolos de la luz del cielo.

Desabroché mi cinturón de seguridad y me coloqué el traje. Si bien el aire era respirable preferí utilizar la escafandra; las altas concentraciones de nitrógeno podrían volverme loco antes de concluir mi misión. Pero, fundamentalmente, debía proteger a Nadam Se de la pestilencia que inundaba mi cuerpo. Accioné la rampa de la Putnik y, paso tras paso, pierna tras pierna, descendí en una atmósfera que me llevaba a moverme con cierta lentitud, como si mis músculos tuvieran que pedirle permiso al aire circundante para atravesarlo. Apenas sumergí mis pies en los pastizales activé el detektor, el cual me indicaría la presencia de cualquier forma de vida sisara en un red a la redonda. Era imprescindible que fuera un sisara, sólo así podríamos evitar el rechazo. Minutos más tarde, a mi izquierda, suave primero y con fuerza después, una minúscula luz morada comenzó a parpadear. La fortuna parecía acompañarme. El detektor funciona generando intermitencias lumínicas en una periferia cercana del usuario, la cual permite triangular en base a la frecuencia del ritmo de la luz y su altura, la distancia que lo separa del generador de señal. Los números lo confirmaron: el sisara no podría estar a más de medio red de distancia… Cerca, aunque lejos para hacer el disparo.

Avancé ocultándome entre los pastizales, camuflando mi traje en color verde con picos amarillentos, tal cual era la inusitada vegetación que atravesaba. No quería asustarlo, y mucho menos hacerle sentir peligro y provocar que me atacara. No tenía idea de con qué clase de bestia me encontraría. Apunté con el visor de distancia hacia una de las columnas vegetales, la cual se erigía en línea recta entre la luz morada y mi ubicación. Allí, abrazada a uno de los troncos que se erigían escuálidos hacia el cielo, meciéndose en una suave brisa, se sujetaba una inimaginable criatura; pequeña, poco más de un metro, cubierta de vello por doquier. A su lado, en rededor, otros iguales a ella, saltaban y chillaban. Daban la impresión de ser una familia.
Se encontraban lejos de lo que podíamos desear para que nos perdure, pero en mi interior ya percibía como la vida me abandonaba. Mi boca estaba seca y podía sentir, bajo mi traje, el desgarro de mi seca piel producto de cada paso. La muerte que me alcanzaba y un fugaz reflejo que vi (o añoré ver al menos) en los ojos de la criatura abrazada al tronco, me llevaron a decidirme. Y es que por un segundo sentí que me miraba (algo imposible a tanta distancia) y que al verme me decía que estaba allí, ya hacía tiempo, esperándome, sabiendo que venía y lo que sucedería. Pero eso, seguramente, era un juego de mi mente moribunda que intentaba darme ánimos. Casi fue instintivo. Tomé la chispa que se hallaba oculta en el traje, en un compartimento a la altura de mi antebrazo, y cargué su contenido en el arma. Al hacerlo sentí como pasaban decenas de miles de años de historia, de evolución, de avances y retrocesos, todos inmersos en unas cuantas gotas plasmáticas encerradas en una micro cápsula de gelatina de colágeno. Algo tan pequeño y hermoso, como un nuevo Big Bang. Era un tiro sencillo, imposible de fallar. Le apunté a la criatura e hice el disparo.

Se que le atiné; el susto de lo inesperado hizo que el sisara tambalease y cayese de la columna vegetal, aunque se incorporó inmediatamente, con todas sus extremidades hundidas a la sombra del tronco, donde los pastizales apenas surgían en pequeños brotes. Miraba para todos lados, como intentando entender qué lo había golpeado.

Ahora debía irme. Ya era mi tiempo y el de todos los que fueron conmigo allá desde mi planeta, en la chispa. Debía alejarme de allí antes de perecer; llevarme conmigo a la muerte que me consumía, lejos de Nadam Se, para no darle oportunidad a la pestilencia que acabó con nosotros de conquistar este nuevo mundo. Hubiese resultado irónico. Regresé a la Putnik y me dispuse a abandonar el planeta. Al tiempo que ascendía eché una última mirada a la superficie. Mientras lo hacía juraría que el sisara, al verme pasar, incorporó su cuerpo sobre sus extremidades posteriores, irguió su cuello y levantó su mirada al cielo a modo de despedida mientras los suyos lo rodeaban y chillaban en una suerte de ritual.

¿Quién sabe? Tal vez lo hayamos logrado y en este lejano y pequeño planeta, en Nadam Se, el tercero del sistema Sunce, con un solo sol y orbitado por una sola luna, esté nuestra última esperanza germinando en el interior de ese pequeño sisara de sólo cuatro extremidades.

Pero eso es algo que ninguno de nosotros podrá ver.

Jamás.

Guillermo Carlos Delgado Jordan

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