La veladora

Hace unos días, mientras caminaba rápido para evadir la tormenta, miré el cuerpo encorvado de una persona. Frente a ella, repartidas en el suelo, decenas de veladoras.
Quise pasar de largo pero sin mirarme y con una voz de rezo me ofreció uno de esos vasos llenos de cera. Me detuve e intenté ver debajo del gabán.
—Llévese una. Uno nunca sabe cuándo la va a usar —me dijo una voz añeja y lastimera. Un aire frío me pegó en la nuca.
—Estoy hablando con un muerto —pensé.

Me quedé callado. No llevaba cigarros para masticarlos y evitar un ‘aire’, como alguna vez me aconsejó mi abuela. Aguanté firme el escalofrío.
—¿Ha visto que cuando alguien muere en la calle, siempre le ponen una veladora? —preguntó. Como no contesté continuó con su diálogo macabro.
—Cada persona lleva consigo una veladora. Nadie la pone, es la que cada uno de nosotros carga para ponerla cuando morimos fuera de casa… Por eso le digo que agarre la suya.

No dije nada. Estiré el brazo para alcanzar la mano que salía del viejo abrigo. Una extremidad huesuda y ceniza, con uñas largas, me entregó la veladora.
Caminé hacia la esquina. Me vi tirado y coloqué el vaso ceroso a un costado. Miré hacia donde estaba la señora.

Sólo escuché que te decía que llevaras tu veladora…

 

Iván Cabrera

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