Versus – El Faro

En The Lighthouse (2019) del director estadounidense Robert Eggers, nos encontramos con una abrumadora y profunda visión del descenso a la locura, a través de una historia de aislamiento, de una fotografía y diálogos soberbios, pero sobre todo, de un film lleno de ricas metáforas y simbolismo, con un guión muy bien trabajado y unas actuaciones magistrales.

El director ha declarado que la idea original de esta obra se debió al desarrollo (por parte de su hermano Max Eggers) de una historia que retomara un fragmento, con el mismo título, que el escritor Edgar Allan Poe había dejado inconcluso al morir. Muchos críticos has expresado que la película de Eggers no tiene mucho qué ver con lo escrito por Poe, pero yo discrepo, creo que Eggers logró captar las ideas principales del fragmento del bostoniano y las desarrolló de manera muy original e interesante en su obra.

Esta narración se sitúa a finales del siglo XIX, en donde Ephraim Winslow (Robert Pattinson), consigue un trabajo temporal en un islote distante y solitario. Ahí, junto con  Thomas Wake (Willem Dafoe), un viejo marinero temperamental, tendrá que hacerse cargo de un faro que al transcurrir la historia, se volverá cada vez más enigmático. La soledad y la depresión irán haciendo mella en la mente de Winslow que terminará enfrentándose a las fuerzas antiguas que guardan el océano, para intentar acceder prometéicamente a la luz  (conocimiento) del faro.

Eggers construye una atmósfera claustrofóbica con ayuda tanto de técnicas tomadas del cine mudo, como de un formato en blanco y negro que nos remite a un espacio que está anclado en el pasado. La reconstrucción del idioma inglés de finales del XIX, el vestuario de los personajes y la sencillez de la escenografía, le dan al film un tinte muy realista, que hace una tremenda dupla con el agobio y la opresión a la que somete no sólo a Winslow y a Wake, sino también a los espectadores.

La influencia de Poe es nodal, pero no la única, ya que podemos degustar en la película de Eggers de las referencias inteligentes a Herman Melville, a H.P. Lovecraft, a Robert Louis Stevenson y Samuel Taylor Coleridge, entre otros. Como aquella escena arquetípica cuando Winslow asesina brutalmente a un ave marina (albatros) ganando con ese acto la condenación de las deidades del mar, pues como lo dicta uno de los grandes poemas de la escuela romántica, La balada del viejo marineo (1798) de Coleridge, el precio por destruir a este mensajero de Poseidón es alto.

El “viejo marinero” Thomas Wake, se convierte en una especie de padre severo y antagonista de Wislow, de una llave perversa que le abrirá la puerta a conocimientos que ningún hombre debería saber (Lovecraft). Hesíodo nos cuenta que Proteo (Wake) era uno de los hijos de Poseidón, un Dios marino con el poder de transformarse en muchas cosas. Para Carl Jung, Proteo simbolizaba el inconsciente. Tenemos pues, que el poder divino -Zeus a través de Proteo- previene al hombre la obtención del conocimiento -Prometeo a través de Winslow-, y cuando éste al fin lo alcanza (la iluminación), lo castiga. ¿Cómo no observar con admiración la escena en donde Wislow está siendo atormentado como el filántropo titán de los cantos griegos?

Salvo algunas escenas e ideas repetitivas, “El Faro” es una película magnífica sobre la relación del hombre con lo divino, con lo prohibido, pero sobre todo con el inexorable camino de transformación que conlleva el “saber”, como lo dijo el maestro Borges en un poema a Proteo: “tú, que eres uno y eres muchos hombres”.

 

Ernesto Moreno

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