Uncanny Valley

Natalia observó una y otra vez su fotografía en el sitio de noticias sensacionalistas y del corazón con la falsa esperanza de que, por arte de magia, desapareciera de su vista. De nuevo, había sido presa del objetivo de los paparazzi. Definitivamente asistir a un importante evento vestida con un abrigo de piel, la misma semana en que había sido fotografiada haciendo “escándalos” en varios clubs, no había sido buena idea. ¿Y cómo iba ella a saber que el abrigo era de piel si ella no se viste sola? La viste su marca de turno: Lyubae. Miró de nuevo la proyección holográfica que tenía enfrente y con el entrecejo fruncido, revolvió su cabello con fastidio y dejó escapar un grito agudo hasta que sus pulmones se vaciaron. ¡Por qué!

Una música de campanitas salió de las bocinas empotradas en las paredes, la joven rodó los ojos.
—¿Hola?
La proyección fue dividida exactamente a la mitad y en la del lado izquierdo apareció la cara de un hombre adulto que, sin embargo, cualquiera podría decir que no pasaba de la treintena. Al lado del reproductor de video estaba un control de volumen.
—Buen día, Natalia ¡Ja! Te ves mal.
La voz alta y animosa en exceso hizo a su interlocutora activar el comando de volumen automático. Ahora cada que sobrepasara cierto número de decibeles, las bocinas entrarían en la calibración correcta y sus oídos se lo agradecerán.
—Gracias, Kristoff —contestó sarcásticamente.
—No, esto es en serio. ¿Qué te pasa?
—Velo tú mismo.
Con un movimiento de sus dedos ella activó ahora un comando para compartir la pantalla con el hombre.
—Ya deberías estar acostumbrada
La joven gimoteo amargamente y golpeó el suelo con sus pies —¡Pero yo no tuve la culpa! ¿Cómo iba a saber que ése era un abrigo de piel natural?
—Decía en la etiqueta.
—¡Pero…
—Natalia, Natalia —dijo canturreando su nombre, tratando de calmarla—, entiendo perfectamente lo que quieres decir y yo más que nadie sé que tú te pones lo que las marcas te dan y esta vez fue Lyubae y sólo trabaja con pieles y cuero verdadero. ¿Y? ¿Qué harán? ¿Meterte a la cárcel?
La chica se tranquilizó un poco, respiró hondo y miró el holograma de su agente Kristoff, quien mostraba sus dientes perfectamente alineados y blancos en su gran sonrisa.
—No, pero me pueden rociar alguna melaza horrenda y cubrirme de plumas sintéticas o algo así. ¿Recuerdas a Vera Pushkina? Pues eso fue lo que le pasó. ¿Estás consciente de…
—¡Natalia, cálmate! En dado caso yo no me preocuparía por eso, sino porque cumplas todos tus contratos y… —ahora fue el turno de Kristoff para compartir su pantalla, en ella aparecían varias fotografías sacadas de sitios web del corazón, con grandes títulos en amarillo y un color rosa que podía acuchillarte las pupilas si lo mirabas más de cinco segundos consecutivos.
—¿Bailar topless en las mesas del club VieParadise es tu idea de diversión?
—Al principio sonaba como una buena idea…
—Pero estabas borracha.
Natalia solamente sonrió y Kristoff decidió callar.
—¿Y eso? —la transición de fotos se detuvo en una donde Natalia parecía estar fumándose una pipa de dudosa apariencia y aun más misteriosa procedencia— ¿Y aquello?
Otra foto tenía un gran titular que decía “La nueva de la niña terrible del modelaje ” y una foto lo suficientemente nítida como para ver a Natalia y un desconocido comiéndose la boca y ocultándose en vano de los reporteros.
—Sólo quiero un respiro, ¿está bien? Es mi vida privada y ellos parecen estar tallados a mano por los dioses, ¿okay? ¡Basta!
—Es tu vida privada siempre y cuando no te atrapen. Eres vocera de una marca, tienes un contrato. Soy tu agente.
—Y yo soy humana.
Kristoff Chéjov resopló. Trataba de ser comprensivo pero el carácter fiero y rebelde de Natalia le ponía a prueba cada día del año. A veces pensaba si todas las personas que se dedican a posar frente a las cámaras tenían la misma personalidad infantiloide o, de plano, él mismo estaba maldito porque siempre le había tocado trabajar con los “casos difíciles”.
—Bueno, pues llamaba para decirte que nos vemos una hora, tienes sesión de fotos.
—Ah, bueno —contestó ella mientras estiraba los brazos hacia arriba y bostezaba audiblemente.
—¿Me estás escuchando? —preguntó él.
—Sí, “papá”

Natalia R., veintiún años, modelo profesional. Descubierta a los catorce años mientras hacía fila en un restaurante de la franquicia Mac Burger para comprar una hamburguesa doble con queso. Pasó toda su adolescencia temprana y tardía frente a reflectores y embutida en vestidos de diseñador y ahora estando más crecidita, nada le sorprendía. Mientras subía en el ascensor hacia el piso diez junto con su agente, Kristoff Chéjov, empezó a tararear la música que salía de los parlantes.
—¡Scht! —dijo el hombre para silenciarla y ella le devolvió una mirada con el entrecejo fruncido.
Kristoff y Natalia caminaron un largo tramo de piso porcelanizado salpicado de líneas coloridas como las del jaspe, al final se encontraron como de costumbre, una enorme puerta de vidrio con un logotipo en letra manuscrita que anunciaba “Ziazan Tower Lounge Room”.
—Bienvenidos —dijo un robot antropomórfico después de que les mostraran sus credenciales, el artilugio fungía como lector de tarjetas de identidad y al mismo tiempo portero.
—Tenemos media hora de retraso, necesitamos empezar ya —Kristoff le dijo a la comitiva de estilistas, maquillistas y ayudantes.
—Qué bueno que llegaron —el director creativo y fotógrafo de la sesión los saludó—. Sólo estábamos esperando a Natalia, la otra chica estaba aquí incluso antes que el equipo.
—¿De verdad? —Kristoff, con los ojos abiertos como platos, observó cómo todo el pequeño ejército de especializas de la moda se llevaban a Natalia y ésta se dejaba hacer. Confiaba totalmente en las manos de los magos de la imagen.
—Así es. No sé quién sea ella, su cara no me suena para nada, su nombre suena más extranjero que el tuyo. Tampoco sé porqué Lyubae nos envía a una chica que jamás hemos visto, pero te juro que llegó sola.
—¿Cómo se llama?
—No sé.
—¿Qué clase de nombre es ese?
—Dije que no sabía, no me respondió nada. Sólo sé que es una criatura extraña.
—¿Cómo así?

Natalia entró a su escena entre reflectores y luces, su elemento. Su rostro maquillado para acentuar dramáticamente sus ojos oscuros y sus labios rojos daban la impresión de que poseía una máscara de seriedad, cosa que la hiciera repuntar hace unos dos años dentro de la industria y consolidarse hasta ahora como una de las modelos mejor pagadas, y tanto querida como odiada por la gente. Ahora se encontraba en una cómoda posición disfrutando de su estrellato y saliendo a provocar estragos de paparazzi en los clubes nocturnos y premiers de películas.

En la misma escena, cuidadosamente orquestada como si fuera un desierto fantástico del espacio exterior, con todo y dunas plateadas con luces de neón, se encontraba otra joven modelo y Natalia estaba más que segura de que en su vida la había visto. La otra joven, que por cierto, era más alta y delgada que ella, poseía un halo de singular belleza. Con su piel clara en contraste con la piel levemente bronceada de Natalia, su cabello rubio como espiga de trigo y dos grandes ojos cuyo color era un caleidoscopio verde azulado. Natalia parpadeó asombrada. Pocas veces prestaba atención a otras compañeras, prefería enfocarse en sus propios asuntos: llegar y hacer su trabajo… pero había algo en la otra mujer que le parecía desconcertante, aunque no lograba ponerle nombre al sentimiento.

—¿Ya estamos listos? ¡Comencemos!  —el fotógrafo y sus asistentes arrastraron a Natalia R. de vuelta a la realidad y la sesión prosiguió sin contratiempos.
La otra chica hacía exactamente lo que el fotógrafo le decía, y éste no la corrigió en ninguna ocasión; en cambio, Natalia fue corregida, movida de lugar, incluso levemente reprendida por estornudar al tiempo que el obturador de la cámara se cerró, arruinando así una “sublime composición”, como ser refirió el fotógrafo a su trabajo. Vaya arrogante impresentable.
Cambiaron de vestuario en unas cinco ocasiones, cada vestido era más maravilloso y vaporoso que el anterior. Expresamente Natalia R. había pedido a Lyubae abstenerse de darle piezas confeccionadas con piel y cuero, no quería tener problemas con desconocidos de nuevo. En el último cambio notó cómo su compañera, cuyo nombre no sabía, portaba un extraño conjunto más parecido a un traje espacial que a una pieza de alta costura, hecho totalmente de cuero negro. No solamente los fotógrafos y los asistentes parecían admirar a la otra joven, también los maquillistas, estilistas, asistentes de vestuario y hasta Kristoff, lo cual por supuesto, no le agradó en lo más mínimo a Natalia… y sin embargo, ella tampoco podía dejar de admirar el porte y el rostro estoico de aquella sílfide, más estoico que el de ella.

Las palabras entre las dos modelos no fueron cruzadas ni durante los cambios de vestuario y la sesión fue como pasada por agua. Natalia estaba contenta de haber roto su récord personal de la sesión más corta, entre comillas, que había protagonizado. Sonrió a su compañera, pero ella pareció ignorarla.
—Espero tengamos oportunidad de trabajar de nuevo en algún otro momento. Soy Natalia, pero seguro ya lo sabes. Nunca te había visto ¿eres de aquí? ¿Cómo te llamas?

Para la joven superestrella era totalmente natural lanzar preguntas una tras otra, como hilaza, sin parar. La otra mujer sólo se le quedó viendo con sus ojos tornasol completamente muda y Natalia R. sintió un escalofrío recorriendo desde la base de su cuello hasta la punta de los pies. Luego, sin despedirse, la modelo rubia salió de la pieza.
“Vaya, ¡qué educación! ¡Así son todas las nuevas, debería estar más agradecida de compartir set conmigo! Aún así… sus ojos, su trato, qué frialdad”, y se percató que estaba tiritando como si tuviera frío.

Lo que sucedió tiempo después marcaría el inicio de la debacle para la joven supermodelo, considerada una de las mejores en su materia, pero a la vez, una de las más escandalosas y terribles de cara al público.
Estaba Natalia R. tratando de comer toronja con una cuchara cuando se le ocurrió que ver la televisión podría ser una buena idea. “Enciende” pronunció con su tono de voz firme pero infantil, como el de una niña mimada. La cuchara pinchó la toronja con la fuerza de un titán cuando en una enorme proyección holográfica estaba el rostro de la sílfide del photoshoot. La prensa cubría ahora cada uno de los pasos de aquella modelo y no lo suyos, lo cual era un gran alivio.
No tardó en darse cuenta de lo que eso significaba: que podía salir sin ser la presa los reporteros que cubrían las e-magazines rosas, podía festejar hasta entrada la madrugada en los clubs nocturnos que que quisiera y comer lo que le venía en gana sin esperarse una foto colosal de ella misma comiendo una hamburguesa de Mac Burger con “El desorden alimenticio de Natalia” como título.
Al principio todo fue maravilloso. Disfrutar de una libertad que no tenía desde hacía siete años, cuando la última hamburguesa que pudo disfrutar sin remordimientos y sin preocuparse de que le echaran bronca por aumentar dos kilogramos de peso, fue la que compró en aquel restaurante de comida rápida donde fue descubierta. Pero, poco a poco, al tiempo que su rostro desaparecía de la polémica, también lo hacía de publicaciones y eventos de renombre. A donde quiera que iba, la carita perfectamente simétrica de una mujer rubia con enormes y enigmáticos ojos claros le perseguía.
La estocada final a su ego le fue dada cuando en la intersección más transitada de su ciudad natal, que era la capital del país, colocaron un enorme holograma en movimiento de aquella chica sin nombre, y al final de la transición, letras enormes que ponían “LYUBAE”. Natalia gritó, en un chirrido semejante a una vieja pizarra siendo rayada con un clavo. Poco le importó estar rodeada de gente, o estar a punto provocar varias carambolas de vehículos cuando corría de regreso, con sendos tacones dando zancadas como podía al edificio de departamentos donde habitaba. Al tomar el ascensor golpeó los botones con furia y al caminar por el pasillo le dio una mirada cargada de odio a los vecinos que tuvieron la desdicha de atravesarse en su camino. Finalmente, entró a su departamento.
“Llamar a Kristoff” enunció, y la proyección holográfica hizo su aparición en medio de la estancia.
—¡Natalia! ¿Qué quieres? —contestó bostezando su agente.
—¿Por qué está ella en todos lados y no lo estoy yo?
—¿Quién?
Natalia compartió su pantalla con Kristoff y le mostró el nuevo anuncio de Lyubae.
—¡Pero soy la spokesperson!
—Eras.
—¿Era? ¿Estás seguro?
—Completamente. Nadie es indispensable, Natalia, y yo me esforcé al máximo, pero tú no cuidaste tu imagen, por más que traté de ser la voz de la razón.
Chéjov terminó la videollamada con Natalia R. en medio del recibidor de su departamento y cegada por la indignación y envuelta en las llamas de la furia.

Eventos iban y venían y la popularidad y la capacidad de convocatoria de Natalia eran ya inexistentes. La gente adoraba a una mujer cuyo nombre no conocía y ahora tenía el sponsorship de Lyubae y otras marcas. Publicidad, eventos, productos, todo tenía esa cara perfecta que Natalia ya estaba harta, muy harta de ver. Pero la gota que rebalsó el vaso fue cuando ella, al querer expandir su carrera a otras fronteras, fue vencida en el casting de una película prometedora por nada más y nada menos que su nuevo némesis. “Esto se acabo. No sé quién seas, no se tu nombre, de hecho nadie lo sabe, pero yo no pienso perder mi posición en este pequeño mundo. No existe lugar para dos supernovas en este medio”.
Aquél catorce de octubre se preparó como se preparaba mentalmente antes de las sesiones fotográficas, antes de cualquier evento. Acostumbrada a pasar largas rutinas de belleza en manos de otras personas, hizo el máximo esfuerzo para verse regia por su propia mano. Respiró hondo, pintó sus ojos no escatimando en sombra negra y delineador; luego pintó sus labios del color más rojo que encontró en su arsenal de maquillaje. Sobre su cuerpo puso encima prendas por las cuales, en otro momento, activistas por derechos de los animales la hubieran destrozado frente a la opinión pública. Pero nada de eso importaba ahora, oh, no. Tenía una misión. Esa noche la haría regresar en boca de todos, para bien o para mal.

Una alfombra roja fue extendida afuera de un gran teatro cuya antigüedad se remontaba a dos centenas atrás. Las estrellas en el cielo eran puntillos apenas visibles a través de una ligera capa de smog. Pero esa noche era la noche de la sílfide. La protagonista de una película que todos ansiaban ver. Una marea de personas esperaban impacientes a los invitados de esa velada y un ejército de periodistas, cada uno compitiendo por ver quién tenía el equipo más sofisticado, también se preparaba para recibirlos. Los elementos de seguridad, quienes portaban un traje que más bien parecía de militar, empezaron a pasear en medio de la multitud para poder neutralizar cualquier inconveniente. Las personas estaban nerviosas tanto por este hecho, como por la limusina flotante que se detuvo frente al magnífico camino de tela roja. “¡Sonríe!” Se escuchó un grito que hizo girar las cabezas de todos los presentes. Una sombra se escurrió a través de las piernas de un guardia de seguridad con la agilidad de un gato. La reacción fue lenta pues nadie daba crédito cuando vieron que la modelo y actriz que todos estaban esperando con sus embelesados corazones fue embestida por Natalia R. Natalia la olvidada, Natalia la borrada del mapa que en sus manos portaba un bat de béisbol. Cada golpe fue precedido por ruidos del abre-cierra de los obturadores digitales a tal velocidad que se asemejaba al sonido de la lluvia golpeando el pavimento. Durante la conmoción los espectadores no pudieron darse cuenta que la sílfide rubia sin nombre, no gritó y estuvo estoica todo el tiempo recibiendo los golpes de aquél garrote de aluminio. Cuando todo terminó, los presentes ahogaron al unísono un horripilante grito. Donde esperaban ver una pulpa humana, vieron una maraña de cables, plástico y chispas que salía de un cuerpo acéfalo salpicado de aceite y un líquido verde fosforescente muy parecido al anticongelante.
—¡Miren nadamás! ¡Por eso no tenía ni nombre la maldita! —gritó Natalia R. y los flashes de los reporteros tiraron a matar mientras los gorilas de seguridad se abalanzaron sobre ella.

Después del incidente, los agentes y la industria de la moda tendrían muchas dudas que aclarar, y algunos programas de televisión encendieron un debate en torno del tema de “¿Estarán reemplazándonos los robots durante los años venideros?”.

Desde esa noche, Natalia R, la furibunda Natalia que había sido descubierta mientras hacía cola en un restaurante de hamburguesas, regresó recargada a sus andadas, solamente con un cargo de daños a propiedad privada, porque homicida no era, aunque terrible sí.

Y sonreía cada vez que veía su propio su rostro en aquel holograma gigante de esa saturada intersección en su ciudad natal.

 

Ana Laura Torres González

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