Minotauromaquia

Ahora entiendo porque tu madre,
guiada por los celos,
sacrificó tantas vacas,
porque se maquillaba para verlo,
porque obligó al constructor
a crear un vacuno disfraz.

Mi padre mortal lloró demasiado,
como si fuera el mar,
cuando supo que me ofrecí para tributo.
Mi plan era aniquilarte,
atravesar tu carne con mi espada.

Una de tus hermanas
—creo que la pequeña—
escondió un hilo tan rojo
como el fuego que encendí en ellas,
tan rojo como tu sangre
que usaría para borrar mis huellas al salir.

Caminé por tu casa dedálica:
con una mano sostenía
la suave cadena de mi juramento;
con la otra, mi gran arma
cortando la oscuridad
como si fuera tu varonil cuerpo.

Imaginaba que regresaría a Atenas como Perseo:
con monstruosa cabeza
y una radiante princesa;
pero el hado nos hace caminar
por pasillos iguales a tu hogar.

Al tenerte frente a mí
lo primero que me penetró
fue la certera y mortífera flecha de Eros,
después tu bestialidad me llenó.

Sentí la pasión con la que tu abuelo
—que es mi verdadero padre—
hace que Gea terremoteé orgásmicamente.
Sentí la fuerza con la que tu padre
—que podría ser uno de mis hermanos—
montó a la esposa de Minos.
Sentí cómo soltaba las promesas
para tomar tus erectos cuernos.
Sentí cómo laberinteaban tus manos ásperas
por cada rincón de mi efébico cuerpo.

Maté a un toro cualquiera
para sacarte de Creta…
Ahora navegamos a nuestro futuro reino.

 

J. Eduardo R. Gutiérrez

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