Sirenas

El cielo tenía una hermosa claridad, un azul especial que hacia que el mundo brillara a través de los ojos de sus hijos. Después de meses separados al fin pasarían esa semana juntos. Era el comienzo del re inicio. En una nueva casa. Gus los veía correr en el área de entrada, era una de las cosas favoritas de ese lugar, tenía una amplia entrada para jugar. Los niños se veían felices y Gus al fin había encontrado un poco de paz dentro de la tormentosa pelea de hacía unos meses.
—¿Estarán bien? —preguntó su ex esposa mientras le entregaba las maletas de los niños.
—Sabes que sí, sólo serán un par de días.
—Nunca nos habíamos separado tantos días.
—Te entiendo, pero estarán bien.
Su madre los llevó hasta la casa de Gus, aprovechando el camino que la llevaría a ella y a su nueva pareja por el inicio de un viaje de vacaciones por cuatro días en Chihuahua. Ella, aunque lo negara, sabía que los niños no estarían más a salvo o más a gusto que con su padre. Eso la tranquilizaba y al mismo tiempo le preocupaba. Llegando a preguntarse si era posible que los niños terminaran queriéndose quedar para siempre con su papá. Él era el divertido mientras que ella era la dura. Suspiraba cada seis minutos.
—Estarán bien, Ale —remató Gus.
—Lo sé, recuerda que llevan tarea para la semana, por favor, al menos intenta que lo hagan.
Alejandra se encaminó de regreso al auto, en donde David, su pareja, la esperaba sentado al volante, fingiendo indiferencia ante Gus, aunque la historia de ambos había llegado incluso a los golpes, ambos intentaban estar en paz y mantener sus distancias. Pero a veces a Gus le gustaba saludarlo como si lo conociera de hace tiempo, irritando a David. Era una de las cosas que hacía Gus para volver loca a la gente, su cinismo. Ale se despidió de los niños abrazándolos hasta el cansancio.
Niño y niña, pensaba Gus mientras veía a lo lejos como sus pequeños se despedían de su madre, Niño y niña y yo tuve esa suerte de ser su padre. Los niños regresaron la mirada hacía él, corriendo a sus brazos. Había pasado mucho tiempo desde que se sentía tan completo.
—Muy bien, niños, ¿quién quiere cenar?
—Yo, yo —dijeron al unísono.
Esa noche hubo cereal y una película. A las diez de la noche los niños seguían activos, jugando divertidos a un sinfín de cosas, cazar seres imaginarios, fingir que Sergio era un X Men, casar a unos muñecos de Ana con una boda de juguetes, todo eso mientras Gus recogía los platos y los lavaba con calma, luego, cuando los niños comenzaron a dar pistas de baja energía, Gus los hizo acompañarlos a la entrada, en donde tenía dos sillas y un banco pequeño, los hizo sentarse y ver las estrellas. Les mencionaba sobre lo increíble y maravilloso que era saber que las luces que ellos veían de las estrellas era sólo un reflejo tardío de algún astro que ya había hecho implosión y que la luz tardaba miles de años luz en llegar a nosotros. Les habló de las pocas constelaciones que conocía, de las viejas historias del zodiaco. Del vasto universo del que el hombre jamás podrá conocer todo. Les habló tanto que se dio cuenta que Ana yacía en sus piernas dormida y Sergio se había recargado en su hombro, somnoliento y dispuesto a caer. Gus amó esa sensación. Ese derecho de padre de poder sentir que cuidaba a sus pequeños. Perfección de emociones, le llamó.
Llevó a Ana a su habitación, Sergio los seguía de cerca, la niña ni respingó cuando Gus la dejó en su cama. Sergio, sin embargo, se sentó en la suya viendo fijamente a Gus. Entre los niños había una diferencia de cinco años, Sergio llegaba a los trece, mientras Ana recién había cumplido ocho. Pero Gus seguía viéndolos como un par de niños pequeños, de tres y cuatro años.
—Te extrañamos, papá —dijo Sergio.
Gus sorprendido por la sinceridad de su hijo se sentó en la orilla de la cama de Ana, frente a frente con el jovencito. Le regaló en cambio una sonrisa nostálgica y le pasó la mano por el cabello, meciéndoselo.
—Yo también los extrañé mucho, Kiddo.
—Procura no volver a pelear con mamá, ¿sí?
Gus midió las palabras, pensó en una serie de posibles respuestas pero optó por callar. Creía que esas palabras no eran de su niño, sino de su madre, puestas ahí con un propósito pero no quería discutir, y mucho menos con su propio hijo. Así que sólo asintió en silencio. Sergio se acostó en su propia cama y dio las buenas noches a su padre.

Gus bajó al primer piso, fue directo a la cocina y abrió el refrigerador, sacó un latón de cerveza y salió nuevamente al exterior. Su casa, al igual que la mayoría de las casas de ese sector habitacional, era de dos pisos, con un espacio abierto protegido por un barandal, el patio trasero también era espacioso y las bardas altas, “nunca era demasiado extremar medidas”, pensaba. Se sentó nuevamente en la silla plegable y daba tragos a su cerveza. Gus sentía que llevaba una vida desordenada, después del divorcio le costó mucho seguir un rumbo, estuvo a la deriva, sobre todo después de que le restringieron las visitas a sus propios hijos. Aun ahora, cada que lo pensaba, sentía ese sabor amargo en la lengua. Le costó un empleo y meses de terapia, que aun llevaba pero estaba aterrizando, al final, estaba acomodando su vida, podría presumir que se sentía renacido, como un jodido fénix.
Sonrió con un dejo de satisfacción y siguió ahí sentado. Pensaba que el día siguiente sería mejor. Que el día siguiente haría muchas cosas con sus niños, no trabajaría, haría de lado los pendientes de la oficina sólo ese fin de semana. Los restos de los días podría pedir vacaciones, ya le tocaban. Sí, tenía todo resuelto; Sergio ya no tendría que aconsejar cómo debía actuar su padre y Ana disfrutaría de tiempo de calidad.

Al fin las cosas estaban cayendo en un orden.
Gus siguió bebiendo su cerveza, viendo la calle de la colonia tan tranquila, el reloj indicaba que se acercaba la media noche, la hora en la que él mismo debía dejar que su imaginación volara al futuro e irse a dormir. Vio una vez más el cielo oscuro lleno de puntos blancos brillantes. El cielo nos muestra la recompensa en el camino, pensó, al fin estamos en casa. Regresó dentro, tiró la lata en la basura, limpió los últimos restos de la mesa. Y se fue a costar. Mañana todo será mejor.

—Papá, despierta —le susurró con urgencia Sergio.
—Qué… ¿Qué pasa, Kiddo? —contestó perezosamente
—Afuera… hay algo afuera.
Gus se levantó de un salto de la cama, caminando con urgencia hacia al cuarto de los niños, viendo que Ana estaba sentada al borde de la cama con los ojos muy abiertos hacia la ventana. Mirando fijamente hacia el oscuro exterior.
—Hey, pequeñísima, ¿estas bien? —le preguntó Gus.
—Papá… hay algo ahí afuera.
Gus se asomó por la ventana, afuera sólo había oscuridad y una calle desierta, checó el reloj del celular y notó que eran las tres y media de la mañana. Su calle era una zona desierta a esa hora. De todos modos, Gus bajó y agarró un viejo bate de madera. Les dio instrucciones a Sergio y Ana de quedarse cerca y sobre todo, juntos. Caminó hacía la salida y se asomó por ambas ventanas del frente. No vio nada. Los niños seguían asustados en la entrada a la cocina, cerca de las escaleras. Gus abrió la puerta pero la calle seguía vacía.
Los niños lo alcanzaron y Gus, un tanto desconcertado, lo miró fijamente.
—¿Qué fue lo que vieron niños?
—Parecía una persona —dijo Sergio—, pero… diferente.
—Diferente ¿cómo?
—Era… como muy alto y largo, papá —dijo Ana.
—¿Qué?
Gus levantó el bate y caminó por el frente de la propiedad, luego fue al patio, nuevamente no descubrió nada. Veía a los niños cada vez más incómodos, asustados. Decidió llevarlos adentro. Los niños se pegaron a él y los abrazó para guiarlos dentro de la casa. Entonces fue cuando se escuchó un estruendo espantoso, como un trueno potencializado diez veces. Los cristales de las casas temblaron, las alarmas de los autos estacionados sonaron, las calles cayeron en una completa oscuridad sólo con los parpadeos de las alarmas activadas.
—Papá… —dijo Sergio mientras señalaba el cielo.
Gus vio a su hijo y luego vio el cielo. El bate cayó al piso sin provocar un ruido identificable. El mundo para Gus perdió sentido. El cielo era una masa de colores cambiantes, verdes, rosas, azules, todos fosforescentes, como si de una fiesta se tratara, como si la aurora boreal hubiera decidido pasar unas vacaciones en el cielo del norte de México.
—Dios santo, es hermoso —dijo Gus sonriendo, inmerso en un estado de hipnosis a causa de las luces.
—Papá, tengo miedo —dijo Ana.
Gus se espabiló y le sonrió —Mira, cielo, es como en el polo norte.
—No me gusta, papá.
—¿Podemos ir dentro, papá? —preguntó Sergio.
—Ok, ok, pero les juro que esto sólo se ve una vez en la…
Un nuevo estruendo hizo que los tres saltaran, Ana corrió a los brazos de su padre y Sergio se acopló más a ambos. Incluso Gus, se quedó petrificado por unos momentos. Luego, decidió que ya habían visto suficiente y era hora de volver. Entonces comenzaron a escucharse unas sirenas. Un sonido inclemente que solía usarse en la ciudad en caso de una emergencia de origen natural. Gus no sabía que en esa ciudad hubiera dichas sirenas, semejantes alarmas eran de verse en tierras al sur o en el extranjero, pero no ahí. Entonces notó como las luces empezaron a parpadear en el cielo, a iluminarse cada vez más fuerte.
—Vamos adentro, niños —dijo.
Entraron casi corriendo a casa, Gus cerró la puerta y tomó a los niños por los hombros, llevándolos debajo de las escaleras a una pequeña alacena improvisada, protegida por una puerta de madera y la misma base de las escaleras. Había leído una vez que los dos lugares más seguros en caso de un tornado o terremoto eran los marcos de las puertas, debajo de las mesas o las escaleras. No lo pensó dos veces.
—Vamos, niños, quédense aquí, ¿ok?
—¿Qué es eso, papá? —preguntó Sergio.
—No lo sé, pero tranquilos, cerraré las puertas y pondré cinta en las ventanas, luego estaremos aquí en lo que pase lo que sea eso, ¿ok? No se asusten.
Gus se encaminó a la alacena, buscó entre las puertas y sacó una cinta industrial gris, tapó lo más rápido que pudo las ventanas principales, luego las de la cocina, entre cada movimiento veía a sus hijos bajo las escaleras, viéndolo a él. Les sonreía tratando de calmarlos, incluso con el horrible sonido de las sirenas escuchándose por todos lados. Luego se encaminó a la entrada donde la puerta daba tremendos azotes, estando incluso cerrada, tendría que apoyar el sillón en la puerta para reforzarla. Entonces otro trueno retumbo desde el cielo. Gus dio un salto y, por mero instinto, se asomó al exterior, abrió nuevamente la puerta y vio el cielo. Ahora era una masa brillante de naranjas y amarillos, las sirenas ahogaban cualquier otro sonido.
Los niños le gritaban desde dentro, Gus veía el cielo, como ensimismado, algo no iba bien, nada bien, pensó. Luego de nueva cuenta otro sonido estruendoso, poderosísimo, las sirenas de los autos se apagaron de improviso, todo rastro de energía desapareció, dejando únicamente un cielo rojo embravecido y los extraños sonidos de las sirenas.

Gus decidió volver por los niños cuando una explosión se escuchó, tan fuerte que dejó como un susurro el sonido del primer trueno. Gus corrió dentro de casa, cerró la puerta y dejó el sillón atravesado a modo de refuerzo. Dio tres pasos hacia atrás, sin dejar de ver la puerta. Luego les habló a sus hijos —Niños, ¿están bien?
No hubo respuesta.
Eso no le gustó para nada a Gus, regresó casi corriendo al rincón bajo las escaleras, no estaban ahí. Luego, gritándoles, fue a buscarlos a su habitación. Tampoco estaban. Comenzó a asustarse, su corazón latía mucho más rápido. Fue a su propia habitación, tampoco. Bajó a la cocina, al patio, a la sala, revisó las puertas y nada. No tenía sentido. —Niños, no es gracioso, ¿dónde están?
Notó como su voz se quebró, sus nervios lo estaban destrozando, no estaba bien eso y el cielo seguía rugiendo. Gus se asomó nuevamente a la entrada, removió el sillón y salió a la calle. Gritó el nombre de sus niños, el aire era cada vez más denso, los arboles se movían en una sinfonía furiosa del viento, algunos incluso estaban cayendo al piso. Gus volvió a gritarle a sus niños, sin respuesta, entonces otro estruendo, seguido de un relámpago que deslumbro todo el cielo, fue cuando Gus pudo ver con claridad.
En el cielo, una enorme esfera brillante sostenida por lo que pareciera ser una estructura de algún tipo de metal, se iba elevando, perdiéndose entre las luces brillantes y una especie de neblina provocada, mientras el aire, los truenos y las sirenas seguían sonando a todo volumen. Esa visión asustó más a Gus, entró corriendo de nuevo dentro de la casa, gritando los nombres de sus hijos, cada vez más aterrado, cada vez más desorientado. Volvió a la estancia bajo las escaleras, buscándolos y vio algo que le heló la sangre.
En el piso y la pared había la marca de dos pequeñas siluetas, Gus retrocedió mareado, asustado, eso no tenía sentido para él. Quería llorar y entre más se alejaba de la pequeña estancia, más notaba la forma de las siluetas, eran de sus hijos, como si un flash super potente hubiera dejado esas marcas. Llorando, Gus comenzó a buscar con la vista en todos lados, intentando encontrarlos en otro lugar, rogando por encontrarlos en otro sitio. Los llamaba por su nombre, lloraba sus nombres, entonces, y decidido, dio media vuelta para salir de su casa y buscar ayuda, cuando se topó con una figura enorme, delgada y encorvada dentro de su sala, no tenía un rostro como tal, solamente una figura humanoide, con escamas en el cuerpo. Gus se quedó de pie, viendo a aquella figura, que “parecía un hombre, pero diferente” recordó de pronto.
—¿Dónde están mis hijos? —le preguntó a esa cosa
La figura lo observó, luego extendió su mano y tocó el hombro de Gus, entonces lo escuchó, con el sonido de mil voces, todas se sentían dentro de su cabeza, como si aquella figura buscara un idioma en particular, hasta encontrarlo.
—Niños —le susurró el ser—, bien. Pero no aquí.
—¿De qué hablas? Dame a mis niños… por favor… —Gus lloraba, suplicaba.
El ser lo veía detenidamente, luego hizo una señal al cielo, toda la parte delantera de la casa se deshizo, como si fuera simple paja en medio de una tormenta. Gus vio como el cielo y los relámpagos comenzaban a chocar con la tierra, levantando nubarrones de polvo, destruyendo casas, autos, todo lo que se pusiera a su alcance, vio como las calles se levantaban, piedras gigantes se alzaban hacia el cielo.
—Niños —volvió a decir el ser— , bien pero no aquí.
—¿Qué quiere decir eso?
—Fin —dijo el ser mientras levantaba un puño para luego abrirlo— . De todo.
Gus dio un paso hacia atrás. Llorando, tocándose el pecho, perdido en sus pensamientos, hilando demasiadas cosas, entonces, viendo al ser a su rostro informe entendió.
—¿Se los llevaron?
—Ellos bien. Pero no aquí.
—Dios santo…
Gus se quedó ahí de pie, con el rostro en el piso, al alzar la mirada el ser ya no estaba en la casa, sabía qué quería decir eso. Lloró y el piso comenzó a vibrar. Cerró los ojos y lo mejor que pudo hacer en esos últimos momentos fue recordar lo bello que vivió. Recordó el nacimiento de Sergio, sus enormes ojos, su tez rojiza, sus tres años, sus cinco años, su primera caída en bicicleta, sus dibujos, luego pensó en el nacimiento de Ana, sus hermosos ojos que lo conquistaron desde el primer segundo, su inteligencia, su hambre por conocer el mundo. Gus lloró más. Debió abrazarlos más, pensó. Entonces el piso volvió a convulsionarse, a mecerse, luego a hundirse. Antes de que una explosión se llevara consigo a todo un sector habitacional, Gus alcanzó a pedir, a quien fuera que lo escuchara, una plegaría. “Por favor, que en donde estén, estén bien”.
Luego todo llegó a un fin y se hizo el silencio.

 

Jorge Robles

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