Efecto Cíclico

La vida es cíclica y que siempre el final de una historia
coincide con el comienzo de otra nueva y que,
ante todo momento de penetrante felicidad,
siempre hay que esperar otro con igual intensidad de tristeza.

Edgar Morin

El sepelio fue un acto sencillo, intimista.
Tan solo estuvieron presentes los más allegados al finado y sus dos grandes compañeros con quienes había compartido durante años su gran pasión: la caza. Precisamente, practicándola, un desgraciado accidente, un descuido imperdonable, lo había facturado al más allá sin billete de retorno.
Tras finalizar la ceremonia y dar el pésame a la familia, ambos amigos, cariacontecidos y en silencio abandonaron el recinto sagrado. En el exterior, los últimos rayos solares se resistían a abandonar el atardecer y un aura violácea cubría buena parte del horizonte. Su resplandor invitaba a la somnolencia. Cuando llevaban recorrido varios metros de camino, el de estatura más elevada y cabello corto, que vestía pulcramente de gris claro, rompió su hermetismo tras un largo suspiro.
—¿En qué piensas? —preguntó a su acompañante de aspecto desaliñado, rizada cabellera y complexión atlética.
—Ni lo sé  —respondió este encogiéndose de hombros—… Bueno, sí que lo sé —rectificó de inmediato—, pensaba… pensaba si habrá vida después de la muerte.
—Esa pregunta ya te la has cuestionado muchas veces y no tiene más que una respuesta: no. Quizás lo hayas hecho inconscientemente, pero durante todo el camino no has dejado de mirar a ambos lados. No intentes buscar lo que no existe. Él no está aquí. No nos sigue ningún espíritu. El cuerpo está compuesto mayoritariamente de agua y deshecho orgánico. Simplemente regresa a la tierra, de donde proviene.
—Ya. ¿Pero…?
—Pero, ¿qué? —le interrumpió bruscamente, sin dejarle terminar.
—Es que esa versión del simio  —continuó entre titubeos—… La verdad, no me convence nada en absoluto.
—¿Por qué, si puede saberse?
—Pues porque en ningún momento responde a mis preguntas. Verás, sí realmente nosotros descendemos del mono, ¿de dónde desciende él?
—Pues aparte del árbol —sonrió el hombre de cabello corto—, de una célula, de una explosión de la materia, del agua.
—Te envidio por tener las ideas tan claras, pero sigues sin convencerme. Me cuesta mucho asimilar todas tus teorías porque no me llevan a ninguna parte. No sé si entiendes lo que te quiero decir. Nunca encuentro un final. Son…, cómo te diría yo, como las interminables preguntas que me hace mi hijo. A un por qué, siempre le sigue otro, y así hasta el infinito. Nunca se acaban. ¿Por qué el agua?, por ejemplo, que me preguntaría él. ¿Quién la echó allí?
—Mira que os gusta complicaros la vida, con lo sencillas que son las cosas.
—Luego, al hilo de todo esto que estamos hablando —continuó pasando por alto su observación—, me surge otra pregunta sin respuesta.
—¿Cuál?
—Es un comentario que hiciste la otra tarde sobre la antigüedad de la Galaxia y la Humanidad.
—¿Y…?
—Que tampoco me salen los números. Vamos a ver, simplemente con remontarnos unos años atrás, vemos que los avances que se han conseguido durante todo este tiempo, han sido impresionantes… desarrollo de la raza, longevidad, comercio, agricultura,  ganadería…
—¿Adónde quieres llegar? —volvió a interrumpirle.
El hombre de rizado cabello se tomó su tiempo antes de contestar —¿Cómo nos ha costado tantísimo tiempo reaccionar? Me niego a creer que durante millones de años nuestros antepasados se dedicaran exclusivamente a sobrevivir. ¿Qué ocurrió con sus cerebros? ¿Los tenían anquilosados? ¿No los usaban?
—Buena pregunta, sí, señor. ¿Y si te digo que todo ha podido ser debido a un efecto cíclico?
—¿Efecto cíclico? No entiendo. ¿A qué te refieres?
—Imagínate que el hombre toca techo, que llega a su cenit, y como producto de su soberbia provoca una terrible guerra. Un gran desastre de proporciones inimaginables. Esa podría ser la causa de la explosión que te comentaba antes. Con el efecto del cataclismo, todo desaparece. No queda más que la nada. Únicamente una dulce y ansiada paz. Y la vida, con el paso del tiempo y cual Ave Fénix, resurge de sus cenizas.
—¿Insinúas qué esta conversación ya ha ocurrido antes?
—No llego a tanto, pero podría ser.
—Claro, eso explicaría las largas y vacías distancias en el tiempo.
—Efectivamente. Una generación, da paso a otra nueva generación. ¿Por qué tiene que ser esta la primera? Quizás sea la cuarta, o la sexta…
—El efecto cíclico… mira, esa teoría sí que me gusta —dijo el hombre de cabello largo deteniéndose frente a la puerta de su hogar—. ¿Quieres pasar? —le propuso a su interlocutor mientras se quedaba ensimismado observando el horizonte.
—No, gracias, me esperan —se excusó—. ¿Qué vas hacer ahora?
La pregunta le sacó de su leve abstracción. —¿Yo? Yo ponerme a pintar —le respondió recomponiendo el gesto—. Está bellísimo el atardecer, si fuese capaz de captar su colorido…
—Tú y tus pinturas —sonrió el hombre de gris, al tiempo que montaba en su vehículo metálico de energía solar—. No te quepa la menor duda que tus descendientes te lo agradecerán en un futuro. ¡Hasta mañana! —se despidió momentos antes de salir volando, rumbo hacia el espacio.
—¡Hasta mañana! —correspondió a su despedida alzando la mano.

Cuando la nave desapareció de su vista, oculta entre las nubes, el hombre de los cabellos largos, que tan poderosamente había contribuido con su esfuerzo y dedicación, y probable ayuda del exterior, a difundir por todo el continente europeo la llamada “Revolución Neolítica” o época de la “Piedra Pulida”, se introdujo en su cueva de Chaves, en Bastarás, y tras atusarse la barba, se dispuso a decorar un vaso de cerámica con la única ayuda del borde de una valva de cardium.

«Estés donde estés, va por ti compañero», murmuró.

 

Tomás Bernal Benito

 

 

 

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