Una estrategia diferente

Claude despertó, se quitó las sábanas de encima, vio la condición de desempleado que le recordaba la Pantalla Insomne y maldijo una vez más su tonta manía de contestar siempre al teléfono. Si sólo hubiera soportado durante unos minutos los timbrazos del aparato, si hubiera dejado que otro atendiera la llamada, estaría muy tranquilo, llenando informes y haciendo reportes para las entregas a fin de mes, cobraría un generoso salario y no tendría motivos de preocupación. Salió de la cama, la Pantalla activó el televisor, Claude le dedicó un saludo, se detuvo ante ella y le dijo: ¿Qué tal LG3097865? ¿Molestando desde temprano?

No les puso interés a las noticias, a los anuncios publicitarios, ni siquiera atendió la intermitencia de la luz roja sobre la puerta del dormitorio, indicando que la bañera estaba lista y dentro de diez minutos la mesa estaría servida. Fue hasta el botiquín, estiró con resignación los párpados, la cerradura escaneó sus ojos, se dividieron los compartimentos y Claude tomó la última aspirina que le quedaba. El dolor de cabeza era una amenaza desde que había perdido el trabajo. Siempre despertaba de mal humor. Ya no le quedaba dinero para comprar el paquete completo de sueños, cada vez que ponía la cabeza en la almohada soñaba lo mismo: El campo de girasoles, la chica a lo lejos corre desnuda, se vira de espaldas y le dice que la atrape, Claude la tiene tan cerca y justo cuando va a tocarla, termina la primera parte.
“Eso me pasa por engancharme a productos de la Boutique” pensó Claude “ni aunque hagan descuentos puedo comprar la segunda parte, los precios son extravagantes. Quedé tan sorprendido con los avances del anuncio que no pude soportar la tentación, sobre todo aquel fragmento de la primera saga, cuando el campo de girasoles se transforma en un tranquilo valle y la chica me pide que nos quedemos allí para siempre”.
“¿Por qué no pude actuar con prudencia y comprar un sueño de Todo X UNO?, de esos en que caminas por la calle y comienza a nevar, o de los que te comes un pollo frito, o mejor aun, uno didáctico donde manejas por una avenida, te detienes en el semáforo, ajustas la velocidad y estacionas el auto correctamente”.
“Qué diferentes serían las cosas si no hubiera contestado al teléfono, si aquel representante de la Columna Voltaire no hubiera intentado reclutarme, alistarme en la resistencia. Yo le dije que perdía su tiempo, soy un tipo ignorante en cuestiones militares, nunca he tocado un arma y no tengo nada en contra del gobierno, pero él insistía, insistía, insistía y como no soy capaz de soltar el teléfono, mucho menos dejar a alguien colgado, anoté la dirección del almacén donde nos debíamos reunir para la ceremonia de bautismo”.

Claude pasó de largo frente a la mesa, encendió la computadora y se dispuso a enviarle un mensaje al presidente de la compañía. Quería pedir perdón y rogar que lo aceptaran de nuevo en el trabajo. Haría lo que fuera necesario: fregaría el piso, velaría las cámaras de seguridad en el turno de la noche, incluso acudiría a los trabajos voluntarios del jardín para podar los árboles y regar las flores. Fue hasta el armario, escogió una camisa blanca, se alisó el pelo, ensayó algunos gestos y se preparó frente a la webcam. “Debo adoptar un tono convincente” pensó Claude, “debo hacerle creer que estoy arrepentido y que nunca volveré a cometer una falta. Si logro recuperar mi puesto, compraré un paquete de sueños todos los meses, podré construir la mejor colección de la ciudad”.
Cuando aclaró la voz y ajustó la mirada de cachorro arrepentido, se dio cuenta que había expirado su cuota de Internet, que no tenía dinero para renovarla y que su Pantalla Insomne, en vez de apoyarlo en ese momento de crisis, se había quedado en el dormitorio vistiendo la cama y miraba a través de los ventanales a la vecina del edificio de enfrente, que tendía la ropa en el balcón.

Agarró al aparato por el sistema de controles y lo puso sobre la mesa: ¿Qué coño haces?  ¿No ves que estoy desesperado? ¡Eres una máquina inútil!, o me dices cómo salgo de esta situación, o te empeño hoy mismo en el mercadillo”.
LG3097865 se puso un poco nervioso, no estaba acostumbrado a la violencia y tardó unos segundos en mostrar la larga fila en la oficina de empleos.
—No vale la pena —dijo Claude—, mira la cantidad de gente que hay allí.
—Pero tú tienes un buen currículum —dijo la Pantalla y mostró un listado extenso donde aparecía reflejado desde un premio al mejor desempeño laboral del trimestre en la empresa, hasta un diploma por haber impartido cursos de superación a los obreros de la zona industrial, con esto serás aceptado en cualquier sitio.

Claude leyó la lista hasta el final y recobró la rabia con el último renglón. En letras rojas y con un puntaje excesivamente alto quedaba registrado: Traidor. Miembro activo de la Columna Voltaire durante dos meses. Participó en cuatro asaltos a cámaras locales de seguridad y cortó doce veces la conexión de su centro laboral.

Claude se terminó de vestir y le pidió a la Pantalla que construyera un listado con las direcciones de todas las empresas de la ciudad.

—Recuperar el puesto será imposible —dijo Claude—, el presidente es demasiado testarudo y desconfiado. Tendremos que trazar una estrategia diferente: toma mi currículum, borra la última parte y nos vamos a la oficina de correos para sacarle fotocopias.
—Pero eso es ilegal —dijo la Pantalla—, en los archivos nacionales deben estar tus datos, nos van a descubrir. Lo sabes muy bien: la traición se paga con el ostracismo.
—No seas cobarde —le dijo Claude—, es más, o haces lo que te pido o te desconecto —y colocó el dedo en el botón de Apagado. La Pantalla se resignó, comenzó a escanear sus registros y estableció una lista de acuerdo a las coordenadas geográficas de cada una de las empresas. Claude tomó un paño, le sacudió el polvo y le dijo —Vamos, estás precioso, no dudo que hoy alguien se enamore de ti.
La Pantalla quiso protestar, pero solo dijo que asumiría el estado de hibernación hasta que llegaran a la oficina de correos.

Claude se puso al final de la fila y miró con disimulo las cámaras de seguridad que colgaban del techo.
—Despierta —le dijo a la Pantalla—, ¿cuánto podrían costar las fotocopias?
—¿Cómo crees que puedo saberlo? Necesito un cable de red.
Claude fue hasta la Cabina de Herramientas, encontró un cable de red, comenzó a estirarlo, pero el cable no cedía, se dio cuenta que para extraerlo necesitaba arrojar una moneda por la ranura en el borde superior de la cabina. Buscó en sus bolsillos, pero estaban completamente vacíos.
—Dame una moneda— dijo Claude.
—Pero serás tonto, las Pantallas Insomnes no tenemos monedas.
—¿Entonces qué vamos a hacer? El cable de red no cede.
—Va a ser mejor que vayas y le preguntes el precio a la oficinista.
—No me caen bien las oficinistas. Además, podría sospechar, ¿no dices que mis datos están en todas partes? ¿Tienes acceso inalámbrico?
—Claro que no, con el dinero que gastaste en el sueño podías haberme comprado un acceso inalámbrico, dos gigas más de memoria RAM y hasta una pegatina de los Rolling Stones. Me sería muy útil en las Disco Insomnio de los sábados por la noche, a las pantallas jóvenes les encantan las pegatinas de los Rolling Stones.
—Ya cállate —dijo Claude—, mira, allí hay una pantalla y está conectada. Tienes que ir a preguntarle.
—No, eso no, yo soy muy tímido. ¿Por qué no vas tú y hablas con la dueña de la pantalla? Debe ser aquella mujer vestida de rojo.
—Deja de protestar, aquí el que manda soy yo. O buscas la información, o te vendo en el mercadillo.
La pantalla maldijo a Claude, al teléfono, a la Columna Voltaire y al Sistema de Control Social que no es capaz de perdonar una simple traición. Este hombre es tonto, pensaba, a quien se le ocurre unirse a una banda de maleantes que no comprenden el sentido práctico de la tecnología. “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, ¿qué mierda es eso? A quién se le ocurre ir por ahí armando revoluciones, rompiendo cámaras de seguridad, asaltando redes. ¿Acaso quieren regresar al siglo XXI? Es que hay que ser bien tonto.

La Pantalla se acercó lentamente, miraba, o hacía como que miraba, los dibujos del empapelado en la pared.
—Qué calor hace acá dentro, ¿verdad?
—¿Qué quieres? —le preguntó la pantalla conectada.
—¿Me podrías prestes un minutico tu cable para descargar el listado de precios?
—¿Por qué no vas y se lo preguntas a la oficinista?
—Es que quiero copiarlo en mi memoria… para otro día… por si me hace falta.
—¿Por qué no usas un cable de red?
—Es que a mi dueño se le acabaron las monedas, sólo trajo billetes.
—¿Por qué no los cambia en la taquilla?
—Es que las oficinistas se quedaron sin cambio, anda chica, préstame un minutico el cable.
—Está bien, pero que sea rápido.
—Sí, será rápido. No voy a tardar nada, ya verás.
La pantalla se conectó, hizo la búsqueda y copió la información.
—¡TOSHIBA3789! —gritó la mujer vestida de rojo— ¿Qué haces hablando con esa pantalla? ¿Cuántas veces te he dicho que no hables con extraños? ¡Ven para acá, urgente!
—Mira el lío que me buscaste —dijo TOSHIBA3789.
—Lo siento —dijo la pantalla—, ¿cómo podría retribuirte el favor? ¿Me dejas tu número? Podríamos quedar algún día para ir al cine o a la Disco Insomnio —pero la chica le dio la espalda y LG3097865 regresó avergonzado al último puesto de la fila.
—Bueno, ¿y qué? —preguntó Claude.
—Váyanse al carajo tú y tu currículum. He pasado la vergüenza más grande de mi vida.
—Oye, oye, no te pases. Además, ¿de qué vergüenza hablas? La pantalla estaba muy linda. Dale, muéstrame.
Claude revisó la lista de precios.
—Esto es inaudito —dijo—, ¿tanto por unas fotocopias de mierda? El dinero que tengo ahorrado no me alcanzaría. Vamos, tenemos que construir una estrategia diferente.
Salieron a la calle. La pantalla miró por última vez al interior de la oficina de correos, pero no vio a su linda TOSHIBA3789.
“He perdido otra oportunidad” pensó “si trajera una pegatina de los Rolling Stones las cosas hubieran sido distintas”.

Recorrieron varias calles y terminaron por sentarse en uno de los bancos del parque.
—Maldito el momento en que me apunté a la resistencia —dijo Claude—, ¿cómo le creí a esos tipos cuando dijeron que la libertad sólo era posible aplastando al Sistema de Control Social? Si es que el sistema es inaplastable, que si la guerra de guerrillas, que si un asalto por aquí, un golpe por allá, que si la opinión pública a nuestro favor. Nada, ahora estoy en el paro y sin esperanzas de completar mi paquete de sueños.
—Cuando encuentres trabajo, lo primero que tienes que hacer es comprarme un acceso inalámbrico —dijo la Pantalla—, o aun mejor, una pegatina de los Rolling Stones, vamos, tampoco son tan caras. Si hasta han bajado de precio desde que Bruce Springsteen volvió a ponerse de moda, con esa cara de amargado…
—¡Ya sé! —dijo Claude—. En el fondo de la oficina de correos hay un escaparate donde venden televisores, ¿te acuerdas?
—Sí, me acuerdo —respondió la Pantalla— y lo que estés pensando sácatelo de la cabeza, porque yo no me voy a esconder allí.
—La idea es genial, tienes que reconocerlo, pasarías desapercibido.
—¿Cómo que desapercibido? Si todos los televisores son HAIER, además son antiquísimos.
—¿Qué dices? Sin son idénticos, no me vengas con falsa vanidad, que a ti te compré en la semana de descuentos. Eras el más barato de la tienda de reciclaje.
—Otra vez la misma historia. Digas lo que digas, no me vas a convencer.
—Es tu decisión —dijo Claude, sacó el mando a distancia y apuntó a la Pantalla.

Para el cierre de las oficinas sólo se habían quedado las trabajadoras de limpieza. Desde uno de los postes de la calle de enfrente Claude cortó los cables de las cámaras de seguridad y la Pantalla Insomne entró con cuidado, se escondió entre los televisores y esperó que la oficina estuviera completamente vacía. Hizo las fotocopias, colocó sellos, cuños y las echó en el buzón.
—Ahora sólo resta esperar —sentenció Claude cuando la Pantalla Insomne entró por la puerta y dijo que necesitaba descansar al menos ocho horas, se tiraría un rato en la cama.
—Pero si las Pantallas Insomnes no duermen —dijo Claude.
—¿Por qué crees que yo era la más barata de la tienda? —respondió la Pantalla desde el dormitorio.
Claude se acomodó en el butacón y se puso el teléfono sobre las piernas.
A punto de quedarse dormido oyó el primer timbrazo. No pudo esperar al segundo, mucho menos al tercero. Tomó la llamada.
—Oigo.
—Larga vida a la Columna Voltaire.
No puede ser —dijo Claude—, ustedes otra vez, pierden su tiempo, se los advierto, soy ignorante en cuestiones militares, nunca he tocado un arma y no tengo nada en contra del gobierno, muchos menos en contra del Sistema de Control Social.

Quiso colgar el teléfono de un tirón. Del otro lado el tipo insistía, insistía, insistía. Claude puso todo su empeño, logro separarlo unos centímetros del oído, pero aun así pudo escuchar la dirección del almacén donde se reuniría la nueva célula del movimiento y perdió parte de la tensión, cuando el tipo le dijo que se le pagaría un sueldo a cada uno de los soldados. Tomó la agenda, anotó las coordenadas, el lema y la contraseña.
—¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! —dijo el tipo.
—¡Larga vida a la Columna Voltaire! —respondió Claude y colgó el teléfono.
—¡LG3097865! —gritó Claude— Prepárate que conseguimos trabajo, dentro de cinco minutos salimos a romper cámaras de seguridad.

Pero la Pantalla Insomne no le prestó atención, había salido por la ventana y conversaba con la vecina del edificio de enfrente, que colgaba en la tendedera un vestido rojo.
—¿Serás cabrón? —dijo Claude. Tomó el mando a distancia. Apuntó, disparó, pero como era ignorante en cuestiones militares, nunca había tocado un arma y tenía tan mala puntería, no dio en el blanco.

 

Yonnier Torres Rodríguez

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