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En otro tiempo no hubiera hecho uso de los confesores, de los amigos deseosos de dar consejos, de las horas de supuesto insomnio voluntario que no era más que recreo de la crisis existencial.
En otro tiempo no me hubiera hecho falta obligarme a ir a terapia y escucharme hablar de mi infiernito. En otro tiempo me hubiera hecho inmune. Al menos es lo que prefiero creer. Y tal vez ni en el mejor de los escenarios hubiese sido capaz de escapar de ti.

Yo no sé de alguien que no se deshaga cuando recibe tal tentación, cuando le miran unos ojos como los tuyos, que hacen creer que lo que ven les maravilla. Claro está que muchas veces dudé que las palabras más lindas que decías se inspiraran en mí, porque de pronto veo que quienes llegamos a figurar en tu historial, hasta cierto punto podríamos ser el resultado de una producción en serie. Total, ¿cuántas diferencias hay entre quienes me antecedieron y yo?

No sabes cuántas veces me he encontrado llorando y de rodillas con la desesperación al yugo, pensando que en efecto no te he enseñado nada nuevo, nada bueno, nada que haga verdadera esa presunta admiración de tu parte. Pero en mis condiciones, ¿qué puedo enseñarle a alguien que ya lo sabe, ya lo tuvo, ya lo vio, ya lo amó todo? ¿Cuándo sabré qué es lo que soy en esto, cuándo habré sido más, mucho más que cualquiera que tuvo ya su sueño en tu cama? ¿Cuándo veré en qué termina este trabajo de seducción constrictora que has empleado desde el primer café?

Y hasta hoy, nueve meses, dos semanas, tres días, veintidós horas, cuarenta y séis minutos y tantas peleas después, sigo defendiendo mi derecho a encontrar la manera de revertir las decisiones que aquí me tienen, que me obligan a garabatear con violencia sobre tus recuerdos en un intento absurdo por hacerte más de mí. La verdad es que probablemente nunca lo logre, que nunca llegue a ser tan permanente, tan cabal. Quizá no pase de ser un “on&off” sentimental que te acose (todavía) haciéndote las mismas preguntas: “¿me quieres? ¿Ya me quieres? ¿Me quieres? ¿Ahora me quieres? ¿Para mañana me vas a querer?”.

Últimamente me siento al final de la escalera y frente a tu puerta esperar a que llegues (ojalá no de otros brazos), mientras me digo que hay dos cosas que no me explico. La primera es que (para lo peculiar) tú y yo seamos el clásico caso del roto para el descosido, que al menos por instantes aún me elijas a mí. La segunda es que, después de que hayamos visto ambos qué tan fácil te entrego y perdono, no hayas aprendido.

Con completa sinceridad que no lo creo. Y no lo creo porque ese ‘otro tiempo’ no me llegaría, como nunca llegó. Lo único que llegó fue la cuenta de lo dañado por un animal en la cristalería

Y yo vine a reconocerte que en esta vida tú sí mandas, a alimentarte el ego y a jurarme contigo. Vine a amarte más.

 

Gabriela Dimas Yázbeck

Un comentario sobre “Más

  1. Cuantos pensamientos que evitamos y sentimos, cuantos abrazos que rechazamos para evitar el dolor que nos provocaron su traición pero seguimos añorando, cuantos suspiros, palabras, delirios, amores, versos, y vidas. Grandes palabras las de tu texto, en que tantos podemos vernos reflejados. Bravo, y gracias por escribirlo.

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