Blues for a red planet

«El tiempo es una imagen móvil de la eternidad.»

Platón

De pronto, ante el aparato apareció una empinada pendiente, arrojándolo hacia un amplio valle. Muy lejos, en la Tierra, grandes pantallas mostraban el avance del vehículo explorador de la superficie marciana. La sonda Spirit resbalaba entre los guijarros de una larga ladera. Era de noche y las cámaras de reconocimiento recogían información, incansables. Las ruedas de la sonda giraron sin encontrar agarre. Tumbos y rebotes en baja gravedad. Simultáneamente Fobos, la veloz luna retrógrada, ascendió por el poniente.

Los técnicos de la NASA sólo podían esperar que el robot, finalmente, no terminara dentro de una zanja volteado y roto.

Cuando amaneció, los humanos comprendieron haber salvado la dura prueba: el aparato seguía intacto, funcionando y la mañana se había llevado los temores de la caída. Un preciso auto-diagnóstico indicó que prevalecía un estado óptimo en todos los servosistemas electrónicos del aparato que yacía dentro del lecho seco de un arroyo que se había evaporado millones de años atrás.

En la Tierra, un sujeto alto e inexpresivo dominaba la sala de control en California, ordenando a ingenieros, técnicos y asistentes: Confirmen operatividad de la sonda.

Era la frase que repetía. Una mujer, recalibrando los escáneres de largo alcance dijo: Todo parece estar bien.

Spirit retomó su camino subiendo a una meseta, enviando hacia el mundo-origen, imágenes digitalizadas del páramo alienígena. La sonda robot despertaba en sus creadores la primordial sensación de belleza, de hermosura espiritualmente percibida, gozada por el entendimiento de lo extraordinario; belleza cuya conciencia, en tales lejanías, se transformaba en orgullo de los hombres. Mil veces sesenta mil era la distancia en kilómetros entre Spirit y sus terráqueos constructores.

En el astro verde-azul de agua y gente, la fecha era noviembre de 2007.

Pero tan sólo si hubieran estado más atentos, más curiosos.

Marte, ahogado y reseco, es naturaleza apagada de fósiles ocultos. Cráteres abiertos entre cerros ocres. La sonda, artilugio de los vivos, buscaba, infatigable, señales de la posible presencia de agua en el pasado remoto, y de cómo pudo influir sobre el ambiente del planeta rojo. La cámara principal registró una imagen panorámica, la procesó y envió a los ansiosos científicos. Luego, un grupo de analistas la revisarían con detalle, sin encontrar algo inusual. Cuando la imagen pasó al dominio público, unos astrónomos aficionados la inspeccionaron cuidadosamente, ávidos. Uno de ellos, inesperadamente, levantó una exclamación con voz aguda: ¡Aquí hay algo raro, véanla!

Alguien más le hizo coro, diciendo: En efecto, ahí hay algo fuera de lugar.

En la imagen aparecía una extraña figura, semejante a una persona. En los yermos terrenos inhóspitos de Marte, una forma muy parecida a la sirena colocada sobre una roca a la entrada del puerto de Copenhague, parecía encantar a todos los navegantes del ciberespacio.

Todos decían “parece una mujer sentada en una roca, levantando su brazo derecho”.

“¡Es un marciano, un marciano!” Afirmaban los necesitados de un milagro extraterrestre.

Durante semanas la expectativa mundial inundó los corazones. “¡La foto de un ser de otro mundo!”

“Existen hermanos nuestros en el cosmos!”

“¡No estamos solos!”

Algunos vieron esto con buen humor, conmovidos por la ingenuidad de las personas. “No, no hay tal marciano, entiendan, sólo es un caprichoso objeto creado por la erosión del viento, es una simple ilusión óptica, nada más”, alegaron los sabios, acallando la inquietud de los demás.

Pero tan sólo si hubieran estado más atentos, más curiosos.

Spirit continuó aportando valiosos datos científicos, alejándose poco a poco de la meseta, dejando atrás la misteriosa roca.

La arcaica escultura con forma de sirena quedó abandonada, volviendo a ser cubierta por las dunas errantes, enterrada para siempre. Era la antigua representación, en durísima roca cincelada, del cuerpo de una antigua habitante del planeta. Hace mucho tiempo floreció una grandiosa civilización en el cuarto mundo del sol. En ese tiempo casi todo estuvo cubierto por las aguas, otorgando vida y prosperidad a una refinada raza de seres acuáticos. Grandes edificaciones, de finísima construcción, se erigieron sobre el fondo marino.

Hoy, sedimentados por centenas los milenios, quedan sepultadas algunas columnas con profusa decoración al lado de muros con vanos. Por debajo de la superficie, entre piedras y arcilla, arruinadas molduras alguna vez enmarcaron arcadas cuya ornamentación fue un revestimiento de losetas multicolores. Los restos de un arco exterior de botarel, yacen aplastados por el peso de una enorme bóveda que coronó el majestuoso templo de Sh ́lejjh, ahí donde fue centro de toda sabiduría y conocimiento de la primera raza inteligente del Sistema Solar: seres magníficos con apariencia de sirenas y tritones. Un pueblo sublime, pero condenado a desaparecer de la historia cósmica. Hace eones, Marte perdió su agua y atmósfera, pereciendo todo ser.

El mundo de los Ma’adim, transformado en una roja esfera, desolada y fría. De ellos sólo queda agua seca callada en la memoria.

Aquella escultura con forma de sirena era el único resto arqueológico aún visible del maravilloso pasado. Esa roca tallada era el remate de la bóveda de Sh ́lejjh, y el azar había revelado —brevemente— las estructuras de una arquitectura ajena a los hombres, astillada por eras de geología olvidada.

Marte se hunde en la noche del olvido, cubriendo a sus hijos bajo arenas oxidadas. Sus huesos quedan como huellas tristes y los ojos de otros mundos nunca las leerán. La desvanecida nación del agua permanecerá desconocida eternamente para la humanidad.

Pero si tan sólo hubieran estado los terrestres más atentos, más curiosos.

 

Jorge Guerrero de la Torre

(Cuento ganador del tercer lugar del primer concurso José María Mendiola de Ciencia Ficción)

Un comentario sobre “Blues for a red planet

  1. Excelente relato que lleva a pensar en el futuro de otras gentes en otros mundos, y el nuestro propio. Realmente, a veces basta con estar más atento, insistir un poco más, o como bien dices, estar más atento. Me ha encantado leerte.

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