La ventana

El joven llegó al solitario paraje y tomó asiento en la vieja banca.
Mientras contemplaba absorto el paisaje, llegó un segundo individuo que ocupó el otro extremo; un hombre maduro en un traje gris pasado de moda. El muchacho habría preferido estar solo, a pesar de ello no se retiró inmediatamente para no parecer incivil. Además de la singular forma de vestir no parecía que hubiese algo peculiar en el recién llegado, por lo que el primer hombre no le prestó atención; sin embargo… la atmósfera parecía enrarecida. Luego observó con detenimiento la banca y se estremeció; el hombre de gris entonces se percató de la turbación de su acompañante y preguntó qué ocurría. A toda respuesta el muchacho inclinó la cabeza señalando a la banca. El hombre mayor observó el lugar indicado y entonces comprendió. Exactamente a mitad de la banca había obrado un cambio anómalo; de la mitad hacia la punta donde se encontraba el joven la banca se veía con signos de deterioro y herrumbre, en tanto que de la mitad hacia el hombre maduro, la banca se veía como si acabara de ser fabricada. Era como si una hoja hubiera caído de forma transversal y ahora dividiera, a partir de la banca, en dos secciones al paraje…
El joven entonces se dirigió al hombre mayor y con timidez preguntó: ¿En qué año estamos?
—Mil novecientos cincuenta y cuatro —respondió el otro.
—Esta mañana —el muchacho respondió sereno—, cuando salí de casa era el año dos mil trece. ¿Sabe lo que eso significa?
—Sí —pronunció sosegadamente su interlocutor—, que nuestro respectivo presente es el pasado de uno y el futuro del otro.
—No parece muy impresionado —señaló el muchacho.
—Uno de los síntomas de que estamos envejeciendo es que ya no nos sorprende nada —advirtió el hombre del pasado.
Los hombres guardaron silencio por un instante.
—¿Cómo es posible esto? —finalmente el hombre de gris expresó.
—He leído algunas teorías sobre los agujeros de gusano —mencionó el joven a manera de explicación—, verá: estos agujeros funcionan como atajos entre dos puntos distantes en el espacio; de igual manera que como ocurre cuando un gusano en lugar de caminar sobre la superficie de una manzana para llegar de un punto a otro, hace un agujero a través de ella y debido a eso acorta la distancia, se cree que en teoría se podría encontrar un atajo así en el espacio a través de otra dimensión: el hiperespacio… pues bien, supongamos que una boca del agujero de gusano está en reposo en mi sala de estar y la otra está en el espacio interestelar, viajando a una velocidad próxima a la de la luz. Y supongamos que, a pesar de este movimiento relativo de sus dos bocas, la longitud del agujero de gusano, la longitud de su túnel a través del hiperespacio, permanece siempre fija y a corta distancia.
Vistas en el universo externo, las dos bocas están en diferentes sistemas de referencia, sistemas que se mueven a gran velocidad uno con respecto al otro, y por ello las bocas deben experimentar diferentes flujos de tiempo. Por otra parte, vistas a través del interior del agujero de gusano, las bocas están en reposo una con respecto a la otra de modo que comparten un sistema de referencia común, lo que significa que las bocas deben experimentar el mismo flujo de tiempo.
Usted sin duda ha escuchado de la teoría de la relatividad de Einstein en la que explica que cuando algo se acerca a la velocidad de la luz, el tiempo para ese algo y todo lo que contuviera transcurriría más lentamente y cuando alcanzara la velocidad de la luz el tiempo se detendría por completo. Debido a que las bocas mantendrán una conexión directa, tanto la boca en la Tierra como la que viajará a gran velocidad, se encontrarán al mismo tiempo en el sistema de referencia donde el tiempo transcurre normalmente, pero también en donde el tiempo pasa lentamente.
En conclusión, las bocas del agujero de gusano no sólo podrían conectar casi al instante dos puntos alejados en el espacio, sino que en estas condiciones también dos puntos alejados en el tiempo y ahora estoy convencido de que estos dos agujeros se encuentran muy próximos en este preciso momento.
—Su explicación es plausible y sin embargo yo tengo otra tan válida como la suya —replicó el hombre mayor.
— ¡En verdad! Y ¿cuál es? —pidió el joven.
—Que todo esto, no es más que un sueño.
Los dos hombres hicieron una nueva pausa. Finalmente el muchacho dijo —¿Se da cuenta que si cada uno cruzase el plano nos encontraríamos en épocas que no nos perteneciesen?
Aunque el hombre del pasado trató de mantener la serenidad, sintió un sobresalto.
—Quizás usted desea saber cómo es el futuro; después de todo cualquier hombre puede indagar sobre el pasado, en cambio el futuro…
—Sí cuénteme —rogó el hombre del pasado.
—Pues bien, verá… sin duda son las telecomunicaciones las que han revolucionado a la sociedad, prácticamente tenemos la posibilidad de comunicarnos con cualquier sujeto de cualquier parte del mundo casi instantáneamente. Existen pequeños dispositivos que se colocan en el oído por medio del cual es posible dialogar con personas que se encuentran al otro lado del mundo. No es raro ver a personas que van por la acera y parecen recitar un prolijo monólogo. Hay ocasiones en que puede llegar a confundírseles con dementes prófugos de algún psiquiátrico… también… —el muchacho quedó pensativo por un momento y luego como si cayera en la cuenta de algo introdujo su mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un artefacto que al hombre de gris le pareció se asemejaba, tanto en dimensiones como en aspecto, a una cigarrera con la diferencia de que el dispositivo contaba con una pantalla, después de pulsar un patrón en la pantalla apareció un mosaico de pequeños recuadros todos en el mismo plano en los cuáles se daba una escena diferente; se alcanzaba a distinguir la puesta de sol en una playa, en contraste en otro recuadro se observaba al astro rey ascender detrás de unas montañas, en otra sección se veía una multitud que atestaba las calles de una ciudad anónima, luego, se hacía un alejamiento vertiginoso hacia arriba hasta el punto de que ya no se distinguía a las personas, ni los edificios, sólo el orbe terráqueo. Aparecieron al unísono paisajes nevados, tropicales, desérticos, un cementerio de elefantes en la sabana africana, las ruinas de edificaciones precolombinas…
—Un Aleph… —pronunció el hombre del pasado en un susurro.
—Perdón —preguntó el otro sin comprender.
—No, no preste atención, tan sólo pensaba en voz alta, continúe por favor.
—No sólo esto, también es posible consultar casi cualquier dato y obtenemos de inmediato la respuesta por ejemplo; todo lo referente a Suazilandia…
El joven realizó tocó la pantalla del dispositivo; al hombre de traje gris le pareció que realizaba unos pases mágicos como un prestidigitador.
El hombre del futuro le mostró la pantalla en la cual se desplegaba los datos: El Reino de Suazilandia (Umbuso weSwatini en suazi) es un pequeño país sin salida al mar en el sur de África (uno de los más pequeños del continente), situado en las estribaciones orientales de los Montes Drakensberg, entre Sudáfrica (al oeste) y Mozambique (al este). Recibe su nombre de la tribu suazi, una etnia bantú que…

Dos lágrimas rodaron por las mejillas del hombre de gris.
— ¿Se siente mal?
—No, discúlpeme; siempre había imaginado algo así y creía que sólo era una fantasía, que el hombre jamás alcanzaría semejante sueño y que de ser posible, por supuesto yo jamás lo vería. Los hombres de su época deben ser los hombres más cultos que han existido en la historia.

El joven no quiso desilusionar al hombre contándole sobre la displicencia de los hombres de su época, sobre su enajenación que les impedía darse cuenta sobre el maravilloso regalo y oportunidad que tenían al alcance y que desperdiciaban miserablemente; que como nunca antes el hombre se hallaba más comunicado pero que, paradójicamente, las personas se encontraban cada vez más aisladas y alienadas; que habían roto cualquier vínculo empático y gregario con sus semejantes.

De pronto cada uno de ellos los hombres observó cómo se desvanecía su respectivo interlocutor.
—Parece que el agujero comienza a desvanecerse —replicó el joven— y ni siquiera sé su nombre.
—Borges —contestó el otro—, Jorge Luis Borges.

 

Jorge Sánchez Quintero

 

(Cuento ganador del segundo lugar del 1er Concurso de Cuento y Poesía de Ciencia Ficción “José María Mendiola” 2014)

Un comentario sobre “La ventana

  1. Debo decir que de entrada me costaba hacerme una idea de adonde quería ir a parar toda la historia, pero a medida que iba leyendo cada vez me gustaba más, para terminar en un giro sorprendente y digno de reflexión. Gracias por escribirlo.

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