El maestro vive

El llanto de la ciudad no paraba, el cielo también lloraba. La hermosa capilla albergaba a un pequeño grupo de deudos que rodeaban el cuerpo. La escasa luz del día lluvioso penetraba por los vitrales polícromos e iluminaba en colores el féretro que fue sepultado muy cerca al altar principal y cubierto con una losa de mármol. En su ciudad natal la noticia era el tema de todos, exigían que sus exequias fueran allí mismo. Más allá de un querer popular era también una lucha política entre El Papa y el Duque, quien casi ordenó que el cadáver fuera sustraído en secreto. El sobrino y fiel compañero del maestro decidió obedecer: robar su cuerpo, camuflarlo en un carruaje lleno de carga y llevarlo al terruño donde lo esperaban dos funerales más y un estudio desolado.  Pasaron caminos lodosos que más adelante, al cesar la lluvia, dispersaron tierra arcillosa sobre las mercancías y sobre las ropas que se les habían secado encima. Una vez en la ciudad, un grupo de artistas y amigos, con antorchas en mano, dejaron su cuerpo en una sacristía. Pasaban ya tres semanas de su muerte y el trabajo de los embalsamadores se evidenciaba magnífico: el cadáver incorrupto olía tan bien que algunos llegaron a proclamar la santidad del maestro. Con su tío momificado a buen resguardo, Leonardo cabalgó hacia la casa donde vivieron los últimos años para explorar el estudio. Lo haría la mañana siguiente, durmió agotado y ansioso.

Las obras inconclusas estaban cubiertas con paños y pieles curtidas, resecas, y el polvo que se acumulaba sobre ellas lo hizo estornudar varias veces, incluso después de cubrir boca y nariz con un pañuelo. El sudor de su frente se mezclaba con la tierra que volaba en el ambiente y flotaba lento entre los rayos de sol que empezaban a colarse por las ventanas que Leonardo descubría de a poco. En camisilla de lino blanco, medias de seda y zapatones de gamuza amplios y cómodos deambulaba por la casona sin aún trazar un plan de acción, pero sabiendo cuál era su prioridad: revivir al maestro, o al menos conseguir que terminara algunas obras más y asegurar así los florines necesarios para vivir cómodamente de ahora en adelante, considerando que el tío, ya cadáver, no volvería a sostener su gusto por el vino y las mujeres, su bohemia moderada pero irrenunciable.
Simonetta adivinaba las andadas de su amante, pero su talento con la lírica y el sexo clandestino y desenfrenado bastaban para que la pareja mantuviera contacto epistolar y carnal, cuando era posible. Sería una buena esposa, de familia acomodada, la tez blanca apenas salpicada de puntillos de melanina, ojos entre verde y azul profundo y un cabello rojizo y ondulado que caía hasta su cintura y ayudaba a marcar su silueta como de Venus de Botticelli. Leonardo nunca pudo registrar su belleza en un lienzo, intentó con tesón aprender de su tío el arte de la pintura pero hasta cuando él decidió confiarle sus secretos mejor guardados no había logrado más que hacer bocetos deficientes. El maestro, antes de ponerse al descubierto, le hizo jurar que nunca revelaría sus sorprendentes infidencias y además que, a su muerte, incineraría con total discreción todas las particulares herramientas que ayudaron a su cerebro y a sus manos a ejecutar tan magníficas obras. No lo hacía el maestro por egoísmo; pensaba simplemente -y con razón- que la historia del arte, después de él, debería continuar su humana evolución y, de paso, salvaguardar la percepción de su talento descomunal.

Empezó, pues, Leonardo a poner orden pero la ansiedad lo llevó más temprano que tarde a mover con todas sus fuerzas, y sin poder pedir ayuda, un gran bloque de mármol que liberaba, al desplazarse, una anilla de metal negra, gruesa y oxidada que se alojaba en una ranura a su medida en el centro de la compuerta de madera, también pesada y de bisagras chirriantes que abría el acceso a la guarida de otra dimensión del arte del siglo XVI.

Sorprendentemente diseñada para que las hendijas disimuladas en los muros bajos de piedra del jardín permitieran el ingreso de la luz del sol, la habitación se abrió y el tiempo volvió a moverse. El espacio era enorme, considerando que se trataba de un recinto clandestino al que sólo el maestro y Leonardo tuvieron acceso por siempre. Para evitar que sus posesiones cambiaran de dueño, pero sobre todo para que nadie tuviera la oportunidad de explorar la habitación, al cambiar de ciudad dejaron la casa cerrada con pesadas cadenas y candados; sólo ellos dos tenían llaves y ahora Leonardo era el único que ostentaba esa enorme e inquietante responsabilidad. Ni siquiera Simonetta podía entrar; ya sabiendo de su regreso a la ciudad se citaron en una callejuela cerca a la Piazza del Santo Spirito para tener un encuentro, vespertino y furtivo, en las habitaciones de un amigo que actuaba como celestino y guardián en medio de la fraterna y natural envidia de hombre por la singular belleza de la amante.

Ni siquiera la ansiedad por las carnes blancas y suaves de Simonetta podía distraerlo en ese momento. Con el quinqué en la mano izquierda se tomó del pasamanos y descendió por las ya conocidas escaleras hasta encontrarse de frente con el inventario completo de artefactos increíbles que ayudaron a hacer del arte de su tío algo aún más majestuoso y, además, eficaz en términos económicos. Allí estaban varias cámaras oscuras, en las que se hacía pasar por un pequeño orificio la luz que reflejaba un objeto; la silueta se dibujaba, invertida, al fondo de la cámara. Las había pequeñas, medianas y una grande, todo un cubículo de madera que podía alojar, algo estrecho, al maestro en su interior, construido en módulos ensamblables numerados con marcas al fuego directo, lo que permitía su desplazamiento a locaciones lo suficientemente hermosas y discretas para bosquejar paisajes y naturaleza muerta.

En el cajón de la mesa llena de recipientes de cristal transparente, ámbar y verde, cargados de químicos de diversos colores, olores y consistencias se encontraba, bajo llave, un pergamino que, según el alquimista que se lo vendió al maestro, tenía la traducción de una fórmula del Speculum Alchemiae para hacer un solvente capaz de capturar los colores. Quedaba aún un poco de la mezcla en el recipiente de porcelana, cerrado herméticamente. Leonardo decidió probar si aún servía: tomó uno de los pinceles de doble punta, más fino en un extremo y con el mango en madera hueca para permitir el circular del líquido. Remojó el cabo más delgado, lo pasó por el manto rosa de la virgen en uno de los lienzos a medio terminar e inclinó el pincel para llevar el color capturado por el delgado tubo de madera, previamente llenado con una base de óleo blanco, hacia las cerdas proximales. Las pasó entonces por un espacio limpio del lienzo y obtuvo una pincelada del mismo tono rosa que el maestro había decidido emplear para resaltar la belleza de la sacra mujer.

Al fondo, un banquito donde el maestro se sentaba frente a una compleja armazón de madera y metal que constaba de dos cubos, uno de sesenta centímetros de lado, sobre la cubierta del teclado del órgano hidráulico, con ejes móviles en los tres planos que se conectaban a ejes mucho más grandes y resistentes, también móviles, en el cubo grande de dos metros de lado. Bajo la mesa varios pedales, y detrás del pequeño cubo múltiples tubos metálicos por los que se movía el agua que el maestro impulsaba con sus pies para generar presión, que se multiplicaba por la caída que lograban los tubos y aumentaba por el vacío del sistema. Esta presión se dispersaba por mangueras delgadas de doble capa de intestino de cabra, para reducir el efecto de escape de la porosidad, y movían en el cubo grande unos finos estiletes que hacían pequeños cortes en la piedra en las mismas tres posiciones espaciales que marcaba el maestro en el cubo pequeño.  Era, pues, un pantógrafo en tres dimensiones con un sistema hidráulico de corte que permitía traducir un pequeño modelo, fácilmente moldeable en arcilla o cera, en una figura de piedra que ya luego las hábiles manos del maestro y sus asistentes pulirían con escofinas y lijas hasta convertirlas en esculturas. Tanto las mangueras como el pantógrafo, de dos dimensiones, tardarían casi cien años más en hacerse visibles al mundo científico que apenas nacía.

Intentó entonces Leonardo de la nada, con sus complejos artefactos, recrear obras como las de su tío y logró lienzos y piedras de aspecto burdo e inacabado. Mientras tanto los aprendices completaban cuadros y esculturas inconclusas preservando al máximo la estética de la escuela y sus amigos preparaban durante algo más de cinco meses magníficas figuras en mármol blanco y gris para decorar su definitivo sepulcro.  A pesar de que intentó trabajar veloz, la clandestinidad y la soledad hacían difícil que Leonardo pudiese tener sus nuevas obras inconclusas listas pronto, y no podía ya justificar la aparición de nuevos cuadros y piedras sin terminar. Decidió ser sensato y parar su profana producción una semana antes del tercer funeral. Igual entre todas las obras que finalizaron los aprendices y las posesiones de la casa logró acumular una buena cantidad que le permitiría vivir trabajando poco, a pesar de que era evidente que las últimas obras vendidas no tenían el esplendor de las originales.

El catafalco era enorme, tenía toda la suntuosidad del funeral de un rey, la capilla decorada con pinturas y figuras en mármol, de las cuales Leonardo ya había vendido una buena cantidad. Cuando el cuerpo de su tío entró en la magnífica tumba sintió en sus manos sudorosas las astillas que se enterraron los cinco días anteriores mientras destruía e incineraba de a pocos los dispositivos del cuarto secreto, se paró imponente en frente de la tumba y exclamó: “¡El maestro vive!” señalando las finalizadas obras inconclusas mientras el público aplaudía sin descanso.

Aldo Giovanni Beltrán Pardo

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