Un breve reposo en Valhala

I

La colina es larga y angosta, salpicada de pedernales grises. Cuando cubierta de nieve asemeja una enorme ola en proceso de reventar sobre el valle de Re. Su amplia cumbre, plana, regular, ha servido desde siempre de base para el asentamiento, la agricultura y la guerra.

Sigfinn asciende envuelto en un manto de niebla. Avanza con esfuerzo junto al resto de los hombres, la nieve a la altura de sus rodillas. Por entre las nubes vislumbra el Lago Bonevarrent al este, y más allá casi puede distinguir el contorno de la costa del mar que lo vio nacer. Al oeste el bosque denso, hambriento, encubre al campamento del enemigo.

Es una clara mañana, aunque la penumbra invernal persiste, cuando Turid sube la colina sola. La calle helada resbalosa por falta de nieve. El brillo de las lámparas callejeras le impiden ver el lago o el bosque así que fija su atención sobre las primeras señales de vida en el pueblo de Revetal, su hogar, en el crepúsculo matutino.

Ambos respiran profundamente al alcanzar la cumbre, ambos por última vez.

 

II

Øystein fue proclamado Rey. Cuando los Birkebeins, al nacer el invierno, volvieron al pueblo, se le unieron con los hijos de Gudrun de Saltnes, Jon Ketling, Sigurd y William. Sumaban unos dos mil hombres.

            Cuando el Rey Magnus escuchó que los Birkebeiner estaban en Re, con Orm su hermano procedió allí con sus hombres. Nevaba furiosamente y el frío era terrible. Cuando llegaron a la colina se detuvieron en el camino y alinearon sus tropas, que sumaban poco menos de mil quinientos.

            Cuando percibieron el ejército del Rey Magnus, los Birkebeiner abandonaron el sendero trillado y ordenaron sus líneas, y como su fuerza era mayor decidieron enfrentar al enemigo. Mas cuando marcharon su camino fue bloqueado por la nieve, y sólo podían avanzar por el camino trillado, y aquellos que lo hicieron fueron abrumados y cayeron.

            Así fue como los Birkebeiner fueron expuestos a las armas del enemigo, y muchos murieron, y el resto huyeron. Los hombres de Magnus mataron a cuantos pudieron. Ninguno recibió coartada.

– La Saga de Magnus Érlingson en Heimskringla: Las Crónicas de los Reyes Noruegos por Snorri Stúrluson.

 

III

—¡Tú! —lo llama un oficial—, ¡Al frente!
Sigfinn percibe el viento deslizándose sobre la nieve, buscando orificios para penetrar su cuerpo. Titubea. Las redadas a granjeros indefensos son una cosa. Esto será una batalla de verdad.
—¿Estás sordo? ¡Muévete!
Sigfinn se deshace del bulto que cargó a la cima. El furor de actividad lo aturde. Alguien le pone un escudo y un hacha en las manos. Los aferra con dedos rígidos. Toma posición en la primera línea, con la horda de salvajes enormes y escandalosos. Sus escudos están sucios y cuajados, sus brazos cubiertos de lodo seco, sus zapatos hechos de cuero de reno, no de la corteza de abedul que le da su nombre a los Birkebeins. Sigfinn torna los ojos a un lado de la línea, al otro. Está de repente muy consciente de su barba de mozo, que emerge en mechones patéticos de su barbilla. A su lado, Ulaff el Feo le ofrece una sonrisa amplia y delirante. Gusanos de saliva se deslizan por entre su gloriosa barba.
—Sangre, niño —le gruñe entre dientes—. Nadaremos en sangre hoy.

Turid coloca su bolso en el mostrador y se quita el abrigo. Las lámparas fluorescentes zumban a su alrededor. Su uniforme está nítido y fresco, aún rígido de ser planchado. Extrae su lonchera del bolso y se agacha para ponerla en el gabinete debajo del mostrador. Huele a vinagre y huevos. Turid se da una palmada en la frente. ¡Se ha olvidado los huevos! Saca la cabeza del gabinete y asoma los ojos sobre el mostrador. Mira a un lado, al otro. Satisfecha, se agacha nuevamente y abre un contenedor de plástico azul perteneciente a Natalia, la filipina que comanda el escritorio de recepción. Los paquetes, envueltos en papel aluminio, emiten un ácido aroma. Uno contiene arroz sazonado con sabrá quién qué porquerías, el otro tres huevos duros. Turid toma uno de los huevos y lo traslada a su lonchera. Se levanta y aplana el uniforme con las manos al tiempo que Natalia aparece en el pasillo con Inge, la bella enfermera noruega con la que Turid comparte el turno. Las dos la saludan con helada cortesía. Turid asiente con la cabeza. El personal nocturno, habiendo terminado su eterno y escandaloso desayuno, les actualizan sobre los aconteceres de la noche anterior.
—Pongan atención al Sr. Nass —aconseja Gøril, que en sus mejores momentos es medianamente competente—. Su respiración estuvo irregular durante la noche.

—¡Ojos arriba, Birkebeiner! —grita el comandante desde la retaguardia.
Flechas caen del cielo, invisibles en la niebla, espantosos silbidos que colindan con la tierra, que rebotan de escudos y cascos, que atraviesan cráneo y rebanan músculo y rasgan carne y quiebran hueso. Los heridos aúllan su agonía. Los muertos yacen silenciosos. Riachuelos de sangre forman grietas en la nieve.
—¡Valor, hombres! —implora la voz—. ¡Øystein Øysteinsson, el verdadero Rey, está con nosotros! ¡Valor! ¡Los dioses están con nosotros!

La rutina de la mañana ocurre en silencio. Las del turno nocturno se han ido a casa, gracias a todos los dioses. Inge y Turid visitan a cada residente. Saludan a los que pueden hablar, toman temperaturas y presiones sanguíneas, examinan ojos y oídos y espaldas y sobacos y anos y llagas y contusiones, cambian vendas y sábanas y urinarios, cuelgan bolsas de líquidos medicinales de ganchos metálicos y conectan los tubos a los brazos de sus pacientes. Dieciocho hombres y mujeres, algunos ancianos, otros irrevertiblemente lisiados por accidente o enfermedad, residen permanentemente en el sanatorio sobre la cima de la colina. Inge, normalmente amigable y jocosa, ofrece hoy sólo cortés deferencia. Cuando regresan al mostrador, Natalia lanza a Turid una mirada asesina. Turid evade los ojos negros.

Han sido abrumados. Las tropas de Orm claman por sangre, se lanzan sobre la línea. Algo choca contra su escudo. Un garrotazo lo lanza hacia atrás. Cae al suelo. De bruces en la nieve, atrapado en el clamor de la batalla, Sigfinn ve la cara de su padre.
—Debes luchar —le dice—. “Øystein Møyla es el Rey.
—¿Y mi vida? —Sigfinn le suplica a la aparición.
—Tendrás una muerte honorable. ¡La muerte del guerrero! ¡Las sirvientas de Odín levantarán tu cuerpo y lo llevarán a Valhala!
Sigfinn se pone de pie. Ataca el aire con su hacha, cegado por el sudor y el viento.
“¡Sangre! ¡Møyla! ¡Valhala!”

Las máquinas junto a la cama del Sr. Nass murmuran apaciblemente. El monitor traduce los procesos vitales a líneas y gráficos. Turid examina con dificultad las notas que Gøril garabateó en el expediente. La cara está aun más pálida que de costumbre. Su cuerpo es un saco de huesos desparramado sobre las sábanas. Su corazón y pulmones funcionan. Es el cerebro que ha sufrido daño catastrófico, consecuencia de un devastador accidente automovilístico. Turid oye el chasquido de zapatos detrás de su cabeza. Se voltea para enfrentar la severa expresión de Inge.
—¿Necesitas algo?
—Yo… sí… —Inge tartamudea.
—Estaba hablando con… con Natalia.
—¿Y?
—Pues dice que su comida…
Turid siente sus mejillas sonrojarse —¿Qué de su comida? ¡Habla!
Inge suspira su inseguridad. Es una chica educada después de todo, criada en un buen hogar con buenos modales noruegos. Sus claros ojos palpitan, al borde del llanto. —¿Por qué no podemos llevarnos todas bien?

El dolor es súbito, incandescente. Una espada enemiga le ha abierto un tajo entre los hombros. El monitor del Sr. Nass emite un chillido de pánico. La línea de actividad cerebral se ha aplanado. Turid e Inge intercambian una mirada. Sigfinn está de rodillas. Siente el aire contraerse. Una figura de plata con cabellera negra se lanza sobre él, ululando como un animal. Inge abre el ojo del Sr. Nass y le examina la pupila. “Creo que está…” La sangre se escapa de su cuerpo y torna la nieve escarlata. Turid oprime el botón de emergencia. “¿Qué pasa?” dice la voz de Natalia. “Llama a un médico” Turid ordena con calma. “El Sr. Nass está en condición crítica.” El dolor se ha esfumado. Se está congelando. Está muriendo. Busca el pulso del Sr. Nass. No hay nada más para hacer. Exhala su último aliento. El chillido del monitor cesa. La actividad cerebral ha retornado. El gráfico brinca con vigor, readquiere consistencia. “¿Qué fue eso?” dice Inge. Turid se encoge de hombros, le toma los signos vitales al Sr. Nass, oprime el botón. “Cancela la llamada. Diles que envíen al neurólogo”.

 

IV

Odín se levanta en la mañana y clama, el sueño aún claro en su mente: “Soñé que me levanté antes del amanecer a preparar a Valhala para una multitud de caídos. Ordené que se preparen las bancas para el festín y los barriles de cerveza, y ordené a la valkirias traer el vino, como para la llegada de un Rey. Esperaba la llegada de los nobles guerreros de la tierra y se alegraba mi corazón.” 

– La Saga de Hakón el Bueno.

V

Abre los ojos. Absorbe el cuarto con la mirada. Los muros son de piedra gris. Varas de intensa luz blanca parecen flotar en el aire sobre él. Intenta levantar su cabeza pero no puede. Con costo vislumbra el material cubriéndole el pecho. Quiere levantar sus brazos pero no puede. Intenta mover los pies, hacer un puño con los dedos, sacudir la cabeza. No puede. Su cuerpo está inmóvil. Cierra los ojos. No siente dolor. No siente miedo. El aire tibio acaricia su piel.

—¡Está despierto! —anuncia Inge.
—¿Quién?
—¡Mira! —Turid va a la cama. Los ojos están abiertos, revoloteando como mariposas. Toma el pulso del inválido, brilla la linterna en sus ojos. Sin duda alguna está despierto. Un gemido emerge de la garganta seca. Turid pone la mano en su mejilla.
—No intente hablar —dice, lenta, deliberadamente, sin emoción—. Ha estado inmóvil por varias semanas. Sus músculos no responderán.

La valkiria tiene cabello castaño, ojos verdes. Su cara está repleta de líneas que entrecruzan su frente y alrededor de sus labios. La otra tiene cabello largo y rubio, mejillas rosadas como cerezas, la boca más roja que Sigfinn ha visto en su vida. Siente su forma cuando se inclina sobre él y le acomoda la cabeza en una suave almohada. Ahora puede ver su propio cuerpo, marchitado, cubierto por una manta blanca. Las valkirias lo observan, más altas, más bellas que cualquier mujer que haya vivido jamás.

Turid ha vuelto a la recepción y consulta con el neurólogo por teléfono.
—Su actividad cerebral se detuvo. Creí que estaba acabado. Y de repente abre los ojos por primera vez en dos meses.
El doctor promete venir lo antes posible.

La valkiria de cabello castaño camina hacia él. Viste pantalones como un hombre y un chaleco sobre el torso, azules como el cielo a mediodía. Trae un tazón en la mano que brilla aunque no parece ser de metal. Sigfinn puede ver el vapor que emerge de la apertura. La valkiria pone la cuchara en el tazón, la acerca a su boca. Sigfinn sorbe el líquido salado, caliente. Su labio siente algo en la cuchara. Con esfuerzo aspira el cubo, lo revuelve sobre su lengua, lo traga. El bocado deja una estela de sabor en su garganta. Sigfinn busca los ojos de la valkiria. Ella los encuentra y responde inclinando la cabeza, impasible. Sigfinn abre la boca, pidiendo otro bocado. Nunca ha probado algo más delicioso. Intenta tragarlo, pero su garganta se contrae. Tose un par de veces, cierra los ojos, exhausto. La valkiria se retira. Ha dejado el tazón en la mesa junto a la cama. Sigfinn inhala profundamente.

Tras examinarlo, el neurólogo confirma que el Sr. Nass está consciente.
—¿Cómo es posible? —pregunta Inge.
El médico se encoge de hombros. —El hombre es un ser misterioso —señala—. Algunos fenómenos no tienen explicación.
No espera que su condición mejore significativamente. Por si acaso, concluye, habrá que suministrar fisioterapia diariamente. Él regresará a reexaminarlo cada par de semanas.
—¿Y quién ha de estar a cargo de la terapia? —indaga Turid.
El doctor hace un ademán distraído —Ustedes podrán encargarse por unos días, hasta que el Ministerio les asigne un terapeuta.
Turid aprieta los dientes. Sabe muy bien que los idiotas en el Ministerio se tomarán semanas, sino meses, antes de asignar a nadie. Y cuando lo hagan enviarán a alguna húngara o pakistaní sin una gota de experiencia.

VI

Los hermanos Gauka-Torer y Afrafaste se presentaron al Rey y ofrecieron sus servicios. El Rey les preguntó si habían recibido bautismo. Gauka-Torer respondió que no. Entonces el Rey les ordenó aceptar el bautismo y la Verdadera Fe, o retirarse de su presencia.

– La Saga de Olav Háraldson

VII

Tendrán que reorganizar la rutina alrededor de la terapia del Sr. Nass.
—¡Tengo tanto que hacer! —lloriquea Inge.
—¿Y yo no? —responde Turid.
—Haremos lo que haga falta. Es nuestra responsabilidad —Inge camufla su enfado como buena noruega.
A la hora del almuerzo Turid come sola mientras Inge y Natalia suspiran furtivamente. Cuando la notan mirando se callan.
—¿Hay algún problema? —provoca Turid.
—No —dice Inge.
—Sí —dice Natalia.
—Debes saber que no planeo hacer fisioterapia a nadie. No es parte de mi trabajo.
Turid sonríe venenosamente.
—Ya veo. Pues muchas gracias por informármelo, Natalia. Permíteme recordarte que en esta instalación todos trabajamos como equipo y compartimos las responsabilidades para asegurar la salud de nuestros pacientes…
—Ya lo sé… —interpola Natalia.
Turid habla sobre ella —Por lo tanto, todas nosotras, por un breve período, tendremos que realizar actividades que no están incluidas en la estricta definición de nuestras respectivas labores. ¿Está claro?
Las mejillas de Natalia están por explotar. Está furiosa, pero intenta contenerse, amedrentada por su posición de extraña, de extranjera.
Turid lo puede dejar así. Casi lo hace. Pero al fin no puede resistir una última estocada —Decidiste venir a Noruega. Es hora de que adquieras carácter noruego.

Sigfinn yace inmóvil. No hay dolor sólo desinterés en moverse, en hacer nada. Su padre le había contado historias sobre enormes salones decorados con escudos y armaduras, donde los guerreros caídos relatan sus hazañas durante festines eternos y jolgorio sin límite. Su padre, que nunca aferró una espada fuera del círculo de entrenamiento. Esto, se le ocurre a Sigfinn Sígurdson, es infinitamente mejor. Recuerda su infancia, siempre hambriento y enfriado por las brisas del mar. Recuerda a su padre ordenándole pelear junto a los Birkebeiner.
“¿Por qué yo? ¿Por qué no Sígurd?” “Él ha de heredar mi título y mi propiedad. Además él no es un luchador como tú, fuerte, valeroso. Estoy orgulloso de llamarte mi hijo”.
Marchando con las tropas. Cavando fosos. Recuerda las flechas y los alaridos y la sangre. Sus ojos se llenan de lágrimas. En silencio le agradece con fervor al Gran Dios Odín el haberlo elegido de entre todos los caídos en batalla y bienvenido su alma a Valhala.

—¿Cómo puedes ser tan grosera? —aúlla Natalia.
—¿Qué? ¿Qué fue lo que dije? —Turid la descarta con la mano.
Inge se pone de pie —Es cierto, Turid. Eso no fue correcto.
—¡Por favor!
—¡Basta! —grita Natalia.
—Eres una persona horrible. Una racista. Tratas a todos mal, especialmente a mí. Me robas la comida —Natalia está sollozando como actriz de telenovela. Con Inge se va, probablemente a esconderse al baño.
—Me voy a trabajar, entonces —declama Turid. Sin pensarlo, se encamina hacia el Sr. Nass. Le revisa los signos vitales. Su nariz se contrae. —Apestas —le dice.

 

VIII

No confíes tu barca al mar,
No pierdas de vista la costa.
Oye el rugido del océano,
Mira las rocas quebradas
Por la furia de las olas.

– La Saga de Halfdán el Negro

IX

Las manos de la Valkiria lo levantan, lo desvisten, lo acunan como si fuera un bebé, lo transportan con facilidad hacia un pequeño cuarto. Su cabeza se mece con cada paso. Lo espera una tina llena de agua calma y transparente. Sigfinn se prepara para el toque helado, pero el agua está caliente. Le envuelve el cuerpo como el más suave, el más maravilloso, abrigo de piel. Sigfinn exhala con placer. Busca los ojos de la valkiria. Ella no le pone atención. Frunce la frente mientras le frota la piel. El agua se torna espumosa. La valkiria le lava cada parte del cuerpo, este cuerpo quebrado que no reconoce, el cuerpo que los dioses le obsequiaron para su eterno reposo. Remolinos de agua se forman bajo su cara, cosquilleándole las mejillas. La valkiria murmura. Sigfinn ansía confesarle cuánto la ama.

Inge está en la puerta, intentando ignorar la presencia del cuerpo desnudo del Sr. Nass, que gime mecánicamente.
—Natalia se fue a casa. He solicitado un reemplazo temporal.
Turid mantiene los ojos en el agua —No necesitamos a nadie. Tú y yo podemos manejar el turno.
Los gemidos se hacen más audibles.
—Probablemente renunciará —agrega Turid.
—No va a renunciar. Va a presentar una denuncia contra ti.
—¿Te parece?
—Sí. Me parece.
Las olas en el agua se turben.
—Te van a llamar a confirmar sus acusaciones.
—Sí —dice Inge.
Por supuesto que Inge confirmará todo. Por supuesto que la traicionará.
—Bueno. Veremos qué pasa cuando intenten despedirme. He trabajado en el sistema veintisiete años.

Inge está parada ahí como una imbécil. Sigfinn se siente incómodo. Trata de torcer el cuerpo para llamar la atención de la valkiria. La furia consume a Turid. Todos contra ella. Siempre ella.
—El Rey ha sido traicionado —entona—, en su propia tierra por su propia gente.
—¿Qué dices? —pregunta Inge.
—Es un verso del Heimskringla.
—¿De qué?
Turid se voltea y la enfrenta —¿Stúrluson? ¿Las crónicas?
Inge la mira estúpidamente. Nada. Nada. No puede respirar. La espuma crece.
—Turid… —Inge da un paso adelante.
—¡Eres noruega! ¿Cómo puedes aliarte con ella?
El agua le golpea la cara. Lo empuja hacia abajo, abajo.
—¡Turid! —Inge la aferra del brazo.
Sigfinn las observa, sumergido en la profunda oscuridad.

 

Eduardo Frajman

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