Hermanos

“Mi hermana tenía doce años cuando fue mordida. Fue en la noche de su cumpleaños; yo tenía entonces siete, y desde entonces vivo con miedo.

Huí hacia las estepas, más allá de las playas de arena bermellón, allí me reuní con los que quedábamos. No éramos muchos. Tan solo una cincuentena pero esperábamos y deseábamos que con el tiempo llegaran más. Entre ellos yo ya no esperaba a mis padres, sabía muy bien que estaban muertos, porque ellos ya eran viejos y de nada les serviría ser transformados. Separaron sus cabezas, ése era el método. Yo sentí un par de punzadas en el corazón y así supe que había sido el fin para ellos.
Mi nombre es Roy, el de mi hermana Raxa. Aunque desconozco si ella lo mantendrá ahora que ha perdido su identidad, es alguien totalmente distinta, se ha convertido en una cazadora, ha aprendido a matar y lo que es más importante: ahora camina erguida y en dos patas. Se ha transformado en un monstruo. No dudo para nada que copule con los que ahora son de su especie; tampoco dudo que con varios a la vez. Cuando era pequeño escuché tantas historias sobre los de esa especie, “los malditos” los llaman los ancianos. Nunca imaginamos que fueran una realidad. Jamás habíamos visto uno. Lo que más asombro me causó fue lo que decían sobre su apetito sexual, una voracidad; sobre todo las hembras que eran capaces de follar toda una noche entera y sus gritos de lujuria se podían escuchara a grandes distancias. Los gritos eran más claros en Noche de Luna Roja. En los últimos tres años los he escuchado más claramente. Estoy seguro, totalmente seguro que la que hoy grita es ella. La zorra de mi hermana.

Hoy es noche tercera del mes quinto: fase lunar cerrada.

Como había dicho antes: mi nombre es Roy y nunca había visto a un Maldito. Hasta ahora. Caminaba con Uppala en busca de comida ¿De qué nos alimentamos? Básicamente de pequeños organismos vivos. No somos una raza violenta, no nos matamos por alimento. Uppala tiene nueve años, unos hermosos ojos grises y un pelaje color ceniza, rojizo. Nos detuvimos un momento en un riachuelo a beber. Aún no anochecía del todo cuando noté que una sombra fugaz nos acechaba a corta distancia. No tuve tiempo de reaccionar, la Cosa, o mejor dicho, El Maldito brincó de una piedra, lo único que alcancé a gritar fue “¡Corre Uppala!” Pero ella no reaccionó. Me alejé y ella fue mordida en un hombro. La Cosa la estrujó por unos segundos que parecieron toda una eternidad. Ella quedó en el suelo. Entonces sucedió lo que más temía presenciar en vida: una transformación. Su pelaje cayó de golpe. Todo. En un abrir y cerrar de ojos la vi desnuda. Sus patas delanteras se encogieron y las traseras se alargaron. Se tornaron erectas, igual que su columna. Su hocico desapareció. Unas extrañas protuberancias le brotaron en el pecho. Y ante mí, eso que antes era Uppala ahora era un ser monstruoso. Un humano. Eso es lo que era. Recuerdo haberle escuchado esa expresión a uno de los viejos. “¡Un humano!”
Uppala se despertó en shock y pude ver que sus ojos, antes grises, ahora eran de color oscuro. Entonces me vio. Y antes de convertirse en uno de ellos, me habló: —Roy, no quiero vivir así. Muérdeme. Por favor termina con mi vida —y me ofreció su cuello. Ahora lloro tan sólo de recordar lo que hice. Yo la amaba. Pero tuve que encajar mis colmillos en su humano cuello…”

 

Encontré lo que había escrito mi hermano a un lado de su camastro. Siempre me sorprendió su inteligencia desde cachorro. A muy corta edad ya sabía escribir correctamente. Para mí, en mi nueva condición, es mucho más fácil hacerlo. Llegué de madrugada, nadie hacía guardia. Me acerqué entre las sombras y le asesté un dardo tranquilizador en su lomo. La droga es efectiva y permanece hasta doce horas, tiempo suficiente para sacarlo y traerlo hasta aquí. ¿Que por qué escribo esto? Bueno, si mi querido hermano comenzó estos apuntes pensé que sería justo que se supiera cómo finalizó la historia.

Porque no cabe duda: la historia es tiempo pasado. En este momento dejamos de ser animales. Al menos en el estricto significado de la palabra.
Yo disfruto mucho del sexo y si me tengo que comportar como un animal, lo hago. Qué irónico, soy una loba en el sexo pero… regresando con mi hermano: Lo tengo delante de mí, me está observando con esos ojos tan verdes que de pronto le han brotado. Me mira con miedo… y con placer. Me observa desnuda y sé que me desea. Y yo lo deseó a él. Pero no me tendrá tan fácil. O quizá nunca me tendrá. Lo veo a los ojos, mientras toco mis pezones. Veo su miembro… que crece y se pone firme. E imagino cosas sucias y sé muy bien que terminaré por hacerlas. Voy a cortarle ese pedazo de carne que tiene entre las piernas. Y voy a metérselo en la boca. Voy a sobajarlo y a tratarlo cruelmente. Voy a hacerlo sentir como toda una cachorra, ( ja ja ja esa palabra, que raro se escucha aplicada a él). Creo que ya se dio cuenta y ha leído mis pensamientos. Al fin y al cabo somos hermanos, ¿no?
Se ha dado cuenta que la naturaleza ha sido benévola conmigo. Al concederme dos sexos. Ahora los papeles se invierten.

 

Antonio Carlin

Un comentario sobre “Hermanos

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