Arcturianos

Él contaba que había sido una de las mejores experiencias que le había tocado vivir pero, cuando yo estaba presenciaba la conversación, siempre hacía alarde de que era la segunda mejor después de mi nacimiento. Si nos referimos a la condición del ser humano, lograr trascender es un concepto que muchos atribuyen al representar algo importante para alguien, o muchos, en esta vida, pero ¿y si trascender significa representar algo importante para ti mismo? ¿Si de alguna forma llegan a enseñarte el verdadero significado de trascender o de hacerte uno con el universo y proyectar tu energía más allá de lo que tu consciencia puede comprender? Papá era uno de esos que coincidía con la última definición y tanto pregonó que podía irse en paz después de aceptarla, y conocerlos, que así fue.

Remontándonos treinta y cuatro años en el pasado y comprimiendo esta historia al más breve ensayo que podría explicar con los más merecidos detalles, lo que aquella noche sucedió es lo que empiezo a relatar en la anécdota con la que crecí.

Mi padre, un hombre de entonces veinticinco años, estudiante matutino, esposo vespertino y trabajador nocturno era alguien que conocía, o recientemente experimentaba, el “en la malas” que aquel juez le había exclamado meses atrás. Un cruce de caminos que más parecido a uno de destinos, era lo que había llevado a mis padres en convertirse en marido y mujer, ninguno de los dos estaba consciente de lo que esto se trataba, ambos no estaban listos para conocer el nuevo rumbo al que se habían adentrado, mucho menos estaban dispuestos a abandonar el sendero que con tanto esfuerzo ya estaba casi terminado. La pérdida es un duelo que cuesta trabajo superar, pero es que yo no les di ese tiempo de aprender a conocerse, yo ya estaba en camino.

Era un treinta de junio bastante templado, si el clima ya de por sí se comportaba irregular para la zona, la temporada y para mi padre, esa misma noche su definición de extraño cambiaría para siempre. Como de una persona responsable se trataba, cumplía con todo lo que se le ordenaba. Si tuvo los pantalones de afrontar la situación de mi llegada inesperada, una vigilancia nocturna en un terreno a las afueras de la ciudad era pan comido.

Como dije antes, las responsabilidades habían crecido monumentalmente para la recién pareja, por lo tanto los esfuerzos y el trabajo debían de equilibrar esa situación. Aunque pudiera ser tarea imposible mantenerse cuerdo con el estilo de vida que mi padre había comenzado a llevar, yo sigo contando fielmente esta historia, él no tendría porqué haber mentido.

Aquella casi madrugada del primer día de julio papá realizaba su rutinaria ronda por el perímetro de aquel antiguo parque industrial, que había sido reducido al abandono y a la baja inversión del propietario por mantenerlo en funciones. La gente contaba de algún accidente o cierto evento terrible que había ocasionado su clausura, pero eso no es lo que nos trae a esta conversación, por lo menos no hoy. Acompañado tan sólo de su diario, la lámpara de luz cálida y un revólver sin cargar era como sus noches se convertían en mañanas, al menos desde semanas atrás, cuando había aceptado desesperado el empleo, hasta aquel día. Después de terminar con la inspección para así poder regresar a la caseta de vigilancia y dedicar al menos un poco de tiempo a las notas que realizaba en aquella vieja libreta, mientras caminaba pudo escuchar como un particular sonido provenía de adentro del edificio principal de aquel complejo, era un sonido que jamás pensó pudiera escuchar provenir de un lugar así, era algo que su instinto lo impulsaba a investigar, pero su sentido común le impedía concebir. Era el ruido de estática, como si de una docena de televisores mal sintonizados se encontraran encendidos dentro del edificio que, cabe destacar, tenía años sin energía eléctrica. Mientras desenfundaba su arma sin balas y reunía todo el valor que sabía necesitaba en ese momento, iba descubriendo que de donde provenía el singular sonido, este no venía solo. Estaba acompañado por luces de una fluorescencia como si cientos de torretas de ambulancias se tratara. Una vibración que alcanzaba a trastocar las fibras sensibles de su miedo, un creciente sentimiento de que lo que estaba sucediendo no era normal y que a cualquier persona en su sano juicio le haría correr fuera de ahí, o por lo menos comunicarse a su central y reportar intrusos. Definitivamente todos los individuos en la piel de mi padre habrían temido por su vida en esos momentos de incertidumbre, pero la valentía que lo caracterizaba es algo que aun sigo esperando sea hereditario.

Se acercó al viejo edificio resquebrajado y con las paredes casi en ruinas, que lo hacía parecer que cualquier movimiento súbito provocaría a los muros venirse al suelo, junto con él y lo que fuese que estuviera provocando el sonido y las luces. Después de entrar y revisar cautelosamente el primer piso se dio cuenta que aquello provenía de más arriba, aunque todo el edificio se encontrara iluminado. Es fecha que aún sigo preguntándome, cómo es que los lugareños no notaron aquel suceso, el vecino más cercano a la zona no estaba a más de dos kilómetros de distancia y para la magnitud de espectáculo que mi padre contemplaba sería fácil de suponer que al menos existieron algunos otros invitados al show. Tres décadas y media han pasado y sigue sin manifestarse otro testigo. Cuando su coraje terminó siendo seducido por el temor, era momento de comunicarse con la estación para pedir refuerzos ya que, acorde con los hecho, parecía que más de cinco personas estaban realizando actos vandálicos en su puesto. Mi padre supo que no habría otra salida más que enfrentar aquella situación con lo que restaba de sus agallas al comprobar que su frecuencia estaba reproduciendo la misma estática que provenía de, ahora, sólo un piso más arriba.

No habría ayuda, no puede permitirse huir del lugar, sería como huir hacia un despido asegurado.

Cuando apunto hacia lo que él creía era una especie de lámpara gigantesca ubicada al centro de un balcón en el ala este del cuarto piso en el edificio principal, y mientras pronunciaba el “se encuentra en propiedad privada, identifíquese o se abrirá fuego” sosteniendo tembloroso su S&W modelo 29 clásica de mango agrietado con un tambor completamente vacío, su vista periférica de una forma sorprendente logró ubicar hasta seis figuras humanoides moviéndose alrededor de aquella llamarada, que hasta ese momento podía definir como un colosal tubo brillante de aproximadamente un metro de diámetro.

Dos manos que se sentían frías al contacto pero que le transmitieron una tranquilidad que le produjo la calma necesaria para incorporarse y bajar su posición de ataque se posaron sobre sus hombros.

Creo que aquí es donde comienzo a relatar de forma aun escéptica, a pesar de todos los años.

Dos seres de aspecto “humanizado”, con una tez ligeramente amoratada pero con aspecto vivo, ojos grandes y profundamente oscuros, pero sin proyectar hostilidad, todo lo contrario. De estatura imposible y figuras completamente andróginas, una de aquellas entidades poseía un cabello muy largo y completamente blanquecino, esa criatura era quien sostenía los hombros de mi padre. Después de pasar por un estado de sorpresa a uno donde piensas que has comenzado a alucinar, te resistes a la idea de estar contemplando un ser que no tiene cabida en tu concepto de realidad posible, proseguido por el acto de dejar de sentir el suelo bajo tus pies.

Un sueño muy largo que, él asegura, se sintió como si te hubieras quedado dormido viendo la televisión. Entre un sueño bastante lúcido a una realidad que comprometía su integridad mental estaba aquella escena en la que se encontraba frente a un individuo del cual no conocía intenciones, mucho menos fuerza. Le escuchó pronunciar palabras, primero en un lenguaje extraño y después en el nuestro, parecía como si a sí mismo se estuviera traduciendo. Su voz parecía tener una especie de interludio de tintineo, como si una pequeña campana de cristal sonará antes de que este ser pronunciara algo.

El resto es algo que sólo vivió en la consciencia; para la mayoría de la gente en la imaginación de mi padre.

Lo encontraron tres días después, la familia de mi madre había dado por hecho que había huido, ya que fue hallado inconsciente en la profundidad de un bosque a doscientos cincuenta  kilómetros del área que vigilaba. Yo nací el día primero de julio, a las tres veintisiete de la madrugada, tiempo estimado en que él estaba viviendo aquella situación. Mi padre jamás se cansó de repetirme que él estuvo presente el día que nací. Relataba como había sucedido y cómo había podido sostenerme en sus brazos.

Él fue un hombre que dio mucho amor durante el resto de su vida, durante todo lo que iba de la mía.
Ayer encontré sus notas de aquel viejo diario que utilizaba cuando hacía sus rondas. Esa noche, antes de levantarse para investigar, se encontraba redactando una carta suicida.

Siempre voy a querer saber qué fue lo que ese ser le dijo para que el decidiera continuar por el camino que la vida le había ofrecido.

 

Valeria Elizondo

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