RD-134

La lluvia se detuvo, era una tarde de verano, el ocaso estaba cerca y los rayos dorados del sol, tan característicos de esa época del año, se reflejaban en los adoquines aún húmedos dándole a la calle una apariencia de cuadro impresionista. La gente que se había refugiado de la lluvia veraniega dentro de las tiendas que proliferaban por esa calle o bajo un toldo o en el kiosco central al fin pudieron salir para seguir su camino. De una de estas tiendas fue de donde salió un hombre con una escoba en mano, mas, el no nos es de importancia, lo que es de importancia es lo que lo venía siguiendo: un robot doméstico de última generación, al cual le dio una simple instrucción “Barre el frente de la tienda hasta que sea hora de cerrar”. Se lo ordenó mientras sostenía la escoba frente al robot moldeo RD-134.

RD-134 tomó la escoba, con una inclinación de cabeza dio a entender que había comprendido a la perfección la orden que se le dio, el hombre entró a su tienda y RD-134 empezó a barrer; en eso habían consistido sus días desde que lo habían activado, barrer, aunque estaba equipado para realizar todas las tareas domesticas necesarias para mantener en pie un hogar de la segunda mitad del sigo XXI, esa era todo lo que le habían ordenado por ahora, había sido activado una semana antes con la única intención de servir de promoción para la venta de mas RD-134, la pequeña tienda de robótica había logrado conseguir unos cuantos para su venta y qué mejor publicidad que ver las capacidades del robot directamente.

RD-134 no llevaba mas de cinco minutos realizando su simple labor cuando algo le llamó la atención, una jovencita vestida totalmente de negro se había parado en medio de la calle, dejando un estuche en el suelo, de su mochila había sacado unos tubos metálicos, los unió, agregándoles tres patas y una repisa en la parte superior, una vez que terminó esa tarea la jovencita se puso unos anteojos sobre sus bellos ojos negros, sacó de su bolsillo una liga para acomodar su cabello castaño en una cola de caballo, volvió a su mochila sacando una tablet algo gastada reposándola sobre el atril que acababa de armar, su mirada se concentró en la pantalla, después de unos segundos sonrió con satisfacción, pasando su atención al estuche que estaba a sus pies. Poniéndose de cuclillas lo abrió para retirar con mucho cuidado un paño color rojo que protegía lo que ella consideraba su más valiosa posesión, aunque objetivamente, poseía cosas de mas valor económico, ese era para ella lo que más le importaba en el mundo, un bello violín, algo viejo, pero sin duda, hermoso.

Con mucho esmero y cuidado le pasó el paño con el que lo protegía para quitarle cualquier mancha de grasa o suciedad, después sacó del estuche una almohadilla para el hombro colocándosela con sumo cuidado, una vez terminado esto, tomó de su estuche el arco del violín tensándolo y manteniendo una nota para afinar el delicado instrumento.

Mientras ella realizaba los ajustes necesarios para que todo estuviera listo RD-134 la miraba con mucha atención, sin descuidar su labor claro, al fin de cuentas esta era la única orden que se le había dado.

Entonces ella empezó a tocar, a tocar de verdad.

Era una pieza melancólica pero no triste, la música fluía atreves de la chica y el violín, transmitiéndola al mundo, era hermosa, tanto la chica como la música y RD-134 notó la música. Por alguna razón la música le recordaba a este mes de existencia, con su tarea sencilla que podía realizar a la perfección. Lle recordaba también al flujo de personas que veía ir y venir desde su puesto de trabajo, viviendo sus vidas, conviviendo, siendo felices, o al menos él creía que eran felices, él no sabía qué era la felicidad, era un robot.

La violinista terminó la pieza, un aplauso surgió de un pequeño grupo de gente que se había acercado a escucharla tocar. La chica se tronó el cuello, sacudió su mano izquierda, se puso el violín en el hombro y preparó el arco para empezar a tocar de nuevo.

Si RD-134 hubiera tenido corazón este se le hubiera acelerado, la música era poderosa, rápida y furiosa; la violinista le pareció magnifica, tocaba con una gran destreza, no comprendía cómo un humano podía mover unos dedos de torpe carne de esa manera, la melodía subía y bajaba haciéndole recordar la lluvia de la semana anterior, un verdadero torrente, que había hecho que todas las personas corrieran a encontrar refugio, entre ellos vio a una pareja, ambos corrían hacia la cafetería que se encontraba frente al local donde él estaba, uno de ellos, el mas alto, se quitó su saco y se lo puso sobre los hombros a su pareja, en ese instante no entendió cuál era la lógica de esa acción, ¿por qué perder una capa de protección para dársela a su pareja? Su sistema le indicó que probablemente se debía al amor, amor, ¿que sería sentir amor? Él no sabía qué era el amor, era un robot.

La melodía terminó seguida de un buen aplauso, el pequeño grupo de gente era ahora un grupo bastante nutrido que entre aplausos le ponían unas cuantas monedas en su estuche, los más acaudalados incluso le ponían billetes.

Ella revisó su tablet, tocó unas cuantas veces la pantalla, finalmente puso un gesto que indicaba conformidad ante su elección, estiró su espalda para tratar de olvidar la molestia que ocasionaba el violín, echó sus hombros hacia atrás poniendo una vez más el violín en su hombro, alistó el arco y empezó a tocar nuevamente.

Esta ocasión empezó a hacer sonar el violín no con el arco si no con un dedo, la gente, en cuanto reconoció la tonada empezó a aplaudir al ritmo de esta, RD-134 por un segundo iba a empezar a aplaudir también, pero justo antes de chocar las palmas de sus manos, recordó que su deber era barrer así que se olvidó de aplaudir y prosiguió con sus labores, esta vez la música le recordó a los pequeños gorriones que venían a picotear el suelo del frente de la tienda en busca de pan, que algunas veces arrojaba la hija del dueño; le parecían unas aves hermosas aunque sus colores no eran muy vivos lo que más le fascinaba era su capacidad de volar, se veían tan alegres dando sus piruetas en el cielo, llamándose los unos a los otros para juguetear en el aire, le parecían tan libres, ¿que sería la libertad? Él no sabía qué era la libertad, era un robot.

El aplauso de nuevo fue mayor, el grupo nutrido de personas había evolucionado a una pequeña multitud, pero esta vez ella hizo una reverencia y empezó a limpiar su violín además de destensar la cuerda de su arco así que la pequeña multitud se dispersó, para sorpresa de RD-134 la hija del dueño, que había estado viendo desde la puerta abierta del local de su padre, fue hacia la violinista y la abrazó, claro que mientras esto sucedía RD-134 seguía con su labor, las chicas se acercaron al local de robótica, quedándose a charlar justo fuera de la puerta.

—Cada vez tocas mejor —dijo la hija del dueño a la violinista, una chica joven, de cabello negro, corto y ojos color avellana.
—Sólo mejoré un poco, lo que pasa es que tenías mucho tiempo sin oírme tocar, tuve que venir a tocar frente a tu trabajo para que me escucharas —respondió la violinista en un tono juguetón logrando hacer reír a la otra chica.
—Oye, dime cuál es la historia de este robot —dijo la violinista señalando con el pulgar a RD-134.
—Es el nuevo modelo de la serie de robots domésticos, ¿por qué lo preguntas? —dijo arqueando una ceja.
—Porque te juro que de todos los que estaban escuchando mi música él era el que estaba poniendo más atención —dijo la violinista fascinada.
—¡Ay! ¡Claro que no! Es un robot —desairó la hija del dueño.
—Pues te lo juro, estoy completamente segura —dijo la ejecutante haciendo un puchero.
—Es esa imaginación tuya seguramente, siempre has sido así desde que éramos niñas.
—No. Sé lo que te digo —replico la música callejera.
—Bueno, bueno, que tal si mejor me invitas un café y platicamos sobre tu nuevo admirador mecánico o de cualquier otra cosa —dijo juguetonamente la hija del dueño para calmar las aguas.
—Suena bien —respondió su acompañante sonriendo.
—Vuelvo, voy por mi bolso —dijo internándose en la tienda.

La violinista se acercó mucho a RD-134 inspeccionándolo con una mirada inquisidora, el que estuviera tan cerca impedía que RD-134 pudiera seguir trabajando.
—Oye, robot, ¿me estabas escuchando?
RD-134 inclino tímidamente la cabeza para asentir, el rostro de la violinista se iluminó.
—¡Ja! Lo sabía —la chica abrió la bolsa frontal del estuche de su violín sacando un pequeño cuadrado de papel de cinco centímetros de lado, lo dividió en dos y con un manotazo pegó en el pecho de RD-134 una pegatina de un violín dibujado de una manera bastante tierna—. Te lo ganaste por escucharme —le dijo.
La hija del dueño salió de la tienda y empezaron a caminar hacía la cafetería que se encontraba enfrente.
—Le deberías poner un nombre —dijo la violinista.
—¡Uy! ¿Como cuál? —preguntó su amiga.
— ¡Wilson! —exclamó la dueña del violín, haciéndole brotar una carcajada a su amiga—. Bien, ahora se llamará Wilson —dijo entre risas mientras entraban en la cafetería.

Wilson era un buen nombre, Wilson le agradaba a RD-134. Wilson bajó su mirada hacía la pegatina que ahora adornaba su pecho y si hubiera podido, hubiera sonreído.
—Él no lo sabía pero en ese momento era feliz, un robot feliz.

 

Raymundo Vigil Leal

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