Amor en los tiempos de silicio

Aarón estaba ansioso por llegar a la cita, iba revisando su reloj a cada instante como si eso fuera a acelerar el paso del hiper-tren. Lo consumía el nerviosismo de estar enfrente de otra mujer con quien posiblemente encontraría esa felicidad de pareja. Era eso o fallar y no se iba a permitir de nuevo el fracaso. “La décima de este mes. ¿Con cuántas mujeres he salido en lo que va del año? Tal vez y setenta. ¿Pero qué carajos? ¿Ella sí querrá esperarse un poco más después de la cena, salir a caminar debajo de las estrellas, coquetear un poco para después besarnos, que ella me invite a su casa, quedarme allí en el calor de su cama hasta el amanecer y sentir ardiendo en mi rostro el rubor por verla desnuda con los primeros rayos del sol?” Se lamentaba.

La cita se había acordado en un café de esos que tan sólo traen la melancolía de los mejores tiempos. Tenía un aire antiguo como del año 2100, con robots de ese entonces como ornamento aunque fuera hiriente para algunos pues les recordaban a los humanoides que antes eran tratados como objeto. Aarón llega puntualmente y toma la mesa que está pegada a la ventana para poder hablar de lo que esté sucediendo en la calle en caso de que nazca algún silencio incómodo. Comienza a revisar detalles de los edificios, ve la iglesia barroca del otro lado del parque y los encinos salir de las jardineras, se ensimisma tanto que no nota que una mujer se posa a su izquierda.

—Hola, ¿Aarón? —pregunta.
—¿Yolotzin? —responde también él con nerviosismo.
—Sí, soy yo  .
Aarón se queda casi petrificado al ver los ojos de la mujer —Toma asiento, por favor —le indica.
—Gracias —contesta ella con rubor en sus mejillas.
Él la mira en silencio pero con una sonrisa grande muy marcada.
—¿Estás bien, Aarón?
—Sí, sí, estoy bien. Una disculpa, hacía mucho que no tenía contacto con alguien más sin que estuviera simulado por un holograma.
—No te preocupes, yo también me siento extraña, nerviosa como dirían ustedes.
—¿Nosotros?¿A qué te refieres?
—A… a ustedes los humanos —respondió Yolotzin de una manera titubeante.
Aarón comienza a sudar de la decepción y se lleva el puño a la barbilla. Yolotzin voltea para todos lados como si quisiera huir pero agarra fuerzas y pregunta: ¿Eres acaso de esas personas que odian a las ginoides?
—¿Eh? No, claro que no. Tengo muchos amigos humanoides, pero, no me malinterpretes, no me gustaría involucrarme sexualmente con androides.
Interrumpe ella con un gesto de sorpresa.
—¿Mande? —el pregunta avergonzado.
—Soy una ginoide.
—Androide, ginoide, es lo mismo.
—No, no es lo mismo —Yolotzin bufa con rendición—. Aarón, sí gustas me retiro.
—No, no lo hagas. Perdona pero no me lo esperaba. Creí que ya había encontrado en ti a mí pareja, pues eres bellísima, encantadora, muy alegre. Pero al final tan sólo fuiste…
—¿Qué? ¿Un montón de transistores? ¿Qué hubiera pasado si fuera mujer, hombre, trasvesti o trans? Me hubieras aceptado ¿Verdad?
Aarón cierra los ojos y se toma de las rodillas —Yolotzin, perdona, pero todos esos géneros que mencionaste son aceptados socialmente para que yo me involucre con ellos. Me excluirían si se enteran que ando con un…a ginoide. Los robots, perdón, los humanoides tan sólo son aceptados para hacer labores domésticas o servicios en tiendas comerciales, no para involucrarse con humanos. Por favor, no te enojes por no querer elegirte, no soy yo el que decide sino la sociedad.
—Aarón, no me enojo porque no me elegiste, no voy a forzarte a que estés conmigo, sería una estupidez. Me enojo por la infravaloración que me das. No soy esclava de nadie, soy mi propia dueña, tengo mi propia empresa, tengo a mi familia y amigos que me aprecian. No sé de qué siglo vengas que tengas esa perspectiva de nosotros los humanoides. De hecho me da asco que nos llamen “humanoides”, pareciera que somos los hijos bastardos de ustedes. Deberían de decirnos “Pnevmas” pues parecemos sus espíritus: un cuerpo eterno emanado de uno perecedero.
—¿Eres acaso tú uno de esos humanoides que se cree la evolución del humano entonces? —pregunta Aarón con una sonrisa.
—Ahora entiendo porqué me trajiste a este café, con cuerpos de máquinas inservibles, como si fueran cadáveres empalados que nos indican en donde deberíamos estar.
—No, no, no. Estás malinterpretando. Yo ni siquiera sabía lo que eras. Yo siempre pensé que eras humano.

Ambos estaban sentados uno frente al otro en silencio, inmóviles y mirando al lado contrario queriendo bajar la adrenalina que la primera impresión produjo.
Yolotzin rompe el silencio tranquilamente —Hace cientos de años las personas se segregaban entre ellas misma por su color de piel. La etnia más poderosa intentaba doblegar a la más débil sólo por sus rasgos físicos. Después comenzó la segregación por las preferencias sexuales.
—¿Qué?
—Sí. En algunos lugares te asesinaban si eras homosexual, trasvesti o lo que fueras. Te limitaban laboral y socialmente. Después vino algo llamado “La Revolución de colores”. Era un movimiento que buscaba quitar la discriminación por el color de piel y orientación sexual. Duró unos ciento cincuenta años. Murieron muchos pero millones fueron libres después de eso. Irónicamente la inteligencia artificial, la más primitiva, ayudó a romper las barreras entre los humanos, seres que ahora le dan la espalda a los hijos de esa antigua tecnología. Tan sólo espero poder ver el fin de esta nueva revolución, revolución pacífica que una a humanos y humanoides, pnevmas, que llegue el día en que pueda ser aceptada sin hacerme pasar por humana. Poder quitarme esta piel color nuez y mostrar el plata de mi cubierta —termina Yolotzin mientras se desprende de su cuello un pedazo de piel sintética mostrándole a Aarón su verdadero revestimiento.
—¿Y qué puedo hacer? —pregunta Aarón.
—El que no me hayas matado o el que sigas sentado frente a mí es más que suficiente y te lo agradezco —responde Yolotzin mientras le da dos palmadas en la mano como si de hermanos se trataran.
—¿Te parece bien si nos vamos? Supongo que ya no hay más de qué hablar.

Ambos se levantan y salen del café. Aarón voltea a verla y le sonríe. Yolotzin le responde la sonrisa. De pronto él ve como una ráfaga de fuego atraviesa el cráneo de ella haciéndole brotar masa encefálica artificial. A lo lejos se escucha un grito que enuncia “¡reine el humano sobre las especies!” mientras que Yolotzin cae al suelo mostrando esa parte plateada que olvidó cubrir .

Aarón fue entrevistado en cientos de canales y en cada una se veía más aturdido, su pensamiento siempre se transportaba al lugar de los hechos haciéndolo revivir el ataque de odio.
—Aarón, cómo última pregunta dígame ¿qué estaba haciendo con la robot en esa noche? —pregunta incisivamente el reportero.
—Salí con ella en una cita —dijo con la voz quebrada mientras el público reaccionaba sorprendida.
—¿Cita? ¿Cita amorosa? —pregunta maliciosamente el reportero.
— Así es. Llevaba más de tres meses platicando con ella por transmisor. Inclusive llegué a enamorarme. Su capacidad de comprenderme lo hacía sentir…
—¿Real? —interrumpe el reportero.
—¡No! Confortable. Me daba mucha tranquilidad y paz. Nunca pude diferenciar que Yolotzin era una ginoide, pues ella era real, tenía sentimientos, pensamientos, objetivos.
—¿Quiere decir que su programación era excelente?
—No —responde Aarón con los puños cerrados—. Lo que quiero decir es que todos ustedes deben de irse a la mierda pues alimentan el odio con supuestos morales. Supuestos que ustedes mismos hicieron para amedrentar a seres inocentes por el simple hecho de tener audiencia y algo qué vender. Vendan lo positivo que ellos tienen pues entre ellos hay artistas y científicos y esto nos ha ayudado desde su origen. Ayudémosles ahora a integrarse entre nosotros, a hacerles ver que pueden desarrollar sus capacidades para que nosotros también podamos desarrollar las nuestras. Ojalá nunca la hubiera dejado ir. Ojalá la hubiera tomado de la mano y verla durante toda la velada, pues así Yolotzin estaría viva todavía.

Jamás se le volvió a ver y esas fueron las últimas palabras que se le escucharon a Aarón pero le retumbaron a la sociedad hasta el tuétano quedando Yolotzin viva por siempre.


Héctor Israel Castro de León

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