Ánimas suplicantes – Parte 1 de 2

We forge the chains we wear in life.

-Charles Dickens

-1-

Londres, 1902.

Los fantasmas lo seguían.

Pese a su viaje a través de dos continentes por mar, no cesaban de atormentarlo. Allí estaban. Ya fuera en México o Inglaterra, ya fuera bajo el yugo de la Reina Victoria o Don Porfirio Díaz. No dejaba de escuchar sus susurros, de mirar sus rostros azulados repletos de heridas y sus ojos con cuencas vacías. Por las noches continuaban acariciando sus tobillos con sus manos gélidas, huesudas y con uñas tan largas y puntiagudas como agujas de coser. A veces, y solo en ocasiones muy particulares, le sonreían, ocasionándole el más persistente de los insomnios al  contemplar aquellas muecas de dientes chuecos que exponían una boca cuya profundidad era la de un abismo inexplorado.

Idelfonso Serna y Vizcaña bajó del barco que había zarpado apenas hacía unos días desde el Puerto de Veracruz. Lo primero que percibió de aquella ciudad, punto central del más poderoso imperio de su tiempo, no fue ni el Big Ben ni la Abadía de Westminster, sino la miseria. Niños harapientos que ocultaban sus cabezas piojosas con boinas y gorras, prostitutas dispuestas a las más inimaginables bajezas por unas cuantas monedas, ya fuesen pesos o libras esterlinas, marineros y cargadores que enfrentaban jornadas laborales exhaustivas y asesinas con tal de recibir una paga por parte de su avaricioso e incomprensible patrón. Luego, en el extremo opuesto de la monstruosa pero a su vez bella y deslumbrante urbe que era Londres, estaba la riqueza, la opulencia. Los jóvenes hermosos y arrogantes que a sus dieciocho años heredarían la fortuna familiar, y no tenían otra preocupación que buscar una dama de modales exquisitos y corsé que costaba lo que los pobres no ganaría en un mes. Mujeres ostentosas, dedicadas al chisme y cotilleo, caminando por los kilómetros de sus mansiones. Empresarios con trajes grises, sombreros de copa y patillas tan grandes como su ego y sus propiedades.

En muchos aspectos, la Inglaterra Victoriana y el México del porfiriato eran muy similares. Eso era algo que Idelfonso sabía muy bien, sobre todo porque pertenecía a una de las clases más pudientes del régimen de Porfirio Díaz Mori.

Caminó entre las calles del puerto de Whitechappel. Recordó que hacía unos años, la zona fue el escenario del terror y miedo, cuando en 1888 un demente conocido como Jack el Destripador, se dio a la tarea de asesinar prostitutas. Curiosamente, en México también existió un asesino de ese tenor, conocido como “El Chalequero”, quien se dedicaba a la misma siniestra actividad. Ambos eran producto de la impunidad, de una sociedad, ya fuera mexicana o británica, que permitía que a mujeres dedicadas a lo que llamaban la vida fácil fueran acuchilladas con saña, pero no toleraría que tocasen ni con un alfiler a una dama de alcurnia.

Idelfonso vestía a la moda: saco cruzado, camisa. Corbata de moño color vino. Un bombín tapando su cabeza. Pantalón negro, zapatos de charol. Guantes blancos. Tenía apenas veintidós años y ya era heredero de “Ivaldi”, empresa dedicada al acero, el hierro y la creación de vías ferroviarias. Su padre la nombró así en honor a los enanos de la mitología nórdica que crearon el martillo de Thor y otras armas de los dioses de Asgard. Le parecía una referencia culta, exquisita, pero sobre todo, adecuada.

La fortuna sonreía a la familia Serna, pues desde 1880, en pleno auge de Porfirio y Victoria, se reforzaron las relaciones comerciales entre Reino Unido y México, en especial en todo lo relacionado con vías ferroviarias, compartiendo conocimientos no solo empresarios, sino mecánicos e ingenieros. La Corina Británica invirtió en vías de ferrocarril alrededor de 7.5 millones de libras en ferrocarriles, y ambos gobiernos tenían buenas relaciones desde principios del siglo XIX cuando los inmigrantes británicos llegaron a Real del Monte y le ofrendaron a los mexicanos quizá el mejor regalo de su historia: el futbol.

Idelfonso detuvo un carruaje. Era negro con cortinas rojas, jalado por dos equinos de color café. Saludó al cochero, quien vestía con traje y sombrero, con un excelente inglés, perfecto y hasta con digno acento británico. Dominaba el idioma y no era para menos, su padre se lo enseñó pagando tutores e institutrices que se regían bajo la consigna de “la letra con sangre entra”.

─Buenos días, caballero. Bienvenido a Londres. ¿Hacia dónde se dirige?

─Flat 48, Woodside House, por favor.

El cochero intentó reprimir una risita mientras subía al carruaje. Después, miró a Idelfonso como si fuera un loco salido de algún manicomio mexicano como La Castañeda, y no se debía a su tez morena, sino a la dirección que solicitaba. Solo los riquillos ociosos, los imbéciles y los dementes podían ir allí. En ese concepto tenía la clase popular aquel destino.

Pero Idelfonso tenía una opinión muy distinta, pues el número 48 de Woodside House era el único lugar del planeta donde podían ayudarlo.

-2-

En el interior del carruaje, Idelfonso miró a dos fantasmas.

Uno era un niño de siete años aproximadamente. Sucio y harapiento, comenzó a llorar. Se arrojó al suelo del vehículo y se aferró a sus tobillos. Idelfonso agitó las extremidades, con una mezcla de desesperación, miedo y asco. Tenía cinco años de su vida tolerando a las ánimas en pena, y le era imposible acostumbrarse.

El segundo fantasma era el de un indio. Vestía con camisa y pantalón blanco. Estaba descalzo y llevaba sombrero de paja. Éste no suplicó ni se arrastró. Solo lo miraba. Sus ojos expresaban algo muy claro: “te odio. Toda mi raza odia a ustedes, los mestizos catrines y pudientes. Ustedes nos tienen viviendo en la miseria. Yo morí por tu culpa y todos los beneficiados de Porfirio Díaz”.

Idelfonso le ordenó al cochero que se detuviera. Estaba mareado y tembloroso. Pese a sus veintidós años de vida, su inexperiencia y su juventud, además de su maldición de ver fantasmas, no dejaba de ser un caballero educado en la clase alta mexicana. Por tanto, no podía presentarse ante los caballeros con quien se había citado en un estado tan deplorable.

Pidió al cochero que lo llevara a un hotel. No importaba ni el nombre ni la calidad ni mucho menos la zona. Solo quería descansar. Si era un tugurio de mala muerte, era mejor convivir con las chinches reinando la cama que con aquellas visiones de ultratumba.

El carruaje se detuvo en un pequeño edificio de cuatro plantas, con muros grises y ventanas de marcos café color mierda. “Hotel Havisham” decía en un trozo de madera a la entrada. Idelfonso pagó con unos cuantos chelines y entró a su habitación, arrojando el equipaje compuesto por una maleta de ostentosa apariencia. Intentó descansar en la cama, pero todo intento de conciliar el sueño se vio obstruido cuando se topó, frente a frente, con otro indígena semidesnudo. Tenía el pecho al descubierto, la piel traslúcida y la espalda adornada con heridas de latigazos. Abrió la boca, e Idelfonso escuchó una voz similar a la que se escucha cuando alguien grita en lo más profundo de una caverna:

─Tú y tu clase nos ha matado. Trabajé toda mi vida en una hacienda en Yucatán. Vivía entre los capataces y el henequén. Mis padres me heredaron la deuda de la tienda de raya, y yo se la heredaré a mis hijos, porque decidí colgarme de un árbol. Mientras la cuerda con la que até mi cuello, hecha con el mismo henequén que yo cultivaba, mi alma se quedaba aquí, entre la vida y la muerte.

Miles de almas asediándolo. Eso no era vida.

-3-

Después de intentar descansar, se armó de valor para ir a su verdadero destino en Woodside House, donde se encontraba la única gente que lo podía ayudar a terminar con su infierno en vida: el Ghost Club de Londres.

Aunque se fundó oficialmente en 1862, el Ghost Club tenía sus raíces en la universidad de académicos e intelectuales del Trinity College comenzaron a interesarse en los fenómenos paranormales, las investigaciones psíquicas y los fantasmas. Desde mediados del siglo XIX el interés por el espiritismo era una actividad común entre la clase alta, y se trataba de una fiebre a nivel mundial. En México, por ejemplo, un tal Francisco I. Madero mostraba una fascinación por los fantasmas. Él aseguraba que para 1910 derrotaría a Porfirio Díaz en la sucesión presidencial, palabras que, por supuesto, nadie con dos dedos de frente le creía. En Estados Unidos las sesiones espiritistas eran una actividad diaria, sobre todo en Los había institucionalizado con el Ghost Club, que no solo se dedicaba a intentar contactar con las ánimas de los muertos, sino además, a desenmascarar fraudes de charlatanes que juraban tener poderes psíquicos.

Aunque el Ghost Club se disolvió en 1870, con la muerte de uno de sus más importantes miembros, resucitó como un espectro –mejor analogía no podía existir- en 1882, cuando Stainton Moses y Alaric Alfred Watts reanudaron las actividades. En su esencia más pura, el Club Fantasma era un club de caballeros más británico que el roast beff, de modo que no admitía mujeres ni nadie de cualquier otra nacionalidad. Sin embargo, si asesoraba a cualquiera que jurase tener contacto con el mundo invisible, fuese por voluntad propia o por una inexplicable maldición, como era el caso de Idelfonso.

Llegó a la calle en Woodside House y entró en el vestíbulo del Ghost Club. Era una mansión victoriana como tantas: con cortinas tan grandes como cedros viejos y pasillos tan estrechos como la madriguera de una marmota. La recepcionista –la única mujer, que solo podía acercarse a la entrada para orientar a los caballeros- saludó a Idelfonso, quien pidió hablar con Mr. Moses, quien no tardó ni un minuto en recibirlo, cumpliendo con la estricta y célebre puntualidad británica.

─¡Vaya! Tu padre es un reconocido empresario. Los vínculos que han establecido entre México e Inglaterra son inmejorables. La calidad de su acero resistiría la furia de titanes y dragones. Es claro que la clase privilegiada es tan pequeña, que nos conocemos en todo el globo.

─Mr. Moses… un verdadero honor conocerlo. Pero prefiero ir al grano: los fantasmas me siguen. Las almas de los muertos no me dejan en paz. Veo espíritus de vagabundos, de prostitutas, de niños de la calle y de indígenas que trabajan en haciendas. Los miro día y noche. Me acosan cuando duermo, cuando me baño. Cuando estoy en la intimidad con una muchacha. Son cientos, quizá miles de almas. En México el espiritismo no es una disciplina, sino una moda de los enemigos de nuestro presidente, que fingen dedicarse a hablar con los muertos, pero es una tapadera para hacer reuniones y ver cómo derrocar el régimen. Aquí pretenden hacer una nueva ciencia, o al menos una disciplina. Solo ustedes saben cómo ayudarme.

Idelfonso notó que Moses dudaba. Se acarició la barbilla y alzó las cejas. Sin duda, estaba acostumbrado a los charlatanes y fraudulentos. De cada mil casos que atendían, solo dos eran factibles y uno quizá resultara veraz.

─Quizá yo no sea la persona más apta para ayudarlo, pero en el Ghost Club tenemos muchos miembros talentosos, la mayoría dedicados a las artes y las letras. Solo Charles Babbage se enfoca en la matemática.

Stainton Moses invitó a Idelfonso a ingresar al Ghost Club. Pasaron por un vestíbulo y subieron unas escaleras con barandales de mármol. Llegaron a la sala común del Club Fantasma, cuyos muros estaban adornados con fotografías de personas que habían tenido contacto con los muertos vivos. Una mostraba a una dama transparente bajando unas escaleras, otra una luz esférica que flotaba sobre las tumbas de un cementerio y otra a un hombre corriendo al percatarse que la sombra que se proyectaba tras de sí tenía vida. No podían faltar las pinturas: réplicas exactas de los “Caprichos” de Goya e “Íncubo” de Fusselli.

La sala común tenía muebles de terciopelo rojo. Unos mayordomos ofrecían whisky a los caballeros. Al fondo, un librero con ejemplares de magia y ciencias ocultas, entre los que se encontraba el “Necronomicón” del enloquecido árabe Abdul Alzhazred, era consultado por los miembros, todos ellos una mezcla de locos adolescentes entusiastas e intelectuales serios.

─El caballero sentado en el sillón al fondo le puede asesorar de una inmejorable manera, mi americano amigo –informó Moses-. Porque ustedes los americanos, y con ese término me refiero a todos los habitantes de su continente, y no solo a los estadounidenses, siempre necesitarán de nosotros, los de su viejo continente… y por tanto, con más sabiduría.

El hombre al que Moses refirió estaba rodeado de otros miembros del club. Todos lo miraban con una mezcla de fascinación, morbo, orgullo y envidia, cual Jesucristo ante sus discípulos. Era alto, delgado, de frente ancha y un bigote cortado con pulcritud. Hablaba con absoluto conocimiento, como quien domina la palabra: “así es. Tuve que publicar la novela por petición popular, pues mi auténtico interés literario es la narrativa histórica. Sin embargo, considero que esta será la mejor aventura de mi personaje, amado por todo el planeta, pero odiado por mi…”

Idelfonso tragó saliva. No todos los días le pedía ayuda a una de las personalidades más populares e influyentes de finales del siglo XIX e inicios del XX. Se acercó tembloroso, pisando el suelo de mosaicos negro obsidiana, limpiado por esos criados tan elogiados y reivindicados por Charles Dickens.

─Buenos días, joven amigo –dijo el hombre sentado en el sillón-. ¿Puedo ayudarlo?

─Antes que nada quiero decirle que es un verdadero honor conocerlo. En verdad, estoy asombrado y me siento muy poca cosa. Usted es el creador de un símbolo de inteligencia y justicia.

─¡Bah! ¡Paparruchas! Usted exagera -. Replicó, agitando la mano.

─No, no, no. ¡Es verdad! Mucho gusto en conocerlo, Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes.

-4-

Lo primero que Conan Doyle le preguntó a Idelfonso es qué le traía de México a Londres. Debía ser algo muy importante para cruzar el océano. El hijo del empresario ferroviario se sintió como el cliente que visita a Sherlock Holmes y explica su caso, casi rogando, para que el brillante detective acepte el reto y resuelva el misterio.

Con una torpeza impropia de alguien que domina dos idiomas y fue criado en las mejores escuelas de su país, Idelfonso comenzó a contar su historia.

Recordó cuando hacía cinco años vio por primera vez a los niños, en la fábrica de su padre. Eran cinco pequeños, uno de ellos decapitado. Todos jugaban a patear la cabeza del quinto, llevándola de un lado a otro. Como si aquel espectáculo no fuera lo bastante grotesco, los chiquillos flotaban y a la postre, atravesaban los muros.

La primer idea de Idelfonso fue inmediata y clara: internarse de manera voluntaria en el manicomio de la Castañeda, donde debían estar encerrados con camisa de fuerza y bajo siete llaves los locos como él. Pero después, recapacitó. ¿Y si no estaba loco? ¿Y si realmente eran fantasmas?

Con el paso de los meses la situación se puso peor. Supo que no estaba loco cuando la mansión de su familia, ubicada en el Zócalo capitalino, fue víctima de fenómenos paranormales. Las cosas se caían solas, las puertas se azotaban y la temperatura de los dormitorios descendía como si estuvieran en Zacatecas y no en la capital.

El acabose vino durante una fiesta ofrecida por el mismísimo Presidente Díaz en el Castillo de Chapultepec, para las familias más importantes de México. Acudieron la crema y nata de la sociedad, y por supuesto, el grupo de Los Científicos, los intelectuales más allegados a Don Porfirio.

Disfrutaron de una copiosa cena, música de violines y piano traída directo del conservatorio, que interpretaban el “Nocturno” de Chopin y otras piezas de compositores franceses que tanto le fascinaban al dictador; y por supuesto, muchos chismes de la clase pudiente. Los indígenas y los mestizos ofrecían canapés y vino tinto.

Alrededor de la medianoche, cuando toda la élite dominante de México estaba borracha, Porfirio Díaz se acercó a Idelfonso. Lo miró de arriba abajo, moviendo su bigote y sentenciando con su imperturbable mirada.

─Tú también los ves. ¿Verdad, muchacho? Los ves tan bien como yo. A las ánimas. A las ánimas suplicantes. Algunas personas tenemos el don. Por ejemplo, ese imbécil de Madero. Sé que tú los ves, lo noto por cómo te comportas. El Castillo de Chapultepec está repleto de ellos. De esos malditos. Gritan, vuelan, tiran cosas, no dejan dormir. No dejan vivir a los vivos. ¿Por qué si ellos están muertos? Pero te comprendo, muchacho. No puedes decirlo porque de loco te juzgarían. Por eso yo me callo, porque ni Carmelita me creería.

Idelfonso ignoró si se trataba del efecto del vino, o si en verdad el dictador le hacía una confesión por sentir empatía hacía él.

Todo eso, se lo contó a Sir Arthur Conan Doyle, quien lo miró como solo pudiera haberlo hecho Sherlock Holmes.

─Interesante –dijo-. Muy, muy interesante.

A diferencia de su personaje, que era un genio de la deducción, una máquina de pensar y analizar, y un escéptico a toda prueba, Conan Doyle era aficionado al espiritismo, creía en los fantasmas y el mundo sobrenatural. Aunque ambos eran brillantes, a muchos londinenses les costaba un trabajo mayúsculo aceptar que Holmes había emergido de la imaginación de un hombre que pertenecía al Ghost Club y participaba en sesiones espiritistas. El escritor, como muchos de sus contemporáneos, creía en que los espíritus coexistían con los muertos con la misma fe e intensidad que un cura devoto que la hostia se transmutaba en el cuerpo de Cristo.

─Acompáñeme, mi joven amigo –dijo Conan Doyle, quien aunque no tenía el cerebro de su personaje, sí su capacidad de mando y talento para imponerse ante cualquiera.

-5-

Caminaron por los pasillos del Ghost Club. Un joven mexicano de tez morena, con no más de dos décadas de vida, y uno de los más grandes escritores de la Inglaterra Victoriana.

─La novela que publico actualmente se titula “El Sabueso de los Baskerville”. En ella, Holmes y Watson investigan el caso de un perro fantasma que se aparece en una propiedad. Al final de la historia espero ofrecer una explicación a todo… pero no creo en nada de eso. Yo sé que los espíritus se manifiestan, estoy seguro de ello. ¡Todos los que hemos perdido seres amados lo estamos! ¡Y no! ¡No es debido a no querer aceptar que los muertos, muertos están! Creer en el espiritismo nos ayuda. Es un paliativo, porque así tenemos esperanza toda nuestra vida, hasta en el último segundo del lecho de muerte.

Conan Doyle condujo a Idelfonso a una sala pequeña, iluminada por velas. En el centro había una mesa y una tabla que tenía escrito el abecedario, la  numeración y las palabras “sí”, “no” y “Goodbye”. Al lado, había una pequeña flecha, también de madera. Conan Doyle le preguntó a Idelfonso si sabía lo que era aquel pedazo de madera, y el negó con la cabeza.

─Es un maravilloso invento. Lo creó el empresario Eliajh Bond, debido al auge de la moda del espiritismo. Se llama tabla ouija, y nos permite comunicarnos con el Más Allá de manera práctica. Antes de este invento, que se usa en todo Estados Unidos y Reino Unido, teníamos que usar una enorme mesa redonda con el abecedario inscrito, pero Bond, como todo buen empresario, es un visionario práctico. La usaremos para comunicarnos con los espectros que lo atormentan, estimado joven Serna.

-6-

Se sentaron a la mesa. Sir Arthur Conan Doyle carraspeó y preguntó a los espíritus qué querían.

No pasó mucho tiempo para que la flecha se empezara a mover. Señalaba una y otra letra. Al principio, el escritor e investigador paranormal no entendió lo que la ouija quería decir. Estuvo a punto de afirmar que el cursor se desplazaba de manera caótica, cuando de súbito hizo gala del arte de la deducción, tan propio de su personaje:

─¡Pero por supuesto! ¡No entiendo lo que dicen porque están enviando mensajes en idioma castellano! Caramba. ¡Y usted ni siquiera ha tocado el cursor! ¡Nadie lo ha hecho! Sin duda esta es la mejor prueba que su caso no es un fraude. Pero… dígame, dígame, amigo mío. ¿Qué dicen? ¿Cuál es su mensaje?

Idelfonso se quedó callado. Trago saliva. Respondió minutos después, entre susurros:

─Dice que nunca me dejarán en paz. Que debo acostumbrarme a no dormir. Que espantaran mis sueños y mis pesadillas, porque la vida que me espera bajo sus espantos será peor que el tormento que ellos pasaron en vida.

Minutos después, Sir Arthur Conan Doyle reflexionó, dando a Idelfonso un mensaje que hizo que se le nublara la vista y cayera de golpe a la silla de aquella sala donde se celebraban sesiones espiritistas.

─Me temo, mi amigo, que no tengo la menor idea de cómo ayudarlo. Ni yo ni ningún miembro del Ghost Club. Está usted solo, y afirmo que solo en el mundo, porque nuestra asociación es la mejor de la Tierra.

Idelfonso supo que si el creador del detective más famoso de la literatura y el caballero más poderoso de México, a quien millones temían, no podían tenderle la mano, nadie podría.

-7-

 ─…sin embargo, mi querido amigo, yo me refería a ningún miembro del Ghost Club vivo. El más famoso de nuestros integrantes, de esta pequeña gran familia de amantes de lo sobrenatural, sin duda alguna sabrá cómo ayudarlo. El problema es que murió en 1870, pero como usted intuye (y no necesita ser mi personaje para ello) el velo que divide el mundo de los muertos y los vivos no es un obstáculo para nosotros.

Conan Doyle se puso de pie de un golpe, y le indicó, con un ligero movimiento del dedo índice, que lo acompañara. Ahora más que nunca estaba involucrado en el papel de su famoso investigador… pero con Sherlock, sino más bien, el profesor Challenger, su otro personaje famoso, que era más parecido en cuanto a sus obsesiones y temas al escritor, ya que Challenger se enfocaba en investigar lo fantástico, lo maravilloso, lo que estuviese por encima de lo natural.

Caminaron hasta el salón principal del club, donde tenían sus cenas de gala entre caballeros. La larga mesa descansaba envuelta en polvo, y en las esquinas, un librero mostraba toda clase de ejemplares. Conan Doyle fue hasta allá y comenzó a rebuscar entre los textos ordenados por orden alfabético, deteniéndose en la “D”. Gritó un exagerado “¡Eureka!” digno, cómo no, de un personaje literario.

Le entregó a Idelfonso el ejemplar. Se trataba de una primera edición de “Canción de Navidad” de Charles Dickens, aquella emotiva historia del amargado vejete que es visitado por tres espíritus la noche del 24 de diciembre. La primera página estaba autografiada: “Para mis queridos amigos del Ghost Club, que la Navidad viva siempre en sus corazones”.

De nueva cuenta, Conan Doyle le arrebató el texto y lo colocó en el centro de la larga y rectangular mesa. Sacó velas de una cómoda ubicada al frente del salón, para colocarlas alrededor del libro. Susurró unas ininteligibles palabras, que a Idelfonso le parecieron latín, y esperaron los dos.

El silencio, que pareció interminable, fue roto por unos golecitos en la mesa, conocidos en el argot espiritista Alguien se estaba manifestando… pero no era cualquier fantasma.

(Continuará)

 

Bernardo Monroy

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