Días aciagos

Sólo hay una cosa peor que trabajar en domingo: trabajar en víspera de Navidad.

La gente no debería meterse con las cosas que no conoce. Isaac había tenido que cambiar dos sensores, y limpiar las manchas del display del touch screen, antes de poder empezar a destripar el software; para arreglar lo que el jefe de mantenimiento se empeñaba en llamar “defecto de programación”. El carrusel de la llenadora de la línea de refrescos había operado perfectamente diez meses, Isaac mismo la había instalado y dejado trabajando. Que la gente de producción de la planta hubiera querido “mejorarla” metiéndole mano a la programación para que “corriera más rápido”, y que eso resultara en una falla, un paro de planta y muchísimo dinero perdido en horas de producción; era negligencia del cliente, no un causal para reclamar la garantía… misma que al transformarse en una llamada telefónica, había crecido hasta convertirse para Isaac, en un viaje de cuatro horas por carretera y nueve metido en el piso de producción de la embotelladora.

Eran las siete de la noche. El jefe de mantenimiento ya se había ido a la posada de la empresa, junto con el resto de los gerentes y la mayoría de los obreros. Isaac estaba acompañado por uno de los ayudantes generales de mantenimiento, un muchachito que había pasado las últimas tres horas mirando videos de reguetón en el teléfono celular. El problema con los recién egresados de escuelas técnicas de ahora, era que no les interesaba aprender. Aunque tampoco podía opinar mejor de los ingenieros, esos que creen que saben, que hacen sus estupideces y luego le piden a su jefe que llame al proveedor antes de la Noche Buena para amenazarlos a gritos con despedirlos, y obligarlos a manejar bajo la lluvia.

La pantalla de inicio apareció finalmente, e Isaac se dispuso a correr la rutina en su computadora portátil; un dinosaurio electrónico que parecía de finales del siglo XX, pero cuya robustez podrían aplastar a cualquier telefonito inteligente moderno, cuando se trataba de enmendar un código fuente. Una especie de risa breve y un bufido se le escaparon cuando pensó en aquel aparato y el que sostenía el joven cerca de él, era una metáfora válida para comparar la generación de Isaac y la del muchacho. ¿Quién habría metido sus manos de simio, para arruinar un programa perfectamente bien hecho por él?

Luego de varios minutos, Isaac pidió que reiniciaran el equipo, y esté empezó a moverse después de unos breves pitidos de alarmas que se comprobaban a sí mismas, y el parpadeo de unos leds que parecían luces navideñas, como las que adornaban las casas de quienes en ese mismo momento estarían haciendo planes para ver a sus seres queridos, y entregarle regalos a los niños.

– Listo mi estimado –Se forzó a decirle amablemente al operador, después de secarse el sudor en la manga. La Navidad en el trópico no suele ser demasiado fría, pero si puede ser lluviosa y aunque estaban dentro de la nave principal, la humedad había perlado de sudor  y fatiga su cara y su cuerpo.

Envió un video por el celular a su jefe y a su cliente, quienes recibieron el mensaje en sus teléfonos, pero no se molestaron en verlo. Iban a dar las ocho de la noche. Isaac decidió permitirse ir a orinar, y después de meter su computadora en la mochila, y colgársela al hombro, se encamino fuera del área de producción. Cuando pasó delante del laboratorio de calidad, vio que una de las analistas no se había ido y estaba sentada delante de una computadora en la oficina. Era una mujer joven, en sus veintes, y bajo la bata blanca y la cofia de su cabeza, se notaba que tenía bonitas formas y el cabello corto. Recordó haberla visto a principios de año, durante el arranque, pero no su nombre. Ella al parecer sintió su mirada a través del amplio ventanal del laboratorio, alzó la vista y le lanzó una ojeada breve a modo de reclamo. Isaac se limitó a sonreír de la forma más natural que pudo y ella a su vez le respondió con una sonrisa fría y cortés, antes de regresar la mirada al teclado y alzarse la blusa sujetándola por el último botón del cuello. “Ya va a ser Navidad, no seas amargada” pensó Isaac. Recorrió el pasillo para hacer una breve parada en el baño, antes de salir por los torniquetes, donde un guardia de seguridad aburrido ni siquiera se molestó en examinar su mochila.

Ya era tarde para emprender el regreso. Años atrás, se había acostumbrado a manejar durante horas, siendo capaz de salir al amanecer y regresar en la madrugada a su casa, sin cansarse demasiado. Pero después de los cuarenta, la presbicia en los ojos y lo fofo de las nalgas, le habían vuelto insoportable el manejar de noche después de una jornada muy larga. Con el cierre del año encima, no le habían autorizado suficientes viáticos como para reservar un hotel decente, así que por esa noche tendría que conformarse con dormir en un hotel de paso.

Pero estaba demasiado harto como para encerrarse. La verdad es que el año había sido bastante desastroso fuera de lo laboral: estaba cumpliendo doce meses divorciado, las pocas citas que tuvo después no habían terminado en la cama, como él lo había planeado; y hacía seis meses que no tenía sexo. Su última oportunidad la había perdido en la posada del trabajo, el fin de semana anterior; cuando la de compras, a pesar de la agradable charla y las horas bailando, había rechazado su ofrecimiento para llevarla a su casa. Necesitaba una cerveza, una nalguita y que se acabara ese año de una buena vez.

La lluvia que unas horas antes había sido pesada y constante, se había convertido en una gasa desgarrada de diminutas gotitas, que se embarraban en el parabrisas de la camioneta, que mantenían el asfalto resbaladizo y que poco a poco empaparían la ropa de cualquiera que tuviera la desgracia de caminar bajo ella demasiado rato. Las luces de las luminarias de la calle, adornadas con guías navideñas por el municipio, parecían tener un halo blanco; lo mismo que los faros de los vehículos que circulaban en sentido contrario. El aire se estaba enfriando y una vez más pensó en cuanta falta le haría dormir esa noche junto a una mujer. La flaquita de compras, que tendría el sexo tan ensortijado como su cabello. La pechugona del laboratorio. La que fuera estaría bien, él no era muy exigente.

Tomó la salida al centro histórico del puerto. Se metió en el tráfico que se amontonaba, vio como al apenas cambiar de amarillo a rojo, el semáforo parecía darle el banderazo de salida a un ejército: Cientos de personas (¿miles?) cruzaron delante de los autos detenidos frente a su pick up. Gente y más gente, con el cabello y la ropa mojada, saltando entre los charcos, muchos con paraguas, todos con prisa; todos igual que él, deseando estar en casa y no ahí. Sacó su teléfono celular: tenía varias notificaciones de mensaje y empezó a revisarlos. Un claxon le obligó a alzar la vista, el semáforo estaba en verde y se movió dando un respingo.

Dos o tres calles más adelante, había menos tráfico, tiendas cerradas y viviendas muy viejas, de principios del siglo pasado. En una de las esquinas, una chica en mini falda y un tipo corpulento de traje parecían resguardarse con poco éxito de la incesante humedad que saturaba el aire. Al igual que él, a los empleados del Men’s Club les había tocado laborar. Junto a la entrada, vio una lona de plástico en la que una chica en bikini anunciaba promociones para organizar fiestas de fin de año en su local. Ninguna de las chicas que trabajaran dentro, tendrían el cuerpo de aquella pin up girl de Photoshop… pero finalmente, Isaac decidió que su suerte iba a cambiar.

El local no estaba muy lleno: algunos estudiantes, varias chicas de ropa entallada distraídas mirando sus teléfonos inteligentes, y una bailando reguetón en la pista; lo recibieron después de pagar la cuota de entrada. Un mesero se le acercó llevando de forma ceremoniosa a una jovencita delgada, que disimulaba su baja estatura con unas botas de plataformas. Ella se presentó con un nombre que no escuchó del todo bien, y se le sentó en las piernas. Le pidió que le invitara un trago y accedió. Era una conversadora amena, que al parecer también había olvidado su nombre, porque se refería a él como “ingeniero” constantemente. Isaac le contó sobre su trabajo, sobre los problemas que los clientes se buscaban y ella le contó algunas anécdotas, tal vez ciertas, tal vez inventadas (pero muy bien ensayadas) sobre sus propias experiencias con clientes maleducados o tan ebrios, que se volvían acosadores. “Pero se ve que tú no eres de esos, ingeniero” remató sonriendo antes de pedir otro trago. En cierto modo, la confesión hecha había aliviado su alma. Pero ahora la urgencia que sentía era otra. El cabello de la chica le rozaba la mejilla, e inspirado por los brazos cálidos que le rodeaban el cuello, le preguntó al oído cuando cobraba por una relación. Ella explicó amablemente el servicio: trato de novios, caricias, besos, sexo oral, una penetración con condón, (anal no hacía), él pagaba motel y taxi de regreso. Por hora, lo que ella cobraba correspondía a lo que Isaac ganaba en una semana de trabajo. Y aunque la parte delantera de su pantalón le gritaba que aceptara, separada de aquellos genitales tibios por apenas un poco de mezclilla y licra; la parte trasera, donde se alojaba su anémica cartera, le suplicó que no lo hiciera o tendría que dormir en la calle. Una voz llamó a la chica a la pista, y la sonriente chaparrita le dio un beso, pidiéndole que se animara, y se disculpó porque tenía que ir a bailar. Isaac suspiró, le hizo una seña al mesero y supo que su suerte estaba echada después de pagar una robusta cuenta donde no se le estaba cobrando aquel whisky (que no lo era), sino aquel breve rato de contacto físico y charla casual.

Derrotado por el cansancio, Isaac regresó sobre sus pasos, salió del ruidoso local y caminó hasta donde se había estacionado. Parecía que la humedad había disminuido junto con el tráfico, y dio por terminada la jornada.

Eran casi las diez de la noche. En la primera esquina donde hizo alto, vio a una chica morena, de cabello oscuro y brillante por la humedad, que seguramente esperaba que se detuviera algún camión. No había nadie más en el parabús. Ella volteó a mirarlo y sonrió de forma tímida antes de agachar la cabeza. Y aunque la voz de su madre le dijo en su cabeza que no hablara con extraños, el hacía mucho tiempo había dejado de ser un niño. Acercó la camioneta a la banqueta y bajó el vidrio eléctrico. Le preguntó que a donde iba. Ella respondió brevemente que a Ejido Cuechtic. Isaac preguntó si era por la salida norte  y ella respondió que sí. Isaac le ofreció darle aventón, porque iba para allá.   La puerta se abrió y la muchacha, sonriendo, subió. Cuando le dio la espalda para ponerse el cinturón, vio que tenía un tatuaje en la parte baja de la espalda: una mariposa oscura de anchas alas. Estaba tan bien hecho que parecía como si se le hubiera posado una de verdad sin que ella lo notara. “Azela” se presentó, extendiendo una mano que Isaac apretó brevemente. Se percató al mirarla de cerca, que tenía un piercing de media luna en la nariz y los labios pintados de negro.

Para cuando tomaron la avenida principal, con dirección al norte, la conversación ya había pasado de la programación de PLC’s y hacer table dance para pagarse su estudios, a salir temprano del trabajo para ir a ver a la familia, o estar lejos de casa y tener que esperar para verlos. Azela vivía con sus hermanas a una hora del centro de la ciudad, donde trabajaba. Era soltera. Cuando Isaac le preguntó por qué no tenía novio si era bonita, ella respondió que “Le gustaban señores, como dice la canción”. No supo a qué canción se refería ella, pero igual sonrió.

La avenida atravesaba el aeropuerto, algunas colonias populares, y alcanzaba los límites del municipio. Estaba enfriando y Azela se quitó el cinturón de seguridad para acercarse a Isaac y acurrucarse junto a él. Le puso la mano en la pierna y le dijo que tenía frio. Ella despedía un calor muy agradable y las palabras que se deslizaron de entre sus  labios se escurrieron suavemente hasta su oído. “Estás guapo. No te cobraría la hora en el cuarto si me llevas a mi casa después”. Isaac sonrió y e dijo que si.

Tal vez después de todo, aquel viaje habría valido la pena.

Azela le señaló que había un motel en la carretera que llevaba a la playa. El remoto zumbido de  compresores respondió al caliente gruñido del motor de la camioneta, cuando tomaron la desviación hacia el corredor industrial. Siguieron charlando, aunque Isaac estaba excitado intentó no acosarla, de todos modos el trato ya estaba hecho. Siguió con el tema de trabajar cuando tradicionalmente era época de estar en casa con la familia. Comentó que oscurecía muy rápido en esa época del año. Y ella le daba la razón pausadamente a todo lo que decía, como si se conocieran de hacía mucho, mientras le  acariciaba el muslo.

El motel había tenido mejores días, se notaba a pesar de la pobre iluminación que seguramente ocultaba el tono desvaído de los muros. Una mujer les hizo una seña y acercó el vehículo a uno de las muchas cocheras numeradas, que tenían las cortinas abiertas, indicando que la habitación estaba disponible. Había una tarifa por hora y otra por noche, lo que convenció a Isaac a dormir ahí mismo. Descendió después de estacionar la camioneta y de que escuchó como se corría la cortina detrás del vehículo. La mujer preguntó si se le ofrecía algo más y desde la cabina, Azela le sugirió que pidiera algunas cervezas y condones.

La habitación olía en parte a cigarro y en parte a aromatizante. La cerveza no esta tan fría y la sintió agradable. El colchón se hundía demasiado bajo su peso y la música ambiental, cursi y vieja, pero no le molestó. Ambos se sentaron encima de la colcha y ella le dijo sonriendo “Todavía puedes arrepentirte”. Lo besó e Isaac pensó si aquello era el “trato de novios” que la otra chica había mencionado. Ella se puso de pie y se acomodó delante de él, que seguía sentado en la cama. Ella se sacó la blusa y él pudo apreciar un par de senos pequeños, pero bonitos. Pasó las manos por detrás de la espalda y se felicitó por no haber perdido la práctica para zafar los seguros de un sostén. Pensó en ver la mariposa negra. La besó, la mordió suavemente y ella le acarició el cabello. No demoró en desabotonar los jeans y bajárselos hasta las rodillas, descubriendo su ropa interior. Entonces se percató de que ella no tenía olor. Hubiera esperado un cierto tufo a sudor bajo la ropa, o algún perfume corriente, pero no detectó nada. No importaba. Sujetó el elástico del calzón y la alejó de si para deslizarlo también hasta debajo de sus rodillas, cuando se dio cuenta que ella no se había descalzado. Pequeña pero imponente, con los labios apretados, lo miró desde el abismo de sus ojos entrecerrados y murmuró: “Destrózame”. Isaac se puso de pie y la besó de nuevo, apretándole las nalgas y las caderas.

Su piel era suave y firme, pero como cuando se rasga un durazno entre los dedos al presionarlo mucho, del mismo modo sintió que se le hundían demasiado, y un líquido se los mojaba. Separó su rostro y dio unos pasos hacia atrás, tratando de no tropezar con los pliegues de la colcha de la cama. Azela seguía de pie, pero ahí donde él había clavado sus dedos, cinco agujeros en cada uno de sus muslos manaban sangre oscura sin que ella pareciera notarlo. Miró de nuevo su rostro, insensible, desafiante, y sus pequeños pechos de morenos pezones, alzándose y contrayéndose con cada agitada respiración.

Ella deslizó sus manos de largos dedos por su torso y vientre, hasta llegar a las heridas, en las que hundió las uñas. Apretando una carne que de nuevo se veía firme, y sus dedos entraron como gusanos por la superficie horadada de su piel, escarbando hambrientos hasta asir el músculo. La cerveza que Isaac había bebido se le salió de la vejiga incontinente y Azela arrancó de un tirón sus muslos, salpicando de sangre y nervaduras la alfombra sedienta y la colcha acostumbrada a fluidos corporales. Apoyando su torso desnudo de forma imposible sobre un par de delgados fémures rojos y brillantes, dio un paso hacia él y sonrió al percatarse que los jeans y las bragas a medio camino del suelo, no le permitían avanzar más, sujetándola por debajo de las rodillas. Sonrió y alzó la pierna derecha de forma rápida y brusca, sacando la tibia, el peroné y el espantoso rompecabezas de huesos de su pie, de aquel amasijo de carne, tela, epidermis y plástico. Luego, sujetó su rodilla izquierda y sacudiéndose la pierna de su estorbosa cubierta humana, quedo desnuda hasta el hueso, de las ingles para abajo.

Distraído de sí mismo, Isaac sintió que la mierda le escurría, aguada y caliente, y que sus esfínteres ya no encontraban cómo sacar de su cuerpo aquel horror que estaba grabado en sus genes, pero que solo su vejiga e intestinos recordaban. Supo que nunca podría extirpar de su cabeza lo que había visto: si tenía suerte tal vez podría suprimir el recuerdo, como quien formatea la memoria interna de una computadora con una instrucción, eso si no quedaba tan loco como para perder todo contacto con la frágil realidad que se había desgarrado delante de él. Azela, o lo que restaba de esa falsa identidad, clavó sus uñas en su vientre, dio otro paso hacia él y tiró con fuerza. La piel, el tejido conectivo, la grasa abdominal: fueron las compuertas que se abrieron para vomitar intestinos grueso y delgado, conforme la rajada ascendía hacia su costillar y descendía evadiendo el ombliguito redondo, para reunirse con la hendedura natural de su vulva, y al extender rápidamente los brazos a los lados, sujetando con sus manos la piel de negro revés, la mariposa de obsidiana le mostró sus alas a Isaac.

Ya fuera un interruptor de inseguridad o una válvula de emergencia, algo en el cerebro del hombre lo obligó a bramar un grito furioso y embestirla. Tardó segundos interminables en cruzar una vaharada de aire frío, y la laguna de despojo humanos que chapoteaban bajo sus botas de seguridad. Emergió del otro lado de un velo negro que lamió su rostro y manos, como la lengua podrida de una boca muerta. Bañado en sangre y mucosidad se precipitó hacia la puerta del cuarto. La cruzó, pasando a través de ella como si hubiera nacido al mundo de nuevo.

Después de oír los agudos gritos de un hombre, la mucama del motel dejó caer un bulto de sábanas limpias al pavimento húmedo y corrió. Confió en que el vigilante nocturno hubiera sido despertado con el  escándalo. Bajo la brisa que de nuevo llevaba su densa carga de humedad, pudo ver la silueta de Isaac, quien corría hacia la salida, apareciendo y desapareciendo rápidamente bajo las farolas. Ya tenía muchos años trabajando en el negocio, y a su edad le había tocado su ración de crímenes pasionales y temió lo peor. Cuando descorrió la cortina, la camioneta seguía estacionada, y tras encender la luz, preguntó en voz alta si todo estaba bien.

La habitación estaba vacía. Lo único con lo que se topó en cuanto cruzó el umbral, fue a una mariposa nocturna negra, tan grande como una mano extendida; que la asustó antes de perderse aleteando en la noche, saciada tras un banquete de inmundicia, pecado y soledad, que solo le era permitido darse en los último días del año, aquellos en que los antiguos mexicanos no debían salir de su casa, a riesgo de toparse con ella, la Tzitzimime.

 

Abraham Martínez

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