Lo que pasó en el sótano

Voy a contarte una historia. Una historia que hasta a ti podría parecerte cruel y espero que te ponga a pensar sobre tu perspectiva de este mundo insano y depravado. Siéntete cómodo en tu asiento y prepárate para escucharla. Sólo a escucharla.

Alaska suele ser, como en aquel entonces, un infierno helado; un paraje indómito que secuestra la cordura de los hombres. Los inviernos son crudos y salvajes sobre todo si estás dispuesto a jugarte la vida con el azar y vivir ahí; los pensamientos son ahogados con la idea más primitiva de la supervivencia. Pero creo que, a grandes rasgos, sabes muy bien de lo que hablo, ¿o no?

A pesar de haber sido un lugar tan alejado del bullicio de la civilización y del vulgo de las sociedades contemporáneas, no se escapa del abismo de locura y perversión de los hombres; de las acciones más abominables que estos esparcen como plaga a través del tiempo y del espacio; en fin, lo que desde su albor ha supurado nuestra especie. El hombre, en su visión general, se erige con maldad. Sí, ese concepto perenne del cual ningún hombre escapa. Por más que los medios quieran hacernos ver lo contrario, así es. La maldad vence a la bondad, pues esta última es la anormal en el ser humano, no aquella primera; la bondad fue un invento posterior al génesis de la especie, una respuesta sobre su naturaleza verídica y violenta. Es por eso que la maldad atrae más al hombre.

Pero basta ya de este oscuro pero real y tal vez innecesario preludio. Vayamos a la historia de los Allen. ¿Sabes? Tengo un poco de prisa, omitiré los datos que no son relevantes. Quiero que esta historia sea concisa y directa. Dirijámonos a lo jugoso, a lo morboso. A ti te gusta eso, ¿no? Eso es lo que quieres saber, lo sé bien, te conozco; soy igual, no te culpo.

Hubo un invierno abominable en Whittier, Alaska; todos se prepararon lo mejor que pudieron para sobrellevarlo, pero el que mejor se preparó fue, ¿adivinas? Sí, fue Andrew Allen, el padre de aquella familia, pues decidió partir de aquel lugar para siempre antes de que el blanco cubriera aquellas tierras; antes de que las tormentas y nevadas dejaran a los habitantes del poblado Whittier sin poder salir de sus hogares.

Andrew era, tenemos que reconocerlo, un hombre desagradable: maltrataba a su familia. Su día a día consistía en abusar de ellos sin importarle nada. Y en aquel invierno, él perpetró la estocada final en su contra; algo que sin duda alguna rebasaba todas las atrocidades que había hecho antes: los dejó encerrados en el sótano de su cabaña sin posibilidad alguna de que salieran. Cerró la puerta mientras escuchaba los gritos de Kate, su esposa. Mientras Andrew atrancaba muy bien la puerta, todos en el sótano podían escuchar los insultos y macabras risas de ese hombre. ¿Recuerdas las risas?

Y sí el sótano era oscuro antes de todo aquello, cuando Andrew se encargó de sellarlo por completo todo fue tinieblas. Los intentos de Kate por salir fueron vacuos. La tormenta llegó y la nieve cubrió gran parte de la cabaña sepultando los gritos.

Y con seguridad lo que sigue tal vez lo supondrías pero afirmo que no lo sabes ya que Andrew, claro, huyó vilmente. Durante mucho tiempo nadie supo de él, pero retornaremos al hombre más adelante.

Los cautivos del sótano primero tuvieron que combatir contra el frío. Unas mantas húmedas y pestilentes los ayudaron a no dejarse vencer por la hipotermia. «Mami, tengo mucha sed», decía el pequeño Martin. «Tranquilo, mi amor, haré todo lo posible por sacar hielo de esta tubería congelada y lo derretiremos para poder tomar un poco de agua», respondió la afligida Kate. «Yo no tengo sed, tengo hambre», dijo otro inquilino del sótano.

Ninguno veía nada, todo se hacía a tientas. Sus ojos no pudieron acostumbrarse a la oscuridad aunque en teoría debieron hacerlo. No podían ni distinguir su propia mano frente a su rostro.

«¡Dije que tengo hambre!», se escuchó un sollozo. «Yo también tengo hambre, mami», dijo el niño Martin. Aún ninguno podía encontrar algo qué comer. La sed a ratos se aplacaba cuando la tubería que con mucho esfuerzo Kate logró romper, dejaba sacar un poco de hielo, pero tenían que racionarlo, o también cuando una grieta en los cimientos permitía que un poco de agua (nieve derretida por el breve calor del sol que de vez en cuando decidía salir) brotaba de ella. No era mucha hidratación pero si el clima allá afuera no empeoraba, al menos no morirían de sed. El problema era la comida.

La oscuridad lo empeoraba todo. Nadie podía ver a nadie, y el hambre era ya algo insoportable.

Me pregunto, y quizás tú también lo hagas, cuánto odio sentía Kate por el granuja de su esposo que los había abandonado ahí a su suerte. ¿Qué mente podrida podría maquinar tan cruel y aberrante acción? ¡Dime! ¡Oh! Perdón por ese exabrupto. Continúo: el hambre ya era algo que no podía pasarse de largo. Ni siquiera sabían cuánto tiempo habían estado encerrados en aquel oscuro y helado sótano, pero aun así aquellos Allen sobrevivían.

«Tengo hambre» se escuchó. «Tenemos mucha hambre, mami» replicó Martin. Supongo que Kate entró en desesperación. Se podía oír como a tientas buscaba y buscaba en el sótano, pero no era comida lo que buscaba… oh, no.

«Tenemos hambre, mami», repitió Martin. Se oyó un quejido, y antes de que alguien dijera otra vez esas palabras, la mujer, en la oscuridad total, sostuvo la barbilla de Martin y dijo: «Abre la boca, mi amor. Come… ten, come, por favor», el niño hizo caso. «No me gusta» replicó Martin. «¡Come! ¡Come! Ñam ñam, dame un poco… sí, ñam ñam», decía la otra voz, y Martin comió…

Conforme pasaba el tiempo, el pequeño Martin tenía más hambre, y la mujer la aplacaba tanto como podía. Aunque al niño no le gustaba, tenía que hacerlo, pues su instinto de supervivencia se lo dictaba. «Come, come, ñam ñam. Dame un poco más, sí, así», decía el otro cautivo al niño. Después de varias sesiones de bocados, sin tener idea alguna de cuánto tiempo había transcurrido desde su cautiverio, Kate dejó de responder. Se sumió en un silencio; silencio que era interrumpido por los otros. Martin lloraba desesperado porque su madre ya no respondía a sus lamentos. Sin embargo, la otra voz sí que le hablaba al niño: «siente, siente, aquí dejó raciones pequeñas, pero ñam ñam, hay que aprovecharlas. Dame un poco, ¡oh, sí! Comamos, comamos, ñam ñam», podía escuchar Martin.

Aun así el niño no dejaba de llorar. Su madre no hablaba ni se movía, pero fueron esos mismos llantos los que le salvaron la vida. Algo se escuchó arriba. Gritos, gritos desesperados.

Hubo un corto lapso en que el clima mejoró. Eso fue suficiente. Habitantes de Whittier se organizaron para brindar ayuda después de las tempestades que se habían estado dando ese invierno. Alguien escuchó los llantos del niño. Alguien entró a la casa. Alguien llegó a la puerta del sótano y la abrió…

La maldad sólo engendra más maldad: un vicioso círculo del que ningún humano está exento. ¡Vaya que sí! Y tú lo sabes bien, ¿no es así?  Lo sabes muy bien. Ya casi acabo. Debo contarte el desenlace de esta historia maldita.

Rescataron a Martin. Su madre yacía muerta en el suelo de ese sótano, justo al lado de unas seguetas ensangrentadas; el cadáver presentaba heridas en los muslos; heridas que se habían infectado con gravedad, hasta el punto de la gangrena; tajos de su piel y carne habían sido rebanados. Kate sucumbió ante su propio acto, y todo por salvar la vida de su hijo. Sabes lo que significa, ¿verdad? Te lo dejo a tu sucia y macabra imaginación… Ñam ñam.

Lo extraño aconteció cuando Martin les dijo a las autoridades que había alguien más ahí, pero ellos sólo encontraron el cadáver pestilente de la madre mutilada y al niño llorando. No había nadie más. El testimonio del niño se lo atribuyeron a alucinaciones, consecuencia de lo vivido.  Pero el niño estaba seguro que aquella voz famélica era real, y lo que sea que haya sido esa cosa comió junto con el pequeño… y lo disfrutó.

Desde aquel invierno nadie supo de Andrew Allen; ni su paradero ni los motivos que lo llevaron a hacer aquel abominable acto, pero pasado el tiempo el pequeño Martin creció, recordando muy bien lo que vivió, soportó y comió. Muy pronto se dio cuenta de toda la maldad entorno al ser humano, al cual estudió muy bien, se hizo bueno investigando, muy, muy bueno, tanto que todo desemboca hasta ti… Sí, ¡oh, sí, padre! Muchos años te busqué, siempre teniendo bien en claro qué haría contigo cuando te encontrara.

Lamento haberte cortado la lengua. Lo que pasa es que no quería escucharte. Quería que tú me escucharas a mí, que escucharás lo que pasamos mi madre y yo en ese sótano cuando yo tenía tan sólo seis años.  Y ahora te veo aquí: amarrado, indefenso… viejo, y me das lástima. ¡Mírame, mira a tu hijo! Que más allá de ser tu único vástago y tener tu propia sangre, también ha heredado tu maldad, aunque, debo confesar: maldad bien canalizada y perfeccionada hasta este preciso desenlace.

¿Sabes, padre? Nunca supe qué fue o de quién provino aquella voz, aunque sé que era real. No la escuché nunca más, pero tal vez tú la escuches con todos los horrores que estás a punto de experimentar.

 

Amaury R. Ledesma

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