La hermandad de los Deckardianos

Abandoné mis estudios universitarios para fundar una secta ovni.

No me arrepiento. Es maravilloso tener personas que te llenen de elogios, que tengan sexo contigo, que trabajen por ti y para ti, que mueran y maten por ti.

Querido hermano, te explicaré el dogma de nuestra hermandad: ¿Alguna vez leíste El Amo de los Títeres de Robert Heinlein y Los Ladrones de Cuerpos de Jack Finney? Por supuesto que no. Los sectarios son muy pendejos. (No te ofendas, no es un insulto sino frases para apaciguar tu ego). Ambas novelas, escritas durante la década de los cincuenta del pasado siglo, son clásicos de la ciencia ficción y tratan de lo mismo: extraterrestres llegan a nuestro planeta para invadirlo controlando a los humanos y suplantándolos. Aquí está el truco, lo que debes entender: esos extraterrestres existen y están entre nosotros. Y se llaman los Dualianitas. Ya han controlado a varios líderes religiosos, políticos y artistas. De hecho, Carlos Fuentes fue poseído por uno de ellos. Sólo así te explicas que escribiera clásicos como Aura y terminara publicando bodrios como Adán en Edén. Lo mismo sucede con Paul Mc Cartney. ¿Lady Gaga? Ella nació así. Los dualianitas quieren dominar al mundo. Son parásitos de forma viscosa que se introducen por tu ano y controlarán tu conciencia. Benedicto XVI, Obama y todos en la ONU lo son. Sólo una persona se ha liberado de ellos y es un iluminado, destinado a conducir a la humanidad a una nueva era de luz. Esa persona obviamente soy yo. Yo. Yo. Ricardo Blanco, tu amado líder. Somos La Hermandad de los Deckardianos porque tomamos el nombre de Rick Deckard, protagonista de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? De Philip K. Dick, ya que el personaje buscaba androides con forma humana infiltrados entre los humanos. Nosotros hacemos lo mismo. Sólo yo te puedo salvar. Yo destruiré a los dualianitas que ocultan sus platillos voladores en lugares estratégicos de nuestro planeta. Mis dos subtenientes, John Connor y Ellen Ripley me ayudarán. Somos como la Santísima Trninidad. ¡NECESITAS APOYARME! Así que haz lo que te digo y deja una donación en mi cuenta bancaria. Cabe señalar que todo es un donativo, yo no cobro por mi Labor Sagrada. Sí… sé que suena como una pendejada, pero no tienes idea de la cantidad de personas que han caído en mis redes. Es tan absurdo como… ya sabes. Un judío resucitado.

Cuando redacté el Manifiesto Deckardiano mi amiga Gaby y yo escuchábamos el tema de Blade Runner de Vangelis y fumábamos marihuana. Gaby me sugirió crear una religión, y yo lo hice en cuestión de una hora, basándome en conceptos de la literatura y el cine de ciencia ficción. “Esto es una mamada”, pensé, mientras enviaba el Manifiesto a correos masivos y creaba un grupo de Facebook. Una semana después me olvidé de todo el asunto y seguí con mis estudios de Ingeniería Civil. En nuestros ratos libres, Gaby y yo veíamos películas de ciencia ficción, discutíamos la dialéctica de Isaac Asimov (nula, por cierto) y asistíamos a convenciones de anime y manga vestidos como Goku y Bulma y cantábamos en un karaoke “Cruel Angel Thesis”… sí, éramos un par de ñoños frikis pese a nuestros veintiún años. Mis padres me decían que leer ciencia ficción no me llevaría a nada… pero lo cierto fue que un mes después de aquella noche, cuando descubrí que la gente me buscaba y varios compañeros de la universidad me vitoreaban como el hombre que liberaría a la humanidad de los dualianitas, descubrí mi vocación. Hubo idiotas que me regalaron dinero y en un par de semanas compré una bodega que forré con papel aluminio y se convirtió en la sede de mi secta: El Templo de Palmer Eldritch. El dinero, el sexo y una vida holgada estaban a mi servicio… pero desde hace cuatro años abandoné la escuela. Para mí fundar una secta fue como el burro que tocó en la flauta la tonadita de “Encuentros Cercanos del Tercer Tipo”.

* * *

Desde que había abandonado la universidad, hacía cuatro años, ella, Gaby, se había convertido en mi más feroz detractora. Se dedicaba a la divulgación de la ciencia después de titularse en Física, y cuando no enseñaba sobre la doble hélice o los quarks a niños de primaria, escribía artículos, ofrecía entrevistas y denunciaba a los Deckardianos. “Yo fui amiga de Ricardo, estaba presente la noche que se le ocurrió la idea para su secta, paso de ser un ñoño a ser un peligro para el país y la humanidad”. Los artículos de Gaby me comparaban con Marshall Applewhite y Ron Hubbard, los líderes de La Puerta del Cielo y la Cienciología. Mi argumento para defenderme era simple: a diferencia de esas sectas que también creían en idolatrar extraterrestres, los Deckardianos jamás habían cometido actos violentos ni se habían suicidado. Claro… era cierto que me daban millones de dólares y me adoraban, pero lo hacían porque querían. Mis fieles me amaban. Mi hermandad y yo éramos tranquilos.

Después, vino el incidente de los cincuenta idiotas en el centro comercial: el caso es tan sonado que seguramente lo recuerdas, la mañana del ocho de octubre del año pasado, los miembros de la Hermandad de los Deckardianos pusieron una bomba en el centro comercial de la ciudad, matándose ellos, a cien personas y provocando millones de pesos en pérdidas, según ellos porque el edificio escondía una nave dualinita y todos los clientes estaban controlados. En un principio me deslindé, pero otros diez deckardianos colgaron una manta con mi rostro en los escombros. Así que sólo pude suspirar. El FBI me definió como una secta destructiva y comenzaron las investigaciones tanto de la policía mexicana como de la Interpol. Eso sólo sirvió para que Gaby tuviera motivos para atacarme. Al día siguiente del accidente en el centro comercial, apareció en los principales noticieros del país donde la presentaban como “la principal detractora de los Deckardianos”. Prendí la televisión y vi que despotricaba contra mi humilde persona: “Ricardo es un peligro. Mi deber como divulgadora de la ciencia es desenmascararlo. Sí, fuimos amigos, pero me arrepiento. Al igual que Ron Hubbard, Ricardo tomó elementos de la ciencia ficción y la cultura popular para fundar su secta, aprovechándose de ignorantes, incautos y desesperados. ¿Sabían que Hubbard, antes de fundar la cienciología, escribía cuentos de ciencia ficción? Él mismo declaró que si querías hacerte millonario debías fundar una religión. ¡Ricardo no es más que un pinche friki ridículo! ¡Yo era testigo en la escuela cuando le hacían calzón chino, le metían la cabeza al escusado y le rompían sus cómics! Su secta se basa en buscar los puntos débiles de la gente, hacerles creer en ovnis y basarse en elementos de ciencia ficción. ¿Sabían que los herederos de Heinlein y Philip K. Dick le metieron demanda? ¡Ricardo no es ni un sabio ni un iluminado, ni siquiera acabó la carrera! Ricardo se basa en la poca fe que la gente tiene actualmente en las religiones institucionalizadas para controlar incautos y exprimirles hasta el último centavo. Él no le da de comer a sus más de cinco mil seguidores que tiene en todo el país, además que es un marihuano. Yo nunca fumé mota con él y…”

Cumpliendo con el cliché del malvado líder sectario, apagué la televisión lanzando un pisapapeles de mármol a la pantalla, destrozándola. Mientras las chispas saltaban a la alfombra, llamé a dos de mis hermanos para que limpiaran el tiradero y me hicieran sexo oral. Después, le ordené a otro de mis hermanos que me trajera el teléfono y marcara un número. Otro hermano acercó el auricular a mi oreja.

—¿Bueno? ¡Gaby, querida! Felicidades por tu entrevista. Te agradezco me hayas mencionado. ¿Qué te parece si vienes a mi oficina para que aclaremos nuestras diferencias? En son de paz, como en los viejos tiempos, cual acuerdo a orillas del Rubicón… no, puedes confiar en mí. Te juro que no haré nada.

Cuando Gaby me confirmó la cita, sonreí con mueca de Alien de Ridley Scott.

* * *

Gaby llegó al Templo de Palmer Eldritch al anochecer. Mis esclavos… digo, mis hermanos, la recibieron ofreciéndole un capuchino y arrodillándose para que se sentara en sus espaldas. Todos le dijeron “hola” con nuestra presentación oficial: el Saludo Vulcano. Bueno… en realidad es del señor Spock y de Star Trek, pero yo me lo robé. Vestían con un overol plateado mientras que yo llevaba mi playera Lacosste, comprada con sus generosos donativos. Gaby no duró ni un segundo sin empezar a recriminarme: sectario de mierda, mira como humillas a tus seguidores. Los que viven contigo sólo están para servirte. Tú eras mi amigo, tú y yo éramos fanáticos de la ciencia ficción y ve en lo que te has convertido. ¡Profanaste los nombres de Heinlein, de Finney, de Dick, de Cameron, de Scott, de todos! Me das asco. Pero te voy a chingar. Te voy a chingar en nombre de la ciencia. Vas a ver.
Bla, bla, bla, me cae que sí te chingo, bla, bla, bla…

Le aclaré que mis hermanos no viven en el Templo porque sean mis esclavos, sino porque quieren servir a su líder, quien los liberará de la conspiración de los dualianitas. Cuando yo acabe con ellos, junto con la Teniente Ripley y el joven Connor, mis esclavos estarán conmigo en la gloria.

—¡Esas pendejadas nadie te las cree! ¡Eres el dirigente de una secta ovni! —Gritó Gaby poniéndose de pie de su sillón humano y dándole una patada—. ¡Eres un peligro! ¡Tú eras un ñoño que veía Naruto, jugaba Halo y leía a Arthur C. Clarke!
—Pero descubrí que soy un iluminado. Descubrí que los dualianitas quieren dominar al mundo entrando en el ano de los humanos, porque tienen formas viscosas…
—¡Estás loco, cabrón! ¡Tú te crees tus pendejadas y engañas a estos idiotas!

Y sin decir más me dio la espalda para salir del Templo, azotando la puerta con tanta fuerza que el aluminio se cayó en pedacitos. Subí a mi oficina.

Lo primero que hice fue descargar en mi computadora las fotografías que le pedí a uno de mis escla.. hermanos, que le tomara a Gaby para subirlas a la página web de la hermandad, a la que sólo tienen acceso los miembros de los deckardianos. Escribí en el pie de foto: “Ella es Gabriela Trechera. Vino al Templo de Palmer Eldritch esta noche a amenazare, porque un dualianita la ha poseído. Nada menos que Nessus, el comandante de la invasión a la Tierra. Es menester que la maten cuando la vean”.

Apagué la computadora y salí de mi oficina. No puedo sino agradecerle a Gaby. Ella me dio la idea para crear a los deckardianos, y se convirtió en nuestra enemiga, y toda secta que se precie de serlo necesita a su propio Lucifer.

 

Bernardo Monroy

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