Ciudad Semilla

Pois sei que além de flores, nada mais vai no caixão[1]

 

Eran los primeros pasos que daba sobre arena. La había imaginado blanca, casi cristalina. Pero el río por el que había bajado nacía de un volcán moribundo, y era toda de un gris cenizo. De cualquier forma, hundió sus pies hasta los tobillos. Se regocijó de la humedad entre sus dedos y se inclinó para meter los brazos hasta los codos, buscando fundirse ahí mismo.

La silueta postrada sobre la arena era lo único que rompía la monotonía de la playa. No había olas. El agua era casi sólida, un espejo desvaído que se resistía a mecerse. Nada bullía por debajo. Era un no-mar, en un enorme golfo que engullía cualquier agua líquida que viniera de tierra adentro. Los ingenieros de la generación pasada lo habían designado así, y lo habían dotado de voluntad para no moverse salvo cuando se le requiriera. El no-mar ignoraba su propósito, pero sabía que en algún momento llegaría a las grandes columnas en donde miles de almas tomaban la luz del sol. Era todo. No había nada moviéndose en el cielo, nada pululando entre la arena. Y la figura humanoide postrada en la playa no encajaba ahí.

Ya había recorrido el páramo en lo alto y las quebradas abruptas que bajaban de la sierra. El mundo estaba desierto. No se había cruzado con nada vivo. Ni una brizna de hierba, ningún cactus en columna, nada bajo la umbría niebla montana. Ahora, en la arena, estaba cerca de su destino. Todo en su cuerpo era pujanza. Pensamientos de capullos y flores le invadían. Jadeó mientras sus extremidades se hundían verdaderamente en la arena. Se fueron mezclando con las partículas de sílice, con las diminutas conchas de seres antediluvianos, con las partículas de microplásticos que la playa había heredado de los ingenieros de antaño. Su ser era un vaso conductor, una corteza tímida, una mezcla de agua y carbohidratos en busca de minerales; era raíz.

El espejo fluido lo supo. Era su momento. Las columnas eran ya de otra realidad, una tierna y lejana. Ahora era el momento cortante, una espuma afilada que grita y raja. Así se lanzó, se dejó caer contra la figura que yacía sobre la arena. Era ahora, no habría jamás otras cosa, estaba diseñada para este momento. La movía una fuerza fría, como  un razonamiento severo, un escalpelo que se abre paso para extirpar un tumor. Se abatió contra el ser naciente, que se cubría de tímidas hojas, que lanzaba sus zarcillos a la tierra y al firmamento. Un solo momento de resistencia y el humanoide que se hacía árbol quedo despatarrado, toda figura indistinguible sobre el mantel de arenilla de volcán y globulillos poliméricos. Los contenidos de las células rotas se mezclaron con el espejo fluido para perderse de vista mientras el sol estaba en lo más alto.

“Señores, la fase de llegada ha concluido como esperábamos”. La audiencia cuchicheó. Ya habían visto eso antes, y la fase siguiente siempre era un fracaso. De la pantalla reticulada salían lianas que se mezclaban con los circuitos, todo en un gran organismo que daba sombra y vida y emitía longitudes de onda. Las siguientes imágenes les quitaron el aliento.

Primero a pausas, luego a saltos. De una concha diminuta salía un pie carnoso aun más pequeño. Y luego uno, dos, tres o más óculos, con sus manchas pigmentadas, sensibles a la luz. Los animalúculos refulgían de verde y se abrían paso entre la arena, hacía arriba. “Fototropismo” dijo la voz del anunciante. Un rumor de júbilo se asomaba entre los asistentes. Los seres llegaron a la superficie, y echaron raíces, tal como la figura que había sucumbido hacía unos instantes frente a la furia del no-mar de metales fluidos. Pero ahora no hubo respuesta del océano. Todo, energía, furia, respuesta, hambre de luz, todo lo habían sorbido a grandes tragos las células descompuestas del ser-raíz que había llegado a la playa, y todo lo repartió cándidamente entre la plétora de repositorios de material vivo y ancestral que llenaba la playa sintética. En minutos podían verse ya tallos enhiestos que se engrosaban. Raíces zancudas desafiaban el mar yerto y se bebían la humedad y la luz. Las hojas ovaladas y llenas de fibra caían ya, por montones. “Hermanos: es la primera vez que llegamos a la ecopoiesis” dijo la voz, apenas disimulando la alegría exultante. La playa se llenó de hojarasca mientras los vegetales tomaban la forma de mangles colorados y por su corteza corrían moluscos cibernéticos. Todo aquello era la progenie nanotecnológica que bebía sol, que tenía savia en las venas. Poblaría de nuevo al mundo y haría frente a los antiguos ingenieros que se protegían en sus fortalezas marinas. “Así comienza una nueva era de la vida, hermanos”. Los vítores no se hicieron esperar. La gente brincaba eufórica en las plataformas de la ciudad arbórea y los vetustos olmos, los majestuosos robles, los alegres jonotes bailaban la danza del viento contra las hojas. La celebración no era para menos: los sobrevivientes de la humanidad por fin se expandían, y eran uno mismo con los árboles y las masas fúngicas. Por fin todo lo vivo estaba conectado. Y como punto culmen, la primera ciudad-semilla se estaba fundando en aquellas playas yertas.

Allende el golfo del no-mar, la incertidumbre llenó las fortalezas de los ingenieros de antaño.

 

[1]      “Porque sé que además de flores, ninguna otra cosa entra en el ataúd”,  Wilson Batista/Paulinho da Viola, “Meu mundo é hoje (eu sou assim)”

 

César Raziel Lucio Palacio

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