Llamado

Fue un día normal, de trabajo, sol, silencio, bullicio, café helado.
Sabía qué estaba haciendo. Por un momento me molestó que llegara entonces, que hubiese elegido así llamarte.
Cerré los ojos. Quería contarte muchas cosas. Recordé cuando me escribiste desde una escalera, por raro que se escuche. Me dijiste que muy pronto me había vuelto alguien que caminaba contigo a todas partes, aunque no estuviera.

Ya iba siendo hora. Quise decirte cuántas ganas tenía de casarme contigo ese sábado a las doce. ¿Por qué? Porque no creía hasta que creí. Claro que me iba a casar contigo. ¿Cómo no me iba a rebelar contra mí, cómo no te iba a demostrar que contigo sí a todo?

Estaba por cambiarme el anillo de la mano derecha a la izquierda, el que me compraste en la calle y nos advirtieron varias veces: “es de metal, amigos, es de metal”.

Iba a ser en privado, con muy poca gente, incluso con los que siempre creyeron que estaba mal. Te iba a despertar con una felicidad nueva, con risas, con un chiste, como cuando tú me despertaste jugando ser un gato, con los ojos fijos.

Casi pude verme llegando en tenis grises, como en cualquier otra ocasión. Tu boda era la mía. Te iba a recordar que en diez años hablaríamos, que nos íbamos a preguntar qué tan en serio iba esto. Un par de mejores amigos. Para mí éramos esto primero.

Te iba a advertir antes de firmar que debíamos aprender a cocinar pronto, que te amaba, que te conocía, que no me rindo fácil.

Que íbamos a vivir en otro lugar, con perros y gatos, con plantas como las de tus papás, como habías querido, que te prometía además ser puntual de una vez por todas.

Supuse que el café me estaba alterando y luego que era absurdo. No podía culpar al contenido indefenso de una lata.

Me preparaba para pedirte que me eligieras otra vez a mí, que no volviéramos a pasar una noche lejos, para confesarte que de escuchar a Silvio Rodríguez en tu casa había llegado a gustarme, aunque antes no lo entendía. Y tampoco lo soportaba. Quizá te pasó lo mismo conmigo hace tiempo.

Hacía ese plan necesario para llegar a tantos acuerdos, para tener el regalo de lo eterno porque dura lo mismo que un día, y así podía quedarme contigo a diario.

Marqué tu número. Llegué a pensar que ya no lo iba a recordar.

No pasaba nada. Nada. Nada. Nada. Nada. Lo entendí tarde. Soy incapaz de decirte cuántas veces más lo intenté, pero horas pasaron.

Jamás se me hubiera ocurrido que lo cambiaras. Imposible. ¿Y tus clientes? ¿Y tu oficina? ¿Y yo?

Y por el silencio del teléfono se colaron las flores blancas, las risas, las noches despiertos, los “¿me quieres, lagartija?” “Te amo, palomita”. Se fueron las tardes del viernes, los retos, mis restos, el eco de “Te doy una canción”.

Me arrepentí de que fuera así, de que hasta entonces llegara la claridad para pedirte que te casaras conmigo, un año después de todo aquello, creyendo que ibas a estar del otro lado todavía.

Al menos puedo ahora dejar de ser impuntual de una vez por todas.

 

Gabriela Dimas Yazbeck

 

(Publicado originalemente en https://lluevatunombre.blogspot.com/2018/04/llamado.html y reproducido con permiso de la autora)

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