Carta de motivos

Hoy cumplo 200 años.

Me tocó nacer en aquella época en que aún se usaban los hidrocarburos como fuente de energía y en que nuestro planeta se encontraba dividido por fronteras. Tenía yo apenas veinte años y la Tierra se hallaba en la antesala de la extinción masiva. Los glaciares y los polos se fundían, los bosques se incendiaban, los ríos se secaban, los mares se llenaban de desechos plásticos y sustancias químicas. Muchas especies se habían extinguido, los campos y sus frutos, nuestros alimentos todos, estaban envenenados. Los polinizadores morían, los cielos llenos de gases oscurecían el futuro, nuestras esperanzas.

Fueron los más jóvenes los primeros en elevar la voz.
De pronto brotaban como hongos, niños de distintas edades con ojos almendrados y rasgados, con pieles morenas y blancas, con cabellos negros y dorados, lacios, rizados, pintados de verde, de morado, de naranja, provenientes de todos los rincones del planeta y en todas las lenguas conocidas y desconocidas, comenzaron a emitir discursos, a manifestarse, a organizarse. Las conciencias se movieron, éramos cada vez más los que nos uníamos a ese grito desesperado por salvar el futuro y lo logramos. Se cancelaron uno tras otro los proyectos y las prácticas industriales que emitían gases a la atmósfera. Hubo una transformación, gradual pero vertiginosa, hasta que logramos revertir los daños que tantos años de inconsciencia ambiental habían producido.

Estudiante de biología en aquel entonces, participé en un grupo de bioactivistas, rescatamos la información que ya existía décadas atrás sobre una bacteria fotosintética que producía combustible y plástico biodegradable a partir de CO2, basura y energía solar. Divulgamos ese saber, los procedimientos industriales cambiaron radicalmente, luego desaparecieron. Otros grupos se encargaron de popularizar las tecnologías para utilizar energías renovables: el mundo entero olvidó para siempre los hidrocarburos y otros contaminantes. Logramos que las personas hicieran consciencia de que estamos en el mismo barco y que no vamos solos. Al cambiar la forma de entender nuestra relación con el ambiente, todo sufrió una profunda transformación.

Tras siglos de pelear contra los microorganismos y combatir a otras especies, los volvimos nuestros aliados. Vi cómo surgieron las granjas comunitarias de microbios. Los paradigmas cambiaron, los venenos fueron desechados y sustituidos por productos en favor de la vida. La naturaleza renació con toda su fuerza. Las zonas urbanas se convirtieron en los biotopos paradisíacos en los que vivimos actualmente, en perfecta armonía con otros organismos micro y macroscópicos que forman parte de nuestra comunidad biológica. Nuestra salud fue una de las áreas que más se vio favorecida. Se modificaron radical, científica y solidariamente nuestros hábitos de intercambio y consumo de energía y nutrientes; fue así como nos volvimos longevos y renovables. Como bien saben, no siempre fuimos biónicos y autopoiéticos. Ciertamente existían los trasplantes de órganos en aquellas remotas épocas, pero en realidad era tecnología muy rudimentaria. No conocíamos aún la posibilidad de volver de la muerte ni mucho menos de clonar y reconstituir completamente órganos, tejidos y partes del cuerpo cada tanto tiempo.

No existían aún los híbridos intergénero e interespecie que abundan en nuestros días. Puedo decir que he tenido la fortuna de vivir la superación de aquel clima apocalíptico, de participar en toda la regeneración planetaria y de gozar de los avances posteriores que han hecho posible nuestro actual modus vivendi. Ha sido altamente satisfactorio llegar hasta este punto de la historia de nuestra biocenosis terrestre, pero ya tengo ganas de retirarme.

Deseo reintegrar mi biomasa corporal al ecosistema, motivo por el cual presento esta “Solicitud de finalización voluntaria de la existencia como organismo humano”.

Atentamente:
Tigris Z, 2199.

(Cuento ganador del 1er lugar del 6to Concurso de Cuento y Poesía de Ciencia Ficción José Maria Mendiola 2019 Solarpunk)

Luz María Méndez Álvarez

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