Trastorno

Quise convencerme de que la curiosidad me había llevado escaleras abajo, recuerdo el sudor frío corriendo entre los pliegues de la ropa y el fuego en mi cara y los ojos fuera de órbita, los latidos rogando el retorno y mi mente, sin palabras, señalando un lugar que no conocía.
Sabrá el destino qué camino conocían ya mis pasos que me guiaron hasta ti, y mis dedos impulsivos quitaron la manta negra de tu jaula ya oxidada, y que horror indescriptible al verte, sólo respirando, ya casi muerto, con ese putrefacto olor. Qué asco y qué ganas de salir corriendo. Me quedé y te levanté para odiarte a la altura de mis ojos. Tenías, me acuerdo, las plumas sucias y mojadas, los ojos cerrados de infección, las patas rotas, y el pico de oro. Yo deseaba tenerte dentro por alguna ilógica razón y te devoré. Sabías tan mal. Gritabas y el cielo se estremeció. Recuerdo cómo lloraron los violines tu nombre. Mi nombre.
Sigues siendo tan repugnante como aquella vez, pero ya no sufras, ya nadie puede verte, cuando mi boca entone una nota… Todos te escucharán.

 

Aline Moranchel

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